Silencio en voz de muerte: 55, o 50 años después…

Jorge Ángel Hernándezsilencio en voz de muerte ed 2005 Letras Cubanas

Silencio en voz de muerte fue escrito entre 1957 y 1958, y apareció por Ediciones Unión en 1963, de modo que estamos celebrando los 50 años de la publicación del libro y los 55 de su escritura. El poemario revuelve el panorama poético cubano en dos puntos esenciales: el diálogo íntimo, confesional, hacia quien se ha convertido en héroe colectivo y símbolo de la lucha que culminaría en victoria, es decir, Frank País, y la peculiaridad de ese tono elegíaco que denuncia su muerte.

Ezequiel Vieta es acaso el primero en intentar buscar una conciliación entre la doble subversión (la del intimismo elegiaco y la de la glorificación heroica) con que el verso de César López irrumpe; y es además quien marca y distingue el tono peculiar de la Elegía. Así, al comparar esta con la tradición, enumera como rasgos a destacar la “desusada extensión”, los “siete sonetos de corte modernísimo” y, sobre todo, lo que considera de “máxima originalidad: lo peculiar de su tono elegíaco y el manejo especial de toda una variedad temática”.

Como se trataba del primer poemario que el autor publicaba, se hacía en efecto difícil insertarlo en una poética determinada; y como tampoco era un cuaderno de iniciación, de esos que suelen lanzar a los poetas al ruedo de las tendencias, sino una elegía muy puntual, íntima, sincera y desgarrada hasta el extremo, las percepciones del juicio se hallaban en franco peligro de perderse en terreno de nadie, o de vagar por el desierto con la esperanza de topar algún día con la tierra prometida. Fue un riesgo que tuvo su precio, pero que también alcanzó compensación. Cincuenta y cinco años después mantiene fresca y posible su lectura inmediata y hasta se sacude, por ironía del destino, de ciertos prejuicios –morales y poéticos– que duro lucharon para constreñirlo.

La poesía posterior de César López, ejemplar por su sostenida coherencia y su unidad de estilo, ayuda a resolver, como diría Huidobro, reculando en la Historia, las disyuntivas de entonces. De ahí que el poema «Cambio de fecha», primero de Consideraciones, algunas elegías y último de la edición de Silencio en voz de muerte de Letras Cubanas, 2005, escrito en 1989, no solo se integre como una parte legítima de los textos anteriores, sino que recupere, subvirtiéndose a sí mismo, parte de aquellos atributos tradicionales de la elegía que el joven poeta había subvertido con pericia.

Las declaraciones explícitas no son, sin embargo, formales, al menos al modo en que, caprichosa e insuficientemente, se ha dividido el juicio acerca de la poesía de César López. De la mayoría, llama la atención su pertenencia al modo coloquial, más que a la esencia que esa coloquialidad entrañaba. El propio Vieta apunta, sin embargo, que

“Silencio en voz de muerte es un poema bien difícil; su comprensión requiere varias lecturas y, sobre estas, un esfuerzo intelectual de análisis no común en el público nuestro, que casi siempre considera que solo los clásicos son dignos de desentrañamiento.”

Cincuenta años después, con una imborrable trayectoria poética, e intelectual y humanística en general, es menos difícil llamar a desentrañamiento su obra; sin embargo, no siempre el esfuerzo intelectual de análisis que Vieta vislumbrara consigue desprenderse de cierta serie cerrada de representaciones de su obra. A saber:

  • El ímpetu coloquial
  • La unidad y coherencia del modo de decir
  • Su deuda –más que su diálogo subversivo– con la poesía hispanoamericana
  • Su tendencia a la intertextualidad
  • Su gusto por el detalle disonante
  • Su regodeo en retruécano verbal

Si bien es cierto que todos estos tópicos son fácilmente detectables en la poesía de César López, también lo es que el análisis pospone la profundización estructural, sistémica, y hasta se conforma con la enumeración. Y, por disonante que pueda parecer, creo que tampoco se debe, solo, y desde entonces, a temores y prejuicios políticos y extraliterarios, sino a la verdadera dificultad que entraña explorar, y decodificar, una poesía que se mueve en los bordes de lo cotidiano para sacudir la cotidianeidad; que recoge las tácticas del coloquialismo para reconvertirlas en un recurso lírico y, a la inversa, que se apropia de la lírica más convencional para reconstituirla en ironía, o sarcasmo, o lamento o respingo. Una poesía que arrastra como una crecida de río el intertexto, pues no se limita a jugar con él como pastiche, sino que se apropia de tal modo de la expresión ajena, que se hace definitivamente propio en el contexto en que la asume. Ni siquiera las citas de portadilla resultan puro excurso, como comúnmente ocurre, sino que se imbrican por completo en el sentido de lo dicho, en el valor del dato construido por el sujeto lírico y hasta en las tensiones del punto de vista. Una poética que reconstruye con el shakespereano retruécano el peso último de la sentencia filosófica. Como podrá advertirse, y para sumar otro escollo, estas categorías de análisis han sido hilo conductor de la narratología, antes que de los estudios poéticos.

Más difícil aun ha resultado reconciliarse con la acotación disonante, con ese detalle que a cada paso se empeña en aguar su fiesta al discurrir poético y que endurece además la convencional piedad del verso hasta dejarlo en doble filo reluciente. Algo atisba al respecto Ambrosio Fornet cuando considera a Silencio en voz de muerte una meditación fúnebre, más que un lamento. Meditación que es hacer, que es búsqueda y esfuerzo. Meditación que arrastra en su sentido una nutrida tropa de significados afines, como juicio, reflexión, pensar, etcétera, y en la que el signo poético emerge como una labor de recorrido, ajena y con frecuencia hostil al artificio y la vez entregada al más honesto modo de crear, que es la denodada voluntad de, valga enfatizarlo, trabajar en el verso, como lo haría un campesino con su surco o un artesano que venderá por casi nada sus piezas.

¿Hay un vínculo de traslación entre la esencialidad filosófica, ética, moral, vital, que César López concede a la poesía y esa cadena de obstáculos que conduce sus modos de escribir? ¿Se propone el poeta esa peregrinación por áridos y difíciles caminos trazados a través del poema para alcanzar al cabo el sublime acto de la poesía? La enumeración de referencias bíblicas forma legión en toda su obra, tanto en verso como en prosa. La coherencia, entonces, va más allá del estilo, del tono en el discurso y de la focalización temática: es completa y totalizadora. Y, paradoja adentro, de esa totalización brota el llamado rebelde a la diversidad, la exigencia de contar, a cada instante, con el otro, el desafío tenaz a la presencia de la alteridad, sea cual sea su rango y su ámbito expresivo y el riesgo permanente en que se desarrolla el texto.

Y todo ello es difícil, desde luego, como lo fue Silencio en voz de muerte para los lectores de 1963 y lo sigue siendo para quienes en 2013 lo relean o lo descubran. Difícil y esencial. Y el poeta que desde entonces proclamaba carecer de “la cualidad del visionario”, revela, cincuenta años después y desde entonces, una visión que es la esquirla secreta de la Historia, esa que la grandilocuencia teme, porque la deja desnuda en sus contradicciones y, sobre todo, porque de cuajo le arranca su impostura. Por ello, y siempre de este lado, está el poeta.

Publicado en Cubarte

Consulte además: César López en voz de vida

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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