La sexta isla, de Daniel Chavarría: novela precursora

Jorge Ángel Hernández

Cuando La sexta isla, novela del uruguayo radicado en Cuba, Daniel Chavarría, se publica por primera vez, aporta al panochavarríarama de la narrativa cubana elementos que habían estado por largo tiempo ausentes: la fuerza de una intriga argumental y el impacto del thriller político de aventuras. Digo intriga pensando en el concepto del formalista ruso Vladimir Propp, quien considera que la narración se desplaza de una situación a otra gracias a una intriga. Y digo thriller político, como el mismo autor lo calificara, avizorando más los elementos de estructura prototextual de los cuales se vale, que los metarrelatos convencionales que van encadenando la novela.

Reconoce así el autor que una historia impacta si arrastra bocanadas de intriga que puedan trascender los presupuestos del policiaco convencional, donde se avanza a lo largo de un grupo de indicios hasta encontrar a un asesino, para convertirse en una construcción más amplia y ambiciosa que, sin embargo, sigue fiel a ciertos códigos de comunicación masiva. Es justo advertir que, junto a estos elementos de “escritura de masa”, comparten estancos de estructura códigos de lo que la tradición académica ha considerado literario, es decir, una escritura de elaboración autoral que reclama del lector esfuerzos de búsqueda de referencias, así como la aceptación convencional de tópicos que pueden hallarse más allá de su propia erudición. Y lo hacen de modo que se complementan y se imbrican como parte del texto, en una contribución que acaso no ha sido justamente reconocida por la crítica, aunque sí por el entramado institucional, mediante premios relevantes, como el Nacional de Literatura de 2010. Al apropiarse de estructuras comunicativas ampliamente explotadas por la industria cultural, y religarlas con convenciones al uso de lo aceptado como literario, Chavarría se propone enfrentar los presupuestos ideológicos que esa misma industria reproduce e impone. Se trata de un objetivo que había proyectado desde la publicación de su primera obra, Joy (1975), con la que obtuviera el Premio Aniversario del Triunfo de la Revolución y, posteriormente, el Premio Capitán San Luis, otorgado a la mejor novela policiaca publicada en Cuba durante la década del 70.

Choca, desde luego, con una paradoja difícil de saltar: depende de los propios códigos de manipulación que pretende subvertir.

Como mira al lector de novelas de espionaje, en primer orden, como un lector, y no como un sujeto social relativamente consciente de su papel transformador en la sociedad, sus tramas son en efecto atractivas y satisfacen la creciente demanda.

De fondo, se halla además la necesidad de subvertir, o de educar, la perspectiva dejada por el realismo socialista, que contaminaba el panorama del policial cubano, donde los personajes son apenas ridículas caricaturas que no van a lograr, ni social ni literariamente, las didácticas metas que se trazan. Como existía una demanda de lectura, el prototipo facilista se reprodujo indiscriminadamente y Chavarría fue, entonces, la golondrina que hizo aislado verano, acaso porque es uno de los pocos que, en esa sosa explosión del policial cubano, consiguió combinar la profesionalidad literaria con el verdadero sentido de la recepción masiva. Vale destacar, también, que la mayoría de estos autores son aficionados que, o bien han tenido acceso a archivos de espionaje, o bien poseen la imaginación suficiente como para reconstruir los escenarios y las tramas. Se dio el caso cuasi borgiano de dos novelas idénticas, al parecer sacadas de un mismo expediente, a las que poco se les añadía desde el punto de vista autoral.

Con La sexta isla, Chavarría adelanta además la forma de dos elementos que inundarían, hasta los días de hoy y sin saber hasta cuándo, la narrativa cubana: el humor y el fetichismo sexual.

Aunque el humor puede ir llenando un abultado paquete de fichas de la narrativa cubana que lo ha precedido, su propuesta se coloca en el ámbito de la ironía, el sarcasmo, y las numerosas circunstancias ridículas que la cotidianeidad impone al individuo acaso inadvertidamente. No busca ser deliberadamente trascendente, como sí lo hacen los autores que no se consideran humoristas, sino que asume códigos del coloquialismo diario del cubano. En general, la ironía se halla en función de sus objetivos ideológicos, y así mismo el sarcasmo, que surge hiriente contra patrones hegemónicos que, en el ámbito del mercado global, inundan el género. Las revelaciones del ridículo cotidiano, que ocurren en la intimidad narrador-lector y no precisamente ante los ojos de los personajes-testigos, contrasta con la perspectiva fetichista sexual, que no es un mecanismo gratuito (“de gancho”, se anota irresponsablemente), empastado sobre la marcha de una fábula que acaso no interese demasiado, sino un punto esencial para el desarrollo de la historia que se narra. Llama la atención a estas alturas, que el fetichismo sexual al que el autor acude, en esta y en otras obras posteriores, no aparece como condenable desde la perspectiva autoral, sino, justamente, desde las convenciones morales de la sociedad. Es, pues, un elemento de singularidad que el individuo-personaje lleva como necesidad. Otro aporte temprano que también ha sido arisco al reconocimiento de la crítica.

La sexta isla asume además algo que estaba en la norma del boom narrativo latinoamericano: la simultaneidad de las historias narradas mediante la alternancia de relatos episódicos. Implica así épocas distantes —siglos XVII y XX— para terminar resolviendo el problema de un modo lógico-realista, también puesto en función de subvertir los arquetipos seudofantásticos del bestseller masivo, en general enfocados sobre el manejo espurio de lo paranormal, de los más usados mecanismos de manipulación de la demanda por la industria cultural. Quizás estos elementos ayudaron a que en 1984 se le concediera a esta obra uno de los Premios de la Crítica literaria cubana.

Casi treinta años después, en ocasión de que al autor se le dedica la Feria Internacional del Libro 2013, la editorial Capitán San Luis ha reeditado la novela, en una versión atractiva, manuable, de buen tamaño de letra y con capitulares iluminadas, que, lamentablemente, reproduce varios errores de diagramación. ¿Cómo es posible que una editorial profesional cometa ese error de puro aficionado, más si se trata de una obra con varias ediciones? ¿Será un misterio a desentrañar en el interior del impacto que las nuevas tecnologías han impuesto a la tardía evolución mental del panorama editorial cubano?

Ese simple detalle es una pista; seguirla, nos llevaría a una trama diferente de la que propone La sexta isla, esa novela precursora de Daniel Chavarría que llega como si apenas hubiera sido escrita ayer.

Publicado en Cubarte, 2013-03-25

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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