Madre, materno mar: el sueño de Manecas

Jorge Ángel Hernándezcacuso station

El sueño de Manecas, un habitante de Cacuso, localidad de la provincia angolana de Malange, es conocer el mar de Luanda, símbolo de su regreso al vientre materno, y, con ello, asentarse en la próspera capital para conseguir mejor nivel de vida. No es un hombre ambicioso, sino más bien trabajador y humilde. No lo compulsan oscuras ilusiones de engrandecimiento personal, sino necesidades básicas de vida, que son también necesidades básicas de espíritu. Y aunque parezca una persona común, se trata de un personaje de ficción, creado por Boaventura Cardoso para su novela Madre, materno mar, con la que el autor obtuviera el Premio Nacional de Literatura de su país en 2001 y que el sello editorial Arte y Literatura incluye en su colección Orbis, traducida por Honel Binelfa López.

Para Manecas, el paso imprescindible, una vez tomada la decisión de abandonar Cacuso, es tomar el tren que debe llevarlo a su objetivo. Malange es una provincia colindante con la República Democrática de El Congo, con una extensión territorial de 97 602 Km2, y en la que se informa una densidad poblacional de poco más de un habitante por Km2. Hay, pues, un evidente contraste entre el carácter provinciano de sus pobladores y los tópicos de hegemonía cultural que el desarrollo impone. Son elementos que marcan el sentido de la obra y que a la vez sacuden el panorama angolano de existencia. De ahí que aborde además el tren que a Luanda viaja una gama de personajes con los cuales el autor se permite crear un fresco en el que se focalizan las diferencias clasistas e ideológicas que pueblan el país. Si bien la palabra autoral está lejos de ser neutral a lo largo del texto, tampoco se expresa desde una perspectiva única, sino que se vale del plurilingüismo narrativo para ir presentando diferentes puntos de vista y, como recurso loable, acude además a la sátira y a la ironía para ir recolocándolas como objeto de cuestionamiento.

Madre, materno mar se presenta con un párrafo que es una especie de descripción de juegos estilísticos un tanto lexicalizados:

“Corrían veloces, con su verdor, los floridos campos, montañas, valles, las pequeñas y despobladas campiñas, las planicies”. (1)

En rigor, ha de ser el tren, y las personas que en él viajan, quienes “corran”, en lugar de esos elementos de la naturaleza; sin embargo, una común metaforización invierte las funciones y expresa la sensación del que viaja. Así visto parece, desde luego, un simple ejercicio literario que busca la complicidad mediante lo reconocido. Sin embargo, cuando se ha recorrido el trayecto argumental de la novela, y Manecas retorna a “las maternas aguas”, se comprende hasta qué punto este comienzo es un resumen en clave de interpretación de los sucesos, sobre todo si en el mismo párrafo leemos:

“el tiempo era aquel minuto mínimo, la flecha silbante, la mirada distendida en aquel espacio extenso, corriendo, el tiempo afirmándose, negándose, él, pensativo, la madre…, el espacio y el tiempo, los aires”.

La manipulación del tiempo se conjugará, ya desde el segundo párrafo, con la manipulación del sentido. Madre, materno mar, se estaciona en tres partes: la Tierra, El Fuego y El Agua. Son estos elementos, antes que la sucesión lógica de las horas y los días, los que se apropian de la temporalidad de la fábula. Así, la fabulación temporal irá alternando en cada evento con la mirada perceptiva que el relato reclama. Hay varias vidas que se imbrican, o que apenas se rozan tangencialmente, pero que son parte de todo el entramado en que se adentra la novela, una vez que el enigmático párrafo inicial cede paso al engañoso estancamiento del viaje.

El lector va a saber de inmediato que el tren se detendrá, en una insólita parada que alterará la existencia de todos y cada uno de los viajeros que decidieron abordarlo. Como en la autopista del cuento del argentino Julio Cortázar, la vida será otra —y la misma— a partir de este momento. Este juego con la tradición del absurdo literario permite combinar la novela de viaje y peripecias con la novela que retrata una época y se adentra en la descripción crítica de sus tipos. No obstante, y contrario al cuento de Cortázar, la interrupción del viaje no termina siendo un salto hundido en el trayecto, sino un espacio vital gracias al cual todo deberá transformarse, justo porque lo vivido no es sino transformación. Para ello, Cardoso se apropia de una prestigiosa tradición africana: la sentencia oral. De la oralidad se vale constantemente como elemento de compulsión del relato, sobre todo en el manejo de la descripción de acciones, y suma además el empleo del refrán para ir marcando cierres episódicos. Con este recurso narrativo consigue armonizar los numerosos sucesos que detalla sin que la narración se le quiebre a cada paso, una vez que ha variado el punto de focalización.

Sin ser una novela sencilla —pues arrastra a la vez tesis de confrontación ideológica, existencial, ontológica, política, social, y cultural en general— Madre, materno mar, suma numerosos pasajes de vertiginoso ritmo narrativo y divertida aprehensión. El tono satírico y los constantes ramalazos sarcásticos conducen el buen suceder de estos pasajes. Son, por demás, puentes hacia una reflexión que el autor entrega para después de concluido el proceso de lectura, incuso para más allá del análisis y la confrontación de determinados fragmentos de textos que de pivote puedan servir a quien no busca solo crítica literaria.

Veamos un ejemplo:

“Y Manecas, ¿cuándo vería el mar?, tampoco entendía por qué se estaba perdiendo tanto tiempo con un asunto que le parecía tan sencillo de resolver, que él nunca había entendido ni se había preocupado por las tradiciones populares. ¿Para qué? ¿Valía la pena en un mundo cada vez más modernizado?” (2)

La escena, en la que se discute en tribuna pública por parte de varias religiones y el Partido del MPLA el destino de cuatro muertos, revela el trauma introducido por las diversas creencias occidentales, políticas y religiosas. De ahí que sea el personaje que representa la pura tradición africana el que resuelva el asunto. Y aunque así lo describe el episodio relatado, y así lo refleja el evento construido, el dato novelístico lo impulsa más allá, al universo vivo del lector.

En otro pasaje, en el que se dice que Manecas “conversaba frecuentemente con los compañeros del Partido sobre las religiones, la relación entre ellas y el Estado”, el autor apunta:

“Él estimaba que el problema debía ser encarado bajo una perspectiva marxista-leninista, sí, señor, pero sin dogmatismos, que había muchas cosas que la doctrina científica no era capaz de explicar; que la visión del materialismo histórico sobre la religión era, de cierto modo, reductora; que la religión en África carecía de un estudio más profundo, que había mucho fuego encubierto que necesitaba ser bien removido; que, de cualquier manera, él estaba por la total libertad religiosa.”(3)

El cierre de la novela, una vez que la fabulación se ve forzosamente unida al paso lógico del tren, aporta un halo de esa búsqueda que el propio autor reclama en el pasaje anteriormente citado. Manecas, en tanto, ha encontrado mujer y ha tenido un hijo, aunque llega con similares expectativas de trabajo y la misma ansia por reencontrarse con el vientre materno, ese mar que ha sido parte de sí mismo en el trayecto de Malange a la mítica Luanda.

El fresco revelado es, a estas alturas, interactivo: reclama un movimiento reflexivo desde su propio interior, desde las propias tradiciones, que no son, ni por mucho, limitadas. Boaventura Cardoso reivindica así el saber popular, sus tradiciones más raigales y antiguas, sin por ello contaminarse de oscurantistas gestos de proteccionismo. Algo que, una vez transcurrido el paso por los elementos naturales (recuérdese: Tierra, Fuego y Agua), es parte del propio sentido existencial que ha de asumirse al otro lado del relato.Cacuso, en Angola

Notas

(1) Boaventura Cardoso: Madre, materno mar, Editorial Arte y Literatura, La Habana 2012, p. 11.

(2) Ibídem, pp. 22-23.

(3) Ibídem, p. 96.

Publicado en Cubarte

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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