Tradición y utopía: ¿partituras sin tino?

Jorge Ángel Hernándezdanzon apretadito

Descubro, no sin asombro, que un director de orquesta que cultiva el danzón se expresa diciendo que falta mucho para que el danzón vuelva a estar en el lugar que estuvo cuando se creó. Con la gira que divulgan, agrega, se proponen buscar esos niveles de aceptación.

Es una de esas entrevistas televisivas donde la conductora observa inquieta al coordinador, sorprendida por indolentes, despistadas tomas de cámara, que bien podían costar puestos en una institución competitiva. En tanto, el entrevistado mira a un lado y otro, como si buscara aprobación para seguir hablando. O sea, una de las escenas que presenciamos a diario los televidentes cubanos, fruto de una televisión que no acaba de empezar a sacudirse su envejecimiento. El director de orquesta, desde luego, es un señor mayor, y la presentadora es joven y hermosa. Así, y aunque en primer orden es evidente para la mayoría que están tirando piedras en vivo (“Son cosas que ocurren cuando se trabaja en vivo, amigos”, suele ser el torpe cinismo al que se acude en ese tipo de metedera de pata), en el ámbito de la subliminalidad queda fácilmente dicho que ese vejestorio del danzón es algo a pasar sin importancia, al menos desde la juvenil belleza. Pura rutina de esa misma TV resignada a seguir envejecida. Para colmo, el director de orquesta, formal y correctamente vestido, incluye en su primera respuesta la información de la que iba a ser la segunda pregunta. Y a la presentadora no se le ocurre otra cosa que pedirle, de inmediato, la información que acaba de escuchar.

El señor se ve entonces en la necesidad de glosar lo ya dicho en tanto las cámaras vuelven a sorprender el mira-mira de ambos. Prácticamente el guión para un sketch. Y es al pie de ese avatar que el director de orquesta acuña la idea de llevar el danzón a su puesto original de popularidad.

Así, el rescate de una tradición queda entendido, según el expresado deseo, como la recuperación de un género de moda en pleno auge de su moda. ¿Es esto posible en realidad? Las sonoridades cambian y, desde luego, los gustos se transforman de acuerdo con las nuevas ofertas que, a partir de esos mismos booms, se generan. Y el danzón fue, precisamente, un fenómeno de subversión renovadora de la música cubana, y, por cierto, de la sociedad, pues bien vale la pena dedicarle su tiempo a lo que representó en el avance de la comunicación y la liberación sexual de las cubanas (hembras) y, por extensión, de los cubanos (machos).

La orquesta que el músico dirige se prepara para iniciar una gira por todo el país, subvencionada, de más está decirlo. No dependerá, por tanto, de cuántas personas ha de reunir para llevar a cabo sus presentaciones. Existen además varios proyectos que rescatan el danzón, patrocinados también por instituciones del Ministerio de Cultura; de modo que aquellos a quienes les interese, por tradición, o porque quieren conocer lo de antaño, bien pueden disfrutar de su sabrosa cadencia.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que si las tradiciones no reciben la dosis necesaria de renovación, están condenadas a desaparecer, o a fosilizarse. Una visión tan ingenuamente radical como esta, lejos de ayudar a la tradición, genera barreras generacionales, pues obliga a los jóvenes a retroceder en el tiempo en lugar de llamarlos a incorporar a su espectro personal esos valores culturales. Los no pocos clubes del danzón que se han clubdedanzón radioangulofomentado en el país en los últimos años cuentan con algunos bailadores jóvenes. Pero solo algunos, desde luego. Porque la sociedad no puede retroceder en su arsenal de gustos. La vía es atraer a los jóvenes con algo que les interese y que, al mismo, tiempo, sea de calidad. Si se les increpa por acudir a lo que como renovación se presenta, rechazarán por reacción el producto, sea cual sea. Es un problema a entender, en su nivel elemental, desde la psicología de las edades.

¿Trababa el director de orquesta, como exponente de lo popular y conocedor seguro de los vaivenes en nuestras estrategias institucionales, de pedir más para que le dieran al menos un poco?

Es posible. Y no está bien. No porque no sea correcto, sino porque no es efectivo para el propio desarrollo del rescate de la tradición.

¿Tienen sentido creador las quejas de ese tipo?

Por supuesto que no. No porque suenen mal, o se vean feas en público, y en vivo en horarios estelares de audiencia, sino porque, de acuerdo con la vieja expresión, arrojan el niño con el agua de desecho.

Las tradiciones se activan en el momento en que sus elementos de acción hallan el marco propicio. Son dependientes de un contexto que codifica sus posibilidades de significación. Es algo que habrá que entender con más detenimiento, con mejor voluntad de comprensión, si no queremos dejar a merced de la dilapidación de la industria esos fenómenos culturales que la herencia popular transmite y retransmite. Y hay que entenderlo tanto desde la teoría como desde su más inmediata praxis, pues se trata, en casos como este, de intervenciones directas en la dinámica evolutiva del gusto popular. Tanto el Carnaval, como determinadas fiestas, determinados ritos, o determinadas prácticas y celebraciones, se expresan a partir de ese momento que aúna el conjunto de sus condiciones propicias. Tienen su fecha, su lugar, su espacio, independientemente de la masividad que puedan alcanzar.

La moda, en cambio, se desarrolla por contagio espontáneo y depende de su propio crecimiento reproductivo. No tiene por qué ser portadora de elementos seudoculturales, aunque bastante de ello ocurra, sino hija de ciertos códigos de aprehensión social que se imponen en un momento dado de la historia y, a la vez, usuaria activa del aparato de significación común que de esa codificación emana. Se manifiesta en bloque y es, por sí misma, altamente invasiva. De ahí que suela ser efímera y, en el mejor de los casos, relativamente breve. De ahí, también, que casi siempre sea el chivo expiatorio de los conflictos generacionales.

Se le está yendo la mano a este grafómano (o cualquier otro adjetivo), respondería acaso el director de orquesta en el hipotético caso de que leyera estas líneas.

¿Y qué me diría, entonces, si me oyese cantar? Lo sé: me mandaría a la ducha de inmediato, y hasta me exigiría que lo hiciera lo más bajo posible, para que la tortura, y el ridículo, no tuvieran la posibilidad de trascender. Se mofaría incluso si ante mis ojos coloca la partitura de algún buen danzón y me pide ejecutarlo. Por suerte, ni siquiera en la ducha me tomo libertades de ese tipo.

Al proponer verdaderas utopías, como la de suplantar la moda con una tradición, trazamos solo callejones sin salida y ponemos en riesgo la continuidad de lo tradicional, según su propio ámbito expresivo. No es tan sencillo como a simple vista se presenta y, justo por ello, reclama esfuerzos más conscientes y menos rutinarios.

Como coda, digamos para la TV, que no es preciso tomar en serio a esos extremos lo de aferrarse a tradiciones de estilos de transmisión tan anquilosados, que algo de dinámica, y de saber de qué se trata el tema con el que se trabaja, no le vendría de más.

Publicado en Cubarte, 2013-4-05

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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