Vega Chapú: no decidí ser poeta

Arístides Vega Chapú: «No decidí ser poeta»

Arístides Vega Chapú: «No decidí ser poeta»

Arístides Vega Chapú. Fotos: Carolina Vilches

Una entrevista de Carlos Alejandro Rodríguez Martínez, especial para CubaSí

A punto de graduarse de Periodismo en la Universidad de La Habana el joven Arístides Vega Chapú renunció definitivamente a la academia. Entonces se hizo poeta, o dicho por él: la poesía lo escogió para dar sentido a las palabras desordenadas en su propio pensamiento. Luego se hizo narrador, para contar. Sería músico, o cineasta, si pudiera. Sin embargo, la única realidad que conocemos lo sitúa entre las voces esenciales de la generación literaria de la década del 80 del pasado siglo en Cuba.

Sobre él, la poetisa cubana Lina de Feria alguna vez dijo: «Aunque estoy segura que no se plantea renovar, renueva (…) Su esencia tiene la naturaleza viva que a veces preñada de una espiritualidad máxima nos garantiza que ya su obra está, para ganancia de todos, en la sólida encrucijada de lo perfecto».

Arístides es conversador, espontáneo, casi imprevisible. La gente lo reconoce por su desenfado; lo siguen porque siempre dice lo que haya que decir donde haya que decirlo. Sus facciones, y quizás sus modales, advierten la sangre siria que heredó de sus antepasados emigrantes.

En su última novela, como en el resto de su obra narrativa, toma la historia real y la reinventa. Uno se pierde en la veracidad de su relato y comienza a creer lo increíble. En Steinway & Sons, publicada por la editorial madrileña Atmósfera Literaria, la realidad y la ficción, las personalidades del mundo y Cuba, se entremezclan con su propia familia mientras recrea un entramado lúdico, que es, posiblemente, su mundo ideal.
—Me han dicho que para ti la familia es esencial. Casi toda tu obra narrativa tiene que ver con tus antepasados. ¿Obtienes inspiración de ese círculo íntimo?
—Mira, la familia para mí es importante como creo que lo es para todo el mundo. Pero yo concibo dos tipos de familia: la familia de la cual tú eres parte y la familia que tú creas; y pienso que las dos son importantes, una porque la creaste y la otra porque es la que te formó. Yo tengo la suerte de haber nacido en una muy singular. Sin inventar demasiada ficción he tomado personajes de mi círculo familiar, y hasta ahora, en todo lo que he escrito, la familia mía está.
«Pero ahora, por primera vez, estoy escribiendo una novela que no tiene que ver con la realidad cubana, ni se desarrolla en Cuba. Cuenta la historia de un personaje central que entra en relación con otros que no tienen absolutamente nada que ver con nadie a mi alrededor. Ha sido más bien como un ejercicio de creación que me propuse, o sea, con esta novela que se llamará Hombre que silva quise abstraerme, alejarme de esa realidad que yo he tratado de testificar hasta ahora y que ha sido la geografía única de todos mis libros, de mi narrativa e incluso de mi poesía».
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—Tienes otra novela inédita. ¿De qué se trata?
—Esa novela es un divertimento. Se titula A la my love; el personaje central soy yo, sin que aparezca mi nombre. Cuento lo que pasa alrededor mío, «ficcionando» la realidad con sucesos que pudieron o no haber ocurrido aquí, pero mayoritariamente son testimonios de lo que yo vivo a diario. Y como en todas las obras que he hecho hasta ahora junto personajes reales, que existen, que incluso pueden ser muy conocidos, como Bola de Nieve, como María Teresa Vera… En este caso tomo varios personajes de la realidad actual como la poetisa Lina de Feria y la pintora Zaida del Río, que entran en relación con otros seres de pura ficción. Y todos, los reales y los inventados, dialogan entre sí durante la historia.
—En tu última novela publicada, Steinway & Sons, sobresale el desprejuicio total de los personajes. ¿Así mismo eres tú?
—Yo creo que sí. Creo que la vida me ha dado la posibilidad de vivir muchas experiencias y ya nada me alarma, pero no es porque sea tolerante o abierto, sino porque creo que los seres humanos se expresan de formas diversas, sean buenos o malos. El que tú seas una buena persona no implica ninguno de los códigos que socialmente nos hemos establecido como lo bueno y lo malo, como lo correcto y lo incorrecto.
«Entonces sí, vivo y me llamo a vivir en un desprejuicio total y en aceptación. Yo soy mejor persona en la medida en que entienda a todo el mundo; y a pesar de que las personas se expresen de maneras muy diferentes —incluso a las que yo me puedo expresar— son buenas personas y merecen mi respeto».
—Una vez escribiste: Lee versos para mí/ sin importarle si levanto la cabeza/ hacia donde circula el aire tibio… ¿A quién te referías, si no es demasiado atrevimiento preguntar?
—Ah, mira: Yo sé que en las escuelas se acostumbra a analizar las obras buscándole explicación a cada uno de los versos, pero yo descreo de eso; por lo menos en mi experiencia es una gran mentira. Te pudiera decir que el personaje de ese momento era mi esposa. Nosotros empezamos una relación desde la distancia y por tanto no teníamos otra opción que mandarnos cartas, y en las cartas, poemas. Pero fíjate que en esos versos yo hablo de que me leía poemas y en realidad eran cartas que yo recibía. Prefiero que cada cual haga su interpretación personal a partir de la vivencia que haya acumulado; yo escribo para que cada persona escriba o reescriba su propia historia a partir de la lectura de mis textos.
«En este caso, el acto de leer un poema implica estar abriéndome, estar entregándome, estar contándote siempre una intimidad. El poeta siempre tiene que hablar de alguna intimidad y por eso es, en el sentido poético, en el mejor sentido que pueda tener la palabra poesía, que están escritos esos versos, como todos los que he escrito».
—Viviste por 5 años en Matanzas. Allá te desempeñaste, entre otras responsabilidades, como presidente de la Asociación Hermanos Saíz. ¿Ahora te has dedicado más a la literatura?
—Ahora tengo 50 años y creo que, haciendo un balance de mi vida, a pesar de que he escrito y he sostenido una obra, lo hice bajo las balas, porque siempre he sido un personaje con un centro de trabajo de verdad, y le he dedicado mucho tiempo al trabajo, hasta que llegó un momento para dedicarle más tiempo a la literatura. Pues cuando las personas tienen la edad tuya poseen una capacidad de trabajo que es mucho mayor y que se va debilitando al paso de los años. Me gustaría contarte algo distinto pero esto es lo que me ha pasado. Yo tengo 50 años, si alcanzo los 60, y los alcanzo con lucidez son diez años nada más. Tú empiezas a sacar todas esas cuentas… Entonces uno tiene que comenzar a priorizar y poner en orden qué es lo que más le conviene, que es lo que quiere hacer, qué es lo que más resultado le provoca, y en ese análisis la escritura ganó.
—Arístides, ¿te consideras un poeta que narra o un narrador que escribe poesía?
—A ver, la poesía uno no la escoge, la poesía lo escoge a uno. La poesía te sopla en voz de Dios o de Carlos Marx —según en quien tú creas— eso de lo que tú tienes necesidad… o que hay una necesidad de que se sepa, es como si las palabras estuvieran en el universo y a ti te hicieran responsable de darles un orden y dárselas a conocer a los demás, pero no es decisión mía ser poeta, no es que yo me propuse «Voy a ser poeta», yo creo que es una vocación, que tú eres el escogido y no el que escogiste. Sin embargo, yo sí escogí la narrativa. Llegó un momento en que me di cuenta que yo quería contar experiencias, que yo quería contar historias. Y la poesía, como no era yo quien decidía lo que quería contar, no me posibilitaba suplir esa necesidad. Por eso escogí ser narrador. Pero en realidad, creo que más que nada yo soy un «testimoniante» de mi tiempo. Todo lo que yo pueda testimoniar de ese presente que se hará pasado en algún momento, me interesa mucho y lo hago en cualquier género, y si tuviera capacidad para hacer canciones haría canciones, o haría cine.
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—Me anunciaste que descrees de los concursos literarios; entonces, ¿no hay ningún premio que quieras ganarte?
—Para mí la única utilidad que tienen los premios, y disculpa la sinceridad, radica en lo económico, porque los escritores, igual que los panaderos, que los periodistas, que los maestros, necesitamos primero comer y tener resueltas las necesidades básicas para sentarnos a escribir.
«Por tanto, si gano un premio, que sea mucho, mucho dinero, para poderme dedicar a escribir, pues además, de la manera en que yo vivo, y que vivo con gusto, con mucho dinero me sería suficiente para todo lo que me queda de vida. Aquí mismo yo vivo feliz, en este lugar, en este edificio, en este apartamento.
«Por otro lado mi vanidad como escritor no se compensa en ganar un premio y que entonces salga la noticia en el periódico, o que digan que es el premio más importante. No es que lo rechace pero yo no lo necesito. Yo prefiero que alguien venga y me diga: «Yo enamoré con este verso», «Yo estaba deprimido y me leí este libro» o «Estaba feliz y me regalaron este libro». Que me digan esas cosas es el premio mayor, es lo que yo busco, lo que yo necesito. Lo otro, la verdad, son cosas extraliterarias, necesarias solo en una dimensión material.
«Yo no mandaría a ningún premio que no pague por el solo hecho de figurar en una nota de premiación. No me interesan los premios y me parece que la mayoría ya están marcados, se sabe de antemano quién los va a ganar, se han convertido en una complacencia entre unos y otros: yo te premio este año y el año que viene tú me premias a mí; y aunque no todos los concursos —porque dependen de los jurados— son así, yo, a estas alturas, los creo así y es muy difícil que alguien me convenza de lo contrario.
«Por tanto, descreo. Cuando yo destaco a un autor es por su obra, por la lectura de su obra, no me importa si fue Premio Guillén o no fue premio de nada, si se publicó en una editorial de provincia o en una editorial nacional. Los premios, y todo lo otro, solamente son adornos que hacen mucha falta y que han hecho muy felices a muchas personas».
—¿Qué expectativas tienes con Steinway & Sons?
—La única expectativa que tengo cuando publico un libro es que lo lean más de diez personas. Alguien dijo que el béisbol en Cuba atraía más público que la literatura y a mí eso me pareció ingenuo porque si tú empiezas a sumar diez personas que leyeron mis libros por cada libro que tengo publicado, yo tendría una buena cantidad de personas sentadas en el estadio y, por tanto, me parece que ese hecho también tiene valor.
«Si yo le puedo hacer bien, si yo les puedo transmitir conceptos, ideas, valores, alegrías… a diez personas, creo que mi vida está justificada».

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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