Chistes racistas y debates serios

Jorge Ángel Hernández

Si algo sigue teniendo vigencia en Cuba es el repertorio de chistes racistas, con refranes y sentencias que son lugares comunes de expresión discriminatoria. A veces, con menos ganas de discriminar que de “hacerse simpático” y, desde luego, sin originalidad. Aunque no sea tan amplio como décadas atrás, en un porciento alto de los casos, el espontáneo chota, o el profesional racista, consiguen la esperada hilaridad. Se trata de un mecanismo de comunicación que no solo debe revelar su esencia estructural, sino además su sentido social. Por tanto, y entre otras muchas cosas, esta vigencia del chiste racista habla de la permanencia de los códigos discriminatorios en el imaginario popular. Es latente entonces la posibilidad de que un debate al respecto se encone y se desvíe de la esencia por donde debe avanzarse hacia su solución.

La publicación de un artículo del intelectual cubano Roberto Zurbano (“For Blacks in Cuba, the Revolution Hasn’t Begun”) en el Sunday Review del New York Times, el 23 de marzo de 2013, ha desatado una buena cantidad de comentarios, en general de enfrentamiento, pero también del tipo de los que toman la parte para reconstruir un todo que no se halla en la figuración a que esa misma parte llama; y de defensa de las ideas de Zurbano, o de su persona, y hasta de cuestionamiento del método de crítica. Un interesante ejercicio deconstructivo de buena parte de esa redacción lo hace el también intelectual cubano Víctor Fowler, aun cuando conclusiones como la de equiparar el servicio de La Jiribilla al mostrar su Dossier con el descaradamente manipulador del New York Times son poco menos que injustas y desacertadas. Este acto, como síntoma, revela hasta qué punto la hegemonía de los patrones de opinión discriminan a aquellas mayorías que no poseen los medios para expresarse en los canales de mejor reproducción. El reclamo del reconocimiento de la persistencia del uso de inadmisibles prácticas de discriminación racial en una Cuba que, no obstante, ha progresado mucho al respecto, y su llamado a buscar fórmulas para eliminarlas, se transmuta, sencillamente, en un libelo que repite los códigos desligitimadores del proceso revolucionario cubano. Los esquemas de divulgación se hallan mucho más acendrados en las prácticas mediáticas de hegemonía que la búsqueda de esencias para el comportamiento de la sociedad.

Es un riesgo que Zurbano decidió asumir, como lo expresara en su respuesta “Escucho, aprendo y sigo en la pelea”. El resultado es obvio: perdió. No ya porque algunas de sus ideas propias, es decir, aquellas no tergiversadas por el NYT, resulten erradas o inadmisibles para muchos, ni porque decidiera publicar precisamente allí, lo cual creo legítimo, sino porque le faltó sagacidad, inteligencia y reconocimiento de las posibilidades objetivas del riesgo que había decidido asumir. De ahí que haya sido convertido en un resorte más del asedio mediático a que se somete a diario el proceso revolucionario cubano, del cual el autor es parte, con numerosas implicaciones y declaraciones explícitas. Le sigue faltando bastante de ello aun cuando responde, pues califica en bloque a sus polemistas como “izquierda conservadora” y concede, una vez más, la idea de que existe una práctica oficial que prohíbe la polémica.

Y ello es completamente falso.

El tema de la persistencia de la discriminación racial en Cuba es, desde hace algunos años, oficial y oficialista. Fue enérgicamente planteado por Fidel Castro, con medidas pragmáticas concretas, y ha sido ratificado en las nuevas circunstancias de cambio. Y una de las plataformas importantes fue la UNEAC, en un Congreso donde Zurbano fuera uno de sus vicepresidentes. Creo que no se puede sacrificar el avance —aún insuficiente, lento y hasta obstaculizado de diversos modos— por la ganancia de un palo periodístico que ponga el tema en primera plana. Lo que se ha conseguido, a fin de cuentas, es revertir un logro estricto de la Revolución cubana, proclamado desde su inicio y vuelto a retomar posteriormente, en un elemento que intenta descreditarla.

Y no son solo chistes lo que hallamos a diario y con abúlicas dosis de tranquilidad, sino además diversas prácticas más o menos racistas con las que el imaginario popular se identifica. En muchos casos, y también por desgracia, ante estos gestos cotidianos de discriminación racial, se opta por culpar a las prácticas culturales tradicionales y se deja en el aire un halo de conformidad. Esas no son actitudes responsables, sino evasiones. Habrá que indignarse en esos casos y, por supuesto, decidirse a trabajar sin prejuicios, y con riesgos. Actuar enérgicamente sin prejuicios raciales, pero también sin prejuicios de recepción de propaganda política. La saturación de los códigos de defensa del proceso revolucionario cubano —ese lamentable retroceso en la imprescindible ideología revolucionaria— conduce a la omisión. Y la omisión de los avances se inscribe de facto en la negación, por cuanto se manipula desde plataformas donde lo normal es el descrédito del sistema socialista cubano y, fundamentalmente, la negación de los avances y los logros. La transformación de nuestro sistema, su crítica constante y objetiva, y la contribución a implementar los cambios dentro de una plataforma que no abandone el socialismo, depende, en primera y principal instancia, de que se valore lo alcanzado y, con ello, de que se adquiera una profundidad de juicio al ejercer la crítica y proponer las rutas. El propio Zurbano, en la respuesta antes citada, y con la sana intención de reivindicar los logros, se hace eco de otro patrón de propaganda deslegitimadora al afirmar: “La sociedad civil cubana es menos frágil desde hace diez años”. ¿Qué es para él la sociedad civil? ¿No son sociedad civil esos blancos que se enriquecen a costa de sus mejores posibilidades? En fin, que al confundir, sin darse cuenta acaso, lucha de clases con discriminación racial, las posibilidades críticas del debate pierden su rigor y se convierten en peleles de los estereotipos mediáticos que obvian, muy ideologizadamente, el verdadero curso de la sociedad cubana. Y así mismo le ocurre de inmediato, cuando volatiliza el concepto de sociedad civil y lo deja empaquetado para una nueva descarga de manipulación, por cuanto “denuncia” la debilidad congénita de la sociedad civil cubana. La sociología política es una especialidad compleja.

Por si no fuera suficiente, se considera Estado cualquier institución y, ¡el colmo!, hasta determinados funcionarios que se expresan intempestivamente. O sea, que es necesario e imprescindible el debate, pero la responsabilidad no consiste en la contención de las críticas, sino en la capacidad de expresarlas, en las facultades que se tengan para no carenar en el desierto de la indefinición conceptual. No es lo mismo el debate de la esquina caliente del béisbol, e incluso el de ciertas instituciones intelectuales no precisamente académicas, que la integración al panorama de transformaciones, ni, tampoco, los códigos que se manejan en espacios académicos, o especializados, nacionalmente internos, que aquellos que circulan en el panorama de acoso mediático internacional. Y como se trata de incidir también en ese panorama internacional, ha de convertirse en requisito el reconocimiento de los logros de la Revolución, de conjunto con sus yerros, por supuesto. Y ha de formar parte de una estrategia revolucionaria la facilitación de datos que, si bien para nosotros suelen ser tan obvios que los dejamos en lo implícito, o en lo relegado (otro ejercicio de discriminación, por cierto), para otros lectores son imprescindibles, por cuanto constituyen contrainformación esclarecedora. Es decir, que junto a la indignación por los gestos de discriminación racial (y de cualquier otro tipo), hace falta el respeto a los actos concretos, legislativos e institucionales, que oficialmente se promueven.

No es cuestión de muela, sino de codificación correcta de la información que busca generar sentido. Del mismo modo en que no somos coherentes si nos declaramos en contra del racismo al tiempo que nos reímos de los negros por sus supuestas limitaciones naturales, tampoco lo somos cuando aceptamos la Revolución como proceso, y el socialismo como destino, en tanto rendimos culto y tradición a la “melladas armas del capitalismo”. Y esto lo digo confiando plenamente en la pertenencia política de Roberto Zurbano, quiero dejarlo claro para cuando vengan las acusaciones.

La invisibilización de las diferencias prácticas, concretas, cotidianas y cristalizadas, por cuestiones de raza, pertenece a un sector institucional que media entre el Estado y la sociedad civil (de cualquier color de piel y de cualquier estatus económico). Si el propio Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros se pronuncia enérgicamente contra ello, y traza estrategias de inclusión que deben ser parte normativa de esas instituciones, ¿está vetado el asunto por parte del Estado? La sociedad civil cubana, ahora como antes de los diez últimos años, se ha desprendido de su papel ante el Estado socialista, que debe ser integral y no interdependiente, y ha dejado sus posibilidades de progreso en manos del asistencialismo institucional. De ahí que le sea incluso tan difícil autoidentificarse como tal y avanzar en demandas y necesidades concretas.

La crítica, y el debate, son imprescindibles para el desarrollo y la transformación revolucionaria. Y entre los muchos requisitos que la crítica reclama está el de aceptar el disenso en tanto disenso, y no defender falencias con estereotipos. Creo que esos autores que se han calificado como izquierda conservadora han sido respetuosos con Zurbano y que, contrario a otros patrones sostenidos alrededor de la polémica, no ha sucedido un regreso a prácticas de oscurantismos ideológicos, como sí los hubo en otras épocas. Por ello, he pasado por alto numerosas opiniones que tengo en el ámbito de la racialidad (ya que no soy especialista en ello) y me he centrado en el problema de la ideología para la transformación social.

La responsabilidad no consiste, precisamente, en callarse ante lo injusto, o en sesgar las críticas al discurso oficial, sino en asumirlas con el necesario riesgo del conocimiento profundo. Y, ciertamente, como bien lo dice Zurbano, no es lo mismo activismo que saber insertarse en un debate de fondo. Lo digo con dolor, pero con plena fidelidad a lo que pienso.

Publicado en La Jiribilla

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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