Poesía genérica en tiempos de transgénero

Jorge Ángel Hernández

Publicado en Cubarte, El ojo atravesadoEstado de espera (ilustración)

Sin llamar demasiado la atención de la crítica, como es bastante común en nuestro panorama nacional, dos poemarios cuya perspectiva genérica bien valdría la pena tener en cuenta circulan por nuestras librerías: Estado de espera, de Leyla Leyva, y Lattes capuccino, de Clara Lecuona. Estos apuntes que siguen no son sino un llamado de atención, una alerta de lector conquistado por sus perspectivas.

Los intereses de un sujeto lírico femenino se imbrican coherentemente con las revelaciones vivenciales de la autora a través de los poemas de Estado de espera, de Leyla Leyva. (1) No hay confusión, sino alternancia, aunque, no sin intención precisa, esa alternancia coquetea con lo impreciso. Se trata de una poesía que a cada paso acude a circunstancias reales al tiempo que define su estilística a favor de una lírica esencial y contenida. Aunque cargue y obstaculice sus lances, la cotidianeidad no es, para ambas, una carga de Sísifo, o un obstáculo al que es necesario reventar, sino un desafío, una meta a la que habrá que salvar sobre la marcha.

Desde la perspectiva de género se marcan en verdad las diferencias, no solo para los detalles, o la visualidad de los objetos, o en la importancia de los lances cotidianos, sino en el tono que sentencia y que, en ocasiones, juega a tentar ciertas amarguras de la diferenciación. Y el recurso al que más apela para ello es la semejanza simbólica. Sea breve, menos breve o más extenso el texto, el sentido, definido o insinuado, se verá acompañado de un giro poético que traspasa el drama hasta la semejanza. Con frecuencia, la última imagen del poema es de esta índole. Desde el primer poema —«El tragadero»— hasta el último —«Se está acabando octubre…»—, el equilibro que alterna la disyuntiva entre el sujeto lírico y la visión testimonial descansa en giros que se vuelven símbolos.

Leyla Leyva

Y hallamos una poesía que muestra huellas de las más nutritivas zonas del verso coloquial, no solo por su modo de dejarse caer, sino además por la elección de objetos y de acciones en los que la mirada se detiene. Pero a diferencia del canon primordial coloquialista, la poesía de Leyla Leyva se deja descansar en una especie de argot simbólico con el que logra trascender las limitaciones que terminaron por viciar la tendencia que de origen le sirve.

Estado de esperase ha estructurado en tres secciones: «El tragadero» (11 poemas), «La señal» (18 poemas) e «Inclinación cervical» (14 poemas). Se alterna el verso corto con el largo y el poema breve con el más extenso, y así mismo intereses, circunstancias, deseos y revelaciones se separan o confluyen en todo el poemario. Así, también el seccionamiento del cuaderno descansa sobre sutiles simbolismos que, no por su sutileza, dejan de ser intensos, acuciantes y, sobre todo, henchidos de un valor que se conjuga justo en la diferenciación genérica.

Sin embargo, esa raigal marca de género no desvía, por así decirlo, las intenciones del sujeto lírico hacia una marcha feminista, sino a un estado de pertenencia que, por origen y destino, concluye en el ámbito de lo vivencial. Los testimonios son desgarradamente líricos y, sobre todo, henchidos de un valor confesional que es por sí mismo desafiante, capaz de conceder al sujeto femenino un algo importante de ese rol de decisión sobre los estamentos androcéntricos que, desde la moral y las costumbres, la han estado juzgando.

Clara Lecuona

Un desafío poético total a ese paquete de estamentos lo constituye el poemario Lattes capuccino, de Clara Lecuona. (2) Su virtud esencial es, en este ámbito, su insobornable, inteligente y activa capacidad de desenfado. Con inquietud de lector gratamente sorprendido, nos enfrentamos a un poemario por el que se suceden numerosas situaciones vivenciales. No es una poesía anecdótica, sino situacional, centrada en el giro reflexivo al que la autora deja la responsabilidad del cierre en el poema. Pero cada una de esas situaciones connota, y a veces denota, una historia, una aventura que, en este caso, revela una desprendida capacidad confesional.

Al desenfado entonces se une la sinceridad y, con ella, la posibilidad de contar sucesos que trascienden el orden convencional del comportamiento en sociedad; no solo respecto a las relaciones sexuales, a la mirada pícara, preñada de deseo o simplemente lujuriosa de la autora, que suplanta a la del sujeto lírico, o a los valientes e inmediatos juicios, sino a cuestiones falsamente triviales como no pagar un café, desempeñar determinado oficio manual o, incluso, relativizar el valor de la poesía, algo que, por lógica, la tradición poética sublima a toda costa.

Otra virtud, compañera de su desenfado, se halla en su radical perspectiva femenina. Tanto quien observa, como quien vive, enjuicia, desafía y se rebela, es una mujer. Y no es tan obvio este señalamiento si tenemos en cuenta que, por tradición estilística, muchas mujeres que desde su perspectiva de género se expresan pasan a un neutro enjuiciamiento una vez que sus versos entran en un filosofar poético. Clara Lecuona es en extremo personal, tanto, que tampoco cede a la común tentación de convertir la poesía en un instrumento redentor, o en un camino liberador de opresiones cotidianas. Su poesía es objetiva y, a un tiempo, de una lírica dulce, irónicamente dulce y apacible.

Los numerosos, constantes desafíos a que convocan los raudos poemas de Lattes capuccino no se presentan como si fuesen golpes de martillo, o de abucheo, ante la sala penal de la existencia, sino como derechos asumidos, y adquiridos, desde su propia, y simple, práctica constante. A tal punto es objetiva que a María Magdalena termina por decirle:

Guarda tu oración

pues días peores se avecinan

y sabes bien que un muerto

jamás podría rescatarte.

Esta alocución, que ojos no tan convencionales pudieran considerarla una blasfemia, es sin embargo, y a través del prisma poético de Clara Lecuona, un diálogo que, sin obviar lo genérico, lo obliga a trascender al ámbito de la existencia, es decir, a hacerse existencial, pragmático, rotundo y cotidiano. Cotidianeidad que no es, por fortuna, deudora de los vicios del coloquialismo ni, tampoco, de las avanzadillas feministas que tan mal defienden sus imprescindibles derechos y que peor denuncian los siglos de discriminación.

Y es justo ese pragmatismo existencial quien redondea la trilogía de las virtudes de Lattes capuccino, un poemario cuyas proposiciones rebasan la propia modestia con que su autora se presenta y que debía tomarse en cuenta no solo por su espectro poético vital, sino por cuanto representa como desafío genérico.

El llamado de estas mujeres poetas no parece haber escandalizado ni al más parco de los conservadores, lo que, desde un punto de vista parcial y conformista, pudiera parecer muy positivo, signo acaso de que esas tradiciones morales y de roles se van erosionando. No obstante, ese silencio también puede ajustarse a la gastada, pero efectiva fórmula de dejar pasar el turbión sin mucho ruido, para que las nueces que arrastra regresen de nuevo a su descanso habitual. Son reacciones que se alternan, desde luego, pero que no debieran pasar —tampoco— inadvertidas.

Notas

(1)Leyva, Leyla: Estado de espera, Ediciones Unión, 2012, p. 74.

(1)Lecuona, Clara: Lattes capuccino, Editorial Oriente, 2011, p. 114.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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Una respuesta a Poesía genérica en tiempos de transgénero

  1. Luis M. Domínguez Batista dijo:

    Tengo una idea de la poesía de género:
    El que escribe tiene un género y a partir de él puede escribir desde el punto de vista de su género para su propio género, pero también pudiera escribir desde el punto de vista de su género para el género contrario, o tomar la personalidad y el punto de vista del género para el que va a escribir y ser empático asumiendo que él es la persona con el género para el que escribe, o resultará que asumirá su género e imaginará que es el género contrario sin asumirlo, todo pudiera resultar si sde mantienen las distancias, lo que no puede ocurrir es que se asuma falsamente un punto de vista y eso lo descubre la gente para quien escribe y resulta entonces desastroso.

    Los críticos tienden a confundir las cosas. Yo aprendí un poco con Lezama, a quien atribuí muchos galardones mientras lo leía en su novela cumbre, como iba asimilando cada personaje y metiéndose con él y metiendose en él y rechazando ideas y asumiedo posiciones y resultó de gran valía para los que lo logran medianamente interpretar, porque es un ambiente que en ocasiones te dan ganas de llorar, de reír, te repugnan las cosas y las celebra.

    Resulta que muchos críticos asumen la posición que tomó el autor como si ellos hubieran escrito la novela o el cuento, como si ellos hubieran hecho la obra o la hubieran interpretado y resulta que el que escribe tiene una intención y una realidad que asocia, el que lee tiene una intención y una realidad que asocia diferente y el que interpreta una obra, lo hace de diferente manera y asumiendo su propio estilo de interpretar que en ocasiones son muy diferentes a la intención del autor y de eso tengo alguna experiencia leyendo lo que escribieron los griegos y viendo como estos son interpretados en diferentes escenarios y cómo los matizan, al igual sucede con el teatro inglés y sus clasicos, todo el mundo les da una interpretación diferente y algunos afirman que han encontrado sus esencias y en ocasiones difieren tanto del creador porque el interprete como el expectador no están en la Grecia antigua ni en la Gran Bretaña que vio surgir a los claásicos y no pueden tener las vivencias de ellos, cada cual va a asociar de acuerdo al modo en que se desarrolla su vida y tendrá tantas vivencias y asimilará la obra tanto como tenga de altura cultural y de patrimonio.En ocasiones hay que estudiar la época en que se escribió una obra y comocer las historia que envuelve el ambiente del escritor.
    La tarea del crítico estaría en penetrar dentro del que escribió de su vida y de su entorno, asímilarlo desde su punto de vista y tomar empaticamente sus motivaciones y a la hora de juzgar no juzgaría lo mismo al escrito que al intérprete, porque al que interpreta la obra y la hace desde el punto de vista personal lo asalta la interioridad del autor de la obra y su peronalidad propia y asume su yo, e igual le pasará al que la está disfrutando como expectador que la obra tiene su tiempo y el tiene el suyo y en ocasiones asocia ambos y en ocasiones solo asocia su tiempo con la obra.

    Para ser un buen critico hay que estudiar mucho más que para ser un buen escritor, actor o expectador, hay que tener vivencias de los tres, porque no es lo mismo presentarle una obra griega a los griegos del siglo de Pericles que a los griegos del siglo XXI.

    Este es uno de los puntos de vista que tengo sobre la crítica, pero existen otros. .
    .

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