Audiovisual e industria cultural. Sangre y arena en Espartaco

Jorge Ángel Hernández

Espartacus. Blod and sand. Exhibición del cuerpo y los patrones actuales de bellaza, sobre todo

Spartacus. Blod and sand.
Exhibición del cuerpo y los patrones triviales de belleza, sobre todo

 

Para Martin Hopenhayn, la inmersión de lo cultural en las estrategias políticas, a través del sistema operativo de la industria cultural, pone en juego “el tema original y recurrente de la modernidad cultural: el conflicto entre la ratio —o razón económica instrumental— y el sentido.”(1) Esta emergencia se aprecia con fuerza en el audiovisual, sobre todo en el seriado, que sigue estando abiertamente destinado al consumo doméstico. Y un caso típico se halla en la recurrencia —lugar común de la industria cinematográfica— a eventos históricos de amplio grado de retransmisión. Es el caso de Espartaco, el esclavo que lideró la más difundida rebelión contra el imperio romano.

Espartacus. Sangre y arena, fue creada por Steven S. DeKnight, quien es uno de sus guionistas principales y, además, productor ejecutivo. La primera temporada comenzó a transmitirse a inicios del año 2010, y contaba con una expectativa nada despreciable. Como otros tantos productos, su antecedente inmediato se ubica mucho menos en la historia que en la propia industria cultural: el filme Gladiator, de Ridley Scott. Desde una perspectiva histórica, la película de Scott altera condiciones, circunstancias y eventos por los que debía transitar la existencia de los gladiadores, aunque abunda en detalles y elementos puntuales que remarcan su carácter histórico y revelan resultados concretos de investigación. Se trata de una estrategia simbólica que busca desplazar las circunstancias sociales con elementos considerados de tipo cultural, como costumbres domésticas, incluidas la comida y la bebida, prácticas sexuales y bienes culturales.

La cumbre dramática del relato presentado en el filme se basa en una falacia que aparta de la historia una importante división clasista: había muy pocas posibilidades reales de que, en tales circunstancias, el señor y el gladiador se enfrentaran en la arena. Menos aún que Cómodo, ya en la pelea cuerpo a cuerpo y ante una arena repleta, optara por sacar un arma oculta al verse en desventaja. No obstante, esta es una práctica tradicional en los argumentos del cine comercial y es más probable que el público, entrenado en esa tradición, acepte este dislate, aun sabiendo que lo es, antes que recibir como bueno —por lógico e histórico— el “ajusticiamiento” del rebelde gladiador. Hay una rebeldía individual demasiado importante para el lugar común, como para que el libreto se permita desecharla, menos si la fidelidad histórica es un objetivo que cede ante la tradición del consumo. Gladiator demostraba así la vigencia de los códigos básicos del péplum y abría el camino a otros intentos.

El propio Hopenhayn advertía que “un amplio haz de símbolos producidos en el mundo de los subalternos o subordinados pueden ser «recuperados» por la gran industria cultural generando el espejismo de la democracia comunicacional, cuando en realidad lo que ocurre allí es que se reformatean símbolos y sentidos para devolverlos y hacerlos circular con la impronta de la racionalización mercantil.”(2) Esa “recuperación” del acto de rebeldía del dominado ante el dominador es, en efecto, un lugar común de la industria cultural que, en medio del escenario de la globalización, responde a códigos de recepción marcados por las consecuencias de la expansión de las nuevas tecnologías y, además, a instintos y deseos naturales que tanto la moral religiosa como la burguesa —y hasta la del proletariado en el poder—, se han encargado de relegar a una trastienda vergonzosa de la conducta humana.

En Espartacus. Blood and sand, los hechos históricos son poco menos que un pretexto para lanzar a un nuevo sector de consumo códigos visuales que han venido subiendo de tono durante la primera década del siglo XXI, sobre todo los relacionados con el sexo, no solo por su representación descarnada, sino por su multiplicidad de tipos y funciones. Hay una exhibición de las prácticas sexuales que viene acompañada de una intencionada exposición del cuerpo, tanto el masculino como el femenino. Se unen, para hacer efectivos los códigos contemplativos, dos tradiciones: la de las pasarelas y la del fisiculturismo. Las vestimentas femeninas ni cubren ni encubren, sino más bien acentúan la visibilidad de las zonas erógenas en tanto la galería de gladiadores en los cuales se focaliza la historia posa todo el tiempo, ya sea desnudos o semidesnudos.

El otro elemento primordial se basa en la violencia, cuyos antecedentes se localizan, primero, en la tradición desarrollada por la industria cultural sobre los combates cuerpo a cuerpo y, con ello, la visualidad del thriller sangriento, con primeros planos y tomas de cámara lenta constantes a las mutilaciones, más que a las técnicas de lucha, un eficiente desplazamiento de la perspectiva del lente e inagotables inundaciones de sangre a la pantalla.

En el ámbito de lo ideológico, Espartacus. Blod and sand no deja ni un rescoldo para lo social, no solo porque hace del personaje central un ser obsesivamente dolido por el sacrificio que sus amos han hecho de su esposa, con una no menos improbable idílica fidelidad conyugal, sino porque reproduce indefinidamente el mismo tipo de motivación personal en casi todos los esclavos. Este elemento inunda incluso el ámbito de las intrigas en los vórtices del poder romano y hasta compromete esas motivaciones de poder y progreso económico de los corruptos personajes con caprichos o enamoramientos transitorios.

La inmaculada visualidad, dirigida a complacer a toda costa la percepción cosmética del espectador, se extiende a joyas, peinados, cabellos y accesorios. Las esclavas más sufridas, aun después de torturas y maltratos, parecen salidas de un salón de belleza de alto costo en tanto los hombres, para quienes resulta imprescindible aparecer manchados de barro y sangre, dadas las  numerosas circunstancias de confrontación cuerpo a cuerpo y los interminables lances de exagerada crueldad, cicatrizan en horas o minutos y muestran una imagen cuidadosamente maquillada. Esto, sin embargo no es válido para el conjunto de la población, ya sean soldados romanos o simple población, donde sí se vierten las execrables apariencias de lo sucio, lo abandonado y lo horrible. Así, los tópicos crueles de la acción en que se desempeñan los personajes centrales de la trama, traspasan su inhumano comportamiento a un canon de época que responde a las nuevas codificaciones receptivas de la propia industria cultural y, de paso, focalizan en las clases más bajas de la población los ámbitos de lo despreciable. La necesidad de rebeldía popular no puede trascender, así, el ámbito de lo doméstico, con sus proyecciones de idílicos transcursos.

¿Estamos en presencia de una conspiración clasista en esta saga de post-péplum y, específicamente, en el tan desideologizado Espartacus. Sangre y arena?

Sería exagerar ingenua y torpemente. Lo más común es que también el realizador sienta idéntica necesidad de rebeldía individual que la del espectador. Sin embargo, y es lo importante a dilucidar en este caso, los códigos centralizadores de la industria cultural manejan según sus propios intereses de consumo las direcciones ideológicas y terminan por enlatar el producto, con toda la gama de ingredientes que el receptor masivo ha revelado como de alta demanda. La racionalidad económica rectora es, sin embargo, una construcción estructural de sostén básico del sistema de relaciones sociales. Ha sido elaborada, formada, conformada y custodiada por el propio entramado comercial en que se inserta la cultura. Y en casos como este, donde el talento y las posibilidades expresivas no despegan siquiera, apenas recibimos un enlatado más de arena que, por dramático que parezca, con la sangre del trabajo inmediato se sufraga.

Nota

(1)Martín Openhayn: «¿Integrarse o subordinarse? Nuevos cruces entre política y cultura», en Daniel Mato (compilador): Cultura, política y sociedad. Perspectivas latinoamericanas, CLACSO 2005, p. 33.

(2) Ibídem.

Publicado en Cubarte

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en El ojo atravesado, Oficio de leer y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s