Contradicciones culturales y cambio revolucionario

Jorge Ángel Hernándezmarx

Los años inmediatos al triunfo de la revolución cubana de 1959, impelían a la ciudadanía a sumarse a un acelerado proceso de modernización que, al ramificarse por todos los estratos de la sociedad, quedaba por delante de sus propios planteamientos. Esta aceleración respondía, en esencia, a la necesidad de avanzar en las propias etapas del desarrollo civilizatorio atravesando de medio a medio la sociedad interior de la nación, que había estado sumida en un largo periplo de sopor. Era un proceso tardío, necesario y pertinente, y, por tanto, vulnerable a enfrentamientos que polarizaran acción y pensamiento. Los referentes reales de la historia, de la URSS a China, ofrecían un espectro de ejemplos que pedían desde entonces una indagación crítica que a toda costa se deslindara de los patrones de juicio de la Guerra Fría. Varios intelectuales cubanos tomaron conciencia de esa necesidad.
Uno de sus protagonistas en el campo de las ciencias sociales, Fernando Martínez Heredia, considera que, apenas hoy, hemos ido dejando “zonas descomunales de silencio y olvido”, así como “otras, al parecer cubiertas, en que la reiteración de palabras claves y de frases de efemérides sustituye a los elementos de hechos que aporten al conocimiento y promuevan el interés de saber y la motivación de querer a las actitudes y vidas que fueron ejemplares, y de emular con ellas.” La actividad de avance revolucionario reclama un concurso masivo, popular, emergente, en el cual se colocan con cierta capacidad de éxito las actitudes dogmáticas de exclusión y marxismo escolástico, puesto que los sujetos que reproducen estas actitudes marchan, también, hacia una voluntad expresa de ayudar al proceso revolucionario. Si bien es cierto que no deja de haber oportunistas camuflados, ellos no constituyen, al menos en un orden estadístico, una generalidad representativa. Sí terminan usurpando ese grado representativo cuando el orden cultural sufre embates de retroceso de los que ellos mismos fueron piedra de toque. Digo piedra de toque porque, si desde la cultura se hubiese reclamado el papel de defensores del proceso, se hubiera conseguido al menos cierto frente de resistencia. Pero una buena parte de los creadores se replegaron, esperando a que otros esgrimieran la capa y enfrentaran al toro. Se le dejaba entonces el papel de la crítica a fuerzas de pensamiento condicionadas en su visión externa: una derecha rancia y anticomunista, una derecha moderada por la democratización cultural pero anticomunista en esencia, y una izquierda cuya desorientación factual no le permitía otra cosa que hacerse cómplice involuntario de los enfrentamientos de las derechas.
La defensa de la revolución se colocaba, en bastante medida, en manos de los seguidores de ese dogmatismo escolástico, quienes llevaban a extremos sus criterios de ocultamiento y edulcoración de realidades. Es decir, se traducía el ideal teológico-burgués del paraíso en la tierra mediante la eficiencia de la libertad de mercado y la resignada asimilación de sus desigualdades sociales, a través de un paraíso terrenal producido por la colectividad y el incesante sacrificio del que se suponía brotaba la cuota que cada cual merecía recibir. La colectividad cubana reproducía contradicciones agudas, dadas, entre muchos factores, por la dicotomía evidente entre los presupuestos doctrinarios y los resultados inmediatos que la propia existencia presentaba. La intensidad de las confrontaciones, por la importancia de lo que en el fondo podía estar en juego, hizo que el señalamiento de Ernesto Guevara acerca del “pecado original” de nuestros intelectuales —no ser auténticamente revolucionarios— fuese tomado como un peligro a combatir antes que como un estadio cuya solución cultural era posible y necesaria. Es, desde luego, más fácil tachar que reescribir. Cada tachadura sólo puede implicar un gesto de desaparición; la reescritura, luego de transitar la agonía de reconvertir sus perspectivas, ofrece al menos una imagen maleable.
No se trata, a mi modo de ver, de que esos inteligentes y reconocidos intelectuales burgueses sean incomprensiblemente ineptos para entender el mundo circundante, sino de que su comprensión, aún después de haberse sumado a la revolución, necesita partir (luego amar, luego temer) de las propias tradiciones culturales en que se han formado. Son tradiciones que, aun cuando necesariamente atravesaron el estadio histórico cultural capitalista, van a extender notables y numerosos elementos de sobrevivencia en el propio proceso de transformación del sistema de relaciones sociales. Lo lógico es, básicamente, que un intelectual de raíces teológicas comprenda el objetivo del marxismo, y hasta se sume a defender sus conquistas de futuro, pero que no logre comulgar con sus nociones y conceptos para desarrollar su propio pensamiento en perspectiva. Y si, para seguir arrastrando nocivas tradiciones de dominación, se interviene decisivamente en sus costumbres y rituales de tipo religioso, y se les acusa torpemente de idealistas, se hará imposible conseguir tangentes de colaboración, a menos que estas sean forzosas, hegemónicamente impuestas. De ahí que, sin superar las condiciones de pacto social entre las fuerzas actuantes de la revolución en marcha y los representantes del arte y la cultura y, con ellos —no olvidarlo- los sectores populares que veían que de nuevo sus prácticas religiosas se estaban marginando desde la praxis ideológica de la institucionalidad rectora, la contradicción se expresara como un estancamiento que, muy pronto, alcanzaría un alto costo histórico.
A esas zonas de silencio evocadas por Martínez Heredia, tendríamos que sumar la producción agrícola, con el impacto que recibía la cultura tradicional del campesinado ante los nuevos enfoques de la modernización, y los propios resultados del proceso de rectificación de errores que, en el descenso vertical de las instituciones, quedaba a cargo de buena parte de esos entusiastas dogmatizadores. El proceso de rectificación, que partía de una respuesta de la dirección revolucionaria a lo que estaba generando un conflicto palpable en el nivel social, quedaba revocado por la propia dinámica de los procedimientos de reproducción mecánica, los cuales terminaban siendo regenteados por esa misma institucionalidad retardataria que había usurpado el discurso de vanguardia. Esta contradicción no pertenece únicamente al proceso revolucionario cubano, sino que ha sido parte de todos y cada uno de los procesos de transición socialista hasta ahora realizados, por lo que urge, si se pretende dar el salto dialéctico imprescindible, reconfigurar las proyecciones conceptuales y asimilar de un modo más raigalmente crítico la herencia de las contradicciones culturales del capitalismo.
Contradictoriamente, la transformación revolucionaria cubana de 1959 surge con una programática oficial que llama a romper de lleno con las consecuencias de estas experiencias. En «Palabras a los intelectuales», el máximo líder del proceso anuncia:
¿Quiere decir que vamos a decir aquí a la gente lo que tiene que escribir? No. Que cada cual escriba lo que quiera, y si lo que escribe no sirve, allá él. Si lo que pinta no sirve, allá él. Nosotros no le prohibimos a nadie que escriba sobre el tema que prefiera. Al contrario. Y que cada cual se exprese en la forma que estime pertinente y que exprese libremente la idea que desea expresar.
La contradicción no se afinca solo en la plataforma, sino en el proceso que interpreta y dinamiza la transición socialista. El párrafo citado de «Palabras a los intelectuales» coloca el asunto en su nudo polémico:
Nosotros apreciamos siempre su creación a través del prisma del cristal revolucionario. Ese también es un derecho del Gobierno revolucionario, tan respetable como el derecho de cada cual a expresar lo que quiera expresar.
A párrafo seguido, Fidel Castro anuncia las medidas que se están tomando para garantizar la coexistencia de ambos derechos. En «El socialismo y el hombre en Cuba», Ernesto Guevara plasma la contradictoria necesidad de transitar en principio sobre las propias normas del capitalismo para incluir a toda la sociedad en la transformación de los valores de existencia y, con ello, en los niveles de percepción cultural. La práctica institucional no fue siempre consecuente con el espíritu de tales planteamientos y dedicó demasiados esfuerzos a habilitar medidas que estrechaban la letra de lo antes planteado. Así, cuanto más necesaria se va haciendo la socialización masiva de las nuevas perspectivas sociales, productivas, culturales, más imprescindible se hacía la existencia dinámica de un laboratorio social de indagaciones y confrontación ideológica.
Martínez Heredia observa que, en el proceso de confrontación interna revolucionaria inmediata a 1959, surgieron dos vertientes: “la de los adherentes al partido comunista y al pensamiento marxista de la época —el llamado estalinismo—, y la de pensadores y activistas ajenos a ese partido.” O sea, que frente al pensamiento sectario del estalinismo, con actitudes contraproducentes y desacertadas en la historia cubana y latinoamericana, manejadas con eficacia mediática por los militantes del pensamiento burgués que se autoproclamaba libre, aparecía lo que Martínez Heredia califica como “pensamiento social elaborado”, es decir, “el liberalismo, el patriotismo, el antiimperialismo, el democratismo, las ideas de justicia social y el socialismo.” No ha podido surgir, en el depauperado ambiente nacional, no ya una organización de las ciencias sociales que permita la confrontación orgánica de sus variantes, sino un espectro teórico capaz de arrastrar en sus análisis tanto lo particular como lo general que con los fenómenos abordados se relacionan. Por ello, estas fuerzas de pensamiento se veían, no obstante sus aportes, insuficientes para hacer trascender el hecho concreto de la revolución triunfante. Se ejecutaba un proceso de transformación social que iba delante de las ciencias sociales, del pensamiento teórico y, en buena medida, de la creación artística y literaria; ello, a la vez que un mérito social, es un síntoma de deficiencia que va a arrojar desafortunadas consecuencias de inmediato. Por una parte, aplicando casi literalmente la experiencia soviética, las tendencias reductoras iban a ocupar espacios de poder determinantes en dos sectores vitales e interconectados: la educación y la cultura.
Emerge aquí una paradoja que entraña grados de complejidad histórica que no debemos desdeñar en el análisis: educación y cultura son esenciales para trascender los aportes de la herencia general que el pensamiento revolucionario requiere para insertarse en el concepto de nación. Sólo transformándolas desde la base es posible construir un pensamiento renovador que no se estanque en cierto grado de prescripciones, sino que se proyecte en un desarrollo futuro eminentemente dialéctico, autocrítico y que a la vez consiga resistir al enfrentamiento de guerra despiadada, falsamente aceptada como fría, que desde el capitalismo se le impone. Y en esos objetivos se centran las bases del proyecto revolucionario cubano.
Al limitar la dialéctica de indagación y cuestionamiento que entre educación y cultura debe sucederse, se atrofia el proceso de socialización emancipatoria y se crea una praxis que coarta el cuestionamiento de valores que necesitan renovarse en su esencia, antes que en su apariencia. La expresión popular se adapta, siquiera críticamente, a esa práctica capitalista de violencia simbólica y dominación social legitimada por la imagen que se representa como resultado del cambio. Es algo a indagar desprejuiciadamente, es decir, liberados también de las perretas acusatorias que tan bien se montan en la línea estática de Guerra Fría.
Publicado en Cubaliteraria, 25 de febrero de 2014

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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