Contradicciones culturales y sacudidas ideológicas

Jorge Ángel Hernández Antonio Gramsci (contradicciones)

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, marzo 17 de 2014

Con la presión que ejercen las transformaciones revolucionarias inmediatas al triunfo sobre el magma de costumbres y tradiciones de la sociedad cubana, y la necesidad de compulsar a esa sociedad a evolucionar desde sí misma, la dirección correcta, de avanzada, en la que el cambio social va a descansar, corre el riesgo de asumir derroteros que privilegien un sistema de pensamiento consignatario, superficial, declamatorio y, sobre todo, reaccionario contra todo tipo de cuestionamiento. Es una práctica conservadora que se reinstala en las nuevas circunstancias y que puede incrementarse según se ejerza o no incidencia sobre ella. No es tampoco baldía por completo, pues responde a la necesidad de resistir las estrategias injerencistas que acosan al proceso revolucionario. Más que los propios errores de concepto en la enseñanza de la filosofía, que se hacía masiva e irreversible, el avance iba a ser erosionado por errores de actitud cultural, prejuicios políticos indisolublemente ligados a la incapacidad de asimilar, como cultura, los aportes de esas tendencias y obras que servían de base a la decisión nacional de sostener la rebeldía a toda costa. Es un error histórico en el que no sólo han incurrido marxistas que ejercen el poder, sino también marxistas que constituyen minorías dentro de sociedades eminentemente deudoras del capitalismo. Y, si bien no es inherente al marxismo, es decir, una piedra de Sísifo de su preceptiva, sí es una terca espada de Damocles a la que se hace necesario evadir.

La necesidad de resolver la contradicción se expresa, sin embargo, en el pensamiento oficial, no solo en el caso de «El socialismo y el hombre en Cuba», de Ernesto Guevara, sino en el de intelectuales como José Antonio Portuondo, Ambrosio Fornet o Roberto Fernández Retamar.

Para Portuondo, tras el triunfo revolucionario, urge renovar la conducta de reacción del arte abstracto que se había enfrentado tanto al arte burgués conservador como a la legitimación política del gobierno de Fulgencio Batista. Considera que tal actitud no es “admisible desde un punto de vista correctamente marxista.” A la vez, se manifiesta por una producción artística y literaria “absolutamente libre y en todos los terrenos”, con “amplio margen para que cada cual pueda desarrollar su producción sin obstáculos de ninguna especie.” Paradójicamente, Portuondo va a combatir la esencia formalista —que se presenta más como un recurso para evadir la censura que como un programa estético— de los realizadores del ICAIC y a dejar de fondo la percepción dialéctica que manifiestan explícitamente acerca de las ideas en el arte. Es lo habitual entre polémicas intelectuales, sobre todo cuando se intenta imbricar en un proceso de socialización masiva un arsenal de conceptos que han actuado tangencialmente, ya sea en gremios o circuitos de difusión especializada, en los ámbitos de la tradición artística y literaria. Así, la contradicción a resolver por la política de transformación revolucionaria, choca con la tendencia conservadora de la institucionalidad.

Por otro lado, ciertos sectores del pensamiento crítico interno, más individualistas y sensiblemente limitados para desarrollar los recursos necesarios, decidieron replegarse, algunos con la esperanza de que otros tiempos mejores surgirían, otros reconstruyendo su carrera política para pasarse de bando cuando por fin una buena oportunidad viniera a su camino y, algunos, procurando juntar satisfactoriamente aquellos irreconciliables ingredientes. La paradoja radica en que, en tanto se proclama estar en posesión de la vertiente de pensamiento más renovadora, revolucionaria por esencia, se asume una actitud social análoga a la de los intelectuales críticos burgueses: se consignan actitudes y no se impugnan las fallas esenciales del sistema. Es cierto, sin embargo, que tal vez estas fallas se decantan con claridad al cabo de los años y que, en tanto predicciones y no consecuencias ya probadas, las actitudes antisistémicas que desde el propio sistema se han estado imponiendo tiendan a privilegiar la confusión en el ámbito de los resultados pues, no hay que olvidarlo, ellas van usurpando la guía del proceso. Es, por ello, uno de los más lamentables gestos de anomia en que ha insistido el socialismo en el poder.

La dirección política detecta los problemas y vislumbra un camino para buscar su solución, pero la necesidad de una aplicación masiva e inmediata, bajo la contradicción que separa a la cultura de la práctica, y a la ideología de la propaganda inmediata, va empedrando el camino de la creación y, con ello, el de su socialización. Por eso, cuando una nueva generación emerge en la cultura, nacida y madurando dentro del propio proceso revolucionario, los estamentos dogmáticos comienzan a crujir. Esto no se manifiesta, sin embargo y con perfecta lógica, en el campo de las Ciencias Sociales, cuyo desarrollo se había truncado alrededor de una década antes, sino en el ámbito de la expresión cultural, allí donde menos ha sufrido la tradición y donde mejores condiciones sociales se han creado. Las artes plásticas. El teatro. La Poesía. La Nueva Trova. Ciertas manifestaciones de arraigo popular, incluidas las de carácter religioso. Todos con fuentes diferentes, incluso partiendo de maneras distintas de expresión en el contexto universal, aunque sí es para todos coincidente el espíritu de rebeldía anti institucional que global —y semi superficialmente— el universo aporta. Estas manifestaciones son, en esencia, raigales, pues no sacrifican, como en el caso de los vuelcos generacionales que van de los sesenta a los setenta, el objeto primario de la creación por un sentido de significación. La educación ha cumplido a tal grado su papel —a pesar de la contracorriente manualizante y superficial— que ahora permite que emerja una generación colectiva capaz de cuestionar, desde la misma cultura, a la cultura.

Cualquier interpretación política que se haga acerca de esas manifestaciones, deberá partir de un estamento de base cultural. Ni siquiera la crítica cultural se encuentra preparada para legitimar los valores de tales movimientos ni, mucho menos, para señalar sus aristas menos convincentes. Es el resultado, también, de la paradoja educacional que hace que el receptor ideal de esas propuestas —más de treinta años de un sistema masivo de educación elemental, general y superior— no se halle en facultades para asimilar, siquiera intuitivamente, lo que a él mismo se dirige. Es una masa, no olvidarlo, que se empeña en sobrevivir bajo la alternativa de repartir los bienes de la producción de un modo en principio equitativo al mismo tiempo que se carece de un desarrollo económico para cumplir a plenitud con el propósito. Esto hace que aún no se considere como necesidad vital a los productos culturales de los artistas de vanguardia que, desde su propio eje de contradicciones, crean y cuestionan el discurso antisistémico que la burocracia institucional impone como defensa del sistema.

Así, la contradicción entre el artista cuya tradición formativa no le reclama más que la actitud rebelde, individual e inconforme, y el programa de incorporación del receptor masivo que las instituciones revolucionarias llevan como objetivo esencial, se expresa en un vacío más o menos análogo al del capitalismo. Y es natural incluso que así ocurra. No obstante, la tendencia institucional cometía un error de aceleración del proceso revolucionario que iba a poner en riesgo el verdadero avance en espiral del desarrollo. La negación de la negación anterior que José Antonio Portuondo reclama a los pintores abstractos no puede ser un evento designado, sino consecuente. O sea, solo la transformación efectiva de las condiciones que le han dado origen, transforma la actitud, el gesto rebelde del artista. Acelerar artificialmente los factores de cambio del proceso revolucionario, como lo hiciera en su momento la tendencia estalinista, fue un error básico de contaminación. Tampoco, contradictoriamente, están exentos de él nuestros artistas de vanguardia.

Y he escrito, en efecto, “artistas de vanguardia”. Se trata, una vez más, del paradójico resultado de modernizar la nación, tardía pero aceleradamente, cuando en el panorama global se iban expandiendo los efluvios de la postmodernidad. Así, el post cubano aparece en sus bases como de vanguardia, asimilando técnicas y estilos, pero reconstituyendo el papel social que toda creación puede jugar. El grado superficial del adoctrinamiento ideológico permitió, precisamente, que los nuevos creadores formados por la revolución supieran decantar su tufo declamatorio y acondicionar la esencia originaria al curso de sus creaciones. Por ello, y una vez más, las confrontaciones iban a darse en el ámbito polémico que los creadores consideraban como inalienable y el que las instituciones se habían dedicado a reproducir con disciplina. Por ello, también, luego de empecinados debates en los que buena parte de los creadores decidieron no replegarse, aportando los criterios de legitimación del sentido intrínseco de sus obras, y apoyados por varios creadores revolucionarios de promociones anteriores, los primeros síntomas de voluntad de solución vendrían del propio Ministerio de Cultura, es decir, de la institucionalidad que recogía las preocupaciones de esa vanguardia marginada surgida sobre las bases de una perspectiva crítica revolucionaria que, al rescatar, y asimilar como un legado insoslayable la herencia cultural burguesa, se hallaba en perfectas condiciones para colocarla en una nueva dimensión social y cultural.

El ciclo se avocaba, una vez más paradójicamente, a la dicotomía entre la pretendida docilidad oficial del pensamiento, señalada por el Che y citada hasta el punto de hacerla inoperante, y las cada vez más difíciles búsquedas de expresión que superaran la ya tardía contradicción de asimilar el post cuando en la práctica social se transitaba por un nuevo proceso de vanguardia moderna.

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Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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