Cultura, recurso y contradicciones culturales

Jorge Ángel Hernández
Publicado en Semiosis (en plural) Cubaliteraria, abril 11 de 2014Cuba paisaje1

La hegemonía que fue adquiriendo la industria cultural en el panorama global de relaciones comerciales, impuso como legítimo el carácter de recurso para la cultura. Los estudios culturales fungieron como un agente legitimador inapreciable y establecieron bases que, en tanto se ha debilitado el papel del estado en la subvención de los proyectos, sirven de patente de corso para quienes ven en la cultura un recurso más o menos efímero, desechable una vez que deje de reportar utilidades en los libros de cuentas. Las condiciones actuales del proceso cubano no están libres de tales influencias, ni en el plano académico ni, el más propenso, el de los aparatos burocráticos de estado que definen las líneas de planificación.
Ciertamente, es necesario rebasar la idea de Adorno, y de la escuela crítica en general, que percibía a los adelantos tecnológicos y, sobre todo, a su capacidad reproductiva, como una tumba para la trascendencia inherente al ámbito de lo cultural. Las dicotomías teóricas entre tecnología y creación humana, por una parte, y reproducción masiva y exclusividad de la obra producida, por otra, concluyeron su ciclo elitista una vez que la masa demostró su capacidad de acceder a esos mensajes cuando los canales de transmisión son parte de su propio entramado. Pero no han perdido vigencia en cuanto a su visión de cómo el capitalismo reacondiciona la expresión libre del artista en el contexto de su propio ciclo productivo. Y buena parte del pensamiento teórico que emergió tras el derrumbe del socialismo europeo fue el caballo de Troya ideal para cortar los lazos que habían magnificado la libertad del creador.
George Yúdice, en El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global, opina que, al reducir los gastos estatales en el sector cultural, se está logrando su condición de continua posibilidad. Ello, según él mismo, porque anteriormente las guerras culturales forzaban el interés ideológico del arte y la cultura.
Para este investigador, es legítimo el giro utilitario al que se ha sometido a la cultura, porque la globalización “pluralizó los contactos entre pueblos diversos y facilitó las migraciones, y de ese modo problematizó el uso de la cultura como expediente nacional.”
Este argumento se estructura en tres puntos que podemos desmontar según la visión que nos va ofreciendo el siglo XXI.
En primer orden, la pluralización de contactos entre pueblos diversos. En segundo, y como consecuencia del primero, la facilitación de las migraciones. Y en tercero, latente y lejos de una solución, la problematización del uso de la cultura como expediente nacional.
Partamos, entonces, del primer aspecto.
El desarrollo tecnológico ha puesto en contacto directo e inmediato, en efecto, a la mayoría de las naciones del Planeta aunque, para ser justos, no a muchos de los pueblos que componen esas naciones. La desigualdad clasista se refleja también en la desproporción que muestra Internet como plataforma de contacto. Apenas en noviembre de 2013, la organización The internet society denunció en un comunicado que los intereses de un grupo reducido de grandes empresas de países occidentales estaban determinando el curso de las leyes de propiedad intelectual. O sea, los monopolios de la comercialización cultural retoman posiciones de control sobre lo que puede intercambiarse en una plataforma de contacto que se supone libre. Y el carácter global de ese intercambio les permite usar a su favor el patrón utilitario de lo cultural. Se defiende, supuestamente, el interés del creador, cuando en verdad el interés defendido es el de la empresa que emplea a su albedrío al productor de cultura. El acceso a Internet, por demás, tampoco es estrictamente libre, sino que depende del grado de facilitación que ofrezcan grandes empresas de servicio, que son las verdaderas puertas comerciales, como AT&T, Vodafone, Verizone, etc.
En el aspecto estético de la cuestión, se aprecia la necesidad forzosa de comunicación a través de los canales de la industria, lo que implica adecuar los procedimientos particulares de los diversos creadores a los modos estandarizados en el contexto desarrollado donde sus obras serán colocadas. Y no hay que entender esquemáticamente este proceso, sino desde la propia dinámica que el estilo individual propone. La música autóctona de cualquier nación necesita de elementos de fusión que la traduzcan a la capacidad de percepción del receptor occidental y, de ahí, de rebote al contexto de sus propios emisores.
El segundo aspecto de Yúdice se refiere a la facilitación de las migraciones, cuestión que remite a dos fenómenos fundamentales: la fuga indiscriminada de cerebros y talentos hacia las naciones de más desarrollo y la explotación, también indiscriminada, de esa emigración. Los parlamentos europeos, y el estadounidense, se debaten una y otra vez entre proyectos de leyes que reduzcan el flujo migratorio y medidas de control que, al tiempo que mantengan la hipócrita manera de proclamar la libertad, reduzcan las posibilidades de emigración de esos pueblos deficientemente comunicados y, sobre todo, industrialmente saqueados. Masas de emigrantes de nulos recursos económicos y bajos niveles de instrucción procedentes de África, o de América Latina, fracasan en su intento, en tanto figuras del deporte, para poner el más público de los ejemplos, cambian de inmediato su ciudadanía, según lo necesite la potencia. Por si no fuera suficiente, se aprecia un índice discreto de emigración de profesionales desde los países europeos en crisis, como España o Italia, hacia el cono suramericano, e incluso hacia alguna que otra zona de África, donde ejercerán la natural competencia al profesional nativo.
El carácter global de las empresas de comercialización cultural permite incluso poner en práctica contratos temporales que no cambien el estatuto migratorio del artista. Las grandes casas editoriales, por ejemplo, crean sucursales que establecen escalas jerárquicas en diferentes zonas geográficas, para decantar a aquellos autores que no soporten los embates del mercado. Y hay una doble función en este punto, que completa a la decantación comunicativa: el control de los patrones de demanda masiva. De ahí la feroz lucha contra lo que llaman piratería, pues este fenómeno cumple un precepto de socialización que escapa al control del monopolio. De ahí, además, el trabajo infatigable sobre los aparatos legales.
En el contexto de confrontación ideológica cubano, donde la Guerra Fría se ha recrudecido —sin haber finalizado, como superficialmente se proclama—, hemos visto a un grupo importante de autores acceder a editoriales con profunda tradición comercial y alto poder legitimador. Sin embargo, pocos han resistido el embate de los patrones de comunicación definidos por el estatuto occidental. Las peculiaridades sociales, lingüísticas y, sobre todo, culturales, del cubano cuya educación básica transcurre en el periodo revolucionario, han chocado con los procesos de estandarización que la industria cultural impone. Les han sido extraños, también, la mayoría de los patrones cosmopolitas que imperan en el mercado editorial universal. Y aunque muchos de estos autores se han colgado del patrón condenatorio al proceso revolucionario cubano que los grandes medios instruyen diariamente, no han conseguido mantener el interés por su obra. Esta doble incidencia —la formación cultural en el interior de un proceso revolucionario que es básicamente diferente en sus códigos de comunicación, y la efímera utilidad del recurso literario al que se suman— revela hasta qué punto la globalización es la plataforma ideológica ideal para el bloque triunfador de la primera Guerra Fría.
Nos hallamos, con esto, en el tercer aspecto de Yúdice, el relativo a la problematización del uso de la cultura como expediente nacional, acaso el que con más exactitud se ha ido realizando.
Ante la realista circunstancia de asumir como recurso a la cultura, para poder desarrollarla, o renunciar a la experiencia creativa, la identidad nacional de los artistas busca modos de expresión que, aunque mediados por los patrones de comunicación, expanden las características de lo nacional, o de lo regional incluso. En esta dirección, puede considerarse favorable el desarrollo de la industria cultural, que llama la atención sobre fenómenos por completo invisibles para los receptores de las grandes potencias de occidente. Si bien pervive una masa receptora a la que no le interesa profundizar en las raíces y orígenes del producto que reciben, existe otra que busca con mejor conciencia y, como es natural en todo ámbito receptivo, trata de expandir su arsenal particular. Pero en la dirección opuesta, o sea, en el retorno del mensaje, el problema de lo nacional sufre un choque importante. La estandarización del gusto cultural no se produce aisladamente, por obra y gracia de la industria, sino que necesita ejercitarse de conjunto con la estandarización de las relaciones productivas y las prácticas políticas.
Al concebir simplemente como recurso a la cultura, y no a la inversa, o sea, asumir la comercialización como recurso de la expresión cultural, confluyen el pensamiento teórico y los artífices de la última fase del imperialismo, en la que también los territorios culturales de todos los rincones del Planeta deberán ser repartidos. Las fronteras de la geografía de la cultura se delimitan por la ley. No por la ley en sí, quiero aclarar, sino por el espíritu esencialmente capitalista de las leyes que imperan en el mercado laboral de los artistas y escritores, cada vez más avocados a suceder como recurso de paso, y con muchísimo orgullo y dignidad, en tantas y tantas ocasiones.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en El ojo atravesado y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s