Cultura, trabajo y socialización de contenidos

Jorge Ángel Hernándezratón click here

Puede parecer lógico que, ante el ejercicio global de dominación de las empresas que van logrando sacar partido de la crisis estructural del sistema, los productores de cultura opten por la realista solución de convertirse en recurso. Al menos ofrece la posibilidad de no desaparecer completamente y, en el ámbito de lo individual, siempre es posible deslizar determinados influjos personales en las obras, por estandarizadas que parezcan. No obstante, la verdadera esencia de este acto se explica en el ámbito del trabajo y, por consiguiente, en las más inmediatas circunstancias Es menos lógico, en cambio, que las producciones por encargo de la industria cultural respondan a posibilidades auténticas de los creadores. La legitimación de esta conducta, aunque pase por cualificaciones filosóficas como el pragmatismo, o el realismo concreto, o incluso la reacción condicionada, concluye en un conformista acto de autofagia progresiva, irreversible y lenta.
Este fue el punto de vista que asumió la UNESCO en su Informe Mundial sobre la Cultura del año 2005, en el que se concluye que la visión occidental ha dominado los preceptos teóricos acerca de los modos de desarrollo aun cuando se ha comprobado que existen otras alternativas en las diversas regiones del Planeta. Considera además este informe que la globalización debe dejar como resultado la diversidad de estrategias de desarrollo. El cuerpo del texto (438 pp.) está compuesto por ensayos de una importante batería de autores que, de un modo u otro, reinciden en la idea de adaptar la producción cultural al ritmo mercantil impuesto por la globalización, siempre en aras de salvar la cultura y sus manifestaciones más diversas y marginadas.
Del mismo modo, vamos depredando los recursos naturales del Planeta descansando en la confianza de que otros aparecerán para sustituirlos y, sobre todo, de que la sobrevivencia de hoy depende de ese uso constante. El discurso ecológico, por su parte, no trasciende la simplificación mediante la cual no queda claro si lo más lógico sería destruir todo adelanto tecnológico. Un esquema de utilidad mercantilista, fetichista y filistea domina el ámbito del desarrollo cultural y condiciona la producción artística, con sus naturales procesos de reproducción, aun cuando no sean estas las intenciones de sus creadores ni, por mucho, las de los receptores. La disyuntiva de sobrevivencia a partir de la regulación de la mano invisible del mercado no es sino una ilusión que intenta reconstituir el esplendor capitalista cuando en verdad nos hallamos en su última fase, si bien no coincidente en muchos de los detalles anunciados por Lenin, sí análoga en su esencia.
Entre los tópicos de legitimación de los entornos culturales emergentes se halló la proclamación de una nueva división del trabajo como un paliativo a las más duras teorías que decretaron el fin de la era laboral. Sin embargo, más que a una nueva división del trabajo, la cultura se enfrentaba a un reordenamiento, de disyuntiva forzosa, que alteraba la incidencia tradicional de sus productores legítimos en el marco de socialización de su legado. Sometidos por la norma universal y degradante del mercado, y agobiados por la necesidad elemental de la sobrevivencia, creadores e intelectuales se proletarizaron y humildemente asumieron su lastimosa condición de capital humano. De ahí que se hablara, además, de la desaparición de las grandes figuras del arte y la literatura y de la correspondiente decadencia de las generaciones subsiguientes. Paradójicamente, los paradigmas posmodernos rendían culto a la necesidad de autoridades canónicas y cursos predictivos de alta exactitud. Lo hacían por el envés del planteamiento, es cierto, pero el lamento delataba el deseo.
Una década después del conformista Informe de la UNESCO, el universo simbólico quedaría cada vez más a merced de esas normas impuestas por las transnacionales del gusto, preocupadas mucho más por el entretenimiento autosuficiente y efímero, que por desarrollar cualquier independencia de percepción ética o estética. Las formas alternativas de desarrollo han sido víctima de la expansión empresarial y, en los casos de los gobiernos latinoamericanos que buscan el cambio de sistema a través del propio sistema de partidos políticos, han sido bombardeadas por una competencia que goza de la plena ventaja de la tradición y el escaso progreso cultural. Los avances son lentos y permanecen lejos de ser parte de las propias relaciones de trabajo, aun cuando se emprendan proyectos de importancia. Pero no es solo el peso de la abulia histórica el que frena el desarrollo cultural, sino además, y sobre todo, el ámbito de relaciones productivas el que no ha conseguido percibirla en su esencia. O es un recurso, o un aditamento simbólico con patente de corso para generar gastos monetarios irrecuperables, al menos en la contabilidad corriente.
El creador, impelido por la maquinaria de la industria mercantil, sacrifica su condición de individuo y pospone su posibilidad legítima de convertirse en sujeto portador de una cultura capaz de contribuir al bien común. Tanto como una industria, la cultura del capitalismo global es, a cada instante de su ejecución, una empresa. En ella entran en juego los mecanismos reguladores del empleo, las relaciones de trabajo marcadas por una eficiencia que responde a una lógica de acción que sobre todas las cosas jerarquiza el dominio de la instancia gerente. Minorías económicamente desplazadas, asociadas o no por rasgos redundantes, y profesionales sin una línea de marketing preestablecida, recurren por igual a la más humilde condición de fuerza de trabajo. No hay novedad en esa relación mercantil a la que se ve forzada la cultura, sino una decidida recuperación del estatuto que Marx describió en El Capital. La creatividad cultural, la experimentación estética, el riesgo ético, son suplantados por el sacrosanto lema de la eficiencia económica, es decir, por el fin legitimado de la obtención de una ganancia continua y progresiva. Es el punto de vista del capitalista el que sanciona esas normas de retribución y, por extensión, los objetivos concretos de trabajo. Y es su punto de vista el que limita la socialización de los contenidos culturales que contribuyen a la desalienación de la masa.
En tanto la economía de la cultura dependa de gestiones negociadas con instituciones financieras o políticas, los valores intrínsecos en la producción simbólica se verán relegados y no dejarán de ser a fin de cuenta espurios. Si bien es cierto que ni la investigación deconstructiva, ni el proceso crítico de acción comunicativa desarrollado por ciertas hegemonías del valor cultural, consiguen el dinero necesario para promover y desarrollar proyectos culturales desde sus propias tradiciones, sí están llamadas a buscar, alternativamente y desde fuera, esos procesos de negociación mediatizada en que los productores de cultura se verán sin más insertos.
La crítica de la acción cultural, aun cuando también dependa de ciertos focos de sostén económico, necesita verse orientada hacia un uso consciente de los datos de justificación para el financiamiento. Una actitud ingenua, acrítica además, en relación con las nuevas tendencias que los medios imponen a sus consumidores, deberá convertirse, primero, en una renuncia al proceso cultural, y luego, en un sometimiento al deterioro irreversible. Lo que las minorías aportan se ve rápidamente procesado. El rap, que surgió como un fenómeno de denuncia, identidad y autocomprensión de sectores marginados, fue despojado de su poderío social y ha regresado a esos mismos sectores perfectamente enlatado como una moda efímera y banal, en ocasiones agresiva contra el propio sector que representa.
El informe de utilidad para la búsqueda de financiamiento presupone hasta qué punto podrán desarrollarse los proyectos culturales subvencionados. Y es igualmente ingenuo, por demás, aceptar que los proyectos que se ponen en marcha van a funcionar de acuerdo con los estatutos ideales de la justificación; la dinámica interpretativa que las relaciones sociales inmediatas imponen a cualquier acto de cultura, determina las normas reglamentarias a favor de la eficiencia contable. Así, si no se trata de un producto de puro resultado económico, no importarán los valores que pueda aportar el individuo. No basta, desde luego, con programar desde una perspectiva teórica un mundo cultural para que éste se realice ni, tampoco, con decretar constitucionalmente que la cultura representa un valor nacional y universal a resguardar, pues también en esos casos la dinámica de acción directa de los fenómenos culturales recompone los preceptos teóricos y convoca a conflictos no siempre previsibles y, en tantas ocasiones, reacios a aceptar las soluciones disponibles. No basta, pero sí es necesario como estación de tránsito cuya realización ideal depende del sistema de relaciones sociales imperante. La cultura cubana de hoy, ya en la segunda década del siglo XXI y sin haber perdido los beneficios de planificación como parte de las necesidades básicas de la sociedad, está llamada a equilibrar sus manifestaciones en medio del encontronazo economicista de la —también necesaria— emergencia de una empresa eficiente. Es una paradoja, no una contradicción antagónica que, como ya lo explicara Marx, se define a favor del beneficio de inversión mercantilista.

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, 23 de abril de 2014

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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