Si yo me llamase Raimundo: trascendencia del hombre común

Jorge Ángel HernándezFdez-Larrea

El poeta y periodista Alex Fleites ha conformado la selección de Si yo me llamase Raimundo (1) tras haberla escogido de siete poemarios publicados por Ramón Fernández-Larrea (Bayamo, 1958): El pasado del cielo (1985), Ediciones Unión, La Habana, 1987; Poemas para ponerse en la cabeza (1989), Editora Abril, La Habana, 1989; Manual de pasión (1993), Universidad de Guadalajara, México, 1993; El libro de los salmos feroces (1994), Ediciones Extramuros, La Habana, 1994; Terneros que nunca mueran de rodillas (1998), Ediciones Nuestro Arte, Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, 1998; Cantar del tigre ciego (2002), Ediciones Arlequín, Guadalajara, México, 2002; y Yo no bailo con Juana (2010), Editorial Linkgua, España-USA, 2010. Contiene esta edición un prólogo del también poeta y ensayista Víctor Fowler que, como tantos de sus escritos, llamará la atención sobre cuestiones de importancia para nuestra poesía y, desde luego, provocará polémica.

Afirma en dicho prólogo Fowler que la obra de Fernández-Larrea es “la que mejor refleja, de modo balanceado, los principales rasgos de la generación de los 80: la vocación de actuar como conciencia crítica de la sociedad (haciendo de la figura del poeta un personaje incómodo y alerta, cuyo territorio de acción/opinión es la ética); la reactivación del intimismo poético (…) y la voluntad de renovación estilística”.

Desde el primer verso de la compilación (dile que vamos a cambiar el aire, del poema «El loco»), hasta el último (para sentirnos ligeramente vivos, del poema «Crepúsculo quemado»), hallamos, en efecto, esa conciencia crítica, ese intimismo intrínsecamente mezclado con el interés social y, sobre todo, con los recursos estilísticos. Sin embargo, es importante destacar que, como estos mismos versos citados lo demuestran, el sujeto lírico de Fernández-Larrea es un individuo que piensa desde su propia y personal individualidad, aunque esta se mezcle con lo colectivo, y que, sobre todo, intenta negar los cánones heredados como patrón de interpretación del deber ser común. Cambiar el aire significa más cambiar la vida propia que transformar la sociedad. Sentirse ligeramente vivo plantea una modestia más cercana al individuo corriente que a la grandilocuencia del que, al empadronarse en el poder, se apodera, por decreto, de lo vivo. La contienda se da más en la cotidianeidad de los hechos, que son también la inmediatez de los recursos expresivos, que en las proyecciones éticas. Su poesía critica e interpreta, cuestiona y define, niega y propone, ciertamente, pero se resiste a asumir, o a proponer siquiera, un nuevo orden canónico; solo rescata como humano, como poético y vital, eso que de algún modo la esquematización del canon ideológico había excomulgado de la perspectiva para la nueva sociedad. La transustanciación de un ideal religioso que baja a la tierra el paraíso perdido, y lo entrega al ser humano a cambio de la fidelidad eterna, propia de la preceptiva de la generación anterior que asumiera como suyo el triunfo revolucionario, se convierte aquí en esfuerzo cotidiano, en trabajo y sudor que la persona carga, del mismo modo en que, una vez publicados en forma de tabloide, el fajo de poemas sirve, concretamente, para cubrir la cabeza de la lluvia. Hay desafío, pero también modestia y participación. Lo sublime no se halla en un estrato superior al que llegar en calidad de premio, sino en el paso común de la existencia, en sus cotidianas escaramuzas de sobrevivencia.

Es importante además identificar hasta qué punto la lucha reflejada en los versos se centra más en sacudir el uso canónico de la transformación, y en cuestionar la escolástica de una ética que se proyecta a sí misma por sobre el individuo para definirse en modelo, que en negar la perspectiva revolucionaria y su desarrollo humano natural. Téngase en cuenta que, en el tan agudamente polémico poema «Generación», “los tantos/ que atravesaron una vez la luz”, es decir, los que dieron su vida por la causa, “sudaron porque sí porque la patria gritaba / porque todas las cosas estaban puestas al descuido”. O sea, que se ofrece, perfectamente visible, una aceptación del acto de trasformación del orden; lo que en realidad se cuestiona es la práctica que canoniza, deshumanizándola, esa rebeldía que históricamente ha respondido al grito de la patria y al descuido de las cosas.

Aflora, por casi todos los poros de la poesía de Fernández-Larrea, una figura retórica de esencial preponderancia: la ironía. Su uso confirma hasta qué punto se mezclan la legitimidad de la lucha por el mejoramiento humano con la espuria canonización del modo en que se busca ese objetivo. La ironía se presenta en estos versos como tropo de supeditación significacional, como espejo del curso de la realidad, como desdén y conflicto. Se impone la ironía no solo como un aditamento humorístico, lo cual abunda en su poética, sino además, y sobre todo, como un acto de interpretación de los hechos concretos de la sociedad y, con ellos, de sus cánones de pensamiento. No se trata, sin embargo, de un acto de invocación filosófica ni, siquiera, de un filosofar espontáneo que obstruya el placer de la lectura, sino de un discurso que en todo momento está regido por el ingenio de la reflexión poética, con sus requerimientos de estilo y, sobre todo, con su demarcación de tono enunciador.

Pongamos de ejemplo estos versos del poema «El día empieza mañana», como uno de los tantos a los que puede acudirse:

(…) todos murieron a esta altura y todos
compraron algún bono del 26 y se han portado
lo bastante decentes como para mirarnos mal
o medio de lado diciendo hijito sé virtuoso
(…)
no quiero más manejadoras
no quiero que me cambien otra vez el pañal
no quiero otro canoso junto a mi
para poner el dedo en su camino preferido

A ese constante decursar irónico se une, como el propio fragmento lo confirma, la invectiva contra las normas de control social y estandarización de la moral del individuo, sin visos de grandilocuencia, pero con firme convicción de ciudadano que vive con ardua intensidad su inmediatez. Así, la referencia inmediata, local, aparece como interpretación del ser, no como proyección aislada, circunstancial, del ciudadano. Plantea además, en el plano formal, y como una consecuencia de la rebeldía anterior, una explícita ruptura de sentido con el coloquialismo y una implícita quiebra del estilo heredado. Por ello, es constante la recurrencia a la conducta y su sentido y abundan motivos y expresiones populares. Giros coloquiales como parte íntegra de lo poético y, por demás, de lo poiésico. Aunque abarcan más de veinticinco años de creación, los poemas de Si yo me llamase Raimundo revelan una continuidad estilística notable, con recursos y maneras de figuración que, sin bien son algo más impetuosas al principio, ganan en concreción referencial hacia el final.

Pervive en los poemas, desde el primer poemario hasta el último, la trascendencia del tema por sobre el uso de los recursos coloquiales. O sea, en tanto el coloquialismo se apropió de modismos del habla para humanizar la tradición sublime de lo poético, la poesía de Fernández-Larrea arrastra los giros del habla, el ambiente inmediato, con sus avatares, y hasta la percepción de referentes culturales, como elementos de la trascendencia poética per se, fuera del artificio creacional. Si no es un punto concreto de ese accionar cotidiano que el oficio del poeta entresaca, mientras cumple los deberes y funciones de todos, no puede ser, tampoco, poesía.

Veamos, de entre tantos posibles, apenas dos ejemplos:

(…) oh dios mío el corazón del hombre
es una remolacha pasada de tiempo

(«U Fleku»)

hoy vamos a aprender a llorar
lo primero es quitarse la máscara
dejar a aquel niño que pregunte
lo primero es tener madres en el pecho

(«Lecciones»)

Y títulos como «Somos unos padres perfectos» y «Sé muy tierna mijita en el ardor de esta muerte», de entre muchos otros.

Del mismo modo, podemos hallar reminiscencias del creacionismo huidrobiano que no son puestas en marcha por el valor tropológico, retórico, sino por su capacidad de generar sentido, de crear una atmósfera que facilite la codificación ideal para los personales lances de interpretación, cuyo referente inmediato es, más que el canon, el estatuto de canonización ideológica que la burocracia institucional del proceso revolucionario fue legitimando.

En la poética de Fernández-Larrea, el intertexto juega también un importante papel. Este aparece como materia elemental de comunicación. Los referentes de erudición, o de conocimiento, como los de la realidad, son esencialmente antonomásicos, no se explican y, menos aún, se justifica su presencia. Simplemente dialogan en plena apropiación y, al mismo tiempo, en sentido homenaje.

Como casi nunca el intertexto es convocado para dejar su propia conclusión, es decir, para emplearlo de acuerdo y en coincidencia con su enunciación original, sino para cuestionarlo, para torcerlo en el diálogo, la apropiación adquiere un profundo sentido y, si se quiere, se transforma en superfluo el acto de hacer explícita la cita. Algunos, como los de Ginsberg, Breton, o Pound, llevan su correspondiente cursiva y nota al pie; otros, como el título del poema «La soledad del corredor de fondo», y las frases “la felicidad es una pistola caliente” o “don’t let me down”, quedan plenamente usurpados, engullidos por un elemental ejercicio de codificación estilística.

En este ámbito, podemos apuntar además otro recurso armónico y constante de su poesía: el sonsonete anafórico como un ejercicio de intensidad, tanto rítmica, que es lo común en la anáfora, como sensual, y sensorial. La anáfora se acumula como un aterrizaje constante del vuelo poético al choque con la realidad. La anáfora como punto de giro que permitirá a la ironía expandir sus posibilidades y trascender el simple acto de denuncia amarga con una incitación a sentir como legítima la rebeldía cotidiana del hombre normal. La poesía no es, para Fernández-Larrea, solo un ejercicio literario. Es realidad transfigurada por la creación, realidad vuelta a crear mediante la interpretación, hechos concretos, cotidianos, comunes, y, al mismo tiempo, singulares, que se interpelan a sí mismos a través de los pasajes que se evocan. Y es, a cada paso, una proposición de desafío. De ahí, además, su capacidad de trascender el modo narrativo del coloquialismo, de convertirlo en referencia, en materia de codificación que será de inmediato cuestionada.

Al confrontar los poemas de su primer poemario, El pasado del cielo, Premio «Julián del Casal» de la UNEAC, 1985, con el último, Yo no bailo con Juana, de 2010, sorprende la estabilidad estilística, la coherencia de sus proposiciones éticas, la visión crítica que asume de principio a fin y, sobre todo, la intensidad del gesto visionario, apegado a esas comunes circunstancias del hombre común y, por tanto, llamadas a trascender en la propia esencia de lo humano.

Nota:
(1) Ramón Fernández-Larrea: Si yo me llamase Raimundo, Ediciones Unión, La Habana, 2013. De esta edición todas las citas.

Publicado en El ojo atravesado, Cubarte, 2014-08-05

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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