Cultura, recurso y proletarización de los intelectuales

Jorge Ángel Hernández1. Los jugadores de cartas-Paul Cézanne

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, 12 de mayo de 2014

Un tópico del pensamiento teórico en el contexto global de finales del siglo XX consistía en oponer a la globalización neoliberal una posible, e inminente, globalización liberadora. Se hallaba estrechamente asociado a la visión de Internet como una plataforma democratizadora sobre la cual no habría modo de ejercer control. El ámbito de lo cultural aparecía como escenario ideal para que los mecanismos tradicionales de intervención en los canales de comunicación masiva se transformaran, por fin, radicalmente. Gianni Vattimo señaló a propósito que asistíamos a un proceso irreversible de proletarización de la intelectualidad y, en su arrastre, a una proletarización informativa sin parangón en la historia de la humanidad.1

La idea de considerar la cultura un recurso utilitario acompañó a estos patrones que asimilaban como inevitable la residencia del planeta bajo un orden imperial armónico y en desarrollo. Sin embargo, y como se ha demostrado en menos de una década, no sembramos una simiente cultural de arraigo cuando se opone una versión humanizada, al menos en sus objetivos, de la industria cultural a la globalización despiadada de un entramado mercantil que define todos y cada uno de los mecanismos de relación social, aun los que se producen en las redes virtuales. Los defensores de criterios y métodos alternativos apenas han conseguido reconocimiento parcial, y sectorializado, en el conglomerado de redes de la información, al tiempo que continúan en perenne riesgo de perecer por autofagia. Su intento de reconstruir sobre modelos de globalizador dominio las normas emergentes de la alteridad ha tropezado con el escollo de la dominación empresarial y, sobre todo, con el siempre controlado escenario de los derechos de la propiedad intelectual. Las grandes productoras, de espectáculos, audiovisuales o libros, han reclamado su empoderamiento histórico para no dejar de ser el elemento mediante el cual los autores pactan su estatus de proletarización.

Socializar los valores humanos, científicos, éticos, estéticos, de la obra de esos cada vez más escasos creadores que se niegan a expurgar su producto de problemas es, en efecto, un camino a la desalienación de la masa que los monopolios no están dispuestos a ceder. Detrás de la plataforma convergente, abierta y democratizadora de Internet, se hallan las normas convencionales del control de la ciudadanía, sobre todo las de orden jurídico, cuya obsolescencia se intenta rescatar a toda costa. Por eso estamos dejando pasar, sin demasiados resultados positivos para la socialización de la cultura, el proceso de reordenamiento de los poderes sobre el derecho de propiedad intelectual.

Al asumir que la cultura es, básica y gratificantemente, un recurso generador de empleos, se acepta como inamovible la contradicción antagónica entre capital y trabajo. El trabajo, en tanto plataforma de empleo para la industria cultural, queda subordinado a la producción de capital y, en el mejor de los casos, a la reproducción de bienes mercantiles. No se convierte así en el sentido primario del artista ni, mucho menos, en una necesidad natural del receptor masivo. Ni importa demasiado que se ensanche la brecha entre emisor y receptor, pues el producto que industrialmente se logra suplanta el papel de la cultura. Los prototipos concretos de novela negra, por ejemplo, aunque se vendan con el sello personal de determinados autores cuyo talento la propia obra evidencia, se mantienen incólumes y hasta rescatan, retozonamente, una superficial pátina de crítica social. La convencional rajadura entre la élite y las masas busca reconvertirse una vez más de modo armónico, gracias al proceso de proletarización de intelectuales y artistas. Acceder a los patrones de estandarización y dominarlos de la manera más complaciente posible son objetivos concretos de la intelectualidad una vez que se ha convertido en fuerza de trabajo. Así, el subproducto astutamente camuflado se apropia del canal de comunicación masiva y, de inmediato, define el derrotero imprescindible para seguir siendo parte del mercado laboral. De ese modo, es imposible que la cultura de las mayorías consiga un desarrollo. Los tópicos hegemónicos del gusto popular están dialécticamente relacionados con el progreso.

Donde información significa aceptar como estables e inamovibles los tópicos hegemónicos del gusto mediatizado, así como los constructos de manipulación falsamente dinámicos, en tanto entretenimiento conlleva una complacida ebriedad en la redundancia de arquetipos de probada superficialidad, es difícil que no se desarraiguen los valores culturales y es imposible que la cultura de las mayorías consiga un desarrollo.

La fascinación por el mercado, con su arrastre de códigos de superficial complacencia, no es solo responsabilidad de las industrias que con la cultura especulan, sino también, y esencialmente, de los creadores que sienten su producto como algo más que un estable valor de cambio o una llave al bienestar que merecen y que, de otro modo, no consiguen. La cultura, justo gracias a que impregna sus hábitos en los niveles simbólicos del pensamiento y de la percepción sensorial humana, deposita su arsenal en el campo representativo de la mente y cuenta, por ello, con la posibilidad concreta de implantar en millones de usuarios sus tópicos de legitimación. La brecha entre el acto legitimador de lo espurio y el disfrute estético es, en realidad, estrecha y difusa, y casi siempre pasa por mediaciones personales y domésticas ajenas al valor institucional. Así, a través de las pantallas —de cine, TV, computadoras y dispositivos móviles—, la aceptación estética facilita el camino de la codificación ética. El consumo de aventuras de juego, sexo, simulación de éxito empresarial, etcétera, no ocurre solo de manera virtual, sino además, y como resultado de significación, en los preceptos de legitimación de una amplia masa de receptores. La lectura, por su parte, no es un acto virtual, sino una acción similar a aquella que emprendemos ante el libro impreso, y puede ser fácilmente mejorada por los recursos que el adelanto tecnológico brinda.

Ante las alienantes condiciones de la globalización neoliberal, que exigen a la cultura resignarse a aceptar su condición de recurso, se legitiman los códigos que esgrimen como panaceas las empresas transnacionales y los directores financieros: libertad de inversión, libertad de circulación de capital y libertad para comprar y vender bienes y servicios con independencia de las fronteras y sin obstáculos.2 Los intelectuales y artistas que pasan a depender estrictamente del flujo salarial, proletarizados, por tanto, legitiman la vieja trinidad de producción de capital, pues se supone que el trabajador es libre de decidir dónde emplearse como fuerza laboral, libre de elegir las condiciones específicas para su puesto de trabajo y, además, libre de conceder un destino al salario obtenido. El efecto social de las retribuciones, una vez que se cumple la doble trinidad de empresarios y empleados, no cuenta con demasiado margen de elección.

No obstante, y al menos desde un punto de vista simbólico, ambos sectores se hallan asociados a las presiones del contexto, regido por la norma de expresión natural del capital. De un modo irónicamente similar, ambos devienen piedras que el sistema de relaciones sociales arrastra en su torrente. El creador dependiente del empleo, convertido en recurso empresarial, no tiene otra salida que reconstituir el valor simbólico de sus libertades y supeditarlo a su propia competitividad para conseguir el salario. Y como sin cesar la competencia se agudiza —en tanto el socialismo y el Estado de Bienestar han legado una amplia “clase ociosa” de tipo cultural—, es cada vez más factible la disposición a ceder en concesiones contractuales inmediatas, ajenas tantas veces a las propias perspectivas. Los empresarios son, en un nivel simbólico, empleados de la representación del éxito; dependen del crecimiento de su industria y se convierten en asalariados —aunque de lujo— de la acumulación de su propio capital. Es una condición sistémica que no es posible violentar si no es a costa de poner en riesgo las fortunas. Inversionistas que asumen el riesgo de financiar investigaciones científicas o experimentaciones artísticas de resultado a largo plazo lo hacen solo a partir de los descargos que esas inversiones tienen en el inmediato contexto de la limitación de impuestos o la retribución inmediata y legitimadora de la filantropía.

En tanto el proletariado intelectual se muestra en crecimiento, y con él, los ámbitos de creación cultural, artística y literaria, disminuye la posibilidad del proletariado universal, y de la propia burguesía dependiente de la expresión natural del capital, de dedicar una parte importante de sus remuneraciones y ganancias a un sector de la vida que, en general, se considera prescindible, de lujo, en la medida que es más alto el nivel de lo ofrecido. Esta paradoja natural, que del espíritu mismo del capitalismo se nutre, no es un proceso que apunte a desarrollo, ni siquiera en carácter de espiral, sino, por el contrario, a un cierre de las necesidades de tipo cultural que no estén directamente determinadas tanto por la obtención del salario como por la acumulación continua de los altos sectores de inversión.

En el ámbito condicionado entre economía y mercado, el proceso global de proletarización del sector intelectual plantea un regreso acelerado a la condición alienada de aquel que está forzado a vender su primaria condición de fuerza de trabajo, no su trabajo en sí. En la carrera por la eficiencia y la competitividad, la ética del intelectual se reconstituye a partir de resortes pragmáticos de legitimación. El valor de su obra se autentifica a partir del cumplimiento de objetivos de eficiencia pragmática y competitividad inmediata. El valor de cambio supedita al valor de uso, en tanto la cultura se va haciendo esencialmente anómica. Se transfiguran como buenas astucias y subterfugios que sirven para esquivar regulaciones de equilibrio social. Así también, lo que inicialmente fue un fenómeno general concerniente a los delitos comunes, a las contravenciones relacionadas con el prójimo, es decir, la manipulación de la ley, se convierte en una operación de efectividad global por medio de la influencia de quienes a toda costa defienden el papel preponderante de las inversiones.

No obstante, es poco menos que ingenuo reclamar al mercado que redireccione y limite las consecuencias sistémicas que lo definen. Para la vertiginosa aclimatación del curso depredador capitalista, cualquier idea relacionada con grados de responsabilidad carece de sentido. Sin embargo, es a ese mismo mercado de dominio global al que se le ha estado pidiendo convertir la cultura en uno de sus valiosos recursos. La oposición economía-cultura se fundamenta en el control de los propios recursos culturales, regulado al mayor estándar posible, de acuerdo con las específicas circunstancias de inversión y de financiamiento a las que ha de ceder la economía, y, por consiguiente, adocenado por la legitimación de esa siempre manipulada demanda.

La solución radica en asumir como norma el principio socialista de la socialización de la cultura, no solo en el nivel de los intelectuales, sino además, y en relación estrecha, en el de la masa, que es a la vez receptora del producto y generadora de demanda. Y, para evitar tanto las conclusiones dogmáticas como las aceleraciones ficticias, el socialismo ha de enfrentar la responsabilidad de asimilar indagaciones y flujos de opinión que propicien la verdadera gestión de desarrollo, tanto en el sentido simbólico de sus construcciones como en el sentido dialéctico de sus contradicciones. No debe quedar una vez más en orfandad la responsabilidad de asumir la ética de la conducta intelectual como un valor intrínseco, esencial, de la cultura, en equilibrio dialéctico, insisto, entre los niveles de producción y los de recepción.

Este es un punto importante para el momento de hoy en Cuba, en que confluyen la superpoblación de intelectuales y artistas, la preponderancia del valor desde el punto de vista de los creadores, y el bombardeo comercial y seudocultural que está mediando el gusto de la masa.

Notas
1- Ver Gianni Vattimo: Ecce Comu, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006.
2- Ver Susan George: Otro mundo es posible si…, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, p. 15. (Trad.: Berna Wang.)

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Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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