Casa que no existía y las aproximaciones críticas a la poética de Lina de Feria

Jorge Ángel Hernández

Lina de Feria en la Casa del Alba. Foto:Lourdes Llera

Lina de Feria en la Casa del Alba. Foto:Lourdes Llera

La aparición del poemario Casa que no existía, de Lina de Feria, en volumen independiente de la colección Ático, Ediciones Holguín, 2013, aviva en el panorama literario cubano dos puntos esenciales:
1º. ¿Qué hace que un libro se convierta en mito?
2º. ¿Cuándo insertaremos el nombre de su autora de la prestigiosa lista de los Premios Nacionales de Literatura?
La primera pregunta admite infinidad de respuestas, todas parcialmente válidas, incluidos los argumentos extraliterarios, aunque, si el libro mitificado carece una calidad fuera de toda circunstancia, es difícil que el mito lo acompañe tantos años como a este. Casa que no existía tuvo el merecido honor de ser el primer Premio David de poesía, en 1967, compartido con otro poemario también mítico, Cabeza de Zanahoria, de Luis Rogelio Nogueras. Este hecho ha traído como absurda consecuencia en la vida literaria cubana una especie de enfrentamiento simbólico entre ambos, reservando para Nogueras la cuota del premio que complace a la oficialidad en tanto para Lina se deja el lado desafiante. Esto es injusto en ambos sentidos, pues tanto uno como la otra fueron víctimas de la “parametración” que ejercieron funcionarios e instituciones sobre ellos, aunque las rutas posteriores de ambos fuesen diferentes. Pero oponer Cabeza de zanahoria a Casa que no existía, como se opuso mucho antes Plácido a Juan Francisco Manzano, sigue siendo un modo dócil de hacer el juego a las interpretaciones ideologizadas de nuestra cultura. Creo que ambos tienen su merecido curso mítico y que el jurado, compuesto por Luis Marré, Heberto Padilla y Manuel Díaz Martínez, terminó haciendo bien al compartirlo.
La segunda pregunta es, a mi juicio, parte de las posposiciones circunstanciales de la historia de la literatura, y su respuesta pende sobre la justicia poética cubana.
Al revisar buena parte de la crítica que se ha hecho sobre la obra poética de Lina de Feria, vemos hasta qué punto se torna omnipresente la presencia de este poemario, ya sea que se escriba sobre todo el conjunto de su poesía, ya sobre un bloque menos amplio, ya sobre un cuaderno breve. Así ocurre, por ejemplo, con prólogos como el de El ojo milenario (Sed de Belleza, Santa Clara, 1995), de Beatriz Maggi, el de País sin abedules (Ediciones Unión, 2003), de Efraín Rodríguez Santana, o el de Absolución del amor (Ediciones Unión, 2005), de César López. Y aunque a Lina de Feria la han acompañado sucesivos Premios de la Crítica (1991, 1996, 1997, 1998), no ha dejado de verse secundada, también, por el shakespeareano fantasma de Casa que no existía, un poemario escrito cuando su autora no rebasaba los veintidós años de edad.
Rodríguez Santana asegura, en abril de 2002, o sea, treinta y cinco años después de publicado, que Casa que no existía “es de una madurez tal que gravitará en toda su poesía y marcará desde el inicio sus derroteros temáticos y estilísticos”, en tanto para Enrique Saínz, ya en 1967, el poemario muestra la “diferencia de su palabra, una voz otra en el contexto literario de aquellos años, con preocupaciones y búsquedas distintas, aunque sin desentenderse de los aportes del conversacionalismo”.
César López ofrece, como una clave posible para la lectura del cuaderno, atender a “la pérdida”, o a “lo perdido”, y apunta rasgos de suma importancia posterior, no solo para la autora sino para los rumbos del panorama poético cubano, como la “proyección de lo femenino oprimido”, el uso de “precisos referentes urbanos”, (herencia inmediata del coloquialismo) y, muy importante, la atmósfera “discretamente surrealista”, aunque el mundo circundante, según el propio López, a la poeta le importa, y se angustia, y lucha.
Esta preocupación, esa angustia y esa lucha, serán también identificadas por Enrique Saínz, uno de los más sabios críticos de Cuba. Al revisar la obra poética de Lina de Feria, Saínz, quien es también un empedernido, sensible y profundo lector de poesía, advierte un “caos de imágenes, recuerdos y angustias”. Entroncando tanto con la aprehensión poética de la angustia como con la percepción surrealista de la pura vivencia, apuntadas por César López, Saínz descubre en sus versos una “experiencia de lo irrealizable”, en “gradual reelaboración de sus temas capitales, entre ellos, el de la soledad, acaso el más relevante de su poética”. Suma a lo apuntado el “angustioso fluir de imágenes y metáforas, recuerdos y deseos, enumeraciones, luces y sombras”, así como el “caos de sensaciones y de objetos”, lo que, según el propio crítico, conlleva a tres condiciones esenciales: coherencia, solidez conceptual y pasión.
Caridad Atencio, al reseñar País sin abedules, observa un interés por relatar la pérdida y llama la atención acerca los “tonos magnánimos” y las “imágenes del estallido y la irrupción”. Se detiene además en un aspecto formal: el uso de la enumeración y el “íntimo equilibrio” de las antítesis. Saínz, por su parte, también ha marcado esa relación armónicamente antitética entre intimidad y paisaje, angustia y anhelos, espacio y esperanzas.
Al prologar A mansalva de los años, segundo poemario de Lina de Feria, aparecido más de veinte años después del primero, José Prats Sariol advierte la soledad como sentido de búsqueda interior, de reconocimiento por las inciertas materias espirituales en busca de la autenticidad. Y considera el desafío ético como un signo clave para su lectura. Aunque el crítico usa el prólogo para encajarlo en su propio canon analítico, destaca la serenidad expresiva, que califica como “de corte clásico”, el arbitrario empleo de intertextos, la intensidad comunicativa y el deslumbramiento en el ámbito de la recepción. Así, este crítico apunta a un elemento sustancial para entender el mito: las circunstancias en el ámbito del receptor. Aunque en la vida del país han sucedido tantas cosas —que van de lo hermoso a lo terrible— en la poética de Lina de Feria la marcha es tan segura y concisa como antes y el voluminoso A mansalva de los años, amparado por una coherencia poiésica y una indiscutible calidad, se queda con uno de los difíciles Premios de la Crítica de año 1991.
A este postergado “deshielo” de Lina de Feria, le siguió una lista continua de nuevos poemarios, gracias a los cuales puede comprobarse su siempre sostenida calidad literaria. Y la profundidad en el tratamiento de los temas. Y el uso de los recursos formales como parte intrínseca del sentido poético. De ahí la percepción de caos, y la sorpresa en el discurso antitético.
Cuando recorre la poética de Lina de Feria, Arturo Arango demuestra conocer sus claves y saber hacia dónde orientar tanto a lectores como a críticos. Al reseñar A mansalva de los años, propone como una de las lecturas posibles la “dialéctica entre el individuo y la historia”, o sea, la forma agónica, vital, propia de los cubanos, de hacer historia. Todo, dentro de una “ética humanista”. Más tarde, al prologar De los fuegos concéntricos, identifica tres perspectivas diferentes de escritura:
1ª. Discurso conceptual, filosófico, desnudo.
2ª. Visiones delirantes, surreales, de violentas rupturas lógicas o imágenes de visualidad enloquecida.
3ª. Cotidianidad: definición de un ser humano concreto, dueño de un pasado, de una vida cuya dolorosa biografía trascurre a lo largo de los poemas.
Opina Arango además que en este poemario la autora ha arribado a una “expresión más esencial”, con ideas dichas de manera más explícita y descarnada. Y ello a través de un sujeto lírico que “pone los pies en la tierra, se recoloca en un presente, frente a un pasado”, y adquiere una corporeidad angustiosa. Y suma algo importante a la hora acercarse a la poética de Lina de Feria: su capacidad de observar, de describir. Esta pasa, de acuerdo con el propio crítico, por procesos de cuestionamientos y desenmascaramientos que expanden las preocupaciones y los temas y muestran valores que no son precisamente propios de la poesía, como madurez, valentía, audacia, e intensidad, dolor, belleza y verdad. No falta, tampoco, el señalamiento del caos discursivo, que él ve como un complemento salvador del orden.
A mi entender, un elemento importante en la poética de Lina de Feria se halla en la relación que se establece con lo filosófico, convertido en poiesis y no acoplado al curso de la enunciación. Por ello, el propio Arango apunta que su insistencia en el tiempo detenido y la contemplación conlleva a un acto de purificación. Suma además dos cuestiones esencialmente filosóficas: la dimensión angustiosa del tiempo y el trato de presente y provenir en consistencia agónica.
Enrique Saínz, por su parte, llama la atención sobre la alternancia de símbolos inmediatos con preguntas de sustancia metafísica.
Y es Beatriz Maggi quien, tras apuntar características formales como encabalgamientos, metáforas eslabonadas, “novísimas y de mundos remotos entre sí”, imágenes gigantescas y suntuosas, ajenas al mismo tiempo a lo pretencioso, coloca el asunto sobre lo filosófico concreto y resuelve el problema de la visión surreal o enloquecida. Disolución o desvanecimiento de todo lo sólido, apunta al prologar El ojo milenario, en una clara intertextualidad de Marx. O sea, y siempre según la aguda percepción de Maggi, emoción pensada y pensamiento que no aparenta serlo. Y en esa “fusión indisoluble de pensamiento y emoción”, junto a la “ausencia de sensualidad”, la autora observa una “alusión velada”, un “trabajo febril del intelecto”. Por ello, resume su poética como “el estrago y la experiencia espiritualizada”. Ese trabajo febril del intelecto y, por tanto, del discurso en sí, es la clave del caos, de las relaciones en apariencia inasibles con el tiempo y, sobre todo, del vínculo entre surrealidad y sucesión de arbitrarias imágenes que pueden parecer enloquecidas.
La coherencia poética que hallamos en toda la obra de Lina de Feria se sostiene, desde mi punto de vista, sobre el eje primario de la filosofía. Una filosofía que es en esencial primigenia, entregada más a conocer la sociedad que a desmontar los mecanismos del conocimiento. Y los valores todos que la enunciación arrastra, sugiere o cuestiona, se decodifican en lo que llamamos pensamiento, aunque se expresen a través de la sensualidad siempre abundante, siempre sorprendente y alerta, del lenguaje que se pretende apenas literario.
Publicado en El ojo atravesado, Cubarte 2014-05-20

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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