Cultura, trabajo y socialismo

Jorge Ángel Hernández Cuba paisaje2

En tanto sistema proyectivo de socialización, el socialismo reajusta por completo la idea del servicio cultural como un “recurso” subordinado al flujo empresarial. Su punto de partida propone una positiva evolución, al fundamentar la cultura como un patrimonio cuyo valor es intrínseco al desarrollo mismo de las fuerzas productivas y que, por tanto, se realiza desde sí y para sí en el restringido marco de las relaciones de producción. Como sistema de proyecto real, en ejecución constante, se enfrenta a la contradicción elemental de sufragar la producción cultural sin una dependencia condicionada por las utilidades económicas que dejan sus propios productos, para lo cual necesita —irrenunciablemente— de mediaciones políticas, ideológicas y sociales. El socialismo europeo convirtió estas plataformas de mediación en patrones concretos, de estrechas perspectivas. Tampoco el socialismo cubano se ha visto libre de ello, así que ha sido víctima, con frecuencia y hasta con facilidad en ocasiones, del trabajo de zapa que desde el capitalismo se le imprime.
Las bases fundamentales del realismo socialista son un ejemplo de cómo, al aislar lo político de lo social, y lo ideológico de lo cultural, se revierte la esencia de la producción intelectual y se reduce el marco de posibilidades para el desarrollo del propio sistema de relaciones sociales. El intenso proceso de socavar el socialismo mundial a través de propuestas culturales legítimas, ofrecidas como caballos de Troya, dependía de que el propio sistema socialista confundiera la importancia objetiva de los términos y persistiera en fomentar sus prácticas de pura anomia boba. El dogma de la aceleración del desarrollo fue uno de los factores que no permitió que la cultura asumiera raigalmente, más allá del patrón de complacencia ideológica, los verdaderos adelantos del sistema como superación concreta del capitalismo. Tanto es así, que la ideología del capital creó el Estado de Bienestar como fetiche de las posibilidades sociales dentro de un sistema que ya se había mostrado, tanto para la intelectualidad como para la percepción cultural de la masa, como el depredador insaciable que es. Y a través de ese Estado de bienestar se generó el empoderamiento de los patrones de percepción que dividieron la libertad de expresión y la responsabilidad de los intelectuales. El absolutismo teórico de los ideólogos que se clasificaron como marxistas-leninistas, abrió anchas puertas al trabajo eficiente de los depredadores de cultura que se camuflaban como promotores a través de artistas y escritores genuinos y, en breve número pero con importancia suma, de intelectuales reclutados por la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) justo para ese trabajo, como son los casos emblemáticos —y sorprendentes para algunos—de Isaiah Berlin o George Orwell.
En la esencia de ese Estado de Bienestar se hallan las bases del estatuto de proletarización de los intelectuales que sobrevendría en la bisagra que cierra el siglo XX y abre el XXI. La desaparición del socialismo europeo como potencia que obligaba al capitalismo a controlar desde sí mismo el capital constante, destapó el desenfreno de los monopolios y constriñó las posibilidades de intelectuales, creadores y productores culturales, y estandarizó los canales de codificación del gusto. Con ello, se abrió el camino al patrón de juicio que ubica la utilidad de la cultura a partir de sus índices de rentabilidad empresarial a corto plazo.
Pero no se trata de determinar si un producto cultural concede o no ganancia, o si, como sería de mayor beneficio, ese producto retribuye a corto o mediano plazo el dinero invertido para sus objetivos. Estos criterios son por completo economicistas y separan, desde luego en acto anómico, la producción y reproducción cultural en sectores amplios y masivos, de la evolución del sistema de relaciones sociales. Agentes productores y redes de consumidores necesitan, por igual, de la retribución por su trabajo, una retribución que sea capaz de desalienarlos, también por igual, y que les permita cortar sus dependencias con los diversos operativos de control que intentan beneficiarse de sus creaciones. La historia del socialismo del siglo XX ha demostrado que, más que filosófico, este es un problema sociológico, y, más que económico, es un problema ideológico.
Para que el socialismo incluya la prosperidad —nunca relegada por Marx, por cierto,— y la sustentabilidad —también explícitamente marcada entre los objetivos marxistas— necesita integrar la cultura a sus relaciones sociales inmediatas y, con igual importancia, a las tensiones entre base y superestructura, sin separar ideología de cultura ni perspectiva política de comportamiento social. En cierto modo, las bases teóricas del socialismo europeo temprano reclamaron esto, sobre todo aquellas que se aferraban a la dialéctica de Marx. Pero la burocratización del sistema simplificó las paradojas significacionales latentes entre ideología y cultura, y política y sociedad, hasta convertirlas en simples ecuaciones donde cada uno de los factores aparece aislado de su par dialéctico. Bajo esta operación ingenuamente aritmética, uno de los términos suplantaba al otro, renunciando a actuar sobre la transformación objetiva de la sociedad. Paradójicamente, en tanto concebían como dialéctico el desarrollo social, atendiendo a los preceptos básicos marxistas, escondían bajo la alfombra de la propaganda los efectos concretos de esas contradicciones dialécticas que la sociedad impone, quiérase o no.
La racionalidad capitalista resuelve este problema con el implacable accionar de la mano invisible del mercado, condicionando a la ganancia cualquier expectativa. De ahí que apenas se hallen elementos culturales en los indicadores de desarrollo del capitalismo. De ahí que la socialización educativa, cultural, deportiva, científica, etc., que el socialismo pone en marcha apenas aparezca en las tablas comparativas de progreso. El socialismo, por su parte, integra como valor de desarrollo los derechos básicos educativos y culturales de la ciudadanía, sin diferencia entre el rango financiero o político de sus miembros. Y todo ello entra a formar parte del proyecto de vida de la ciudadanía. Al menos como perspectiva, desde luego. Pero se trata, de cualquier modo, de una perspectiva necesaria para la evolución del sistema; sin ella, no hay espiral de desarrollo, sino camino sin salida. Es algo a tener primordialmente presente tanto por parte de los aparatos burocráticos de Estado como por la masa trabajadora, mucho más numerosa, pero a fin de cuentas controlable a través de la dependencia que adquiere con respecto al plusvalor que produce.
Solo cuando ambos sectores se conjugan –con la armonía de la dialéctica, no con la idílica paz paradisíaca—, es posible concebir el salto en el decisivo ámbito de lo institucional, donde confluyen la sociedad civil y los garantes asalariados de la política de Estado y de gobierno. Los desbalances en estas relaciones desvirtúan, quiérase o no, los objetivos. Si no se enfrenta el nudo generador de estas contradicciones, estaremos solo aplazando el problema, y obviando una vez más el necesario proceso de integración de la masas con los intelectuales y artistas.
Es, por supuesto, un asunto sumamente complejo y, aun así, ineludible bajo esas perspectivas de complejidad. Para su solución, se necesita de un constante uso de la percepción sociológica profunda y objetiva, por cuanto en el panorama de la transición socialista se encuentran numerosas características diversas y contradictorias. De ahí que las forzadas simplificaciones ideológicas actúen también como un peligroso bumerang que, tarde o temprano, tendremos que esquivar. Y su más afelpado caballo de Troya es, justamente, el economicismo reformista que apuesta por adaptar la dinámica cultural a esas normas sucedáneas de la racionalidad capitalista.

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, 24 de mayo de 2014

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en El Diario que a diario, Polémicas en Web y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Cultura, trabajo y socialismo

  1. Francisco A. Dominguez dijo:

    No hay nada como la racionalidad capitalista, que le da al pueblo lo que quiere el pueblo. Claro, un intelectual de alcurnia, que sabe tanto, me va a decir que eso no es lo que quiere el pueblo; que el pueblo quiere escuchar a Mozart, pero que como no promocionan a Mozart. Pues no, el pueblo, después de pasarse 8 horas pinchando no quiere ponerse a escuchar a Mozart, a tratar de ver si Mozart aquí quiso decir esto o aquello. El pueblo cubano, como todo pueblo, quiere, después de pinchar 8 horas, la cosa fácil; que Gente de Zona les cante Mámamelo contó. Para pensar ya tiene suficiente con la cola del pan y los precios de la choping. Y fijense si la racionalidad capitalista es sabia, que el mercado ha conseguido lo que Raúl Castro con 1000 discursos nunca consiguirá: eliminar la chabacanería de las canciones de Gente de Zona, con lo cual logran conquistar al pueblo internacional. El poder de la democracia, del voto en la caja registradora. Cuantas horas no se han pasado los cubanos haciendo cola para que Alicia se ponga las medallas. Lo que pasa es que en el fondo los comunistas -ustedes- son más elitistas que los cortesanos de antaño. Por eso, nada de subsidios a la intelectualidad. El que quiera publicar libros que se pare en una esquina o haga trabajo voluntario. Lo mismo dá un público de 2 personas que de 100 millones de personas cuando las cosas se hacen por amor al arte. Más que el ahorro económico que ello conllevaría, sobre todo para los trabajadores reales y productivos, lo verdaderamente importante es que nos ahorraríamos la creación de ese ejército de parásitos dependientes y lamebotas del estado explotador que les dá de comer, siempre dispuestos a defender la tiranía… El capitalismo, por cierto, lo aguanta todo, hasta el anticapitalismo.

    • ogunguerrero dijo:

      Señor Domínguez, gracias por su atención y comentario. Creo que el problema se halla en el modo de resolver la ecuación que plantean las paradojas significacionales: vivir en un sálvase quien pueda, en una constante selección natural legitimada por los grupos estrechos de consenso, o apostar por la revolución del orden social y correr esos y muchos otros riesgos que permitan a la humanidad ser una especie capaz de evolucionar, además, espiritualmente.
      No olvide el papel que jugó Mozart en la popularización de la música, en un contexto donde la socialización de su aporte cultural era muy pero que muy pobre. Ni olvide que cuando se pusieron de moda las versiones ligeras de la Quinta de Beethoven, el Bolero de Ravel y otras, no dejaron por eso de ser moda, sin fijar demasiados valores de percepción masiva, aunque se presentaban como un fenómeno masivo, pues respondían a la lógica depredadora de la industria cultural, no a la restructuración ideológica que la cultura ofrece a la masa. O sea, respondían a la racionalidad capitalista, que separa lo ideológico de la cultural.
      Y sigue…….

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s