Casa que no existía: indagaciones más allá del mito

Jorge Ángel Hernández Lina de Feria 1
La colección Ático, de Ediciones Holguín, ha publicado el mítico poemario Casa que no existía, de Lina de Feria. Consta de veinticinco poemas y está dividido en cinco partes: «La parentela» (siete poemas), «Poema para la mujer que habla sola en el parque de calzada» (texto único), «Del escribano y su invención» (ocho poemas), «Poema tras la crisis» (poema en cuatro partes), y «La etapa» (ocho poemas). La edición de Ático (una colección cuyo propósito está en ofrecer “textos literarios de excelencia, por descollantes autores de la literatura universal, incluida la cubana”), estuvo a cargo de Lourdes González Herrero, quien se encarga además de pergeñar el prólogo.
En esta breve e intensa introducción, la también poeta, narradora y crítico, avisa sobre el origen provinciano de los autores de los más misteriosos poemarios de los 60 del pasado siglo XX. Todos radicados en la capital, lo cual les otorgaba “la necesaria distancia para mirar de lejos y mejor aquellos paisajes ya no asfixiantes”. Y acusa además en ellos “un profundo sentimiento premonitorio, una porfiada seguridad en lo que dicen”. Hay, pues, en la presentación de Lourdes González, una intención de conjugar el mito devenido luego de publicado el cuaderno y la objetiva calidad que lo acompaña. Lina de Feria quiere —apunta Lourdes González, complacida en cierta ósmosis poética y en una feliz usurpación de la voluntad autoral— “que veamos los contornos de las situaciones, que fijemos nuestra casa inexistente dentro de un paraje que va transformándose hasta la hoja final”.
Casa que no existía fue publicado por primera vez en 1967, por Ediciones Unión; por segunda ocasión lo dio a la luz la Editorial Oriente, en Santiago de Cuba, como sección inicial de El rostro equidistante, en 2001, Una tercera edición, parcial, pero nutrida, apareció en Antología boreal, por Letras Cubanas, en 2007. La de Ediciones Holguín es, en orden, la cuarta, y la tercera íntegra. Llama la atención, no obstante, que en ninguna de ellas se ha cambiado una palabra, ni siquiera el par de neologismos que en un sentido análisis le reprochara César López, idea que pudo tenerse en cuenta sin menoscabar, por ello, la versión original.
Tal vez, pienso, atenerse al texto primigenio es un seguro modo de no aguar la fiesta al mito. Porque este, como se ha dicho, es uno de esos libros míticos.
¿Qué causas y factores inmediatos lo destinan a reproducirse más como fenómeno simbólico que como un hecho concreto de recepción espiritual? Cuatro ediciones parecen suficientes como para que se pase de la simbología al análisis concreto, del referente en el imaginario sociocultural a las puntuales referencias de la enunciación. ¿Se trata, también, de que no podemos, o no nos gusta acaso, rebasar la ósmosis feliz de su poiesis? Algo de todo gravita en las respuestas a este par de preguntas sin que se agote su ámbito.
Pero será mejor que, a estas alturas, las preguntas adquieran siquiera un algo de objetividad: ¿Depende el curso mítico de Casa que no existía de sucesos externos, posteriores y por tanto ajenos, al libro mismo?
Creo que sí, que el ámbito de recepción y reinterpretación de las cuestiones que rodean a la obra puede propiciar las circunstancias mitificadoras. Hay ejemplos, como el de la novela Paradiso, de José Lezama Lima, que goza de una valoración superlativa en amplios círculos donde ni siquiera se la ha leído una vez, y no ya las varias que un conocimiento aproximado del texto requiere. Y pongamos, como el más escandaloso de los casos, el del Quijote, de Miguel de Cervantes, al cual se vanagloria con tranquilo entusiasmo sin que siquiera se tenga la intención de leer algún fragmento.
La vida literaria cubana y, sobre todo, los mecanismos ideológicos de asedio que, de finales de los sesenta hasta los oscuros setentas, fueron hostigándola, ayudaron, en efecto, a que Casa que no existía, y su partenaire del primer Premio David de la UNEAC, en 1967, Cabeza de zanahoria, de Luis Rogelio Nogueras, trascendieran como cuadernos míticos. Lo confirman tanto el rumor que por años se ha extendido a las generaciones siguientes (yo mismo tenía seis años de edad en esa fecha), como las recurrentes alusiones de todos los que escriben sobre la poesía posterior de Lina de Feria.
Según el tópico de la época, el ámbito familiar ocupaba la sección de despegue de los poemarios. Lo común, y propiamente lógico, era hallar un halo de nostalgia, apego o distanciamiento, discreto o explícito, de las rutas de quienes componían la familia del poeta. Había también, con frecuencia, una especie de canto de reconocimiento a personajes de ese ámbito que podían quedarse para siempre en el olvido, engullidos por su propia condición de persona normal que, bajo el entramado poético, salvarían sus pequeñas hazañas para la posteridad. Y, más no faltaba, la dura infancia forzada por el contexto asfixiante de la sociedad clasista. Para Lina de Feria, en Casa que no existía, esa familia evocada, aludida y llamada al banquillo de los incriminados, se presenta como una parentela de inescrupulosos invasores que, al tomar el recinto, se convierten en agentes que socavan y usurpan su independencia personal. Sus preferencias clasistas no marcan el sentido. La casa se define, cruda y llanamente, como “una sucursal del infierno” que devendría “el sabio aniquilador de la inocencia”.
El poema III de esa primera sección muestra, no obstante, cierta condescendencia con “la concertista”, “tía soltera que nos llevó a las tandas / y a los parques”. En el poema VI, el verso “vino en la renca mula del sábado” concentra esa fuerza misteriosa de los “provincianos” de entonces y deja una línea ejemplar para cualquier estudio. El cierre, en el poema siguiente, rompe definitivamente con el tópico de época aunque, en esencia, haya una infancia frustrada: “el olor de mi infancia que no tuve / se ha quedado sobre el patio”.
En la sección siguiente, de texto único, la voz autoral interroga al personaje que describe:

¿qué serías en el antes,
la madre, la concertista, la prostituta,
la que tenía el tedio, la alienada, la del amor platónico,
la asexual, la torpe, la que no tuvo continuación?

En este fragmento no solo llama la atención el resumen posible de los caracteres que han precedido al personaje, sino el uso de comas para separarlos, como excepción para todo el cuaderno.
«Del escribano y su invención» debate, y se debate, sobre las naturales y posibles cuestiones que forman la poética. El cierre del poema cuarto es un grito de angustia que busca, con amarga ironía, que la frustración de la propia profecía que se enuncia:

cuando mi vejez detenga el tiempo
estas cosas serán como recuerdos o crímenes
la gran puerta amor mío para la resignación

El deseo contenido, por suerte, venció a la amarga profecía. De algún modo, y acaso sin el permiso de los que no la comprendían, se hizo posible en los versos de otro poema de la misma sección:

quisiera alejarme de los manejos torpes
y sentir por ejemplo que somos más nosotros
(con permiso de los que no quieran comprenderme)
haz de pronto que el sentimiento se mueva como una catástrofe
dame un abrazo sin premeditación
corre conmigo hacia el mar que no enjuicia.

El nosotros que esquemáticamente se predicaba para el oficio, pasaba por el yo, por la intimidad del yo y su manera de huir de los enjuiciamientos.
«Poema tras la crisis» despliega una soprendete sucesión de imágenes visionarias y sirve de puente para la última sección: «La etapa». En ella hallamos una nueva respuesta a las tensiones que dominaban el contexto poético del momento, signado por tendencias de control y direccionamiento estrecho. Varias son las situaciones y versos que lo testimonian y que, al pasar de la historia y la justicia poética, exaltan a la autora.
Así se vindica una más este poemario, primigenio, mítico, misterioso, o, sencillamente, pleno de poesía. Solo falta, para la plena justicia que el ciclo de Premiado que inició este poemario, se muerda la cola con el tristemente pospuesto Premio Nacional de Literatura.

Publicado en La Jiribilla, 681, 31 de mayo al 6 de junio de 2014

Véase además: Casa que no existía y las aproximaciones críticas a la poética de Lina de Feria

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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