Cultura, socialismo y trabajo

Jorge Ángel HernándezCuba paisaje4

Cuando el socialismo en el poder decidió socializar la cultura hasta los más olvidados sectores de la masa, estaba dando un paso trascendente para la proyección futura del sistema. No había cambiado el mundo, sino la plataforma de relaciones de ese mundo, lo que es más importante. Se apoderó de la cultura, ese tesoro largamente escondido a la luz pública, y la llevó al alcance del trabajador. Pero la cultura no es un objeto, ni un conjunto de obras y productos ni, siquiera, la totalidad de los bienes materiales a través de los cuales conduce a su interpretación. Tampoco es el constructo ideológico que el uso de esos bienes deja en los conjuntos humanos, aunque este sea parte insoslayable de ella misma.
Cuando el socialismo se empeñó en estrechar las perspectivas ideológicas de la producción cultural, y empoderar la propaganda —por naturaleza contentiva de un código de señales reducido, rígido y finito— sobre la cultura, estaba minando su propio trayecto evolutivo. Dilapidaba uno de los conceptos esenciales para la evolución del sistema de relaciones sociales. Tanto es así, que todavía se reconoce como ideología la orientación propagandística del individuo y se le teme al vocablo como a la cruz el diablo (valgan todos los puntos de la analogía). Hay una tradición espuria que hace lógico el temor. Pero lógico no significa, necesariamente, verdadero.
Cuando el socialismo organizó las fuentes teóricas de su perspectiva futura, y definió las líneas a seguir en la emancipación concreta de la ciudadanía, con su inmediata puesta en marcha, estaba planteando un verdadero reto al desarrollo humano. Ponía en práctica, así, el choque necesario con el precepto conservador que la cultura había arraigado como garante legitimador del curso reproductivo de la división de clases. Las clases élite reconocieron el peligro y, como es lógico, se enfrascaron en un nuevo ciclo de deslegitimación, tanto de las fuentes teóricas como de los propios agentes de la transformación. La permanencia de su base teórica dependía, sin embargo, de que fuese capaz de resistir el cuestionamiento natural que plantea la propia cultura que se crea ante las transformaciones sociales que piden los procesos revolucionarios. Las bases teóricas de la transformación revolucionaria no estaban ancladas en manuales y tratados, sino prestas a ser confrontadas con la realidad concreta, aun poniendo en riesgo sus propios estamentos.
Cuando el socialismo decidió estrechar el marco teórico de su doctrina, y comenzó a manualizar las bases del conocimiento, obstruyó de golpe las anchas puertas que abriera en su llegada al poder. La ausencia de una nueva teoría, dinámica y no estática o dogmática, que comprendiera los estatutos básicos marxistas para reinterpretarlos sobre la propia marcha del proceso, bloqueó las perspectivas de la intelectualidad y, lo más importante, canalizó la iniciativa popular hasta mediatizarla. Canalizar la crítica, y estrechar su marco a una ecuación enunciativa discreta fue, paradójicamente, un modo lamentablemente eficaz de separarse de la masa.
Aun así, es justo y necesario reconocerlo, los derechos básicos de la ciudadanía se mantenían a plenitud y no se escatimaban recursos materiales para garantizar su acceso a la cultura. Y a pesar de los estrechos canales de expresión, la masa pudo avizorar su posibilidad de evitar la alienación cultural que históricamente había sufrido. Pero como la cultura no es, en realidad, un conjunto de objetos de consumo, ni una suma de bienes materiales ni, siquiera, un conglomerado de estamentos espirituales, más tarde o más temprano se resiente ese uso y se revierte el trabajo conseguido. Por ello, la socialización de la cultura no debe representar un paquete elemental de reducciones en la perspectiva humana de la creación, sino una puesta en riesgo de los valores que se creen imprescindibles para la permanencia misma de lo cultural.
Esta anómica conducta la vemos cuando se ha intentado conservar determinadas tradiciones, tratándolas como si fuesen piezas de museo y no creaciones que habrán de socializarse para demostrar su valor y, sobre todo, para cumplir con su función comunicativa. El arraigo de las tradiciones depende de su capacidad de socialización, a pesar de que hayan cambiado las circunstancias inmediatas que les dieron origen, y, además, de que sus productores trabajen en su desarrollo. En estados Unidos, por ejemplo, existen numerosas comunidades descendientes de emigrantes que conservan tradiciones de origen que, sin embargo, no sobrepasan el marco estrecho de acuerdo de la propia comunidad. El resto de la sociedad —nacional, continental, global— no las comprende ni se siente tentado de socializarlas. Si, por demás, se trata de manifestaciones que también han ido difuminándose en sus regiones de procedencia, ni siquiera allí serán comprendidas. Las considerarán, incluso, imposturas.
La Parranda, o Fiesta de Barrios cubana, que es una tradición viva y en evolución en toda la región norte-central de la Isla, tiene pequeños focos de reproducción en las comunidades de emigrantes cubanos en Estados Unidos y, sin embargo, no se convierte en fiesta ni, mucho menos, en tradición, en ese sitio. Los esporádicos intentos que se han llevado a cabo, no han conseguido rebasar el marco de la fiesta privada, sin incidencia popular más allá del grupo de invitados. De ahí que muchos de estos emigrantes hayan decidido colaborar económicamente con sus Barrios de origen, poniendo de su propio peculio para que la fiesta se realice a plenitud en los pueblos cubanos, donde tiene su verdadero hábitat.
Por más que perduren, y que se reproduzcan de diversos modos, los valores de la creación humana no son esencialmente eternos; su duración depende de la capacidad que adquieran para pasar las pruebas que la socialización impone en todas y cada una de las etapas del proceso civilizatorio. Las relaciones de intercambio desigual llevan a ejercicios de tergiversación indiscriminada que ponen en riesgo su propia permanencia. Y ese es su ciclo heroico. De no vencerlo, desaparecerán sus idiolectos, sus prácticas rituales y sus propios ejes de socialización. Sobre ese ciclo de desaparición se levantan las renovaciones, la creación que se considera original, y nueva.
Cuando el socialismo interpretó mecánicamente esa continuidad dialéctica entre tradición cultural y cambio revolucionario, entregó en bandeja de plata su capacidad cierta de supervivencia. Y olvidó los importantes aportes de Antonio Gramsci a la cultura. Por ello, la propaganda contraria se permite tomar la parte por el todo y pronosticar el fracaso del sistema. Sin embargo, y por paradójico que pueda parecer, ni siquiera el modelo ha fracaso. Transita, es cierto, por una fuerte crisis de estatutos que es necesario revertir. La recuperación depende, esencialmente, de trabajo concreto y comprensión teórica.
No sembramos cultura si oponemos la racionalidad mercantil humanizada a la globalización despiadada del mercado. Esto es hacer ideología fetichista con buenas intenciones, no transformación social revolucionaria.
Cuando aceptamos que el papel esencial de la cultura se halla en la generación de empleos, y en la reproducción de satisfacciones humanas necesarias, aceptamos como natural e inevitable la contradicción antagónica entre capital y trabajo. Y continuamos negándole a la masa su derecho a acceder plenamente al desarrollo cultural. Así, al trabajador, con su empleo vinculado a la cultura, le es imposible rebasar su estado de subordinación a la reproducción del capital y, con ello, su alienante condición de asalariado, aunque altas sean las ganancias del salario nominal. Bienes mercantiles, de forma aislada, no constituyen cultura. Si el socialismo acepta, como un fatalismo inevitable, esta contradicción, estará cerrando una vez más su puerta evolutiva.

Publicado en Cubaliteraria, Semiosis (en plural)

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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4 respuestas a Cultura, socialismo y trabajo

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  2. Francisco A. Dominguez dijo:

    Yo no tengo problema con la cultura socialista. Los intelectuales hacen sus correspondientes ocho horas en la fábrica y luego ocho horas voluntarias culturales. Así contribuyen a aminorar las ineficiencias del sistema. La cultura depende del plustrabajo de los productores en una sociedad donde prevalezcan las relaciones económicas de intercambio. En una sociedad donde estas desaparezcan dependen esencialmente de la naturaleza, desde el trabajador que se enferma a los ciclones. Como es mejor sudar bailando que sembrando es posible que haya un exceso de bailarines. Poco a poco no solo falta el papel higiénico, que es un lujo, sino hasta la caña, que fue la que no hizo país. Dicen que las comunidades primitivas se pasaban el día jugando y bailando. Sahlin le llamó a esto “sociedades de la afluencia”. Claro, la riqueza es cosa relativa. El hombre puede vivir desnudo y sin zapatos con una choza sobre su cabeza. Basta que coma unas 2000 calorías diarias para sobrevivir. Visto así la libreta de abastecimiento es un auténtico logro. Y ahora me voy a un concierto de jazz gratis, aquí en Los Angeles, California… Bueno, nada de gratis, que la firma que lo patrocina bien podía ahorrarse el concierto y aumentarle el sueldo a sus trabajadores… o el tiempo de vacaciones… o donar el dinero para la lucha contra el cáncer… Y es que todo tiene un costo, sobre todo la cultura, que es carísima, por eso yo creo en la cultura voluntaria, que sobran horas del día para el juego. Es obvio que yo no considero ni vivir desnudo y sin zapatos ni la choza, pero mucho menos la libreta de abastecimiento, como una alternativa viable. Eso sí, debe quedar claro de la oración anterior, el naturoturismo me parece más atractivo que la cola de los mandados.

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