Cultura, socialismo y contradicciones económicas

Jorge Ángel HernándezCuba paisaje 4 La Habana junio 2011)

La política cultural del socialismo no puede permitirse actuar del mismo modo en que lo hacen las instituciones globales de financiamiento. O sea, seguir la dirección ecuacional que condiciona la financiación del proyecto a sus posibilidades de ganancia monetaria. No, precisamente, por una cuestión de ideología, o de proyección simbólica de sus políticas sociales, como se argumentara con frecuencia en toda la etapa del socialismo temprano, sino porque asumir la lógica direccional del capital prolongaría, por un tiempo demasiado largo, la importancia objetiva de las relaciones dialécticas entre el valor de cambio y el valor de uso en el ámbito de la producción cultural. La lógica de racionalidad eficiente que el economicismo empresarial legitima, condena, sin remedio, las bases que permiten al sistema ir desplazando la preponderancia del mercado por la relevancia del hecho comunicativo y, con ello, la capacidad de socialización que puedan alcanzar los contenidos culturales.
Con la caída del campo socialista europeo, las cifras relacionadas con el ámbito de la cultura fueron radicalmente transformadas. La introducción del modelo racional capitalista en la economía rusa redujo por completo la calidad de la producción cultural y cambió drásticamente el sistema de valores de las ediciones masivas, la producción cinematográfica, las representaciones teatrales, etc. La asistencia a teatros disminuyó en dos veces, de un promedio de más de setenta millones de espectadores entre 1970 y 1990, a menos de 30 millones hasta 2002. La producción de películas de ficción descendió tres veces y la de libros en cuatro. Con ello, se incrementó el número de títulos que por primera vez se publicaban, dando vía libre al modelo comercial de la cultura de masas occidental y restringiendo escandalosamente la cifra de personas con acceso al libro. La tirada de revistas, por su parte, cayó en más de quince veces. (1) Así, la abolición del control que ejercían los métodos del realismo socialista y sus sucedáneos, no se convirtió en un producto más libre e independiente, sino en un ejercicio de reproducción de objetos de consumo dependientes de los vaivenes del mercado y, paradójicamente, de la propaganda ideologizada por la industria cultural del neoliberalismo emergente.
Al atenerse al modelo racional capitalista, aun revestido de proclamas humanistas y mejores intenciones sociales, el socialismo en transición sometería la espontaneidad y la profundidad creativas de lo cultural a un paquete de normas de conducta que no cambiarían demasiado las reglas implantadas por el capitalismo. Y estaría siempre en desventaja como alternativa social. Más si tenemos en cuenta que el siglo XXI presenta transiciones que recorren un difícil proceso de desgaste que se condiciona al sistema de Partidos Políticos legitimador del orden democrático preponderante para la actualidad. Su orientación normativa hacia el bien común y la socialización horizontal de producción y recursos, demanda ese constante intercambio entre la preceptiva teórica y el análisis crítico que en el proceso cultural se forma, sobre todo a partir de las incidencias de la inmediatez.
En un ambiente moderado por un depredador tan eficiente como el empresario, la gama de valores necesarios queda condicionada y, quiérase o no, altamente reducida, sobre todo para las posibilidades de superación de la masa. La perspectiva socialista propone y desarrolla esa superación constante, de ahí que sin cesar crezca el alcance de la masividad. Al mismo tiempo, y como en toda sociedad, el socialismo en transición ha de conservar los espacios de poder que permitan continuar subvencionando la proyección cultural sin tener que definirla a partir de un criterio último de plusvalía resultante. Asimismo, su ideología debe tener en cuenta el carácter autónomo con que se habrán de formar las manifestaciones culturales, más cuanto más se promuevan, así como el libre concurso de la asimilación legítima de tradiciones populares e intelectuales, para tomarlas para sí.
En medio de la confrontación sistémica global, esto deviene muchas veces en guerrillas de caballos de Troya para las que es necesario prepararse, pues la solución no es restar, ni censurar, sino canalizar esas maniobras hasta que por sí mismas se disuelvan. La experiencia demuestra que, allí donde la censura no se ejerce, es mucho más leve el daño ideológico infligido. El arte y la cultura del socialismo en transición deben asumir la superación evolutiva de la contradicción entre valor de uso y valor de cambio, y, con ello, la falaz dicotomía entre ideología y cultura que la práctica del socialismo temprano puso en tan anómica función.
También las cifras cubanas de los años 90 sufrieron su radical disminución, a pesar de que la política de Estado seguía colocando en lugar privilegiado a la cultura, de conjunto con la educación, la salud y el deporte, entre otros renglones que no se consideran racionalmente productivos en la norma del neoliberalismo económico. Ello demuestra que, si bien sería fatal plegarse a la racionalidad del capital, tampoco es viable olvidar la relación entre sustentabilidad económica y reproducción de valores en el ámbito simbólico, o educativo. Sobre estos ejes gira, dinámica y constantemente, la perspectiva de desarrollo del sistema.
Establecer patrones de comportamiento ideológico correcto en la creación cultural, como lo hiciera el socialismo temprano, invertiría el proceso y lo condenaría a un desengaño agónico. Sería aferrase a la arista falsa de la ideología —designada así por Marx— para remedar la racionalidad del capital. Y alienar una vez más a la masa de su estatuto de participación en la cultura. La permanencia misma del sistema se compromete en el curso que esta disyuntiva tome.
No hay un después cultural que siga al crecimiento económico; ni una tierra prometida que brote del sacrificio de la repartición equitativa y justa. Por paradójico que resulte, la apertura hacia las relaciones mercantiles simples en el sector privado no es un retroceso en el sistema. A través de ellas se emprende un proceso de disminución del asistencialismo que tan improductivo torna a los modelos. Lo que sí lo convertiría en retardatario, e incluso en bomba de tiempo, sería que el Estado entregue al fin el control de la reproducción de la ganancia a empresas monopólicas, o a modos monopólicos de redistribución estatal. Y este control no se decide, aunque así lo parezca, en sus aparatos burocráticos de gobierno, sino en el ámbito de las relaciones laborales, activando mecanismos de participación masiva en los distintos eventos productivos, para que los estamentos de planificación central puedan desarrollarse en constante reacondicionamiento.
El estatuto de la burocracia estatal no está diseñado para la transformación revolucionaria, sino para la conservación de conquistas y la protección de mecanismos eficientes solo a corto plazo. Esto no quiere decir que es superfluo un Estado en la transición socialista, sino, por el contrario, que se hace necesario un aparato capaz de fortalecerse a corto plazo, y de renovar el paquete de estrategias de emancipación cultural que la ciudadanía merece. La cuota de desalienación que los trabajadores alcancen en la transición, definirá las pautas del verdadero desarrollo del sistema. De ahí que sea imprescindible propiciar su acceso pleno a la cultura, no solo como agentes consumidores, sino como entes de transformación desde los propios valores del consumo.

Nota:

1. Véase un elocuente despliegue de cifras comparadas en Glazov, Kara-Murza y Batchikov: El Libro Blanco. Las reformas neoliberales en Rusia. 1991-2004, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, ISBN 978-959-06-0941-1, 336 pp.

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, 21 de junio de 2014

Consulte además en Ogún guerrero sobre el tema:

Cultura, trabajo y socialismo

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Tras el rastro de los Rastros

El bloqueo no es pretexto

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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3 respuestas a Cultura, socialismo y contradicciones económicas

  1. Francisco A. Dominguez dijo:

    El primer problema que tienen que resolver los marxistas es la inconsistencia en su teoría que se genera al ser la teoría laboral del valor solo posible bajo condiciones de equilibrio mientras la teoría de la plusvalía, derivada de aquella, solo es posible en condiciones de desiquilibrio, lo cual significa que una o las dos son falsas. Parece que el señor Marx no se percató de que si la plusvalía se genera del trabajo no pagado ¿a quién se le vende la producción extra? Resulta que, efectivamente, la ganancia solo se puede dar si hay producción extra, siempre y cuando la cantidad de dinero circulante se mantenga constante. Pero ello no significa que al trabajador no se le pague por su tiempo, pues esta conclusión solo es posible si la mercancía tiene un valor equivalente al tiempo de trabajo empleado en producirla, condición que no se da en el capitalismo, pues de nuevo, el capitalismo es un sistema que jamás está en equilibrio. Además la teoría marxista plantea que el valor de una mercancía es equivalente al trabajo acumulado en ella cuando en la realidad del capitalismo el valor de una mercancía no se basa en el pasado, sino en el presente y en futuro. Yo no calculo en cuánto vender unos zapatos basándome en cuánto me costó la máquina ni la piel ni la fuerza de trabajo, sino en cuánto me costará la máquina, la piel y la fuerza de trabajo, según mis estimaciones, el día que me toque reemplazarlas. Toda una serie de inconsistencias que han provocado el gran desastre económico que vivieron los países socialistas, y vive aún Cuba, donde no hay forma de que un plan se cumpla. Que viva la Pepa.

    • ogunguerrero dijo:

      Señor Domínguez, su comentario muestra hasta qué punto difieren nuestros puntos de vista acerca de la obra de Marx, de sus aportes concretos al pensamiento universal y a la práctica político-social, y hasta de los camnimos que sus seguidores tomaron. Este análisis continuado que voy realizando del fenómeno presenta, como es obvio, mi propia visión investigativa y mis propias perspectivas de razonamiento. Le agradezco de cualquier modo las suyas, pues mi trabajo trata de incidir con otro punto de vista menos hegemónico, relegado tras el derrumbe del socialismo europeo en el poder, que ha copado buena parte de la teoría global.

      • Francisco A. Dominguez dijo:

        Yo lo felicito por su trabajo. Mi gran preocupación es la hegemonía del Partido Comunista cubano. Hoy, por ejemplo, el señor Murillo anuncia que el estado seguirá siendo el propietario de los medios fundamentales de producción. Mi pregunta para Murillo sería cuáles son los medios fundamentales de producción. ¿Por qué el estado tendría que ser el propietario? Teniendo en cuenta que yo estoy dispuesto a que Murillo me convenza. Me molesta realmente que lo que el señor Murillo anuncia es que el Consejo de Ministros seguirá siendo el propietario de los medios de producción. Grave problema porque, primero, no hay ningún medio fundamental de producción. Las bicicletas empezaron siendo de madera, luego fueron de hierro, luego de acero, aluminio, titanium y hoy son de fibra de carbono. La función de un Consejo de Ministros, en principio, es quedar bien con todos, y de la manera que se mueve el mundo no se puede quedar bien con todos, o uno está condenado al estancamiento (¿plantillas infladas?), por muy dramáticas que sean las decisiones. Esta es la principal crítica que le hizo Mises al socialismo de economía planificada: cuando los medios de producción no están sujetos a la oferta y la demanda, cuando los precios y dinero no determinan la alocación de los recursos destinados a estos medios se produce el caos. Y la alocación de los recursos lo tienen que hacer agentes privados porque, de nuevo, la función de un Consejo de Ministros es quedar bien con todos. La misma crítica ya la habían hecho Marx y Engels antes al abordar las utopías de Proudhon y Rodbertus. Pues, de partida, le diré que yo puedo estoy equivocado, como lo puede estar Murillo. Sin embargo Murillo es miembro de la vanguardia y yo no cuento. Y no solo es miembro de la vanguardia, sino que tiene a su disposición a todos los departamentos del MININT.
        En cuanto al capitalismo, está claro que al ganancia se debe al plustrabajo. Pero más allá de que en todas las sociedades se requiere cierto nivel de plustrabajo hay que enfatizar que gran parte del plustrabajo realizado en las sociedades capitalistas es puro desperdicio. No hablo ya de la sobreproducción, sino también de la cantidad de trabajos improductivos que requiere el sistema para mantenerse, una enorme cantidad de capital humano tirado a la basura, y que bien se podría emplearse en otras tareas, entre ellas las culturales.
        Yo creo que, efectivamente, existe una transición, pero no en Cuba, sino en los países capitalistas desarrollados, donde la libertad, la ausencia de vanguardias, permite que la gente se asocie, experimente, no obedezca. Esa visión hegemónica de la que usted habla, señor Hernández, es la visión de los cincuentones que ven CNN, FOX y leen el New York TImes. La juventud no se traga el cuento y busca nuevas vías. Ayer El País publicaba cómo avanza la llamada “economía colaboracionista”, en apariencia mucho más racional que el capitalismo actual. Y todo sin la vanguardia partidista, completamente abiertos a la inventiva y creatividad de los seres humanos.

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