Onelio vigente

Juan Nicolás PadrónOnelio

He podido comprobar en mis clases a alumnos universitarios norteamericanos, que el narrador clásico latinoamericano que más aceptaciones, lecturas diferentes y algunas sorpresas les proporciona es el mexicano Juan Rulfo, y de los cubanos, Onelio Jorge Cardoso. Solo presento esta curiosidad de mi ya larga experiencia con ellos, sin indagar en razones extraliterarias. En el año del centenario del nacimiento de Onelio, prefiero esbozar algunos apuntes sobre la vigencia de su obra narrativa, y un somero análisis de sus textos en su «complejidad sencilla», y de la utilidad y vigor de su discurso literario en la actualidad. Como creo que en toda escritura hay mucho de experiencia vital, aun cuando se enmascare en cualquier ficción, comienzo recordando que me refiero a un escritor que antes de dedicarse por entero a la literatura se desempeñó como maestro rural, quincallero ambulante, viajante de medicinas, redactor del Noticiero Radial Mil Diez, guionista de radio, televisión y de Cine-Revista… Nacido en Calabazar de Sagua, en la antigua provincia de Las Villas, y con esta diversidad de trabajos, que incluye, insisto, la pedagogía y la comunicación, puede comprenderse su habilidad para el uso del realismo literario, la selección de temas, la construcción de personajes y escenas, y el hábil manejo del lenguaje, nutridos por una observación rigurosa de la realidad, en el intenso andar por campos y pueblos de la región central de Cuba.
Desde 1902 se multiplicaron las publicaciones periódicas que favorecieron la narración, y también las novelas y volúmenes de cuentos, entre ellos los de temas campesinos, como la narrativa naturalista de Jesús Castellanos, con su pesimismo agónico. A partir de los años 30, el cuento de temática rural intensificó el empleo de los conflictos de los campesinos y la situación del empobrecido campo cubano, con un dominio desigual de los recursos expresivos, no pocas veces esquemáticos o epidérmicos. Las obras más sobresalientes fueron las de Pablo de la Torriente Brau (Batey. Cuentos cubanos, 1930) y Luis Felipe Rodríguez (Marcos Antilla. Relatos de cañaveral, 1932), quienes se separaron de esta visión muy presente entonces en la radio, y explotada posteriormente en el cine y la televisión. El cuento «criollista», que formaba parte de las llamadas narrativas regionales, continuó su vigencia en la prensa, en las publicaciones y en los medios, pero apuntando su transformación hacia un realismo más trascendente, en un proceso de maduración en el orden artístico e ideoestético. La síntesis del ambiente social rural como expresión de la cuentística nacional cubana antes de la Revolución, se logró con la publicación de los primeros cuentos de Lino Novás Calvo (La luna nona y otros cuentos, 1942) y de Onelio Jorge Cardoso (Taita, diga usted cómo, 1945); también pueden incluirse, aunque más cercanos a lo que se conocería después como testimonio, algunos textos de Samuel Feijóo.
Novás, nacido en España pero incorporado totalmente a la cultura cubana, sometió el paisaje criollo a una rigurosa y sistemática observación que derivó en una severa elaboración artística con depurada técnica cinematográfica aplicada a la narrativa corta, en que la objetividad y la intensidad proponen un relato directo, sin ruidos ni interferencias; uno de los aportes más significativos de su cuentística se manifiesta en las descripciones de las fuerzas naturales de la Isla, con un lenguaje en que se borran las diferencias entre lengua oral y escrita. Onelio, quien había sido reconocido en diversos concursos, entre ellos el premio nacional de cuento Alfonso Hernández Catá, consiguió su popularidad al reflejar los decires de los campesinos cubanos, no exentos de humor; y logró una caracterización profunda de los personajes y el dominio de los diálogos con un aliento poético que hace vivir sus narraciones más allá del estrecho marco del criollismo, especialmente por la penetración psicológica, e incluso cierta proyección filosófica, que le otorgan universalidad a su literatura. Con su libro El cuentero (1958) sobresalió la figura de Juan Candela, singular personaje que simbolizaba buena parte de los cuenteros populares de los campos cubanos o de cualquier sitio del mundo.
Durante los años 40 la promoción cultural en Cuba se empeñó en buscar valores que hicieran posible la identificación de una literatura nacional; se tomaron los temas de campesinos de tierra adentro, de carboneros de la ciénaga y de marineros, como tipificaciones de lo tradicionalmente representativo del trabajador cubano y lo nacional, y tanto Novás como Onelio, con estilos diferentes, encarnaron estos asuntos en sus respectivas obras; uno y otro se alejaron considerablemente de las aproximaciones criollistas en que se habían encasillado sus orígenes. Los cuentos de Onelio exhiben características que lo han hecho trascender mucho más allá del realismo rural y el costumbrismo típico, aunque sin renunciar totalmente a lo más valioso de ambos; se alejan, asimismo, del folclorismo tipicista y de lo que se ha aceptado como regionalismo; quizás uno de los elementos fundamentales para la recepción de una obra de gran poder de comunicación fue que sus lectores naturales pertenecían a diversos grupos sociales ―incluidas las capas más humildes de la población―, que se vieron reflejados; Onelio les hablaba en la lengua que entendían, tal vez por el adiestramiento y la experiencia adquiridos en su trabajo con la publicidad, la radio, el periodismo y la televisión. Los Cuentos completos, de 1962, recogen las líneas temáticas fundamentales que su obra continuó: la infancia desde su ingenuidad y ternura, la imaginación y la fantasía del ser humano defendida como necesidad y la penetración psicológica en el trazado de los personajes, especialmente los femeninos.
Niños y mujeres, pero también diversos tipos de hombres curtidos en el trabajo físico cotidiano, o en sus relaciones con el campo, el mar, la ciénaga, las montañas u otro medio natural, son destacados siempre a partir de la dignidad personal, la psicología de cada individuo, las costumbres sociales de su entorno, la ética basada en la solidaridad y en una fuerza espiritual ante cualquier contingencia, aun cuando puedan ser objeto de burla por su sensibilidad artística. Sus argumentos, no pocas veces disgregados o dispersos, en reto a las «reglas de oro» del cuento, enmascaran con frecuencia el verdadero tema y casi siempre las tesis de sus personajes más lúcidos provienen de la experiencia vital, de los saberes del pueblo y del sentido común, a veces muy escaso o extraviado entre personas educadas con prejuicios, dogmas o sectarismos, aunque pertenezcan a la «República de las Letras». El autor es solidario con las criaturas más indefensas, y entre sus argumentos emerge la lucha contra el oscurantismo, el fanatismo o la superstición. La obra narrativa de Onelio propone una apropiación nueva de los valores de cariño y hermandad del cubano, y resulta un mensaje de respeto a labores poco reconocidas. El autor hace visible la naturaleza de la gente común del pueblo, sensible naturalmente a la imaginación y la poesía; no se trata de un cumplido o de un adorno adosado, sino de elementos esenciales de su peculiar realismo, más allá de los estrechos límites de quienes creen que la cultura se identifica con la extravagancia o la inutilidad, o solamente sirve como diversión y entretenimiento.

Su defensa de los auténticos valores estéticos y lúdicos de la cultura sobrevivió a etapas grises y negras, que la restringían a sus aspectos educativos, una tendencia sostenida tanto por algunos ideólogos burgueses que dirigían la promoción cultural antes de la Revolución, como por ciertos adalides del realismo socialista en la segunda mitad de los años 60 y en los 70, muy semejantes, y no solo en este aspecto. «Taita, diga usted cómo» revela los decires de un niño campesino y sus dudas ante la reproducción, tema tabú para el mundo de adultos moralistas, adversario de las fantasías y del libre abordaje de asuntos relacionados con la procreación, por estar relacionados con el sexo y el cuerpo; «El cuentero» descubre la fantasía y el humor de un narrador oral, líder, por su prosapia e imaginación, en un colectivo de oyentes que lo comenzó a extrañar cuando no continuó con sus cuentos; «Mi hermana Visia» expresa con originalidad literaria el lado oculto de la prostitución, mientras «Leonela» describe la tragedia de una adolescente obligada a vivir con un hombre mayor por arreglos económicos de su padre; «Una visión» hurga en singulares aristas de la superstición; «Hierro viejo» resulta un canto a favor de la paz, no a partir de discursos, sino de la vivencia personal de un padre que ha perdido a su hijo en la guerra; «En la ciénaga» es prácticamente un reportaje literario, pero real y dramático, de la situación de abandono de los pobladores en uno de los lugares más olvidados de Cuba antes del triunfo revolucionario: la ciénaga de Zapata. Entre las mejores propuestas de Cuentos completos están «La rueda de la fortuna» y «El caballo de coral»; el primero, fechado en 1957, es uno de los textos que mejor ilustran cómo los medios, y específicamente el cine, pueden deformar la natural fantasía popular, asignatura todavía pendiente en una parte de la programación televisiva actual; «El caballo de coral», de 1959, ha sido reconocido como uno de los mejores cuentos cubanos de todos los tiempos, y constituye una reflexión muy vigente sobre el papel de la ficción en la realidad cotidiana y la necesidad de arte en cualquier persona.
La otra muerte del gato (1964), Iba caminando (1965), Abrir y cerrar los ojos (1969), El hilo y la cuerda (1974) y Caballito blanco (1974) completan la obra narrativa esencial de Onelio. De la maestría alcanzada en esta segunda etapa dan fe sus grandes habilidades en el manejo de las técnicas narrativas: el énfasis del «imán» en la frase inicial de la narración, de manera tal que parece que al comenzar a leer ya estamos metido en la historia; el juego constante con los puntos de vista de los personajes y sus cuidadas caracterizaciones psicológicas; la pericia al describir narrando, para dejar intencionalmente a la descripción pura como parte de una zona reveladora del cuento; el uso de las digresiones, lujo y riesgo de cualquier escritor, con el propósito de introducir una estructura sinuosa que acompañe al conflicto en su acción y trama; la utilización precisa, natural y significativa de los diálogos; las frases rotundas, no pocas veces portadoras del «dato escondido»; la preparación de las escenas, con alta dosis de poesía y dramaturgia… Vuelven los mismos temas, pero con mayor destreza en el empleo de las técnicas: «La serpiente y su cola», con su contraposición entre abuelo y nieto, interesados en el valor de la fantasía, completa un definitivo triunfo de la niñez sobre las previsiones de los adultos; «In memoriam» y «El hambre», como ejemplos de insistencia en el costumbrismo y de insólito tratamiento del humor, en un choteo sano que evita el momento climático de la tragedia; «Teresa» e «Isabelita», dos historias que ponen en evidencia la situación real de la mujer en conflicto con una sociedad discriminatoria y patriarcal; «Un brindis por el Zonzo», ejemplo de monólogo dramatizado; «Francisca y la muerte», verdadero modelo de la indagación en los límites entre realidad y fantasía, vida y muerte; «El canto de la cigarra», un texto considerado como literatura para niños, que profundiza en el poder del arte en la sociedad.
La obra narrativa de Onelio Jorge Cardoso sigue vigente porque todavía tenemos que desconfiar de quienes no se conmueven ante la ternura de la infancia; de los hombres que siguen un doble rasero —el público y el privado— para establecer una relación con la mujer; de los que no saben, no pueden o no quieren —o a veces, no les conviene— reconocer el esencial papel de la cultura y cualquier forma de arte en la formación de la espiritualidad del ser humano, como necesidad insustituible para su desarrollo, elemento que lo separa de las bestias al contribuir de manera esencial a la elaboración de la sensibilidad, cualidad innata del homo sapiens sapiens. Imposible confiar en quien no ha legitimado a la creación, la imaginación o la fantasía como dispositivos transformadores de toda la sociedad, y que la hacen distinguirse de una piara, aspecto definitivo para el impulso de los más nobles valores humanos. Y si quedaran dudas acerca de la vigencia de esta obra, ahí está el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, dirigido por uno de los grandes cuentistas cubanos contemporáneos, Eduardo Heras León, apoyado por un grupo de colaboradores dedicados a mostrar «los desafíos de la ficción» con técnicas narrativas, cada vez más actualizadas y complejas. No he encontrado todavía a un «exjoven» o joven escritor que haya transitado por el Centro, a quien le haya resultado indiferente lo allí aprendido; algunos me han asegurado que les cambió la vida. Sus fundadores no escogieron festinadamente el nombre: la obra de Onelio Jorge Cardoso constituye un valioso legado para los escritores cubanos actuales; conocerla enriquecerá, indudablemente, su espiritualidad y sus respectivas poéticas.

Publicado en Cubarte, 2014-06-27

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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