Dos poetas de Ecuador

Jorge Ángel HernándezAleyda Quevedo Rojas El cielo de mi cuerpo
Al dedicar la última edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana a Ecuador, los lectores cubanos tuvieron una posibilidad que no siempre ocurre con respecto al conocimiento de la literatura del país invitado: acceder a un buen número de libros de poesía. La industria del libro ha ido relegando las publicaciones de poemarios y, sobre todo, el número de ejemplares de las ediciones. La narrativa, los ensayos político-sociales, los testimonios y biografías de personajes de relevancia histórica o cultural, han ido desplazando, en el ámbito de lo literario, a poetas y lectores de poesía.
Si bien algunas de las tantas mesas de debate y lectura que se planificaron no estaban lo suficientemente concurridas, sí era de ver la afluencia de público a la librería del país invitado y el interés por las obras que allí se ofertaban. Ello se relaciona, en buena medida, con la importancia que Ecuador le concedió a la invitación y, en concordancia, con la atención espacializada que le dedicara la parte cubana. En este aspecto, me gustaría llamar la atención sobre dos voluminosos poemarios —Cajita de bla-bla, (1) publicado en Ecuador, en 2012, de Ramiro Oviedo, y El cielo de mi cuerpo(2) publicado en Cuba, Manzanillo, en 2013, de Aleyda Quevedo Rojas— que ofrecen un exhaustivo recorrido por la trayectoria de cada uno de ellos.
Cajita de bla-bla, de Ramiro Oviedo (Ecuador, 1952), es una muestra de las posibilidades reales de la tendencia conversacional antipoética que, en un momento de nuestra historia literaria, saturó tertulias, revistas y editoriales de América Latina. Cuando la moda pasó, como todas las modas, al baúl del olvido vergonzoso, tantas veces ridículo, algunos autores demostraron la fuerza de su espectro literario. Ramiro Oviedo es uno de ellos. Él mismo considera este poemario como un compendio arqueológico de su obra, a partir de la cual se explora en “medio siglo de civilización quiteña contaminada o híbrida.”
En la primera sección, que compone un cuaderno de treinta y un poemas, la poesía dialoga con la contaminación banal y alienante que se empodera de la sociedad. Los giros coloquiales acumulan las marcas del argot popular de clases bajas convertido en estatus simbólico de vida. Y es una poesía vital, intensamente expresiva que, al cabo de ese medio siglo de escrita, demuestra hasta qué punto pudo trascender su manifiesta circunstancialidad.
La segunda sección, cuaderno de veintidós poemas, busca romper, mediante el diálogo consigo mismo, ciertos códigos de inmediatez que habían marcado su poética anterior. La ruptura, según el propio autor, deberá hacerse en el propio lenguaje, lo cual consigue sin renegar de su estilística anterior. Las negaciones son más bien éticas, de llamado al sujeto que, creyendo sacudir la sociedad con discriminación e indiferencia, terminaba siendo su inconforme cómplice.
Cajita de bla-bla es un poemario que muestra, junto al devenir poético de su autor, las posibilidades intrínsecas del coloquialismo antipoético aún en estos días. La mirada de Oviedo es aguda, chispeante, cuestionadora no solo de fenómenos macrosociales varios, al modo más común de la llamada poesía social, sino además de direcciones éticas que van desde lo existencial hasta lo literario, integrando en muchas ocasiones ambos derroteros.
Más voluminoso es El cielo de mi cuerpo, de Aleyda Quevedo Rojas, en el cual se compila una amplia muestra de la poesía escrita por esta autora entre 1989 y 2011. Se compilan en él textos de siete poemarios: Dos encendidos, Monte Ávila Editores, Caracas, 2008, Soy mi cuerpo, LIBRESA, Quito, 2006, Espacio vacío, Ediciones de la Línea Imaginaria, Quito, 2001, La actitud del fuego, Lima, 1994, Cambio en los climas del corazón, Editorial Universitaria, Quito, 1989, Algunas rosas verdes, Sistema Nacional de Bibliotecas, Quito, 1996, La otra, la misma de Dios, Ediciones de la Línea Imaginaria/Editorial El Conejo, Quito, 2011.
A lo largo de sus páginas, nos sorprende una poesía que descarrila el sentido. El cuerpo, al luchar con su impetuoso deterioro, se alza como un elemento que se propone ser la verdad de la existencia y el razonamiento, la identificación y el auto reconocimiento. La enfermedad, los desamores, los impredecibles desastres de la anatomía humana, son reconvertidos en materia poética, en sensaciones que, mientras roen a la persona, alimentan al ser.
Dos encendidos se apropia de la relación entre Manuela Sáenz y Simón Bolívar. A través de sus versos se mezcla la historia, la leyenda, el mito y, sobre todo, la perspectiva de un sujeto lírico femenino que puede ser al mismo tiempo personaje y autora, referente histórico y confesión personal de transferencia. Soy mi cuerpo despliega un erotismo que trasciende, con oficio poético, lo relativo a lo sexual, para adentrarse en el más completo —y complejo— sistema de la anatomía humana. La mayoría de sus poemas son breves, concentrados e intensos.
Espacio vacío deja una marca feminista importante, pues asume símbolos bíblicos, incluido el más relevante del Mesías, para reconvertirlos a un activo, y felizmente atrevido, punto de vista femenino. Y, aunque asegura que de su boca —de mujer que vaga su propio similar y análogo vía crucis— sale el mensaje divino, nadie la oye. No lo hace en tono de queja, sino en pura expresión del sentimiento vivido a través de intensos procesos de simbolización. Es importante destacar que, en la concepción de la autora, amor y sexo se convierten en “reptiles de sílice” que escapan “en la más absoluta promiscuidad”, lo que concede al cuerpo del texto una sustancia auténticamente reivindicada.
La actitud del fuego preanuncia el feminismo de Espacio vacío, pero asume los tópicos condenatorios que han cercado al sexo, la intensidad desbordada del amor y, sobre todo, la conducta femenina. La contigüidad del mal con la entrega femenina al sexo, y al amor, pesan sobre la exposición poética y, desde luego, sobre el sentido de ruptura que la autora busca establecer. Del mismo modo, eventos del politeísmo se despojan de su peso religioso para reasumirse como elementos culturales que la poesía condiciona bajo sus propios códigos simbólicos.
Cambio en los climas del corazón presenta la rebeldía femenina de la autora, con menos preponderancia de la imagen, la analogía simbólica y el giro visionario, pero con fuerte valor ético y conceptual. Algunas rosas verdes es, en bastante medida, un complemento de continuidad del poemario anterior. La otra, la misma de Dios, último de los poemarios según el orden de la Antología, asume el tono de los cantos de Salomón y concentra los elementos poéticos —de construcción simbólica y uso de la imagen, y de enunciación ética y conceptual— en un haz poético tenso, desafiante, hermoso y, sobre todo, pleno de un sentido social cuya modestia lo camufla bajo el torrente del aliento lírico. Toda una poética, sentida y honda, que desafía siglos de convencionalismos éticos y morales, para entregar, apenas, el cielo del cuerpo.
En ambos libros, disímiles en estilo y distantes en el tiempo y la edad de sus autores, es común la preocupación por el lugar que la poesía, y la persona que escribe, ocupan en el entramado social de la nación. Sobre todo el papel que les ha sido negado y que ciudadanos e individuos deben merecer. Del punto de vista imbricado en la hegemonía del consumo y su dominio de la ética, que marca la poética de Oviedo, pasamos al cuestionamiento directo de la hegemonía de la moral occidental que sataniza al sexo y relega el papel de la mujer, no solo ante la sociedad, sino también ante la ética esencial, propio de la estética de Quevedo.
Dos muestras que ojalá nuestros lectores hayan descubierto y atesoren con la conciencia crítica que el lector de estos tiempos reclama, sin remedio.

Notas:

(1) Ramiro Oviedo: Cajita de bla-bla, Colección Poesía cochasquí, Pichincha, Ecuador, 2012, p. 166.

(2) Aleyda Quevedo Rojas: El cielo de mi cuerpo, Ediciones ORTO, Manzanillo, 2013, p. 242. Antología poética 1989-2011.

Publicado en Cubarte, 2014-07-12

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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