Vida del pez, de Lidia Meriño: desde el contexto femenino

Jorge Ángel Hernández Meriño Lidia Vida del pez Portada

 En su colección Faz, la Editorial Capiro ha publicado el poemario Vida del pez,[1] de Lidia Meriño, reconocida como escritora para niños en el ámbito literario cubano y latinoamericano. En esta modalidad, la autora ha publicado los libros Villa Lomita, Cauce, 2002, En el estanque azul, Cauce 2003/La Hoguera, 2010, Lloviendo, El Mar y la Montaña, 2005, Cuando el tiempo salió a paseo, Capiro 2005/ Unión 2008, El libro de todas las lunas, Capiro 2007, El día de par en par, Sed de Belleza, 2008, Leche con espejuelos, Cauce 2009 y Ciertos nombres de amor y otros versos desesperados, Matanzas, 2011. Ocho obras con dos reediciones. Vida del pez es, sin embargo, un poemario para adultos

Este breve cuaderno se compone de tres secciones: «Los trabajos y los días» (13 poemas), «Los otros» (5 poemas) y «Vida del pez» (20 poemas), con un texto introductorio que es una verdadera declaración de lo que sigue y que, por ello, me permito citar completamente:

Recorto los días, los separo igual que se limpia el arroz, desechando los granos oscuros y los que huyeron de la fiereza del molino para definirse con superior masculinidad. Imagino que alguna de estas jornadas adelanta en monotonía a las demás. Bajo el efecto de su lentitud vivo los actos con parsimonia, como quien repite los movimientos del atleta aguzado por el ojo visor de la multitud. ¿Quién instaló la semana, distinta solo para el que mira? Recorto los días, los separo igual que se limpia el arroz, para no admitir la sucesión de las horas.

El Yo se ha instalado en ese magma de lo femenino encargado del servicio y se reconstituye como creador, capaz de limpiar la “superior masculinidad” con la misma parsimonia con que se llevan adelante las tareas del hogar. La “sucesión de las horas” se transmuta en una especie de poesía vital, en un sacar de esa pesada cotidianeidad la poiesis imprescindible para la verdadera superioridad: el poder de lo materno y lo doméstico.

Una idea afín hallamos en la novela La isla de las mujeres, de la poeta nicaragüense Gioconda Belli, quien reivindica, entre otras cosas, la exclusiva capacidad de cuidado —“el cuido”, dirá el lenguaje coloquial de su narrativa— como un don de poder femenino. Para la cubana Lidia Meriño, esas labores cotidianas son transformadas en filosofar poético, y los verbos tópicos de los doméstico, como sazonar, lavar, etc., adquieren la redentora responsabilidad de guía, de hacedores de la poesía. La cotidianeidad doméstica que carga y sobrecarga a la mujer, es también, y gracias al simple ejercicio de esa poesía que entre las labores del día se desliza, la clave para las pequeñas puertas secretas de la vida.

Los poemas de la primera sección son detallistas, al punto de que marcan el día de la semana en el que ocurren, sin que por ello la autora se proponga un avance cronológico. Pero la poesía, que es don humano, es también, y sobre todo, don materno. A diferencia del trascendentalismo habitual de los poetas, que se ven como demiurgos, Meriño asume como natural la posibilidad de voz que el poema concede al sujeto femenino. Frases como “sazonar la hora en que amanece / con las especies del domingo”, “Trazar con rasgos de alquimista / la ansiada geografía del hogar”, “Una mujer desarma su casa / y la acerca al aluvión de los ríos”, “Lavar versos en la piedra”, o “el cordel tremendo de los sábados”, actúan como marcas de fusión entre la sublimidad de lo poético y ese apartado de lo cotidiano doméstico que, lejos de denigrar, ennoblece.

La sección segunda, «Los otros», focaliza la mirada en personajes cuya visibilidad deja un consenso de opinión que el poema destruye, redescubriéndolos en los detalles, ya sea de los gestos, ya de su propia imaginación, de la cual se apropia la autora con tranquilidad. El tercer texto «Veinte pesos», parece un digno heredero de ese poema emblemático de Lina de Feria, «Poema para la mujer que habla sola en el parque de calzada», de Casa que no existía, aunque la propuesta de Meriño lleva un sentido pragmático de conceptualización que le permite, como es natural, deslindarse de su antecesora. Su mirada es más cierta, más arrastrada por la evidencias, más timbrada por la circunstancia que la sociedad impone al individuo. 

En la sección tercera, homónima, compuesta por textos breves que asumen el primer verso como título, el sujeto lírico vuelve a esos detalles de lo femenino que pueden definir los gestos, los hechos y las cosas. El pez, como la mujer, son mudos; pero el poema les concede la voz y, sobre todo, la justa capacidad de observación y juicio. Tampoco en ello hay alarde, ni de poder ni de rebeldía, aunque de ningún modo se arredre o se repliega, en tanto sujeto relegado en la desigual alternancia de géneros.

 Vida del pez es un poemario con una visión profundamente femenina, que vive y convive con las circunstancias impuestas al género, sin tentaciones activistas o despliegues performáticos de androginia. Pero la sensibilidad poética de los textos que componen Vida del pez no es, por femenina, condescendiente de lo masculino, ni conformista con las diferencias genéricas ni, siquiera, deudora de un razonamiento cultural acerca de los roles que pudiera considerarse en alguna medida lógico. Del mismo modo en que observa, el sujeto lírico participa en los acontecimientos. Hay una conciencia de destino que no expresa únicamente culpa, o carga, o contrapeso, o sacudida ante la servidumbre histórica, sino poder desde la propia condición de subalternidad.

El tono es esencialmente lírico, intimista, y al mismo tiempo, la mirada no pierde el exterior, con sus instituciones sociales, sus costumbres y sus aberraciones cotidianas. Así escribe:

Con las manos hirvientes

acomodo la rutina de esta familia.

Hay una suma de circunstancias estrictamente femeninas que pasan a través del prisma de lo femenino. Hay una voz personal cuya capacidad de observación, y de aprehensión, deslumbran, aunque no deje de ser cierto que Vida del pez, de Lidia Meriño, no se ajusta a los cánones predominantes de nuestro panorama poético y corre el predecible peligro de que se vea distorsionado en el miope periplo de nuestra insuficiente crítica.

 [1] Lidia Meriño: Vida del pez, Editorial Capiro, Santa Clara, 2013, ISBN: 978-959-265-274-3, 54 pp.

Publicado en Cubarte, 2014-08-23

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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