Me duelo hoy de mi madre como César Vallejo

Jorge Ángel HernándezMary Pérez en La Parranda, barrio ñáñacos

Hoy, luego de un largo viaje con tiempo de por medio, que propone jornadas intensas, altruistas, a prueba de inmediata aspiración y depredadoras de cotidianos deseos y costumbres, recuerdo una vez más el rostro, los gestos, los silencios tan llenos de mi madre. De ella he escrito en varios de mis poemas, y en mi novela La luz y el universo. Ahora convoco, para este día, Miniaturas de Palej, de Las etapas del odio, y el inédito Paisaje de mi madre, de Penúltimo cuaderno del suicida.

MINIATURAS DE PALEJ

Por fin, atesorando sus días de labores manuales,

mi madre alcanza imaginadas distancias sobre el mundo.

Sus ojos no saben cómo retener tanta aventura.

El Minotauro de su origen,

custodiando paredes sombrías y sin tiempo,

susurra cantos litúrgicos

en idiomas que su asombrado corazón no va a reconocer.

Acaso el esplendor de las guías de turismo

sentencie un asidero

o quién sabe si un cruel acontecer, casi nostálgico,

donde no valgan ahorros y desvelos.

Las infinitas leyendas y el dibujo invisible

asustan las simples miniaturas de sus viajes.

Qué fueran hoy sus manos

secundadas por toda esa grandeza

que sus ojos no saben retener.

Oh, viaje de mi madre,

espacio en que golpearon su dócil miniatura,

su modesta añoranza,

concede al Minotauro de su origen

al menos este ruego:

Un final legendario,

un epílogo exacto dorado por los héroes,

ante la náusea brillante de las guías de turismo

y en callado homenaje a esas leyendas

que en sus manos hubieran renacido.

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PAISAJE DE MI MADRE

Me duelo hoy de mi madre como César Vallejo

pues la he visto de lejos, en el parque,

entre muchas personas

y era ya una anciana a quien los años duros

—sus años todos de existir, realmente—

han sofocado en la carrera atroz.

La acompañé después entre las calles estrechas

queriendo que ella fuese la joven incansable

que salvaba a su hijo,

noche a noche.

Le hablé,

como si el tiempo no hubiese transcurrido,

aunque a veces sus ojos preguntaban

por el niño que pudo proteger.

Le dije adiós, también,

mientras pujaba, entre muchas personas,

por ser una en el viaje hacia el presente.

Pero la veo aún, agotando sus pasos

en el tumulto hirviente que mi hija sorteaba

sin saber que debíamos protegerla.

Me duelo hoy de mi madre,

como César Vallejo,

aunque al mirarle a los ojos, le sonría.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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