Raúl Ferrer en el tiempo

Ricardo Riverón RojasRaúl Ferrer

En lo primero que pensamos cuando se habla de Raúl Ferrer es en la orgánica simbiosis poeta-maestro-luchador social, sin que ninguno de esos tres vértices rebase al otro en preferencias o realizaciones.

Bien conocida es su historia como pedagogo de singular método, su devoción por el acto primigenio de la enseñanza, ese que pone al maestro frente al alumno para que le enseñe, no solo los contenidos académicos, sino también una manera de vivir de frente a los ideales de justicia e igualdad que se identifican con el impulso revolucionario que siempre lo guió. Su más conocida composición “Romance de la niña mala” deja constancia de que, para el tipo de maestro que era Raúl Ferrer, importaba tanto el cultivo de los sentimientos como el del intelecto. Su Dorita, a la que se negó a considerar “mala” es portadora de una sensibilidad notable a través de la cual logra la empatía con el maestro, que termina tomándola como patrón poético para exponer en versos su tesis pedagógica.

Y es que en Raúl Ferrer se corporiza un modelo del intelectual de izquierda que tuvo su génesis en aquellos poetas que en el siglo XIX hicieron coincidir, con ejemplar coherencia, vida obra y pensamiento en un proyecto único de patria. Esa tradición, enriquecida en el siglo siguiente por ideales socialistas hacía compatibles en alto grado las tres vocaciones mencionadas en el párrafo anterior. Con el declive del ideario socialista que se evidenció con fuerza hacia el segundo lustro de los años ochenta y tuvo su desenlace catastrófico a inicios de los noventa, se fueron distanciando cada vez más, en las dinámicas cotidianas entonces llamadas postmodernas –aunque sin dejar de ser complementarias– las figuras del poeta y el luchador social. Y no es que considere obligatorio el maridaje de esas dos actitudes, solo llamo la atención sobre el fenómeno en sí porque igual me parece una aberración cuando tal indiferencia se instituye como condición casi obligatoria para considerar a una poética trascendente.

Raúl Ferrer fue, como apunté antes, fiel a aquella tradición que tuvo en José Martí su más alta expresión, y siempre puso el hombro donde entendió que le prestaba un mejor servicio al engrandecimiento de la patria. Al respecto resulta oportuno recordar la forma en que lo evoca la doctora Graziella Pogolotti en un artículo de Juventud Rebelde:

“Frecuentó desde antes del triunfo de la Revolución los medios intelectuales y políticos capitalinos, pero nunca tuvo a menos presentarse como lo que era ante todo y por encima de todo, un maestro de primaria en una escuela rural de Yaguajay. Sin abjurar nunca de su condición sustantiva, comunista de siempre, no fue sectario.”1

Es cierto que el ambiente poético cubano se enrareció notablemente en los años setenta del pasado siglo, como consecuencia de los desafueros con que el poder revolucionario se desmarcó de los intelectuales, derivación del sonado caso Padilla. Aquellas rupturas marcaron una atmósfera de interdicción que a su vez generó una reacción extremadamente aguda –como dolorosas fueron las laceraciones– en los intelectuales, de manera que, según mi apresurada predicción tardaremos aún algunas décadas en presenciar el regreso el péndulo hacia posiciones de mayor compromiso desde el texto escrito. Y si aclaro esto último es porque los compromisos, desde otras esferas vitales, han mantenido a la mayoría de la intelectualidad del lado de la doctrina revolucionaria y antimperialista, de la cual nunca se distanció, ni siquiera en los momentos de mayores desencuentros.

Pero para Raúl Ferrer, cuyo centenario celebramos el pasado día 4 de mayo, esas disyuntivas nunca existieron; siempre dejó claro que su poesía estaría al servicio de un humanismo fomentado al amparo de las luchas provenientes de la tradición patriótica, donde antecedentes tan notables como el de Martí y Villena, para citar solo dos, le aportaban la fuerza inspiradora. Señalo no obstante que, de la misma manera que ocurrió con Manuel Navarro Luna y Jesús Orta Ruíz –de quienes lo separan por nacimiento, en un sentido y otro, varios años– además de aquella composiciones donde el enunciado patriótico se hace más denotativo, algunos de sus poemas de mayor arranque lírico o filosófico hoy podríamos considerarlos dentro de los imprescindibles a la hora de atesorar las mejores composiciones de la más exigente antología nacional, junto a Heredia, Milanés, La Avellaneda, Plácido, Martí, Boti, Guillén, Villena, Tallet, Fayad, Retamar, Escardó, Raúl Hernández Novás, Ángel Escobar y tantos otros.

Pensemos, por ejemplo, en los inmejorables sonetos de “Una parte consciente del crepúsculo” de Orta Ruíz, o en “Doña Martina”, de Navarro Luna, y seguro no pondremos en duda las altísima calidades que los marcan. A esa misma altura –para seguir ateniéndome a una sola composición emblemática– situaría yo las “Décimas del tiempo tiempo”, de Raúl Ferrer, donde no solo nos regala reflexiones de hondísimo calado, sino que también derrocha ingenio poético y asume retos pocas veces enfrentados por los poetas. Veamos si no una de sus décimas:

En el tiempo va el embrión
que de tiempo se sostiene,
pero el tiempo también tiene
su tiempo de prescripción.
Pone el tiempo en su sazón
lo que el tiempo pudrirá;
por el tiempo que se va
canta otro tiempo en el río,
pero si derrocho el mío
mi tiempo no volverá.

La repetición de la palabra “tiempo” se da sin que se sienta como reiteración, pues si leemos atentamente, cada vez que se utiliza, su contenido varía. Reto mayor acudir a ella en nueve ocasiones dentro del estrecho marco de diez versos y que cada vez connote un sentido distinto.

Algo característico en su poética es que por lo general se concentró en las estrofas tradicionales, y gracias a la pericia con que lo hizo consiguió en varias ocasiones una singular eufonía, donde la recurrencia de los sonidos nunca conspiró contra la fluidez del discurso. El poema “Parada en Guaracabulla” puede constituir el mejor ejemplo en ese sentido:

¡Qué dulce debe de ser
vivir aquí en Guaracabulla!
¡Junto al guajiro que a los trenes viene
con esa ingenua transparencia suya!

Las lomas azuladas en la tarde,
noche que con los astros se encocuya,
mansa quietud del pueblecito aislado.
¡Sueño sin bulla!

Todo en su poesía remite a la historia, a las luchas emancipadoras, tanto provenientes de la historia como del momento en que vivía, y el mismo poema antes citado serviría de ejemplo, pues tras la delectación en el paisaje el poeta acaba enrolado en una protesta que lo lleva a terminar detenido por la rural.

Muchas de las críticas que hoy se le plantean a Partido Socialista Popular, por su apoyo a Batista en determinado momento, más otras inconsecuencias al seguir a pie juntillas los dictados de Moscú y la Internacional Socialista, resbalan sobre la figura de Raúl Ferrer y no lo tocan, pues su ideario político se materializa en tres esferas donde su ejecutoria fue impecable: la poesía, la pedagogía y la lucha hombro con hombro con las masas, desde esa horizontalidad popular que lo definía como parte de la clase proletaria y que tan bien definió Bladimir Zamora, en el artículo “Madera esencial de educador”, como “franciscanía de comunista de fila”.2

Hace más de tres décadas que la poesía cubana discurre mayoritariamente hacia senderos donde predomina lo existencial, lo ontológico, lo cuestionador, la mirada irónica al enunciado político, y quizás por eso mismo la poesía de Raúl Ferrer la entendemos como el testimonio, acaso espontáneo pero nunca impreciso, de alguien que en una época donde en las luchas sociales se materializaba lo más avanzado del pensamiento intelectual, supo ver en la fuerza de la poesía una herramienta mediante la cual podía alistar su espíritu, sin traicionarlo, para participar en aquellos combates. Poetas como Raúl Ferrer aún tienen mucho que decir a quienes amamos la belleza y la justicia. Esperemos a que se apacigüen las aguas de una literariedad exacerbada y en buena medida excluyente, y asistiremos, seguro estoy, a un renacer de esas figuras legendarias que, sin descensos formales, lograron expresar, con su poesía, los ideales donde cobraba sentido un proyecto de nación.

Notas:

1Graziella Pogolotti: “Un recuerdo para Raúl Ferrer”, en Juventud Rebelde, edición digital, 7 de noviembre de 2012.

2Bladimir Zamora Céspedes, en La Jiribilla, Año IV, semana 2-8 de julio de 2005.

Editado por: Yeni Rodríguez Valdés.

Publicado en Cubaliteraria, junio 30 de 2015

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
Esta entrada fue publicada en Cromitos cubanos, El Diario que a diario, Hallazgos compartidos y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s