Crueles e irónicos lances en la poesía de Ana María Oviedo Palomares

Jorge Ángel Hernández

 La Fundación Editorial El perro y la rana llevó en 2010 a su catálogo de poesía venezolana el breve poemario Crueles (treinta y siete canciones y un poema de amor), de Ana María Oviedo Palomares (Valera, Trujillo, 1964). Se trata de una colección de lances amorosos en los que el punto de vista femenino impone sus normas de discurso y define el sentido de la interpretación. Contención verbal, extrema economía de detalles y sugerencias cómplices definen la línea estilística en estos poemas, que contrastan, por su tono, con Flor de sal, de 2002.
Desde que Pablo Neruda hiciera público su intenso poemario Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en 1924, mucho ha llovido sobre la búsqueda de la parodia y la ironía en los dominios de la poesía que lo ha sucedido. Oviedo Palomares nos hace creer, con semejante título, que también sube a la ruta del cántico amoroso, aunque con visos de ironía, o de crueldad, para dejar apropiarse del distanciamiento que le aporta la herencia del coloquialismo hispanoamericano. Y si bien es cierto, una trampa domina la lectura, apenas con el hallazgo del poema pórtico, único que va extenderse más allá de una página, hasta llegar a tres. Los versos iniciales, definitorios de la circunstancia, determinan también el peso específico en que se sustentará el sentido:

Tú y yo nunca llegamos a nada
apenas añoranza de lo imposible.
En la continuación del texto, se sucederán las situaciones que reafirman esa nada de la relación amorosa posible, aunque puntillosa, al modo del coloquialismo, en los recursos circunstanciales que anuncian la posibilidad disuelta y aportan una atmósfera lírica de complicidad sugerida. Los dos últimos versos, luego de que se repita el primero del poema, revelan, por fin, el giro irónico:

dormimos juntos y no basta
cuando apenas se añora lo imposible.
El aura de lamentación idílica que asiste a los poemas nerudianos queda radicalmente fuera de toda posibilidad en estos lances. Tampoco son exactamente crueles, como anuncia astutamente el título, sino reales, tangibles, y, sobre todo, fuera del canon de conducta que la lírica, en canción y poema, ha insistido en reservar a la mujer. Hay un dolor que se supera a sí mismo por el distanciamiento del sentido, por la asunción de la inmediata y, en efecto, cruda circunstancia asumida. Es la verdad desnuda –nos sugiere– y no hay por qué embadurnarla con afeites. Aunque tampoco es un texto que se impulse desde lo circunstancial, ni siquiera con esa implícita intención dramatúrgica con que se arman los libros de poemas.
Para estos “crueles” epigramas, lo importante es el giro reflexivo y, con él, la reescritura del patrón de juicio que rige al amor en el ámbito de lo femenino. Al enunciar, la autora no se defiende de sus transgresiones ni, siquiera, muestra ese don de resistencia mediante el cual se invierten los poderes de acción, con el que cierto feminismo ha impuesto canon. El sujeto femenino de las canciones deCrueles reúsa plantear su resistencia a través de la inversión de roles en los géneros y nada tiene que ver con la legitimación de lo masculino mediante la reapropiación de la conducta, sino que, simple y llanamente, impone, como mujer, su derecho al albedrío individual en el amor y, sobre todo, en la elección sistemática y desigual de la pareja.
La canción XXIII es ejemplar en este aspecto:

Y conste que
ninguno es
el amor sagrado, compañero de mis días

pero sería inconveniente
–y largo de explicar–

cómo se pueden querer
dos hombres a la vez
y no estar loca.

Al tono, abiertamente epigramático, se une el intertexto de una canción popular de amplia difusión. Autora y sujeto lírico asumen similar perspectiva y, sobre todo, se deja en un contexto de ironía la acusación de la moral social sobre la persona amante de dos personas a la vez, sin estar loca, como dice la canción, aunque en este caso la transgresión se implica con lo femenino, con esa cláusula que considera largo de explicar, e inconveniente, la común circunstancia.
Cruel, por ejemplo, sí puede ser el epigrama XXI:

Tantas cosas me hicieron mujer

Y a ti
no te recuerdo

ni un poquito.

O el XIX, con un sentido análogo al anterior:

(cómo se vive sin ti)

Procuraste siempre
enseñarme lo difícil.

En verdad te esforzaste.

pero no aprendí.

El epigrama XVII puede servir como resumen de concentración de los variados elementos que aúnan el estilo, el tono y el sentido que este juego intertextual de canciones nos dedica:

No me va
eso de ser
el amor que negarás para salvar tu dignidad.

Ser tu castigo podría ser una dulce venganza
pero

sabes que prefiero
escándalos, noches sin dormir,

hacer un libro y dedicártelo con nombres y apellidos

que lo mejor de mi
las palabras,
sean nomás de ti:

ofrenda amarga.

Justo en ofrenda amarga se traduce la crueldad cuando de la ironía se desprende. Cuando a ella se aferra, la enunciación se empodera en un yo femenino de plena igualdad de acción, pensamiento y conclusiones. De ahí que el otro punto de reivindicación poética del breve poemario, así como de buena parte de la obra de esta autora, se halle en la dignificación de lo epigramático. Y en la reflexión que compacta irónicamente el resultado de lo acontecido a la persona, más que al sujeto lírico. Es la estrategia mediante la cual gana la partida al posnerudismo distanciado y marca su propio territorio. En los textos de Crueles, humor y poesía no marchan separados, como si fuesen estratos sociales irreconciliables, o parejas que han llegado al colmo de la tolerancia mutua, sino imbricados al máximo, hasta llegar a la simbiosis, como requiere, tal vez, la relación perfecta.
Seguramente Crueles integrará una nueva antología personal de Ana María Oviedo Palomares, en un futuro impredecible para tantos lectores. Y esa será una forma de expandir su alcance. Pero vale la pena que la crueldad de la demora no se extienda tanto.

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, 08 de septiembre de 2015

Editado por: Heidy Bolaños

 

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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