UN ARTISTA DEL CUERPO

Jorge Ángel Hernández

No tenía la más mínima idea de qué quería decir con eso de que se expresaba en puro arte del cuerpo, performáticamente, asumiendo la propia libertad corporal para romper las cadenas y tabúes humanos a través del arte. En principio, ni siquiera recordaba esta frase, que parecía un alambique sin sentido, pero el tiempo le hizo convivir con ella y sumó a su repertorio varias de ese tipo. Los artistas le llaman “concepto”, aprendería además, que es lo importante para que cualquier cosa se convierta en arte. El día en que escuchó por vez primera la frase de su suerte, se desprendía en su patineta con el objetivo único de impactar a un señor que parecía llevar una buena billetera. Era buena en verdad, de cuero repujado, pero traía solo unos pesos, con tarjetas de banco y documentos de identificación. A ese paso no es fácil, porque es mucho el que tienes que chocar para que el día dé una buena búsqueda, se lamentó. Al revisar la billetera, creía él que a resguardo en una callejuela aledaña, lo abordaría la señora con su frase extraña, que no pudo entender. Supuso que lo habían atrapado y que ella era la agente de choque que en entrenada discreción lo apresaría.

–Soy artista visual, no te asustes. No tienes nada que temer –le advirtió ella, previendo que él se echaría a correr en un instante.

A veces, cuando se embriaga, rememora ese día y comprende cuán de suerte estaba, aunque no lo supiera en ese instante. Algo lo había alumbrado de repente y por eso no se dio a la fuga, como era natural. La dejó hablar y la siguió después que le mostró el billete de cincuenta que extrajo de su bolso.

–No vivo lejos; me acompañas y hablamos de negocios –le propuso.

De todo, entendería solo la paga, que era mucho mayor que los mejores días en su lucha cotidiana. De haber comprendido, es cierto, comentaba además en esos días de embriaguez confesional, tal vez no se hubiera metido en el negocio, así que se alegraba de haber sido inculto, como era, y de dejarse llevar por los consejos de la culta señora. Jamás imaginó que pagarían tanto por bajarse el pantalón mientras se lanza a toda velocidad en patineta, como cuando chocaba para llevarse bolsos y carteras. Así, a toda marcha, le enseña de pronto el culo a los paseantes y le saca una rápida lengua al policía.

–Mejor si hay flatulencias –comenta a veces su mentora, la señora culta.

Aprendió al fin, cuando retuvo la palabra sin cambiar sus letras, que flatulencia es, en el lenguaje artístico, despachar un buen peo, mejor cuanto más escandaloso.

 Se deja capturar cuando concluye el performance, que es esa enseñadera de culo y tiradera de peos a toda carrera en patinetas, siempre con cámaras listas que lo filman todo. Cuando la policía lo atrapa, sin escapar como un lince como antes, cuando agarraba bolsos y carteras, grita en los micrófonos que es un artista libre, antisistema, que su cuerpo desata la plena libertad del ser humano, sin convencionalismos hipócritas. Decir las frases justas es vital, y a su mentora no le gusta pagar si no cumple con todo paso a paso. Son parlamentos precisos, contundentes, dice ella.

Ha aprendido también, entre otras muchas cosas que lo distinguen ya de aquellos luchadores de barrio que fueran sus compinches, que pagar para que una persona haga algo específico también pudiera convertirse en arte, únicamente porque es un artista quien lo dice, y quien lo manda y lo paga. Le han contado que hay uno que pagó para que vomitaran sobre la gente en la calle y que con eso se hace de una buena pasta. Por el momento es la artista la que pone el billete, pero tal vez llegue el día en que sea él quien paga y se le ocurran otras cosas bien locas y vengan todos los socios de su barrio a pedirle trabajo.

La historia que montan con el por qué se manda en patineta con el culo al aire, los peos en el directo y la lengua mirando al policía, es tan graciosa, que no se ha preocupado por ponerle cabeza, ni siquiera en el momento en que dicen que todo es un concepto de puro desafío al sistema. Después de todo, y aunque dé más problemas enfrentarse al sistema que hacerse el anormal, él tampoco pertenece al sistema y le da lo mismo si vira o si no vira. Es, como siempre recalca su mentora, un artista del cuerpo, con un carnet a su nombre que ella pudo comprar con buenas mañas y mejor billete. Y cualquier cosa que haga, ¡cualquier cosa!, es arte corporal, gústele o no a la policía.

Acerca de ogunguerrero

Oggun, orisha guerrero; con Oshosi, dueño del monte; con Elegguá, domina sobre los caminos. Mensajero directo de Obatalá. Rey de Iré, vaga por los caminos solitario y hostil. Jorge Angel Hernández, poeta, narrador, ensayista (31/8/61)
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