En la egoteca

Geovannis Manso Sendán

Presentación de El Callejón de las ratas (1) en la Feria Internacional del Libro de La Habana, en la sala José Lezama Lima de San Carlos de La Cabaña.

Si usted, definitivamente, es de los que cree en esa falacia vital definida como literatura, sin dudas se estremecería al verse en el parque Lezama, en Buenos Aires, cerca de la estatua de Ceres, donde Martín —por vez primera— confunde a Alejandra con su propio mundo; (2) se estremecería igual en alguna esquina de la calle Trocadero, en el mismo corazón de La Habana Vieja, pues sabe que en cualquier momento José Cemí se encontrará con Fronesis (3) y pasarán a su lado, así como si nada, sin que ninguno de ellos comprenda la vastedad de mundos que nos han donado. Hoy, entonces, al recorrer las páginas de El Callejón de las ratas, de Jorge Ángel Hernández, confío en que ustedes, como yo mismo, sus lectores, sabrán sentir el estremecimiento, de habitar el espacio que protagonizan los personajes que conforman el corpus total de esta novela. Estremecimiento que nos entrampa al prefigurarnos en el centro mismo del fuego que cien años atrás nos negara acceder a cierta memoria histórica, memoria que, desde ángulos diversos, obsede a su autor en buena parte de obra. Historia que transcurre desde la constante bifurcación, quizás uno de sus rasgos más peculiares y preclaros.

En El callejón de las ratas, Jorge Ángel Hernández nos niega toda posibilidad de acceder a lecturas lineales y, con ello, en incesante juego, convierte al lector en actor, en autor, en ser pensante, en “lector macho”, como lo definiera Julio Cortázar. Nos obliga a hilvanar una historia desde el ejercicio provocador a que invita su fragmentado discurso —no desde la pasividad constante—, y esta fragmentación se unifica siempre en su lenguaje, en los giros gramaticales —barrocos, preciosistas, coloquiales— que terminan por absorber una trama coral donde confluyen multiplicidad de tiempos y espacios —si el plural no fuera en contra de esos preceptos tan caros a Jorge Luis Borges, siempre negador de sus pluralidades. Si lo deseamos, El callejón de las ratas se convierte en múltiples novelas, múltiples historias, múltiples mundos insondables y fantasmales. Así estas novelas recorren un camino de amores esquilmados, pasiones, desencuentros, esperanzas, orgías, violaciones, muertes y resurrecciones. Recorren —en dosis equilibradas, signadas por su vocación preciosista— un cúmulo de sentimientos humanos, de obsesiones torrenciales que se bifurcan, se entrecruzan, bien desde la magnificencia popular que representa La Parranda, bien desde los inciensos, cantos litúrgicos, oraciones y festejos del día de Candelaria que presiden a La Patrona del pueblo; bien desde las torturas y humillaciones que enfrenta un hombre, o bien desde esas postales, simbólicamente cursis y sinceras, que el tímido escritor, personaje de una de las historias contadas en el mosaico total del texto, entrega a esa mujer de rasgos apagados por la abulia. Novela de resonancias trágicas —como bien lo define Jorge Ángel Hernández en la “Posible guía al lector” [pp. 7 – 8] que encabeza el texto: “el sentido de la trama” es sostenido por los “fáusticos entrecruzamientos” de sus historias. En ella nos convence, afiliándose a plenitud a aquella sentencia de Octavio Paz, de que “por esto, todo amor, incluso el más feliz, es trágico. Porque el amor humano es la unión de dos seres sujetos al tiempo y a sus accidentes: el cambio, las pasiones, la enfermedad y la muerte.” El callejón de las ratas entreabre un vasto jardín de senderos que se bifurcan, que se alimentan entre sí en la desesperación de un fatum que antecede y define a sus personajes, tal y como sucede en el mito constantemente invocado, y que surca la novela con su espíritu vivificador, pues Fausto, entregado a Mefistófeles, no podrá escapar de él, es decir, del Infierno.

Si una de las funciones de la literatura es la representación de las pasiones, aquí el novelista ha cumplido con creces su objetivo. El callejón de las ratas representa —en su sentido más universal— un entramado de pasiones que se redimensionan, más allá de la propia pasión del personaje mismo. También subyace en todo el corpus de la historia narrada la pasión por la escritura, y el riesgo apasionante que significa hurgar en el pasado. Así, los personajes con el propio autor se convierten en cronistas locales que van atesorando cada una de esas minucias con la esperanza de que un día no lo sean; regresando por la historia del pueblo, hacia el tiempo que todo lo soporta [pp. 61 – 82]. Y el día ha llegado.

Con la publicación de El callejón de las ratas por la Editorial Capiro, esas “posibles minucias” transgreden toda localidad para inscribirse, con signos perturbadores y fecundos, en las esencias que conforman lo cubano. El pueblo muta y se adhiere a las cosmovisiones que definen esta novela. La Aldea deja de serlo para convertirse en esa polis que para los griegos reflejaba el centro mismo de todas las irradiaciones. No invito a los lectores a leerla. Leerla es sólo el primer escalón, esencial y primario. Los invito a pensarla, a vivirla con la intensidad que gravita en sus páginas. Sólo así llegarán a comprenderla a cabalidad, a sentirla en todas sus bifurcaciones posibles. Cuando accedan a la imponente, inevitable explosión de sus finales, las palabras que la conforman —como vidrios— se incrustarán en sus ojos. Para entonces, habrán develado una parte de los misterios, una parte de su vía crucis esencial y fecundante. El fuego, que todo lo consume, se avivará; y habrá usted de volver a un nuevo sendero —quizás inexplorado— en la lectura iniciática. Sí, es una novela maldita. Pero bendita maldición la suya, que nos conmina a vivir su aventura, inevitable, trágica y humana…

Notas:

1. El Callejón de las ratas: Jorge Ángel Hernández. Editorial Capiro, Colección Ulán, Santa Clara, Cuba, 2004. 2. V. Sobre Héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. 3. V. Paradiso, de José Lezama Lima.

Hablar entre cubanos, Jorge Ángel Hernández Pérez.012bc-hablarentrecubanos

Premio Funddación de la Ciudad de Santa Clara, 2012

Editorial Capiro, 2013.

Cuando en un ensayista se unen al don de teorizar, fuerza expresiva e independencia de criterio, el resultado suele ser un libro como este. Aquí el autor se enfrenta sin prejuicios a temas conectados entre sí: el baile como espacio de confrontación social; la guaracha cubana del siglo XIX; la evolución del habla popular, con su acervo de «malas» palabras —que el autor estudia, más que en su etimología, en su historicidad—, y la presencia de fenómenos como violencia, androcentrismo y sexo en el habla popular cubana.

En su dinámico recorrido por tal espectro temático, y a partir de un inocultable amor por la cultura nacional y la expresión dentro de ella de las capas más humildes e históricamente marginadas, el escritor hace gala de diversos saberes (sociológicos, semióticos, históricos), pero a la vez de su prosa colorida para demostrarnos que, sin faltar al rigor investigativo, se puede ser divertido al estudiar la diversión y original al regresar a asuntos largamente tratados por otros autores. Al concederle en 2012 el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, el jurado destacó que esta obra «aporta una mirada singular, desde el lenguaje y las palabras, hacia nuestra historia y algunas zonas de nuestra cultura».

Yamil Díaz Gómez

Publicadas por Isaily Pérez a la/s 7/05/2013

CARMEN DE BISSET o los sordos más tristes del mundo

ROGELIO RIVERÓN

En un precioso estudio sobre el género, Mijaíl Bajtín dice que la novela, con más o menos intensidad, ha sido desde siempre un espléndido acto de parodia. Parodia de situaciones y de lenguaje. Amplificación de discursos capaces de significar en muchas direcciones, y en todas, de modo intranquilizador, debido a su tendencia a reactualizarse. Soy, por supuesto, liberal en mi glosa de Bajtín. Trato de parodizar algunas de sus ideas, con la única excusa de que también considero la novela el género más espléndido de la literatura: el único que admite y que requiere la conjunción en remolino de argumento, caracteres, ensayo, sentido del poema y eso que ahora llamamos hipervínculos en relación casi exclusiva con la informática, cuando lo cierto es que la novela sin ellos no ha existido nunca.

Carmen de Bisset (Editorial Letras Cubanas, 2004), de Jorge Ángel Hernández Pérez, establece con sus personajes una relación regulada, entre otras cosas, por la parodia. Del narrador a nosotros, y de los personajes hacia el entorno en que discurren y además hacia sí mismos. Algunos textos -textos de ficción- sobre los que regreso con maniática periodicidad, me han hecho creer que la parodia implica una cuota de pena. Existe una propensión a lo lastimoso en el acto de imitar, y eso lo corroboro ahora, ante esta novela de movimientos significativos, de personajes egocéntricos, de credos a primera vista impermeables. Veteada por un afán de viajar en el plano físico, muestra sin embargo la impotencia de sus personajes para el viaje más allá de uno mismo, como diría Fernando Pessoa. El viaje en Carmen de Bisset parece la prueba por el reverso de que anclar para siempre en ciertas concepciones del mundo y del individuo presupone una aniquilación. Es como viajar sin alejarse de lo que se deja a la espalda, si se me permite la broma. Dentro de esa paradoja cabe en buena medida la historia central de este libro, una historia que se echa al camino en tres puntos distintos de la Cuba de fines del siglo veinte, y comienza a recogerse en sí misma, a reclamar concentración, para concluir en la ciudad de Santa Clara, un sitio marcadamente céntrico, en el sentido tangible, y no mucho menos en el sugestivo. Un joven con ideas de buscavidas convence a una muchacha para que lo acompañe a hacer fortuna. Casi parejamente, se ponen en camino, en diferentes sitios, otras dos personas, pero estas, en apariencia, no quieren ilusionarse con nada. Mi sinopsis -no menos irónica, creo; con vetas de película del sábado- intenta, en cualquier caso, recordar que el estilo y la tendencia a significar pueden hacernos ver el argumento desde posiciones singulares.

Por varias causas he pensado que los personajes principales de esta novela intuyen que sus destinos les quedan demasiado alto. Es entonces que comienza lo paródico a tramar la bruma por la que se deslizarán los momentos más trágicos de Carmen de Bisset . Y entonces se hace visible la habilidad de Jorge Ángel Hernández (Vueltas, 1962) para concebir sus caracteres, eso que un mal reseñista llamaría pulso , y que yo ahora repito sin pedantería. Lo mismo Lis, la aprendiz de femme fatal , que Lisandro, que todos los demás, batallan aquí con la idea que tienen de sí mismos, y de lo que serán, pero esa batalla es siempre desigual, es paródica, puesto que escoge la exageración y a la par su puesta en entredicho. En este libro, aparte de los discursos -algo que damos por sentado- se parodian modelos. Desgastándose en la imitación de actitudes, de ciertos clichés de la cultura abaratados a propósito por un comportamiento exageradamente gestual, los personajes de Carmen de Bisset ponen por delante sus prejuicios, y se niegan a cualquier pacto que los haga parecer débiles. Preguntarnos cómo llegan a ser humanos en su rudeza es ya una aproximación a las virtudes del autor. Solo la paciencia de un narrador de oficio -y claro que confundo con toda intención la voz por la que nos llega la historia con la persona que la redacta- es capaz de mantener una tensión similar a la que aquí se consigue mediante breves desvíos a los giros lingüísticos populares, la irrupción del humor, el sentido del tiempo y su fragmentación, e incluso del patetismo como otro medio de regulación.

En otra oportunidad he repetido una frase de Rudyard Kipling, en la que se nos advierte que un escritor tiene derecho a contarnos una fábula, pero nunca a infligirnos su moraleja. El aserto me parece a propósito en esta novela, en la cual se manejan tantas cuestiones de sino ético. En todo caso, una de sus protagonistas, la ingenua Lis, nos recuerda que ella es la Carmen de Bizet, no la de Merimée. Al respecto, Nina Berberova sugiere que la música de Bizet es capaz de ahuyentar las influencias cíngaras de la obra original. No estoy muy seguro de ello, pero tengo la flema para aprovecharme de su idea y aludir a lo que en la novela de Jorge Ángel Hernández pudiera ser tomado como otro remedo. Esa nueva parodia, el hecho de pasar de largo sobre la novela, que es, como se ha dicho, un recio rastro de tinta, y situarse en el terreno del espectáculo, indicaría que la tragedia estará descongestionada por la ampulosidad, por un despliegue escenográfico que aleja toda intención autoral moralizante, aunque sin suspenderla. Enfrentados a algunos paradigmas fácilmente reconocibles, sus personajes son juzgados con severidad, y sin embargo el juicio no está nunca fuera de perspectiva. Sabemos que en la composición de un texto de ficción se enfrentan elementos que, comúnmente, no vemos como opuestos. Todo depende de eso que llamamos estilo. De tal manera, las posiciones extremas en Carmen de Bisset tienen como opuesto a un lirismo que me gustaría llamar sutil y oportuno en el sentido de su precisión, de su pertinencia para proponer que no hay sordidez de por siempre, que todo desequilibrio tiene su reflujo, que lo que se vierte en el molde de una historia bien narrada, como sucede ahora, se pone en realidad en el molde de la cultura.

La letra del escriba,
Juicios críticos acerca de la obra de Jorge Ángel Hernández

 

 

Las etapas del odio, Ediciones Capiro, Colección Faz, Santa Clara, 2002 (poesía)

“Jorge Ángel H. P. ha escrito un libro donde el odio es la medida del caos, el olvido, la teología, la historia. Sus continuas y dolorosas etapas develan puertas que se abren y cierran durante el paso de la vida a la muerte, del sueño a la derrota. Es la metáfora del odiarse destilando soledades, bufones, pífanos, mujeres de paso, asesinos, títeres, emperadores, boleros, botellas arrugadas. La nota amarga sostenida a través del tiempo, eclipsando la esperanza última del hombre. El poeta mira a los ojos de cada palabra, secuestra su esencia natural para denunciar y padecer. Especie de epitafio lírico, este odio fragmentado por medio de múltiples voces deviene en intento de salvación íntima frente a la permanencia fugaz e incierta del hoy […] La aventura lingüística de Jorge Ángel trasciende el olor complaciente, el ritmo genealógico de la palabra, para dar paso a una dramaturgia arrabalera en la que otros personajes (músicos, atletas, actores) acuden al escenario portando su propio discurso. Nada se violenta allí. La imagen, el término engalanado, se inclinan sin prejuicios ante la voz convocada.”

Obdulio Fenelo Noda

(La letra del Escriba, abril 2002 p. 13)

 

Hamartia, Editorial Capiro, 1995 (cuento)

“La metadiscursividad de todo el cuaderno, y marcadamente de su primer cuento, «Currículo», se constituye dentro de una perspectiva autoral crítica, removedora y demoledora con respecto a elementos enajenadores detectados en dichas instancias, que alienan y desautentifican la praxis literaria y al propio sujeto de esta acción. El tratamiento es, por tanto, satírico, con sus correspondientes ingredientes paródicos y del absurdo, que han contado con una ya larga tradición en la literatura cubana […] La fruición en la historia misma, [en «El paciente espejo del pirata José Ramón Pérez Pita»] igual que en otros relatos de Hamartia, es algo bien alejado de la postmoderna desconstrucción fabular de “los novísimos” de la antología de Redonet Cook. Procede aquí a la resemantización de referentes literarios en un alarde de entrecruzada intertextualidad”.

Elena Yedra

(La Gaceta de Cuba, N° 2 marzo/abril de 1996. Año 34 p. 61)

 

“La tradición del Absurdo en la cuentística cubana se enriquece con este cuaderno […] El humor correspondiente —inmerso en un lenguaje bien elaborado y en situaciones de alta precisión estructural— adereza un temario amplio casi siempre relacionado con valores universales”.

Félix Luís Viera

Nota de contraportada de Hamartia

 

La luz y el universo, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, Colección Premio Oriente, 2002 (novela)

“Quien ha conocido los textos anteriores de Jorge Ángel Hernández Pérez ––Hamartia, 1994–– tan exigentes de un lector atento e infatigable–– puede experimentar sorpresa ante esta breve novela. Todo aquí parece sencillo y hasta con algún que otro tópico convencional […] Pero tales son sólo ligeros trazos externos, insuficientes para dar cuenta exacta de sus alcances. La breve y en apariencia modesta escritura, se halla sin embargo inmersa plenamente en los riesgos, rigores y zozobras de la visión polémica que va implicada en toda auténtica búsqueda estética y nos ofrece a la vez una precisa y conmovedora historia. […] Varias de las que ya son «características» reiteradísimas de la actual narrativa cubana en su paso de un siglo al otro, en el texto de Jorge Ángel pierden relieve, aparecen bajo otra expresión o sencillamente no aparecen […] La novela de Jorge Ángel Hernández se distancia de todas estas marcas muy comunes de identidad, de este lenguaje desestabilizador, para regalarnos, como ya hemos advertido, un texto “clásico”, “legible”, pero que desde su “naturalidad” también cumple con su pertenencia a este tiempo […] A pesar de su brevedad y dominante laconismo, la novela logra una adecuada reconstrucción de época, con registro parco y útil de costumbres y en general de la cultura popular, pero sin costumbrismo ni populismo. Todos los elementos de este orden que han sido convocados poseen una justa funcionalidad, definen condiciones humanas y posiciones ideológicas.”

Carmen Sotolongo Valiño y Arnaldo Toledo Chuchundegui

(Sic, Nº, 200 pp. )

 

El callejón de las ratas, Editorial Capiro, Colección Ulán, Santa Clara, Cuba, 2004 (novela)

“En El callejón de las ratas, Jorge Ángel Hernández nos niega toda posibilidad de acceder a lecturas lineales y, con ello, en incesante juego, convierte al lector en actor, en autor, en ser pensante, en “lector macho”, como lo definiera Julio Cortázar. Nos obliga a hilvanar una historia no desde la pasividad constante, sino desde el ejercicio provocador a que nos invita su fragmentado discurso, fragmentación siempre unificada en su lenguaje, en los giros gramaticales —barrocos, preciosistas, coloquiales— que terminan por absorber una trama coral donde confluyen multiplicidad de tiempos y espacios”

Geovannys Manso Sendán

(La letra del Escriba, Nº 46, Diciembre, 2005)

 

“Estamos ante un texto en el que el autor hace un uso refinado del lenguaje, sin temor a viajar desde el giro popular e incluso vulgar hasta el vocablo culto o la imagen arriesgada. Prosa que por momentos corre ligera sobre los verbos o se hace densa en la descripción o la reflexión pormenorizadas. Esto le proporciona un ritmo irregular, una dinámica que beneficia la lectura.

Novela, en fin, que se agradece porque soslaya el paternalismo degradante y  obliga al lector a establecer relaciones y equivalencias, a completar caracterizaciones, a desbrozar motivos oscuros que lo hacen copartícipe de esa gran aventura que es  la creación literaria”

Fidel Cruz Rosell

(Presentación de El Callejón de las ratas, Jibacoa, 2005. Publicado en Sitio WEB cenit.cult.cu)

 

“La relativa autonomía que ostenta cada una de las historias mostradas por el autor como fichas de un gran dominó que él resuelve antes de que su verdadero rostro se vuelva hacia el lector, nos induce a considerar El Callejón de las ratas  una novela-mosaico, etiqueta que se ha ganado el derecho a circular en las literaturas desde los lejanos tiempos en que el norteamericano John Dos Passos creó su trilogía USA y que en nuestro tiempo latinoamericano tiene deudas con la novela Al filo del agua, del mexicano Martín Yáñez. Novela-mosaico la de Jorge Ángel Hernández, que tiene como centro de gravedad la celebración del Día de La Candelaria, el vértigo sobrecogedor de La Parranda, a partir del cual se articulan las peripecias e inquietudes de sus personajes”.

José A. Lezcano

(Presentación de El Callejón de las ratas, Pinar del Río, 2005. Publicado en Sitio WEB cenit.cult.cu)

 

Carmen de Bisset, Editorial Letras Cubanas, Colección La Novela, La Habana, 2004 (novela)

Carmen de Bisset es una novela respetuosa. No hay en ella asomo de burla ni panfleto para ningún extremo. Ni siquiera, a pesar del desconsuelo de sus personajes, puede calificarse de triste.

Es, como decíamos, el dibujo cuidadoso de “un manojo de penumbras” salido de la mano piadosa de un escritor que, por suerte para nosotros, sigue creyendo en la importancia de ciertas plagas malditas”

Laidi Fernández de Juan

(Umbral, Nº , 2006)

 

“Carmen de Bisset, establece con sus personajes una relación regulada, entre otras cosas, por la parodia. Del narrador a nosotros, y de los personajes hacia el entorno en que discurren y además hacia sí mismos […] El viaje en Carmen de Bisset parece la prueba por el reverso de que anclar para siempre en ciertas concepciones del mundo y del individuo presupone una aniquilación. Es como viajar sin alejarse de lo que se deja a la espalda, si se me permite la broma […] Desgastándose en la imitación de actitudes, de ciertos clichés de la cultura abaratados a propósito por un comportamiento exageradamente gestual, los personajes de Carmen de Bisset ponen por delante sus prejuicios, y se niegan a cualquier pacto que los haga parecer débiles. Preguntarnos cómo llegan a ser humanos en su rudeza es ya una aproximación a las virtudes del autor. Solo la paciencia de un narrador de oficio -y claro que confundo con toda intención la voz por la que nos llega la historia con la persona que la redacta- es capaz de mantener una tensión similar a la que aquí se consigue mediante breves desvíos a los giros lingüísticos populares, la irrupción del humor, el sentido del tiempo y su fragmentación, e incluso del patetismo como otro medio de regulación.”

Rogelio Riverón

La letra del escriba, Nº 38

 

“La ironía a diferentes niveles (autoparodia de los personajes, sátira social, caricaturas…) da mayoría de edad a la obra de Ángel, como el permanente juego intertextual que desacraliza el arte y atenúa precisamente el esteticismo de una novela contada con relieves que hermosean la palabra. […] Galería de fantasmas concurren, deliciosamente difíciles y únicos, pero algunos tienen el estigma no de la diferencia sino del veneno, y eso hará precisamente la diferencia. La orgía de máscaras se repite a grados cada vez más descarnados. […] Los lectores “machos” de Jorge Ángel, sobrevivientes a lo especial de los períodos, sentimos al final la tentación de decir, como Flaubert dijo de su Madam Bovary, siguiendo la misma mutación que cierra las últimas traspolaciones de la novela en una Santa Clara tomada con su infantería de héroes, nauseabunda por su alta densidad de escritores y trampas por centímetro cuadrado, que nosotros somos la única, inmortal e inefable Carmen de Bissett.”

Francis Sánchez

Árbol invertido

 

 

Ojos de gato negro, Ediciones Capiro, Colección Premio, Santa Clara, 2006.

 

“Verso a verso, lo agónico irrumpe como materialización de un Yo que suscribe a conciencia la necesidad de la escritura, de la «grafía» como único signo, o único destino permisible […] Ojos de gato negro es también un libro plural, abierto a multiplicidad de formas: a epigramas deudores de un sarcasmo que el autor ha sabido verter en libros anteriores; a sonetos, plenos de un razonamiento cartesiano, soez, donde el poeta –libre de máscaras, u ocultamientos-, se muestra “como un tonto enemigo sin esquiva. (…) más oscuro que el haz de sus espacios…; a poemas en prosa, que forman y conforman su mayor volumen, adscritos, definitivamente, a su esencia ontológica, a esa esencia que corroe todo confinamiento del Ser”.

Geovanys Manso Sendán

 

 

Ensayos raros y de uso, Editorial Sed de Belleza, Colección Manantial, Santa Clara, 2001 (ensayo)

 

“Jorge Ángel Hernández Pérez ha conseguido un estilo en el que se trenzan agudas provocaciones estéticas con un lirismo sutil, y ello nos predispone a favor del diálogo con sus trabajos. Los ensayos de su nuevo libro no son un llamado a asentir, sino una invitación a polemizar en las escarpadas riberas de la poesía cubana. […] Ensayos raros y de uso consigue lo que otros anuncian y nunca nos enseñan: plantear estrictos puntos de vista en que se haga a un lado la exposición conciliatoria, diplomática, y disponerse a demostrarlos desde una teoría cierta, aunque no imbatible. Hay muchas buenas ideas en este libro, conclusiones razonadas a lo largo de los años, aproximaciones sorprendentes, bien fundados alardes semióticos.”

Rogelio Riverón

(Granma, miércoles 26 de marzo del 2003 p. 6)

 

“Jorge Ángel Hernández pudiera ser clasificado, con toda propiedad, como un ensayista raro. […] Hilvana en este volumen tres ensayos que proponen su análisis sobre un tema único (la poesía), pero diverso y raro si atendemos al ángulo inédito que exponen. […] Como última virtud quisiera celebrar el que un análisis tan serio y original fuera concebido en honda comunión reflexiva con la quietud y el silencio provincianos (más bien: municipales) que no pudo obnubilar el entendimiento de quien, con legítimas propiedad y capacidad, se lanzó al intento —y según creo, algo consiguió— de superar y expandir los siempre peligrosos y subestimados límites territoriales en pos de una reflexión universalizadota cuyas agónicas fecundación, parto y germinación, sólo a costa de un esfuerzo sobrehumano ofrece sus mieses desde el terruño”

Ricardo Riverón Rojas, El Caimán Barbudo, 316, Mayo-junio 2003

 

“Jorge Ángel Hernández Pérez fue otra de aquellas apariciones que en los años 80 conformaron un grupo literario en la provincia de Villa Clara y que pronto se integró a la tendencia renovadora del panorama poético de la Isla.

Sin embrago, por mucho tiempo no fue este autor referencia frecuente en los estudios de la poesía de su generación, tal vez por que no estuvo entre sus intereses la figuración en certámenes y exposiciones públicas como sí hicieron tantos en aquellos momentos, práctica que generó luego el sistema de estrellas poéticas que aún padecemos.

Sin duda, esta posición desde una orilla le permitió un puesto de observación más abarcador y sosegado para analizar cuanto pasaba a su alrededor e ir guardando en su arsenal crítico. No fue, por supuesto, una posición pasiva, en este tiempo fue creando, haciendo y rehaciendo su propia obra con un oficio autocrítico admirable, lo que ha permitido que en los últimos años numerosos premios y títulos en diversos géneros estén signados con su nombre.

De este rumiar sale pues, Ensayos raros y de uso, publicado por la editorial villaclareña Sed de Belleza, libro hecho por la unión de tres trabajos indagadores de momentos puntuales de la poesía cubana, que aunque independientes confluyen en una tesis central. Libro todo logrado desde la reflexión profunda y el rigor analítico, donde se percibe el conocimiento de causa y hasta un testimonial sentido de pertenencia, pero que difiere de anteriores estudios por el vehículo semiótico elegido por el autor para llegar a la esencia de los textos, y de ahí al asombro que nos da el descubrimiento.

En Ensayos raros y de uso, Jorge Ángel se atreve mucho, se adelanta, especula, incita a la polémica, al contrapunteo, le “agua la fiesta” a mucha teoría conclusiva sobre el tema, se inmola en aras del descubrimiento para nosotros, pero goza de este sacrificio, así mismo lo declara en alguna parte del libro: «Hermano mío, semejante  mío, desocupado lector mío, ser victimario es siempre más seguro; agradécelo, porque alguien debe inmolarse para que tú arribes a esa cómoda condición».”

Alexis Castañeda Pérez de Alejo, La Jiribilla Nº 212, Junio, 2005

 

La Parranda, Fundación Fernando Ortiz, Colección La Fuente Viva, La Habana, 2000 (ensayo)

 

“Estudio semiótico de las parrandas es, ni más ni menos, lo que nos propone Jorge Ángel Hernández en este libro que cuece, junto a la tesis, el entretenimiento, para decirlo con todas las letras. […] esta obra, que ganó en 1999 la beca de creación de investigación que otorga la Fundación Fernando Ortiz, mira con ademán intenso en la tradición y es, en momentos en que comprendemos mejor el alcance de las culturas regionales, a la vez un documento y un relato ameno”.

Rogelio Riverón

(Granma, martes 13 de noviembre del 2001 p. 6)

 

 

 

El peligro del viaje, Ediciones Luminarias, 2001

“el poeta incita a una lectura múltiple cuando coloca los exergos al derecho y al revés, por ejemplo: Nunca el comienzo es demasiado pronto / creo que el tiempo de partir se acerca,  y,  creo que el tiempo de partir se acerca / Nunca el comienzo es demasiado pronto, con lo que el lector sabe que debe encontrar posiciones diversas y tal vez hasta antagónicas dentro del poema. Por otra parte, cabe decir que el ensayista aflora en el poeta con el resultado de una décima reflexiva, de difícil comprensión[1], donde el principal ingrediente es la duda, la interrogación”

“En lo que respecta al trabajo formal, se aprecian atipicidades de diversa índole; aun cuando en algunas de las décimas se emplea, para las rimas, la estructura de Espinel –abbaaccddc–, la distribución de las pausas y acentos no concuerda con ella, de manera que se traen al presente diversos tipos de fórmulas pre-espinelianas. Una de las variantes responde al estilo de los romances, por el empleo de una sola rima asonante con alternancia de ésta y versos sueltos (xaxaxaxaxa). También se usa el pie quebrado con diferentes metros (3, 4 y 5 sílabas) dentro de una misma décima. El encabalgamiento, recurso que obedece al quehacer actual de todos los decimistas, está empleado con mesura.”

Mariana Pérez

(WEB de la décima)

 

 

Los graduados de Kafka, Vigía 2008

 

“Un acoso constante a la intimidad del lector puede ser interrumpido por el sosiego aparencial de otra narración. La abrupta aparición de la ironía puede mantener en vilo al que lee, por la  agudeza con la que se suma a la experiencia misma del paisaje de ahora. Para entonces volver a sorprendernos en el siguiente cuento con una historia lineal y delgada como el hilo mismo de la vida”

“La literatura de Jorge Ángel en este libro hace una representación de las pasiones, las más diversas y sagradas, las que aún conducidas por derroteros oscuros adiestran en el acto de salvar. En cierta entrevista se le pregunta al autor si sigue viendo la literatura como vehículo de transformación hacia el mejoramiento, a lo que éste responde: «Sí, aunque los aires postmodernos traten de decirnos lo contrario. Sigo siendo un dinosaurio en ese sentido. Soy un contracorriente que trato por lo menos de hacer la mía con ese fin»”

“Un libro es casi siempre una suma. Éste lo es entonces por más de una razón. Muchos de sus cuentos son en sí varios cuentos; y el libro resulta entonces un poco más que múltiple. Une a la búsqueda de las muchas perfecciones formales el hallazgo del entramado, retícula por la que trepan los hombres, a veces con la ciudad a cuestas. Topándose como hormigas, tropezando sus conflictos primitivos y únicos, infinitos.”

Rolando Estévez

(Presentación del libro Los graduados de Kafka, en Ediciones Vigía, el 20 de octubre de 2008)

 

El por qué de un seudónimo

Yamil Díaz

Muchos suponen que al escritor Jorge Ángel Hernández Pérez se le llama H. P. porque estas son las iniciales de sus apellidos.  Je, Je… ¡Qué disparate! Al cabo de más de dos décadas de deambular por la literatura con tan pesada H y tan pesada P sobre los hombros, Jorge merece al menos que se intente descifrar las razones de un seudónimo tan indeseable. Hasta el Ministro de Cultura se percató de que —cuando decía  “El compañero HP”—  no le jugaba la lista con el billete. Y el día que le impuso la Distinción por la Cultura Nacional, esto le provocó un conflicto de conciencia.

Por ello, hace una semana el Instituto Cubano del Libro y la Academia de Ciencias de Cuba convocaron a una sesión científica para dilucidar tan delicado tema.

El primero en pedir la palabra fue un representante de la Fundación “Fernando Ortiz”, quien aseguró que las iniciales H. P. no podían significar otra cosa que “Historiador de la Parranda”. Y aunque mostró como prueba un hermoso ladrillo publicado por Jorge con la Fundación, ahí mismo subió el ph del debate, pues el novelista Jorge Ángel Pérez  a quién tanto confunden con mi colega, protestó airadamente: ¡¿Cómo que historiador de la Parranda?¡ H. P. significa lo que es él: un Heterónimo Perverso”.

Se alborotó el gallinero ante tan agresiva intervención, y llovieron hipótesis para explicar el maligno sobrenombre ¿Qué significa, en resumen, H. P?

Pues son las iniciales de un Hijo… Pródigo, según la madre del poeta, lectora fervorosa de Roque Dalton. O de un Hacendoso Padre, según las dos niñas de Jorge. O de un Hidalgo Peludo, según pensó la esposa Lourdes cuando lo conoció, en 1987. O de un Hombre Precoz, como dice una vecina: la mulata que vive detrás de la cañada. O de un Hacedor de Palabras, según algunas jóvenes admiradoras. O de un Hablante Perspicaz, según dos miembros de la Real Academia. O de un Hiriente Polemista, según Agustín de Rojas. O de un Humorista Punzante, según antiguos compañeros de Jorge Ángel en la Leña del Humor. O incluso de un Agudo Periodista, de acuerdo con una lectora de Umbral, quién no se había enterado todavía de que “agudo” se escribe sin H.

A lo mejor en el siglo XXII, cuando le pongan “Jorge Ángel HP” al futuro acueducto de Vueltas, la población voltense opine que aquello de H. P. significaba como las iniciales de “Héroe Pueblerino”.

Pero acaso lo más recomendable resulte apostar porque sus propios versos nos den la clave de este enigma. Al concluir el presente recital, cada asistente recibirá una boleta con las versiones posibles para determinar mediante voto secreto y directo por qué a H. P le decimos “H. P

Mientras, quiero valerme de las pocas H y P que van quedándole al idioma, para rogar al Honorable Público que escuche los Humildes Poemas de H. P. y que sea justo en su votación.  Yo les confieso que dudo si marcaré con una cruz donde dice Humanísimo Poeta o donde dice Hermano Prodigioso.

(Crónica publicada en su libro La calle de los oficios)

[1] En su ensayo «Un ángel más», de Ensayos raros y de uso, el autor reconoce: “la comunicación entre el lector y nosotros sigue siendo difícil e insegura” (p. 86).

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