En la egoteca

Geovannis Manso Sendán

Presentación de El Callejón de las ratas (1) en la Feria Internacional del Libro de La Habana, en la sala José Lezama Lima de San Carlos de La Cabaña.

Si usted, definitivamente, es de los que cree en esa falacia vital definida como literatura, sin dudas se estremecería al verse en el parque Lezama, en Buenos Aires, cerca de la estatua de Ceres, donde Martín —por vez primera— confunde a Alejandra con su propio mundo; (2) se estremecería igual en alguna esquina de la calle Trocadero, en el mismo corazón de La Habana Vieja, pues sabe que en cualquier momento José Cemí se encontrará con Fronesis (3) y pasarán a su lado, así como si nada, sin que ninguno de ellos comprenda la vastedad de mundos que nos han donado. Hoy, entonces, al recorrer las páginas de El Callejón de las ratas, de Jorge Ángel Hernández, confío en que ustedes, como yo mismo, sus lectores, sabrán sentir el estremecimiento, de habitar el espacio que protagonizan los personajes que conforman el corpus total de esta novela. Estremecimiento que nos entrampa al prefigurarnos en el centro mismo del fuego que cien años atrás nos negara acceder a cierta memoria histórica, memoria que, desde ángulos diversos, obsede a su autor en buena parte de obra. Historia que transcurre desde la constante bifurcación, quizás uno de sus rasgos más peculiares y preclaros.

En El callejón de las ratas, Jorge Ángel Hernández nos niega toda posibilidad de acceder a lecturas lineales y, con ello, en incesante juego, convierte al lector en actor, en autor, en ser pensante, en “lector macho”, como lo definiera Julio Cortázar. Nos obliga a hilvanar una historia desde el ejercicio provocador a que invita su fragmentado discurso —no desde la pasividad constante—, y esta fragmentación se unifica siempre en su lenguaje, en los giros gramaticales —barrocos, preciosistas, coloquiales— que terminan por absorber una trama coral donde confluyen multiplicidad de tiempos y espacios —si el plural no fuera en contra de esos preceptos tan caros a Jorge Luis Borges, siempre negador de sus pluralidades. Si lo deseamos, El callejón de las ratas se convierte en múltiples novelas, múltiples historias, múltiples mundos insondables y fantasmales. Así estas novelas recorren un camino de amores esquilmados, pasiones, desencuentros, esperanzas, orgías, violaciones, muertes y resurrecciones. Recorren —en dosis equilibradas, signadas por su vocación preciosista— un cúmulo de sentimientos humanos, de obsesiones torrenciales que se bifurcan, se entrecruzan, bien desde la magnificencia popular que representa La Parranda, bien desde los inciensos, cantos litúrgicos, oraciones y festejos del día de Candelaria que presiden a La Patrona del pueblo; bien desde las torturas y humillaciones que enfrenta un hombre, o bien desde esas postales, simbólicamente cursis y sinceras, que el tímido escritor, personaje de una de las historias contadas en el mosaico total del texto, entrega a esa mujer de rasgos apagados por la abulia. Novela de resonancias trágicas —como bien lo define Jorge Ángel Hernández en la “Posible guía al lector” [pp. 7 – 8] que encabeza el texto: “el sentido de la trama” es sostenido por los “fáusticos entrecruzamientos” de sus historias. En ella nos convence, afiliándose a plenitud a aquella sentencia de Octavio Paz, de que “por esto, todo amor, incluso el más feliz, es trágico. Porque el amor humano es la unión de dos seres sujetos al tiempo y a sus accidentes: el cambio, las pasiones, la enfermedad y la muerte.” El callejón de las ratas entreabre un vasto jardín de senderos que se bifurcan, que se alimentan entre sí en la desesperación de un fatum que antecede y define a sus personajes, tal y como sucede en el mito constantemente invocado, y que surca la novela con su espíritu vivificador, pues Fausto, entregado a Mefistófeles, no podrá escapar de él, es decir, del Infierno.

Si una de las funciones de la literatura es la representación de las pasiones, aquí el novelista ha cumplido con creces su objetivo. El callejón de las ratas representa —en su sentido más universal— un entramado de pasiones que se redimensionan, más allá de la propia pasión del personaje mismo. También subyace en todo el corpus de la historia narrada la pasión por la escritura, y el riesgo apasionante que significa hurgar en el pasado. Así, los personajes con el propio autor se convierten en cronistas locales que van atesorando cada una de esas minucias con la esperanza de que un día no lo sean; regresando por la historia del pueblo, hacia el tiempo que todo lo soporta [pp. 61 – 82]. Y el día ha llegado.

Con la publicación de El callejón de las ratas por la Editorial Capiro, esas “posibles minucias” transgreden toda localidad para inscribirse, con signos perturbadores y fecundos, en las esencias que conforman lo cubano. El pueblo muta y se adhiere a las cosmovisiones que definen esta novela. La Aldea deja de serlo para convertirse en esa polis que para los griegos reflejaba el centro mismo de todas las irradiaciones. No invito a los lectores a leerla. Leerla es sólo el primer escalón, esencial y primario. Los invito a pensarla, a vivirla con la intensidad que gravita en sus páginas. Sólo así llegarán a comprenderla a cabalidad, a sentirla en todas sus bifurcaciones posibles. Cuando accedan a la imponente, inevitable explosión de sus finales, las palabras que la conforman —como vidrios— se incrustarán en sus ojos. Para entonces, habrán develado una parte de los misterios, una parte de su vía crucis esencial y fecundante. El fuego, que todo lo consume, se avivará; y habrá usted de volver a un nuevo sendero —quizás inexplorado— en la lectura iniciática. Sí, es una novela maldita. Pero bendita maldición la suya, que nos conmina a vivir su aventura, inevitable, trágica y humana…

Notas:

1. El Callejón de las ratas: Jorge Ángel Hernández. Editorial Capiro, Colección Ulán, Santa Clara, Cuba, 2004. 2. V. Sobre Héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. 3. V. Paradiso, de José Lezama Lima.

Hablar entre cubanos, Jorge Ángel Hernández Pérez.012bc-hablarentrecubanos

Premio Funddación de la Ciudad de Santa Clara, 2012

Editorial Capiro, 2013.

Cuando en un ensayista se unen al don de teorizar, fuerza expresiva e independencia de criterio, el resultado suele ser un libro como este. Aquí el autor se enfrenta sin prejuicios a temas conectados entre sí: el baile como espacio de confrontación social; la guaracha cubana del siglo XIX; la evolución del habla popular, con su acervo de «malas» palabras —que el autor estudia, más que en su etimología, en su historicidad—, y la presencia de fenómenos como violencia, androcentrismo y sexo en el habla popular cubana.

En su dinámico recorrido por tal espectro temático, y a partir de un inocultable amor por la cultura nacional y la expresión dentro de ella de las capas más humildes e históricamente marginadas, el escritor hace gala de diversos saberes (sociológicos, semióticos, históricos), pero a la vez de su prosa colorida para demostrarnos que, sin faltar al rigor investigativo, se puede ser divertido al estudiar la diversión y original al regresar a asuntos largamente tratados por otros autores. Al concederle en 2012 el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, el jurado destacó que esta obra «aporta una mirada singular, desde el lenguaje y las palabras, hacia nuestra historia y algunas zonas de nuestra cultura».

Yamil Díaz Gómez

Publicadas por Isaily Pérez a la/s 7/05/2013

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