Criaturas (del relato fantástico)

II. Criaturas

Todo ejercicio de formación de seres fantásticos de criaturas del imaginario, se produce en virtud de someter al objeto creado al proceso siguiente:

1. Fragmentación de la criatura posible en relación con la criatura existente.

2. Ejercicio de tropologización sobre la criatura posible y a partir de la fragmentación de criaturas existentes.

3. Compactación de las costuras.

En tanto la figuración lingüística muestra sus costuras en las relaciones trópicas, generalmente con orgullo, lo fantástico reclama un camuflaje elemental de esos puntos fronterizos de relación. El mundo presentado, con sus seres, reclama la credibilidad de su puesta en argumento, su lógica elemental en el relato transmitido, y, a un tiempo, su explícita ubicación dentro de la condición fantástica, es decir, en un mundo efectivamente creado desde su génesis.

Si un autor de relatos fantásticos emplea a un personaje natural, normal según los cánones realistas de interpretación, ese personaje necesitará de circunstancias raras, extrañas, condicionantes de la fantasía a la cual se someterá. De ahí que el absurdo pierda con frecuencia la frontera de lo fantástico, desde el punto de vista genérico, para reorganizarse como contradicción lógica de estamentos sociales concretos en el tiempo histórico. Por eso es tan frecuente la creación de criaturas compuestas en el mundo del relato fantástico.

Robert Graves considera que los animales compuestos fueron, en su origen, imágenes simbólicas de calendario.

“La Quimera y los otros animales del calendario —escribe en la Introducción a Los Mitos griegos[i] deben de haber figurado prominentemente en esas representaciones dramáticas que, a través de sus registros iconográficos y orales, se convirtieron en la primera autoridad o carta constitucional de las instituciones religiosas de cada tribu, clan o ciudad. Sus temas eran actos de magia arcaicos que promovían la fertilidad o la estabilidad del reino sagrado de una reina o un rey —los de las reinas habían precedido, según parece, a los de los reyes en toda la zona de habla griega— y enmiendas de aquéllos introducidas de acuerdo con lo que requerían las circunstancias.”

Como en las tradiciones míticas, las criaturas del relato fantástico adquieren, por una parte, atributos zoomorfos y, por otra, dones y facultades superiores.

Los dones y facultades pueden estar relacionados con posibilidades divinas o con habilidades propias de lo zoomorfo. De esta forma, el héroe puede enfrentar al mundo superior que impera sobre su propia vida. El mito heroico, apunta Eleazar Meletinski,[ii] sirve de modelo al epos y al cuento folclórico, además de a la conducta de los grupos religiosos o sociales en el curso del ciclo vital. El folclor arcaico, anota, apenas distinguía entre el mito y el cuento oral. Luego, con la desacralización del mito, el relato folclórico fantástico perdería el rigor sacro para ensanchar sus posibilidades.

Este es un proceso entendible en una dirección no precisamente lineal, pues toda época reconstituye sus esencias míticas y desarrolla sus transculturaciones. Las deidades que hoy día se veneran en las religiones americanas de ascendencia africana, parten de la mitología del personaje para establecer sus marcos de utilidad. Sus rituales y ofrendas están vinculados a relaciones de intercambio directo, en el que casi siempre se incluyen peticiones y promesas en pago. Para el creyente no es, pues, fantástico el patakí del orisha, sino que representa, en sí, el avatar que ha transitado. Al llevarlo al relato de reconstrucción literaria, en muchas ocasiones se resacraliza, deviniendo recreaciones y reescrituras del avatar del orisha en sus contradicciones con sus semejantes. La conexión del mito, y su tradición reproductiva, con la condición fantástica del relato contemporáneo, pasa por una tradición folclórica que se convierte en sedimento, antes que en referencia, o en intertexto, en el caso de creadores cuyas fuentes esenciales están en fuentes de creación precedentes.

Si analizamos un relato fantástico por excelencia, como El Señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, descubrimos procedimientos típicos de construcción de criaturas. Sus protagonistas son Hobbits, seres con muchas características humanas, sobre todo aquellas que el hombre común puede tener entre las suyas. Muestran, sin embargo, pies cubiertos de pelos negros y alargados, como los que brotan del cuero cabelludo, orejas levemente afiladas y una estatura más baja que la humana. En el desenlace de la historia, el autor deja una sugerencia que puede relacionarlos con antepasados del hombre común, despojado ya de los poderes y virtudes que acompañan a los humanos de la propia aventura transcurrida. Cuando los presenta, en su obra anterior, El Hobbit, el autor toma con menos rigor la historia antigua que les construirá después, y menos aún se ocupa de conjugar en tiempo y espacio precedente las genealogías de los personajes. Hay, en principio, un acto más ligero de desacralización en el relato y, luego, una resacralización del mundo construido. Sus facultades son, sin embargo, fantásticas por cuanto sobrepasan el común humano instruido en el campo desiderativo: oído extremadamente fino y capacidad de desaparecer de la vista de los demás sin ser advertidos.

Típicos de los mecanismos de construcción arriba enumerados son los Ents.

La creación de los Ents tiene su origen en la palabra anglófona que designa a los gigantes (giants); esta viene del griego, (γίγαντες): gigantes. El bosque de árboles barbudos presenta a Bárbol (Fangorn / Treebeard),[iii] como el más antiguo de sus habitantes, aún cuando él mismo alude a que existen semejantes suyos más antiguos que él mismo, lo cual recicla hacia el pasado los orígenes mitológicos de lo fantástico.

La aparición de los gigantes, nos dice G. A. Levinton,[iv] está asociada a un tiempo mítico anterior a la creación del mundo. Los titanes cumplen también con este requisito. En el relato homérico, hallamos que las facultades gigantescas de los héroes son condiciones previas al tiempo comunicativo del relato. Los dones otorgados, por su procedencia divina, no pueden ser suprimidos por seres a los cuales se les han otorgado otra serie de dones. Del mismo modo se comporta este aspecto en las relaciones entre los dioses, tan salpicados de atributos psicológicos humanos.

 La yerba que los Dioses necesitan para vencer a los Gigantes, explica Robert Graves en su monumental obra Los mitos griegos,[v] se emplea para conseguir el sueño y evadir las pesadillas. O sea, que la invasión se produce a través del sueño. La profecía de Hera convierte a Heracles —mortal vestido con piel de león— en el único capaz de dar muerte a un Gigante. Los Dioses, tras el consumo de la yerba, pueden derrotarlos, pero no liquidarlos. Los Gigantes no son de carne y hueso, advierte Graves, sino espíritus surgidos de la tierra que llevan colas de serpientes. O sea, criaturas formadas con partes o atributos de otras criaturas zoomorfas. Se trata de una condición añadida mediante la cual se les puede descalificar.

 El papel de los gigantes simboliza la rebeldía de un mundo sometido cuyos seres deciden enfrentar a las fuerzas superiores, tradicionalmente dominadoras, mediante seres con facultades especiales, para poder vencerlos. Apunta Graves al respecto:

“El episodio histórico en que se basa la Rebelión de los Gigantes —y también la Rebelión de los Alóadas de la que se considera habitualmente un duplicado— parece haber sido una tentativa concertada de los montañeses macedonios para atacar ciertas fortalezas helenas y su rechazo por los aliados súbditos de los helenos. Pero la impotencia y cobardía de los dioses, en contraste con la invencibilidad de Heracles, y los ridículos incidentes de la batalla son más característicos de una fábula popular que de un mito”[vi]

Esta relación entre lo mítico y lo legendario popular no distingue, sin embargo, el empleo de la condición fantástica, aun cuando reconoce su utilidad concreta para un objetivo social. Al razonar, Graves aplica la convencional doble visión de elevado/inferior para las normas de interpretación de los sucesos. Ello no obstruiría el análisis si no fuese porque, en su aplicación, esa dicotomía pierde la referencia específica del momento que él mismo ha señalado: el ataque de los montañeses macedonios a las fortalezas helenas. O sea, las construcciones y reconstrucciones, sacralizaciones y desacralizaciones continuas, tanto del mito como de todo lo que por cultura se hereda. El control social mediante la amenaza vengativa de los Dioses no era un paradigma fantástico, sino mítico, es decir, ideológicamente real; por tanto, debía ser resacralizado para que cumpliese con el llamado a la rebeldía, para que contase con el apoyo imprescindible para transformar las estructuras hegemónicas. Hay que tener en cuenta la importancia del mortal para la victoria contra los invasores, que es en definitiva quien deberá enfrentar cualquier agresión del territorio propio.

Si el mito es una construcción cultural, un constructo mediador de la unidad dominadora sobre la ideología de los grupos sociales, desde el clan o la tribu hasta los más heterogéneos y desarrollados contextos, ¿por qué ha de ser anterior a la retransmisión oral? ¿No es incluso más lógico pensar que la reconstrucción mítica instituye bajo sus paradigmas elevados el acervo popular? ¿No necesita, justo para actuar como mediador, reincorporar elementos que la tradición reconoce como suyos?

La intención de proteger el estatuto de exclusividad de posesión genera el adulterio. Este es un elemento de control moral, ideológico. De él, no por gusto, procede una criatura como Tifón cuyas piernas son serpientes y cuyas manos son cabezas de serpientes. Tiene además cabeza de asno. Tifón es resultado de un adulterio por venganza, por tanto, su acción arrastra consecuencias devastadoras, autodestructivas para el orden jerárquico imperante.

La serpiente, en las mitologías desarrolladas que poseen modelos del mundo verticales y trimembres, apunta V. Ivanov,[vii] está relacionada con lo bajo, con el mundo inferior, acuático, hostil al hombre.

El relato fantástico de J. R. R. Tolkien, como un ejemplo modal de construcción de seres del imaginario, recupera ese universo mitológico y genera sus criaturas según las normas de reconfiguración relacional entre la criatura posible y la existente. Los árboles barbudos de El Señor de los anillos muestran cómo las costuras de la figuración se camuflan tras la representación de lo semejante: follaje para las barbas, ramas para las extremidades. Su desplazamiento es lento en tanto, en el tiempo anterior a la comunicación del relato, han permanecido sin movimiento, es decir, sin posibilidad de que se les advierta y se les distinga del entorno natural, realista. En el caso de Tolkien, quien trabajaba a partir de las estructuras lingüísticas, sobre todo con una visión indoeuropea, es importante generar un tópico de rigor en el mundo construido, lo cual va a cuidar en todos los detalles. Sus criaturas anteceden al mundo conocido y son presentadas como antepasados. Referidas, fusionadas y compactadas ante la necesidad de llevar adelante los sucesos que se narran, muestran el esmerado trabajo de compactación entre las criaturas presentadas en el transcurso diegético y las criaturas que de referencia les sirven. Han sido, pues, re-creadas con la intención de convertirlas en originales, de reescribir, como lo ha hecho el cuento folclórico con el mito, y el mito posterior con la tradición popular, la herencia del relato fantástico y sus fuentes esenciales.


[i] Robert Graves: Los mitos griegos I, Alianza Editorial, Madrid, 1985.

[ii] Árbol del Mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos, Casa de las Américas/UNEAC, La Habana 2002., pp. 143-148; 169-172; 206-209

[iii] Mi lectura de El Señor de los anillos viene de la edición de Gente Nueva, 1990, que está tomada de Ediciones Minotauro, Barcelona, 1977, con traducción de Luis Domenech. No obstante, he confrontado nombres, términos y frases con la Enciclopedia Tolkien Gateway, en tolkiengateway.net.

[iv] Árbol del Mundo, pp. 198-199

[v] Op. cit., Ep. 36.4

[vi] Op. cit., ep. 36.2

[vii] Árbol del Mundo, op cit., pp. 412-417

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Tzvetan Todorov y lo fantástico

Jorge Ángel Hernández

I. Tzvetan Todorov y lo fantástico

(Publicado originalmente en mi columna de Cubaliteraria Semiosis (en plural), en mayo de 2011

De acuerdo con la muy aceptada teorización de Tzvetan Todorov, la condición de lo fantástico depende de percibir lo presentado —desde el mito a la TV, pasando por el cine y la literatura— en un contexto de hesitación no resoluta cuyos intentos de explicación se relacionan con las convencionales recepciones de lo maravilloso, lo sobrenatural, lo mágico. La dirección axiológica de tales representaciones, añade el teórico, se concentra en el cruce de fronteras que el ser humano recibe como inaccesibles, para hacer más asequible el grado «verídico» de lo sobrenatural.

De ahí que sus tres requisitos sean:

1. Hesitación

2. Acción representativa de un carácter dramático

3. Aceptación alegórica en el plano receptivo[i]

El punto de vista que establece esta definición queda en el plano comunicativo, o sea, en los niveles de codificación de los destinatarios. Se trata, pues, de un proceso de previa codificación en virtud de un rango de alteridad que intenta reconstituir el mundo referente del yo, es decir, la «realista» condición de la existencia que reconocemos. De modo que, más que hesitación, lo fantástico se erige a partir de contrastes de codificación arquetípica.

Lo fantástico es, nos dice Todorov en un esfuerzo por integrar el plano receptivo con el de la historia narrada, la vacilación del personaje que no conoce más que el mundo natural y se encuentra, de facto, con lo sobrenatural.[ii] Su definición relacionada con los conceptos de real e imaginario hace que lo fantástico surja como derivado, opuesto, generado como ruptura de una perspectiva natural de percepción que deberá ser asumida en el propio plano receptivo, tanto del personaje como del lector o espectador. Es una definición que intenta completar la línea recorrida de enigma sobrenatural inexplicable e inadmisible, con el tópico de aceptación.

Para Roger Caillois, por ejemplo, lo fantástico presupone “una ruptura del orden reconocido, una irrupción de lo inadmisible en el seno de la inalterable legalidad cotidiana.”[iii] La realidad, que es ecuménica en sus estructuras existenciales, se ve subvertida por un suceso improbable cuya explicación, al encontrarse fuera de esa estructuralidad, se convierte en ilegal.

Para definir en contraste lo fantástico, Todorov acude a la función del lector, no al lector como persona. De ahí que insista en la conducta vacilante ante la existencia de seres y sucesos, por la ambigüedad en el plano de la aceptación. Si el lector tuviese de antemano la respuesta, o sea, la verdad, explica el teórico, lo fantástico dejaría de ser categoría.

Sin embargo, lo que de momento ha empleado como función del lector, expresa en realidad el estatuto argumental de la historia contada, con la instrumentación psicológica de los personajes incluida. Se le reclama a esta función no alejarse ni un ápice de la interpretación primaria que se muestra en la historia, lo cual es, más que difícil, imposible, una vez que la obra se va a socializar en contextos y lectores diferentes. Aclarar que no se refiere a tal o cual lector, como lo hace en esa misma obra, no elimina el problema, sino que lo barre bajo la alfombra de la interpretación. Se trata de un método que obliga a la consecución histórica de la percepción de lo fantástico a revertir su evolución para, a fin de cuentas, considerar que es posible admitir algo falso, inexistente, como posible en otra dimensión perceptiva.

La correspondencia entre el mito y su relación histórica oral, e incluso ágrafa, advierte V. N. Toporov, se desarrolla a través de una negación, por falsa, de las construcciones ajenas, sobre todo las que representan modelos institucionales del mundo diferentes, rivales en la mayoría de los casos.[iv] Se reserva así lo histórico, es decir, lo realista, para lo propio, para la concepción del mundo que como verdadera se enaltece, y lo fantástico para la que es considerada por el otro, el que se considera engañado por sí mismo. Las percepciones del ego centran en sí mismas las circunscripciones de los paradigmas. Estas, por supuesto, pueden ser vistas como irreales, falsas desde otras percepciones opuestas, o diversas.

Vemos así a lo fantástico relacionado con lo identitario antes que con lo factual, con lo inmediato perceptible. El acervo tradicional condiciona, por negación de la alteridad y reafirmación identitaria, la categoría. La evaluación de la concepción del mundo condiciona entonces su categorización. La percepción occidental moderna de lo fantástico como vacilación ante lo sobrenatural, que Todorov suscribe, no rompe, a pesar de la inclusión del receptor como función de lectura, con la noción de alteridad cultural. Es, pues, relativa y condicional.

¿Por qué Todorov, quien parte de lo genérico dentro de la literatura para considerar la categorización de lo fantástico, no asume lo genérico, como especie, para delimitar sus fronteras con respecto a lo real?

El género humano considera fantástico aquello que halla fuera de sus propias relaciones naturales como género. Son fantásticos, por ejemplo, los gigantes míticos, los animales parlantes y pensantes, los humanoides con facultades animales virtuales, los mundos extraterrestres habitados por sociedades organizadas. Creer, o no creer, por parte de las personas naturales, de los individuos particulares, no define, en efecto, la categorización, pero sí delimita el sistema de codificación definitorio.

Para no descender a una concepción de relativismo cultural estricto, es necesario entender este complejo relacional desde un punto de vista que integre la visión sistémica con la estructural. En su condición literaria, y artística, lo fantástico puede, por sus características estructurales, concebirse como genérico, pero exige, por ello mismo, su aceptación como elemento de estructuración de la obra en un orden sistémico que relativice los conflictos paradigmáticos en el plano de la recepción. Siquiera negándolo como posible en el dominio de la especie, el receptor de una obra fantástica acepta la percepción estructural de sus códigos. No se cambian, por ello, definiciones o autoafirmaciones de otra índole, personal, simbólica o filosófica. Parte de la condición genérica de lo literario, y de la creación artística, implica la compartimentación de dimensiones excluyentes en la concepción del mundo. Pero con respecto a una visión del mundo, a una concepción ontológica del ser, lo fantástico expresa una imposibilidad, un estamento falso, imposible, improbable.

De modo que, si bien el receptor vacila ante la aparición de lo sobrenatural en la obra percibida, no lo hace desde el punto de vista de la obra, sino desde el punto de vista de la realidad que de referencia le sirve. Una vez que se acepta que existen los marcianos, pongamos, en la obra de Bradbury, el mundo presentado por el género se constituye por sí mismo en el ámbito de la percepción y se reconstituye solo ulteriormente en el campo posterior del análisis. La función del lector —que para Todorov es trina: pragmática, sintáctica y semántica, como en la teoría de los signos—, vacila ante la aparición de lo sobrenatural luego de que ha aceptado su presencia real, o sea, en el plano del análisis que pone en riesgo la concepción del mundo identitaria. Vacila, pues, y únicamente, en el carácter pragmático de su función. Lo que en principio Todorov designa como “percepción ambigua” es, tal cual, duda, es decir, inseguridad respecto a los conceptos estandarizados por la concepción del mundo. Así, del mismo modo en que las funciones del lector se definen en solo una: la pragmática, los requisitos de lo fantástico se reconvierten, para Todorov, en solo uno: la hesitación. La estructura del pensamiento introduce así un punto de ruptura en el sistema al cual se integra.

Curiosamente, Todorov considera más adelante definitorias del relato fantástico tres propiedades que hallamos en la estructura de toda narración:

“En primer lugar, —escribe— lo fantástico produce un efecto particular sobre el lector —miedo, horror o simplemente curiosidad—, que los otros géneros o formas literarias no pueden suscitar. En segundo lugar, lo fantástico sirve a la narración, mantiene el suspenso: la presencia de elementos fantásticos permite una organización particularmente ceñida de la intriga. Por fin, lo fantástico tiene una función a primera vista tautológica: permite describir un universo fantástico, que no tiene, por tal razón, una realidad exterior al lenguaje; la descripción y lo descrito no tienen una naturaleza diferente.” [Introducción… Cap. 6]

Ninguna de ellas está excluida, sin embargo, del relato realista. Un relato realista atemoriza, intriga, interesa, de acuerdo con su particular distribución de los acontecimientos; se organiza por sus propios elementos realistas y se completa a partir de la realidad narrada que presenta, sin que en última instancia dependa de otros elementos que se hallen fuera de su propio discurso, con sus evocaciones y llamados y sin que ignore el mundo circundante con el cual dialoga. La condición de alteridad de lo fantástico la hace dialogar, por contraposición, con la realidad reconocida como esfera posible de existencia, con sus particulares circunstancias, seres y sucesos. De acceder a la categorización funcionalista propuesta por Tzvetan Todorov en su Introducción a la literatura fantástica, sólo queda lo raro para definir lo fantástico, lo cual sí nos encomienda a un ciclo tautológico de explicación, por cuanto lo raro es aquello que viene como falso-externo a la concepción propia-verdadera del mundo.

La condición fantástica del relato, en tanto práctica que es parte de la narración desde sus primigenias experiencias, puede ser entendida en relación con las narrativas míticas, lo que V. N. Toporov relaciona con dos pares de índices estructurales que cualifican el esquema estructural cuatrimembre:

1º El cuento folclórico: feérico y no sagrado

2º El mito: feérico y sagrado

3º Tradición oral histórica: no feérica y no sagrada

4º Tradición sagrada: no feérica y sagrada[v]

El relato fantástico, tal como Todorov lo presenta, es el resultado genérico del relato folclórico. Su opuesto, en el esquema estructural presentado, es la tradición sagrada, con la cual no comparte ninguno de los índices que la catalogan. Tal vez por ello ha supuesto que el conocimiento previo de la verdad acerca del suceso extraño presentado, en la función del lector, borra el carácter fantástico de lo descrito. El cuento folclórico comparte la cualidad feérica con el mito y la cualidad no sagrada con la tradición oral histórica. Es fuente del relato fantástico de autoridad. La condición fantástica se halla, pues, en la ruptura de los paradigmas de codificación que a través del evento narrado se presentan. Sus modos de actualización son múltiples. Y múltiples, también, como en todo el relato cualquiera que sea su condición, sus elementos funcionantes.


[i] Tzvetan Todorov: The Fantastic: A Structural Approach to a Literary Genre, 1975, p. 33, en URL: http://www.engl.virginia.edu/~enec981/Group/chris.uncanny.html

[ii] Tzvetan Todorov: Introducción a la literatura fantástica, Premia editora de Libros, México, 1981. Traducción: Silvia Delpy. Cap. 2

[iii] Cit. por Todorov en Introducción…, Op. cit. ídem.

[iv] V. «Historia (La) y los Mitos», en Árbol del Mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos, Casa de las Américas/UNEAC, La Habana 2002. pp. 214-220

[v] Op. cit. Ídem

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Viaje a Comala

Jorge Ángel Hernández

Vine a Comala porque me dijeron que aquí encontraría al escritor, un tal Juan Rulfo. Fue hace ya tiempo, no sé si décadas o siglos; busco aún, fiel a mi vieja promesa de encontrarlo. Las casas de Comala se han marchado, o han desparecido o lo que quiera decirse; primero un anuncio o un cartel, más tarde una fachada y días después el inmueble, como sacado en secreto por el viento, un viento que aprovecha ese instante en que nos vence el cansancio y nada vemos, para echarse a la espalda las casas y edificios. Así ha quedado solo una explanada desértica, como de tierra que un día fuera camino.

No me rindo, ni me marcho, como lo han hecho por décadas los jóvenes. Busco y rebusco el sitio donde el tal Juan Rulfo se pueda haber agazapado, según dicen, preparando la próxima sorpresa. Quiero encontrarme con él y saludarlo, estrechar su mano y confesarle que nada es como antes, mientras él perfilaba el infinito. Hoy la gente se pierde sin que nadie se asuste o se conmueva. Si no es mucho pedir, le pediría, que no se esfume también con ese viento voraz, ladrón de pueblos, ni se deje arrancar de estas raíces.

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El equilibrio de las Ciencias y la crítica, según Bruno Latour

Jorge Ángel Hernández

¿Podrá una crítica de arte considerarse científica? ¿Tendrá categoría de ciencia el análisis de un texto literario? ¿Qué separa a las ciencias, con su obsesión por la búsqueda de las exactitudes, de la obsesión por el sentido del texto, o de la obra de arte? ¿Valdrá la pena enfrascarnos en hallar un método, o varios? Del mismo modo en que las ciencias carecerían de valor sin las demostraciones que las prueban, a las cuales se llega a través de infinidad de experimentos, las creaciones artísticas regeneran sus vidas a la par del posterior comentario. Comentario que jamás es el mismo, aunque se encumbre en la Historia de la humanidad. No importa que autores y críticos se juren un desprecio público, superficial y airado, ni que científicos ni gente de razón común se miren desde puntos distantes, como habitantes de mundos privados del contacto mutuo. Los universos se cruzan, se contaminan, se influencian y, lo más importante, se reconcilian en una dimensión que apenas sale a superficie y que debemos seguir investigando.

Para Bruno Latour, las dificultades de definición del método radican en la insistencia científica en denominar formas de vida demasiado diferentes con un solo término.[1] La intención de Lakatos, opina, es mantener a los científicos a resguardo del mundo social en tanto Habermas pretende mantener al mundo social al resguardo de los científicos.[2] Esto reproduce, en el ámbito del saber, una simetría inoperante que, según sus peticiones, atenuaría sus niveles de indefinición si se llevara a debate público la opinión de los expertos. Pero no es fácil que los representantes de uno y otro ámbito acuerden acercarse, siquiera en el terreno de la comprensión polémica. Tanto la perspectiva de formación epistemológica como las nociones de percepción parten de códigos de estímulo opuestos, al menos en la superficie. Si bien las posibilidades de confluencias no son imposibles, sí se presentan en extremo complejas, dependientes de sus paradigmáticas reservas de conocimiento y, sobre todo, de los objetivos concretos de su investigación, como labor y empleo, sencillamente.

En esta persistente tendencia de las simetrías negativas, el carácter científico del discurso se atrinchera en dos modalidades de confrontación extrema. Por un lado, según las propias palabras de Latour, “»científico» se refiere a una forma de discurso que permite pasar por alto la palabra pública, la lengua popular, el murmullo mundano, los rumores ociosos, el muestrario indefinido de la subjetividad”.[3] De ese modo, la ciencia se establece como un arsenal de asertos inamovibles que, dicho sea de paso, niegan la propia dialéctica del conocimiento. Por otra parte, el sentido del término “científico” remite a un proceso inverso que empodera un estigma de falacia en todo lo que proviene de la ciencia. Este discurso negativo no deja de ser positivista, aunque pretenda el cuestionamiento constante de los descubrimientos admitidos por las comunidades científicas. Si bien cuenta con el mérito indiscutible de atender a los intereses inmediatos de la cultura de masas, y de asumir la reproducción de tópicos socio productivos en curso en el momento de la enunciación discursiva, su activismo padece de la misma extrema tendencia de parcialización conclusiva con que la ciencia establecida se expresa. Súmese a ello la cantidad de circunstancias obviadas por la ciencia, pero tenidas muy en cuenta por los individuos que se involucran de lleno en acontecimientos del entramado social vertiginoso e inmediato, sin pretender aislar de ello a la política. El valor de la ciencia es, en esa línea, poco menos que chatarra, o comida de tránsito.

Y existe un tercer punto de vista, gracias al cual se considera “científico” un hecho debido a la gran cantidad de datos que avalan el carácter de la afirmación.

Para Latour, la relación de la ciencia con lo invisible y lo inmediato, en lugar de la búsqueda de lo invisible y de la mediación, proviene de la historia del arte, específicamente en el momento en que la pintura holandesa relaciona directamente las correspondencias entre la representación pictórica y los elementos procedentes de la realidad.[4]

Al exponer tales conclusiones, Latour asume que el arte reconoce un modo único de representación del hecho real. No es que asuma la idea como suya, sino que la coloca en el arte de esa época, como si el dogma acerca de la representación de la realidad en el arte no hubiese surgido de los propios preceptos de las clases dominantes. A mi juicio, la instrumentalidad de la pintura no pertenece a los pintores, aunque en sus obras lo veamos y el sujeto creativo se ajuste a sus cánones, sino al control político, a la dominación clasista. La grandeza proclamada a los artistas del Renacimiento europeo lo es solo a condición de que ese sujeto creador sea sostén del canon dominante. De ahí surge la idea. Se unifican las normas de representación artística no para controlar el arte en sí, sino para seguir controlando el entramado social. Si alguna idea refleja conciencia de que los modos de representación pictórica de un mismo fenómeno son múltiples es esta. Reconocerlo lleva a prohibirlo.

¿No reconoce Latour algo tan obvio?

Lo reconoce, desde luego, y lo instrumenta.

Al asumir que las técnicas de reproducción digital multiplican la representación de la obra, –concentrado más en desmentir a Benjamin que en entender el fenómeno–, se salta el hecho de que esa misma información, reproducida en nuevas escalas de acercamiento, constituye una información distinta, reveladora de los procesos y variables que se mantienen ocultos bajo la figuración más compacta del conjunto. La digitalización reproductiva de la obra de arte, apunta allí mismo el profesor francés, apenas acelera un proceso antiguo que los artistas han empleado para establecer variaciones de cálculo en las obras. No era este el eje de preocupación Benjamineano, por cierto, sino, por el contrario, hasta qué punto la degradación de un extracto informativo simplificaría el sentido de la obra de arte como objeto único, ajeno a su reproducción mecánica. Si nos detenemos en la fenomenología del conceptualismo artístico actual, descubriríamos que, en no pocas de sus variantes, sus muestras se avienen más a una ingeniería de la composición, aledaña a los modos de la ciencia, que a una búsqueda del sentido emocional. La frialdad de esas obras, dependientes de su propio proceso etimológico, reduce a un ámbito de cofradía al consumidor de arte, del mismo modo en que el masivo consumidor de la reproducción mecánica se afianza en sus tópicos de complacencia. No creo, por tanto, que estos “sablazos” de Latour resuelvan la vigente ecuación que nos legara Walter Benjamin.

Las exigencias que las ciencias sociales y humanísticas imponen a la sociedad recorren puntos esenciales como:

– imponderable deber de financiar sus programas de investigación y generación de consenso;

 – nula capacidad de intervención en esos programas de investigación que la propia sociedad financia a través de impuestos y contribuciones;

– conciencia colectiva de que la masa apenas puede elevar su nivel al convertirse en propagandistas didácticos de los resultados conclusivos de las investigaciones científicas;

– cualquier cuestionamiento o decantación de lo que el juicio de valor establece como bueno corresponde a la subjetividad del sujeto y no compromete las conclusiones de la investigación

Es lo que el propio Latour reconoce como “paradigma”, o sea, “la práctica, el modus operandi que autoriza que surjan hechos nuevos”, por tanto, y además, “una ruta que permite acceder a un emplazamiento experimental”.[5] Y, mediante metáforas que relacionan los ámbitos del conocimiento científico con pistas de aterrizaje especializadas –como si estas metaforizaciones no merecieran las mismas burlas que él le dedica a Thomas Kuhn–, coloca el punto focal en lo que más aporta en sus lecciones: la transversalidad infinita de las rutas del conocimiento científico. No se trata, en esencia, de especular con el saber, sino de convocarlo a rutas, o a observaciones que se hundan en el interior de las formas, hasta ofrecernos dimensiones disímiles para un mismo fenómeno. De ahí que se atreva a pedir una especie de crítica de la Ciencia, del mismo modo en que existe una crítica del Arte.

Vale la pena, ya en esa pista de aterrizaje científico que Latour dibuja, reorganizar de modo inverso el proceso para evitar que se malogren las aproximaciones a las artes, o la literatura. Algo de lo que he vislumbrado en los mejores ejemplos de la Socio semiótica, o las escuelas de Praga, o de Tartu, o las semiologías de Lotman, Eco o Todorov, para acudir a ejemplos caros a mis pretensiones científicas. En cambio, las aproximaciones que tercamente se aferran a paradigmas que van a definir las conclusiones antes del proceso de investigación, nos darán solo dogmas. Asegura Lator que “el mundo social no es un territorio particular en el que podríamos penetrar luego de haber salido del de la naturaleza, franqueando una frontera mejor o peor custodiada que podríamos confiarles, por esta razón, a colegas especializados. Forma una red cuyas conexiones más insidiosas se mezclan justamente en el interior de todos los cantones científicos.”[6] Y en su función de profesor, le aconseja a una alumna: “No vacile en recortar anuncios publicitarios, tomar fotografías, transcribir conversaciones. Para nuestros propósitos, ninguno de esos formatos de información está de más”[7]

Si todo es fuente documental para el ámbito de las ciencias, exactas o sociales, toda ciencia sería una base posible para ejercer el oficio de la crítica, literaria y artística. ¿Cómo saltar, entonces, la tiranía de los dogmas que han marcado el gusto y, más cada día, reducen las posibilidades expresivas del concepto? ¿Bastará con trazar nuevas rutas de abordaje si, después de todo, esas rutas también tendrán de fondo paradigmas antiguos, arraigados al gusto que perdura, o al concepto que ha logrado instalarse como norma? El intrincado camino nos lleva a pensar en las provocaciones de Latour, precisamente; no porque el método pueda presentarse claro, e inmediato, sino porque es posible, a estas alturas de la contaminación científica, forzarlo a despegar, dejando atrás las pistas que antes le sirvieron para aterrizar. Del equilibrio que logre ese ejercicio consciente, podría devenir el necesario despegue que reconcilie a la crítica de arte, o literaria, con el saber científico.


[1] Bruno Latour: “¿Hacen falta críticos de ciencia?”, Crónicas de un amante de las Ciencias, Dedalus, Buenos Aires, 2010, 286 pp. ISBN 978-987-23248-8-9. p. 25

[2] Ob. Cit., p. 23

[3] “¿Dijo usted «científico»?, Ob. Cit. p. 26.

[4] “Visible e invisible en ciencia”, Ob cit., pp. 139-140

[5] “¿Necesitamos paradigmas?”, Ob. Cit., p. 42

[6] “¿Dijo usted pluridisciplinario?”, Ob. Cit. p. 87

[7] Cogitamus. Seis cartas sobre las humanidades científicas, 2010. Traducción: Alcira Bixio

Publicado en Semiosis (en plural), Cubaliteraria, abril 04, 2022.

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Poemas en el Día Mundial de la poesía

De Cabalgadura y ser, mi último poemario, aún inédito, tomo estos tres poemas para este marzo de 2023

Jorge Ángel Hernández

LOS DEJAMOS ARDER

Cuerpos que se anhelan

como sombras que viven de la luz,

como parásitos ávidos, suicidas,

como reversos que rompen

con tanto ser y parecer austero.

Cuerpos con años contados en la piel

y acibarados con susto y regresiones.

Los dejamos arder como si fueran inmunes

a la feliz combustión que los augura.

HENDIJAS A FUTURO

Como si te observara entre hendijas a futuro

te he visto asir mis días de labor y estropicio,

mis eventos de fiebre resarcida,

mis afueras de guerras de opinión.

Te he visto abrir mis sombras de refugio

y sacarlas al mundo en que se agolpan

cuántos seres de carne y sobresaltos.

Como Roque, sé que el amor es la patria que me ufana.

Saco los miedos y abro cajones donde guardo

mis sonrisas de persona feliz y anticipada.

A veces, como un anónimo hijo de vecino,

te acompaño al bullicio, al hervidero común cuasi selvático.

Regresamos cansados y anhelantes,

sospechando que es mejor la inocencia del desnudo

que esas fotos salvadas a distancia de un brazo.

ARTE PROFÉTICA

No sé si a fuer de ingenuos repetimos

que la vida es de aliento, de firmezas,

de retos o de credos

o flaquezas vencidas cuyo beso nos ciñe

hasta desfallecer.

Como bardos de raza cantamos a las glorias.

Injuriamos la artera cobardía, el tufo oportunista.

Como ungidos profetas avivamos

las fogatas que alumbran el destino

y resarcen la fe de los que luchan.

No sé si a fuer de sabios presentimos

–como Borges–

que hallaremos la nada, que la meta

es el polvo macerado

por el cósmico trecho en que se abre

la aventura al olvido.

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4. TRAINING I

Fragmento del Capítulo I. LA COMPAÑÍA (Sobre el humo de Shakespeare), cuarto en el orden de la novela Pantalones de nube, Obrador, 2021, a propósito, nunca tardío, del día del teatro cubano. (*)

Vista del edificio en que La Compañía SOBRE EL HUMO DE SHAKESPEARE debió asentarse, según la imaginación arbitraria del autor de Pantalones de nube

Quería un andar constante de cuerpos decididos, derroche de energía que avivara el ardor del escenario. Torsos desnudos debajo de las capas. Quería un teatro de vivos movimientos y acciones simultáneas.

–Desde hoy –les dijo–, el entrenamiento será nuestro mejor aliado.

El pasillo era estrecho, pero largo. Podían moverse por él como animales inquietos. Cuidarían los objetos que interrumpían con su gusto innombrable el azul de la pared. Allí se verían siempre, en las noches, mientras la telenovela calmaba el bregar de todo el pueblo. La voz debía ser fuerte, enérgica. Por el momento, sólo debían improvisar, prepararse para el sueño de hacer obras de Shakespeare. Se desplazaron primero lentamente, más tarde con soltura, aunque las piernas pesaban y los ojos vagaban como duendes. Entrenamientos después, fue un hecho el correr como gacelas, el grito como un trueno y el llanto como damas que están siempre de más. Los dramas eran simples, situaciones que apenas se planteaban, juegos de poco ofuscamiento que dieran pie a simpáticas salidas.

Una noche llegaron los vecinos, alarmados, presintiendo que allí había escenarios de broncas, deseosos de ver pleitos de hombre y de mujer con terceros sufriendo las descargas. No se marcharon enseguida. Fisgonearon, ociosos, tras las cercas, sin saber si alarmarse o entregarse a las bromas y las burlas. El ejercicio esa vez fue desastroso. Cuando supieron que más allá los atisbaban, se recogieron sus voces, sus movimientos se cargaron de torpes sobresaltos, desatinaron las frases y perdieron los mejores conflictos y los giros simpáticos.

–Esos vecinos –les dijo el director– irán a verlos por fin al escenario, estarán ante ustedes, recibiendo. Si les temen, nada será posible. Nada podremos aún cuando ellos quieran ayudarnos. Hoy son jueces, fiscales, jodedores que atisban. Mañana deben ser corderillos encantados. Sólo ustedes podrán decirles No, o Sí, o La vida es aquí desde nosotros.

Los vecinos se fueron finalmente, porque nada escuchaban. No tuvieron historias de dandis o cornudos. Entre ellos alguna que otra frase, un comentario indeciso que llamaba a pensar qué era esa obra, esa gente chiflada, qué buscaban con tanta voz en cuello. Era un pueblo pequeño, sin grandes atracciones, y el rumor crecía fuerte y efectivo. Los vecinos hablaron con vecinos de aquellos vecindarios que nada habían sabido. Un director de grupos teatrales había dejado su puesto en la segura capital para venir a formar aquí su clan.

¿Quién lo sabía? ¿Cultura? ¿El Partido? ¿Los Jóvenes Comunistas? ¿Los Comités de Defensa de la Revolución? ¿Quién coordinaba esa locura, o mejor, ese acto de buena voluntad?

En verdad, nadie sabía.

El Delegado llegó una buena noche. Cruzó el patio, hacia el grupo, que se enfrascaba en dar vida a algo de Brueghel. No lo vieron: ya se habían adaptado a concentrarse, a responder sólo a la acción propuesta para actuar. Correteaban. Saltaban al burrito. Conducían sus aros a través del pasillo. Se enmascaraban para dar vueltas de acróbata o subirse gateando a una columna. Es una arria de locos, pensó El Viejo, no Brueghel sino el paciente Delegado a quien todos en el pueblo llamaban de esa forma por sus años de servicio a la Instrucción Policial.

El director fue el primero en descubrirlo, atento, observando los gestos, los senos y los muslos de Tamar. Ella corría a lo largo del pasillo, de espaldas, haciendo malabares con tres bolas de trapo. La seguía, gateando, arrastrándose en verdad, Leviatán. En sus hombros, sostenido por la curva del cuello y la cabeza, descansaba un barril de utilería, mellado por el uso, pero muy bien decorado en su fe de imitación.

–Buenos días –dijo el Delegado, sorprendido en el acto de observar.

Una bola de trapo cayó contra el barril y el ruido seco, apocado hasta el máximo, detuvo la carrera de juegos infantiles. Amnón y Judith se separaron, entrelazados como estaban, él con las manos en el piso y las piernas, aunque de espaldas, rodeando las turgentes caderas de Judith. Ella en puntas, gráciles las manos en movimientos de primmaballerina. Amós, aún sin plena conciencia de la interrupción, dejó caer su capa y se lanzó tras ella como quien llega a un mar profundo y tibio. Curiosamente, no se impactó contra las losas. Su cuerpo ya estaba decidido, enérgico y capaz de avivar el ardor del escenario.

–Perdón: Buenas noches –rectificó el Delegado–. Supe de ustedes y quise venir a conocerlos.

El director los presentó, uno por uno.

–Aunque por otros nombres –dijo el Delegado– a ellos ya los conocía.

Cuando hablaba en plural, pensó –y lo dijo– el director, se refería sólo a mí. Soy el director: Hijo de Fausto. Crecí en Bulgaria, donde es costumbre nombrarse con el patronímico, logró aclarar ante el asombro de El Viejo. Se parecía a aquel detective de la serie alemana que la T.V. repetía hasta aburrir. No tan grueso, pero exacto en silueta y ademanes.

Había que confesar que semejante decisión no respondía al proyecto de ninguna institución. Mientras el mundo se hundía en derribar las estatuas, los muros y las leyes comunistas, él había visto que el ángel de Shakespeare lo llamaba, que un emisario llegaba a revelarle que allí nada caía, que el mundo era perenne entre sus páginas. ¿A quién encomendarse? Las iglesias, desiertas hasta entonces, se llenaban de gente tan devota que era lástima hurtarlos de su idilio. Las escuelas perdían sus profesores pues estos se marchaban al campo a descubrir el cultivo de la tierra. Los centros laborales se quedaban sin jefes, sin obreros, secretarias o técnicos. Cualquiera al día siguiente podía aparecer en la lista de emigrantes. Incluso un grupo de escritores malogrados se lanzó a hacer Partidos y Proclamas. En ese caos, ¿a quién encomendarse; a Dios siquiera?

–Mi Dios es Shakespeare –dijo, y los miembros del grupo escucharon por primera vez el argumento–, a él me he encomendado sólo en la fe de que me proteja, me guíe, y esas cosas que solemos pedir a las divinidades.

El silencio no hizo honor a la ironía.

–Por mí y por él lo hice, y espero que a nadie perjudique –concluyó, totalmente formal en la intención, se diría que académico si la palabra no fuese una entelequia.

Esperaba que El Viejo brotara en amenazas, en un discurso de patria traicionada y otros lugares comunes del uso represivo, pero no. El Delegado quería brindar su apoyo. Mejorar el local, alentar el nacimiento del grupo, reconocer que era un hecho insólito y loable para la historia del pueblo.

Se hacía oficial La Compañía. Existiría, con el apoyo de todos (esto era sospechoso, diría después a los actores), sobre el incienso quemado por los tiempos, sobre el humo de Shakespeare, único asidero en tanta crisis.

(*) Pantalones de nube está disponible en este enlace: https://obradorediciones.com/books/pantalones-de-nube

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LA SOMBRA DE LA INERCIA

Jorge Ángel Hernández

Ediciones Capiro, 2009 ISBN: 978-959-265-000-8

Quedó desnudo delante del espejo, un espejo pequeño, que apenas reflejaba su rostro. De todas formas, sintió una voluptuosidad que estremeció su cuerpo. Sin saber cómo, evocó aquellas manos que habían palpado sus ansias tarde a tarde. Eran las seis de un día un tanto nublado y debía suponer que hoy, tampoco, ella vendría. ¿Qué sentimiento le hacía empecinarse en esperarla? ¿La rutina? ¿El temor a vivir en soledad que tan mal ocultaba? ¿O era acaso el misterio que arrastraba la fuerza de la inercia? Lo cierto es que esperaba, impaciente a esa hora, sin verla aparecer.

No puedo más, por favor, ella había dicho, larguémonos de aquí, y él le había contestado que la vida es difícil en lo eterno, no importa el sitio ni las circunstancias. La estrechez, lo comprendía, engendra ganas de huir, ambición de arriesgarse. Pero él permanecía obsesionando sus ojos; se reiteraba hasta el miedo en la secuencia del REM la mañana en que ella, al levantarse, echó en un bolso ajado la mitad de sus ropas y, sin decir nada, se marchó.

Sin decir nada, después, llegó una tarde, mientras él intentaba escaparse del letargo de una siesta colmada por la sed de los monstruos y el ansia de espléndidas figuras que lo halaban de golpe hasta su orgía.

—Te miraba dormir —le dijo, imperceptiblemente tímida, mientras él comprobaba que era ella en persona y no una sombra del sueño persistente–. Estás inquieto.

Y húmedo además. Pero no quiso dejarlo escabullirse. Lo detuvo; le pidió por favor que le mostrara cómo hacía al recordar las jornadas de sexo compartido. Lo desnudó, con manos suaves y seguras, y enseguida el empuje voluptuoso lo llevó a la erección. Sus ojos se achinaron, buscando exactamente el momento en que se concentraba, evocando aquellos otros, cuando ellos dos se mezclaban en un límpido esfuerzo lujurioso. Y avanzó entonces, hasta verla, allí, delante de él, con el rostro algo tenso y los labios temblando y entreabiertos.

Nuevas fuerzas pulsaron sus arranques, nuevos bríos alentaron su mano, y una descarga de sonoros silencios llamó desde su mente.

Se cerraron sus ojos y en el acto su mano perdió el ritmo, oprimiendo el conducto con odio y sobresalto. Juntando sus manos, ella hizo un cuenco y atrapó la andanada viscosa. Esperó, hasta la última gota, y entonces la acercó para olfatearla. Aspiró fuerte, sin dejar de mirarlo, y comenzó a saborear dibujando el trayecto de la lengua a los labios. Por último, recorrió con las palmas todo el rostro, incluyendo los párpados cerrados.

—Desnúdame —ordenó mientras, y él le fue retirando cada una de las piezas de ropa–. Ahora te enseño qué hago cuando te recuerdo —dijo, totalmente desnuda–. Mírame bien.

Era un rito sagrado, no había dudas. Él la adoraba, como a una diosa a la que siempre podría ser entregado. La contemplaba, magnífica deslizando sus manos por cauces y emboscadas, mordiendo, succionando sus dedos nuevamente húmedos. Por eso la esperaba, aunque fuesen las seis de una tarde nublada y sin sentido; aunque el espejo le devolviera apenas el desaliño creciente de su rostro; aunque todo indicara que la última vez había pasado, que ella ahora descargaba sus sueños de figuras y monstruos lujuriosos en la regia estatura de un tendero alemán, comprensivo y amable por demás. La esperaba, siquiera en sus recuerdos, para poder castigarse una vez más, para olvidar cuánto cerraba sus filas la estrechez, cuánta fuerza arrastraba la sombra de la inercia.

Todo el libro en este link: https://ogunguerrero.files.wordpress.com/2022/12/hernandez-jorge-angel-hamartia-y-otros-cuentos-capiro-2009.pdf

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¿Qué dice el coro, entonces?

Jorge Ángel Hernández

Obra de Harold López (tomada de su estudio virtual Harol López Art)

Como si fuese una de esas plagas en las que la persistente reiteración se disfraza de moda, he visto cómo diversos artistas se han lanzado a copar –en intención al menos– las festividades de fin de año. Como no tienen mucho que decir, de lo que da fe viva su obra, en persistentes ejemplos, sin pudor asumen lo que dice el torrente de la propaganda política. Frases similares (“no hay nada que celebrar” es una de las favoritas) se acuñan en sus muros de Facebook y hacen cola –¡una más!– en la disputa de los trending. No es repentino; viene por sistema adictivo de guerra cultural y ahora depreda en las limitaciones que no se han conseguido superar, o se superan solo parcialmente, o de raíz se tuercen, que también de ese tenemos.

Lugar común, cada vez más de consigna, más dócil al pensamiento oficial de propaganda sucia y acoso ideológico, es obviar, minimizar, trucar (relativizar, escribiría Marvin Harris), las consecuencias del bloqueo, convertido en impune e ilegal acoso, y resaltar las incapacidades (solo las incapacidades, ¡ojo!) de la burocracia institucional. Con sus virtudes… ¡caquita, que de castigo vas! Ninguno se atreve, tampoco, con la tiara infinita de especuladores que medran con las desproporciones entre la oferta y la demanda y nos timan a cara de palo y simbólica violencia en mercados y tiendas. Como la culpa que la propaganda exige tiene bien definido su totí, y no pueden salirse de libreto, so pena de suspensión de contratos y agresiones de descrédito, todo eso es harina de costales ajenos.

No les importan, sencilla y lamentablemente, nuestros problemas y carencias y, mucho menos, nuestra felicidad, esa que se desea y se pide en Navidad y Año Nuevo, seas o no creyente (si así fuera, se limitarían en algo con eso que llaman su arte, digo yo). Solo buscan su minuto de fama, cada vez más efímero, cada vez más cliente de la red de clientes de la hegemonía política global, y sin que importe, tampoco, que ese minuto de fama, que es más bien alharaca de operática chancleta, sea a costa de la demagogia política y la hipocresía comercial que manipula al público.

Y algunos se agencian, por esas vueltas de la guataquería que se enrosca en el disfraz de quien se arriesga a pitar alto, como se decía antaño y hoy ni siquiera a eso alcanzan, su contrato o dos, como soldadas de marcha alejandrina.

–¡Pero qué vulgar te has puesto, niño! –exclama de repente la operática chancleta, en pleno barrio–. Tan bajo no se cae, mi’jito.

Sea en falsa y callejera opereta, sea en maniquea Camancola, o en timba demagógica de verdades que siempre son mentiras, usurpan el tráfico de bendiciones mientras de sí revelan, apenas, ese muñeco de paja que en comentario lloroso se camufla. ¡Ni para quemas de San Juan alcanzan, mire usted!

¿Qué dice el coro, entonces?

Qué va decir: lo que el que paga (aunque no pague) dicte.

* La obra que ilustra este breve comentario se debe solo al gusto del autor que lo escribió, quien aprovecha para usarla en un mensaje cruzado y, más no faltaba, en contrapeso al peso de lo que se critica en el post.

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Luis Rogelio Nogueras: quedarse con la poesía

Jorge Ángel Hernández

Portadas de libros – "me quedaría con la poesía"

Con motivo del onomástico setenta de Luis Rogelio Nogueras (La Habana 1944-1985), su viuda, Neyda Izquierdo Ramos, Premio Nacional de Edición, preparó, a petición de la Editorial Letras Cubanas, una breve compilación de sus poemas. La tituló con la respuesta que le diera el poeta a una pregunta del periodista Orlando Castellanos: “Si tuvieras que escoger entre todos tus oficios, ¿con cuál te quedarías?”

–Me quedaría con la poesía.

Por razones diversas Me quedaría con la poesía[1] se tardó un par de años en aparecerse por las librerías. De cualquier modo, la poesía de Luis Rogelio Nogueras es siempre bienvenida y consigue la complicidad de una lectura que está antes de la evaluación literaria: la del lector común. Así lo destaca, por ejemplo, Guillermo Rodríguez Rivera en un ensayo en el que ubica las claves de su poética en el contexto generacional y, sobre todo, en su relación con una inmediatez cambiante y contradictoria.[2] Usa muy acertadamente Guillermo el término de Mario Benedetti de “los poetas comunicantes”.

Esta compilación reúne un total de ochenta poemas, divididos en tres secciones: “Cumpleaños”, “Arte poética” y “Poesía”. La primera contiene solo tres poemas, por lo que el volumen se expande entre dos de las principales obsesiones de Nogueras: cómo hacer la poesía y qué es en realidad la poesía, más allá de la escritura. En su arte poética cabían numerosos recursos, desde el desenfado más llano de la herencia del coloquialismo, hasta el ingenio más astuto y dependiente de referentes culteranos que no suelen aparecer en la perspectiva de ese amplio lector que su obra ha conseguido. Esto último, pone en solfa el tópico de lo comunicativo como fundamento, pues la ironía que destilan sus textos no se hace efectiva si no se poseen los referentes de los cuales se burla, o a los cuales alude en homenaje.

La poesía, como suceso en la vida, contrasta constantemente con el modo de escribirla y, sobre todo, con las normas de valoración que la subliman. Es un tópico que aparece ya en su primer libro, del que se han escogido ejemplos como este:

              Arte poética

Ahora sé

que el poema, antes de ser las líneas trazadas

con prisa,

es la conversación en el Café,

la sonrisa azul de Blanca Luz,

la muerte de este hombre,

el apretón de manos o la vida entre dos.

Ahora sé

que trazar estas líneas

no es

sino la forma última de hacer la poesía,

el último acto del poema,

la función de trasplantar la vida a la hoja.

La poesía empieza en todas partes

y termina siempre en los papeles.

Para Nogueras, el poema se presentaba como una criatura, con vida propia y capacidad de sentir y padecer, y de reír y divertirse. La retórica reconoce este ejercicio como prosopopeya, aunque en su particular empleo el desarrollo se atiene más a lo biográfico que a la propia capacidad que la figura asume. Es un elemento que no debe dejar de tenerse en cuenta para explicarnos ciertas claves de la perdurabilidad de su poética. De ahí que tantas veces encontremos referencias concretas de la inmediatez vivida que juegan un papel importante en el sentido de lo dicho. Y que hallemos, incluso, guiños anecdóticos que llenan de misterio el pasado del poema. Llama la atención como esa abundante circunstancialidad no compromete, al cabo del tiempo, la comunicación y el propio sentido de lo dicho.

Constante además entre sus obsesiones tópicas es el futuro de la humanidad, visto desde el prisma del individuo antes que desde las colectividades. No aísla a la persona, sino que la deja ser protagonista del enfoque elegido en medio de grandes sucesos colectivos, como las guerras mundiales o las revoluciones. Así hallamos poemas como “¡Desarme!” o el imprescindible “Eternoretornógrafo”.

La última y siempre latente obsesión de Nogueras fue la muerte. Desde tempranos textos la abordó, sin renunciar a los descubrimientos del oficio que fue experimentando. De Imitación de la vida[3], con el cual ganara el Premio Casa de las Américas en 1981, es este ejemplo que otorga a la prosopopeya del poema categoría de trascendente:

Hay un poema

Hay un poema que me busca desde hace tiempo.

Sospecho que hemos estado, sin vernos, en los mismos sitios,

y no es improbable que hayamos amado alguna vez a la misma mujer,

que juntos hayamos reído a lo grande las pequeñas dichas,

o que hayamos encanecido de los mismos sufrimientos.

Hay un poema que me busca desde hace tiempo,

y no se cansa,

y esto dura ya 34 años.

Una dificultad fundamental a la hora de recopilar la obra poética de Nogueras se halla en el uso de la llamada poesía apócrifa, o sea, en los poemas que escribió a partir de biografías que él mismo creaba. El último caso del inspector reúne esta vertiente que se ha manifestado desde su primer poemario, Cabeza de zanahoria y demuestra cómo insertaba cambios en determinados aspectos e, incluso, en algún que otro texto. Los diecisiete poemas de este cuaderno, aunque independientes por sí mismos, se relacionan notablemente con la historia de vida de sus supuestos autores, lo cual trae a primer plano juicios y valoraciones del propio Nogueras acerca de la historia de la poesía. Para este caso, Neyda Izquierdo Ramos ha seleccionado aquellos que mejor adquieren vida propia y que, por ello mismo, más han quedado en la memoria de sus lectores, apenas cuatro.

Hasta su muerte, Nogueras publicó Cabeza de zanahoria, Premio David 1967, del cual se incluyen siete poemas; Las quince mil vidas del caminante, Unión 1977, que aporta dieciséis; Imitación de la vida, del cual se escogen dieciocho, y El último caso del inspector (4). Póstumos aparecieron Nada del otro mundo, del cual se incluyen tres, Las palabras vuelven, al que pertenecen diecinueve, y La forma de las cosas que vendrán, que tributa catorce.

Me quedaría con la poesía añade además un par de poemas que no aparecían en la voluminosa antología Hay muchos modos de jugar, 2005, y agrega a su valor la manualidad y belleza del objeto libro que la editorial Letras Cubanas supo conservar en el proyecto de conmemoración de los setenta años de un poeta cuya obra se renueva con el paso del tiempo. De ahí que fuese el oficio elegido, de entre los tantos que ejerció Nogueras y que, por suerte, no se equivocara.


[1] Luis Rogelio Nogueras: Me quedaría con la poesía, Letras Cubanas, La Habana 2014, 119 pp. ISBN: 978-959-10-2021-5

[2] Guillermo Rodríguez Rivera: “La poesía de Luis Rogelio Nogueras”, en Luis Rogelio Nogueras. Hay muchos modos de jugar, Letras Cubanas, La Habana 2005, 462 pp. ISBN: 959-10-1092-3

[3] Luis Rogelio Nogueras: Imitación de la vida, Casa de las Américas, La Habana 1981, 108 pp.

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Legitimación y anomia

Jorge Ángel Hernández

¿Qué ocurre cuando las manifestaciones anómicas se convierten en norma?

Se ha dicho, con respaldo científico, que las prácticas anómicas revelan la inoperancia de reglas obsoletas. Sin embargo, conocemos que, pesar de que las reglas del tránsito no sean nada obsoletas, y sigan siendo vitales para la propia vida humana, en determinados lugares del Planeta se violan con naturalidad por parte de la población.[1] Un observador discreto del tránsito cubano podría anotar un volumen abultado de faltas que no hubieran permitido al conductor de vehículos aprobar el examen de licencia. Sin embargo, los conductores han legitimado a tal grado esas desviaciones de la norma que se ha dejado la responsabilidad solo a la autoridad coercitiva. Los ómnibus, en los que viajamos cientos de pasajeros, violan un sinnúmero de reglas trayecto por trayecto sin que los individuos, que sufrimos directa e impúdicamente el perjuicio, llamemos a rectificación. Cuando más, se escuchan comentarios tímidos, o protestas que alteran el orden del comportamiento en sociedad. Ocurre hoy, pero también lo hallamos en las indagaciones históricas, cuando las volantas y carros de tracción animal eran el medio de transporte, en nuestros siglos XVIII y XIX.

Los peatones, por otra parte, violamos muchas más reglas que los conductores, sin que siquiera tengamos el simple peligro de la multa. Cuando más, y si se trata de un disparate flagrante, que ha puesto nuestra integridad física, y la de otros, en peligro concreto, recibiremos un coro de voces que, de modo efímero y “folclórico”, increparán el suceso y, en esa misma reacción, lo estarán tolerando. También legitimamos el acto con argumentos que no siempre resultan anodinos y que responden a cierta lógica de reacción ante la circunstancia opresiva. Así ocurre incluso en muchos otros sitios del Planeta, cada uno con sus variantes específicas, pero todos con una armonía casi sinfónica entre la imprescindible regla vigente y el desvío cotidiano de su uso.

Los ejemplos análogos pudieran contarse por millones. Y junto a ellos, hallaríamos las tendencias extremas de legitimación del control o del desvío, con sus imprescindibles intentos de conciliación y mezcla. Lo que no falta detrás de ninguna es el elemento legitimador que garantiza, al menos en el ámbito de la moral, la sustentabilidad del acto.

Max Weber clasificó en cuatro los tipos de legitimación: teocrática, tradicional, carismática y racional.

La legitimación teocrática proviene del derecho divino que históricamente se ha atribuido la realeza. No ha desaparecido, como en ocasiones se asegura, ni siquiera en el mundo occidental desarrollado, aunque sus normas se hayan transformado, relativizando esos poderes Reales. En la práctica concreta de lo que el propio Weber llamara acción social, esa transformación reproduce, con bastante racionalidad, por cierto, cuestiones esenciales de ese espectro de valores. Los carnavales, junto a tantísimas festividades más, acostumbran a elegir su reina, el deporte clasifica como reyes y reinas a sus campeones y así también la prensa cotidiana y la crítica artística, literaria y cultural. No importa que, en estricto sentido, ninguno de ellos reine, ni que lleguen a la condición a través de sus propias habilidades competitivas o incluso de democráticos procesos de elección; en el ámbito de la codificación significacional, la legitimación teocrática recupera su valor de simbolización, aunque el referente sea un icono más que ningún individuo concreto. No obstante, las ciencias sociales suelen dejar fuera de su propio análisis este tipo de elemento para legitimar su propio aparato de razonamiento con una lógica formal que no transversaliza los aportes concretos de otras ciencias del conocimiento.

La legitimidad tradicional, de acuerdo con el propio Weber, descansa en una especie de creencia cotidiana en la santidad de tradiciones que históricamente han regido las normas de conducta, así como en la legitimidad de lo señalado por esa misma tradición para ejercer la autoridad.[2] Estamos, añade por su parte el profesor A. Blas Guerrero, “ante un tipo de legitimidad bien ajustado a sociedades agrarias atrasadas en que no solamente el poder, sino la mayoría de las grandes cuestiones que afectan a la sociedad, son resueltas por la guía de las tradiciones.”[3] Así, la propia enseñanza de la ciencia social ha asumido como arcaica esa forma de legitimación del control y de dominación social, negándose, aun a contrapelo, a reconocer hasta qué punto esos modos se reproducen en la evolución del proceso civilizatorio.

La legitimación carismática y su componente caudillista “descansa en la entrega extraordinaria a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas”. Para el profesor Guerrero se trata “de una legitimación a plazo, puesto que el tiempo someterá a ese carisma a un proceso de rutinización que terminará obligando a la transformación de este tipo de legitimación en otra de carácter tradicional o teocrático.”

La legitimación racional, apunta Weber, “…es la creencia en la igualdad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad”. A cuestiones de racionalidad dedicó Weber la mayor parte de su teoría, y definió dos tipos: la racionalidad respecto a los fines y la racionalidad respecto a los valores.

Para Weber, las más significativas causas de la desviación son:

1º. Burócratas cuyas acciones están motivadas por la desinformación.

2º. Errores estratégicos, cometidos sobre todo por líderes burocráticos.

3. Falacias lógicas ocultas tras las acciones de líderes y seguidores.

4º. Decisiones tomadas en la burocracia en función de la emoción.

5º. Alguna irracionalidad en la acción de líderes burocráticos o de sus seguidores.[4]

Como puede apreciarse, resaltan los dos extremos compuestos por la conducta de la burocracia y por el uso de la racionalidad. La primera, para el sociólogo alemán, cuenta con una expresión ideal de eficacia y desarrollo en el capitalismo, en tanto la segunda está tan relacionada con la cultura, que a veces intercambia el término de designación. Sin embargo, el análisis weberiano de los tipos de dominación, con sus modos de control social, revela hasta qué punto es necesario comprender en contexto toda conceptualización teórica, pues los ámbitos de intercambio directo en la existencia de los grupos humanos inciden, y hasta se separan, desviándose hacia nuevos entramados de normas, de los tipos comunes de control y dominio. La convergencia de los tipos de legitimación en no pocos sucesos que se desvían de las normas de conducta, y que desafían cualquier intento de racionalidad, sobre todo en el caso de la anomia boba, muestra que el campo investigativo a seguir aún tiene un largo curso, al que deberán incorporarse aportes diversos de diversas disciplinas. Ello, no solo aclama un reto a la investigación en ciencias sociales, sino además la aceptación de elementos de juicio que esas mismas ciencias han discriminado, como la propia intuición de la que Weber se servía con tanta frecuencia.

La desviación no se manifiesta, por tanto, solo respecto a la norma legítima, bien aprehendida por los mecanismos de control social, sino también respecto al desarrollo evolutivo de la propia sociedad, en infinitas gradaciones estructurales hacia su comportamiento interior, ya sea entre individuos, grupos, naciones o regiones globales. Toda desviación capaz de trascender los estamentos de legitimación, para asentarse con carácter de práctica social, produce y reproduce anomia. Por tanto, la anomia es, más bien, e imprescindiblemente, un elemento perjudicial para el control social que se sustenta en el orden inmediato, legitimado y, la mayoría de las veces, legítimo, pero dialécticamente transformable. La armonía sucesiva de las normas de control depende, en esencia, de una profunda intervención en las manifestaciones anómicas que, imprescindiblemente, las relaciones sociales manifiestan.


[1] Personalmente, me llamó la atención el cúmulo de violaciones que vi en Bogotá, Colombia, La Paz, Bolivia y, además, en Madrid, España.

[2] Cit. por Andrés Blas Guerrero: «El poder como elemento del Estado», en R. García Cotarelo, y A. Blas Guerrero: Teoría del Estado y sistemas políticos, I. Parte General, UNED, Madrid, 1986, pp. 113-119.

[3] Ob. cit. De nuestra parte las cursivas. De la misma fuente, salve que señale otra cosa, proceden las siguientes citas.

[4] V. George Ritzer: Teoría sociológica clásica, UNED (tercera edición), p. 274, traducción: María Teresa Casado Rodríguez.

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Ideología de clase B tras el disfraz de Halloween

Jorge Ángel Hernández

No es de extrañar que la publicación Diario de Cuba se solace en ataques furibundos a todo lo que les huela a oficialismo en Cuba, es decir, a todo aquello que no sea un brulote directo a la revolución cubana. Su filiación política-ideológica, de militante plattismo, ha hallado la necesaria contribución económica de la USAID y sus mecanismos de injerencia. El esquema es sencillo y no se aparta en nada de los métodos de guerra fría: solo tienes derecho a opinión, y a calidad de opinión, si abjuras y perjuras a pulmón batiente de todo lo hecho por el proceso revolucionario cubano.

No sería de extrañar, por ello mismo, su preocupación por el Dossier dedicado a las manifestaciones de Halloween que se han observado en ciertas prácticas urbanas de nuestro país. Sin embargo, la fijación en el hecho llama la atención: primero una reseña anónima que convierte en anónimos a los tres autores que en La Jiribilla firmamos. Luego dos de esos brulotes que intentan, estilos y recursos de guerra mediante, convertir el problema en un asunto generacional de provincianos. Así, tanto Antonio Rodríguez Salvador, Ricardo Riverón y Jorge Ángel Hernández, quedamos debidamente parametrados por el espectro ideológico de sus airados columnistas.

El punto de vista de los tres artículos publicados en el Dossier de La Jiribilla es esencialmente cultural y se entronca en conceptos de folclor más o menos coincidentes. No obstante, los heraldos de Diario de Cuba ven en ello solo un ejercicio político de sumisión (con otra sarta de ofensas ideologizadas que ya hubieran querido tener a mano los censores de Stalin) y un alarido de decadencia cultural. ¿Es tan fuerte el trasfondo ideológico de las manifestaciones de Halloween en Cuba que activa con ese donaire el encono natural de sus ideólogos?

Con solo un buen fajo de lecturas, y sin necesidad de doctorados, puede saberse que las prácticas folclóricas se nutren de manifestaciones espontáneas que dejan de trasfondo sutil sus objetivos ideológicos y sus jerarquías culturales. Es una visión que podemos hallar, digamos, en Richard Taylor, quien no sé si a estos personajes les parecerá un agente del régimen. Las manifestaciones de inversión social carnavalesca –sea cual sea la festividad que las arrastra– son siempre efímeras a la hora de invertir las diferencias clasistas y no se comprometen, jamás, con ejercicios de cambios revolucionarios, aunque, por ejemplo, tanto en 1894 como en 1953, hayan servido en Cuba de pretexto para alzamientos armados y revolucionarios.

No es difícil advertir que las perspectivas de juicio cultural se han polarizado: desde el Dossier de La Jiribilla llamando a un folclor más raigal nacionalista, desde Diario de Cuba abogando por la entrega ideológica a las prácticas con que la industria cultural segrega el sentir y el gusto popular.

Pero todos los ofendidos agresores obvian lo obvio: las parametraciones, errores y desvíos que surgieron, y persistieron, en los diferentes momentos de la historia cubana posterior a 1959 son manifestación y consecuencia de un estadio superior de nuestra cultura, impensable en condiciones de capitalismo dependiente. Incluso todos y cada uno de esos agresores debían reconocerse como becarios directos de estas proyecciones culturales revolucionarias. Posteriormente, y bajo alharacas diversas que buscan limpiar sus expedientes, han decidido asumir el discurso ideológico de confrontación enemiga como asidero de visibilización propagandística. Pero todos, sin excepción, se beneficiaron de la política de Estado socialista y no existirían si ella no hubiese sido puesta en práctica. Es una paradoja que la Ciencia ficción, también de clase B, explica con sencilla naturalidad.

Hay una paradoja esencial entre la crítica al error y a las desviaciones aberrantes dentro del propio entramado socialista, y la negación absolutista que esgrime ese plattismo. Intenta a toda costa camuflar su entreguismo cultural bajo nociones de cosmopolitismo y contaminación espontánea de prácticas globales.

Así, lo que me pareció en principio un objetivo de relevancia efímera, focalizado en folclor de tono kitsch, se muestra en estas reacciones como sustentado por la subliminalidad política que el ejercicio de posguerra fría asume contra Cuba. ¿Será preciso atender a este punto y desentrañar el porqué del prejuicio reactivo? ¿Hay algo más, o menos, de objetivo político direccionado –y parametrado, por cierto– en la ayuda a promover un Halloween de clase B? El acoso al que estamos siendo sometidos tres autores cubanos que hemos expresado nuestros puntos de vista acentúa la sospecha de que es cierto.

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Halloween en Cuba: ¿folclor de clase B?

Jorge Ángel Hernández

Cubainformacion - Artículo: Comisión Aponte contra el Racismo exige  responsabilidades penales por hechos durante la festividad de Halloween en  Holguín

Las festividades populares que arraigan en la tradición de los pueblos provienen de diversas estancias evolutivas en la historia de sus manifestaciones. El carnaval, como ejemplo emblemático, lleva de fondo un largo periplo de ritual religioso y celebraciones paganas en Europa. Sus formas se han diversificado en América Latina y han dado lugar a espectáculos que son hoy patrimonio cultural para la humanidad. Por lo general estas fiestas propician la descolocación de la rutina industrial de la sobrevivencia e invierten las hegemonías del mundo en que viven los sujetos que de ellas participan. Cuando se cristalizan sus prácticas, algunas llegan a ser masivas, posesivas, irracionales en uno y otro evento de los que las conforman.

Otras, como tantas de las que analiza Frazer en su clásico La rama dorada, centran su accionar en la relación misteriosa entre el ser humano y los espíritus que determinan el curso de su vida. Las cencerradas, diversas, que nutren el folclor universal, van de estos objetivos a la denuncia acusatoria de disyuntividades en el comportamiento ciudadano. Así tenemos en Cuba, por ejemplo, el toque de fotuto, que se ejerce sobre aquellos hombres que han aceptado una mujer que antes le fuera infiel, o lo dejara. Culmina su ritual –que no su fiesta– cuando el interpelado entrega la botella de ron a los tocadores de fotuto.

Las celebraciones de Halloween se han arraigado en el mundo anglosajón, sobre todo en el contexto americano, donde la industria cinematográfica genera y reproduce patrones de conducta capaces de reproducir y generar productos que en serie se fabriquen. No es tan antiguo este boom, aunque la tradición tenga su origen en aquellos mismos tiempos en que se forjaban las prácticas paganas asociadas a las celebraciones de la iglesia católica, ideológicamente imperante en el mundo occidental; data, apenas, de la década del 70 del pasado siglo XX.

La puja por llevar a las costumbres populares un ritual que preanuncie la víspera de Todos los Santos, aunque esta olvide en su práctica el motivo religioso, como con tanta naturalidad ocurre en el folclor, se había mantenido en los Estados Unidos con cierta regularidad. No consiguió expandirse, sin embargo, como lo hiciera a partir de que el cine la incluyó en series de terror de clase B que lograron altos resultados de venta y de reproducción de sus patrones estéticos. Paradójicamente, rompe la norma católica de relación con la festividad pagana, pues los eventos emotivos de su trama se alejan del objetivo religioso, aunque el guion acepte ciertas coincidencias ideológicas. Tampoco, hay que reconocerlo además, es solo la serie de terror la que ha acudido a presentarla, pues en muchos otros filmes posteriores hallamos situaciones incidentales que muestran a los niños llamando a las puertas para pedir el «truco o trato» o, incluso, a personajes protagónicos que se preparan para recibirlos. Son escenas de tránsito en la trama que la memoria colectiva suele retener.

En Cuba, mayormente en La Habana, Halloween han intentado resurgir cuando nos hemos adentrado en el siglo XXI. Lo ha hecho más a través de las fiestas de disfraces que del reclamo de aguinaldo, que es el que acompaña a la iglesia a lo largo de su historia y que a su vez permanece en el mundo anglosajón. Son jóvenes altos consumidores de series de TV sus practicantes principales. Es difícil hallar en nuestra historia ejemplos que se le asocien, ni siquiera en la primera mitad del siglo XX, cuando tantos esquemas estadounidenses buscaron imponerse como norma de cultura a imitar. Los que lo hacían eran sujetos aislados, casi siempre encumbrados en las clases más altas, y sus acciones carecían de la capacidad de expansión que el folclor necesita. Era una imitación sencillamente ridícula, de escandalosa incultura y esencia de pastiche.

¿Arrastra el intento de este tiempo motivos más o menos análogos a los de aquellas señoras de dinero ignorante que se disfrazaban? ¿Hay un deseo de convertirse en personaje de la industria audiovisual cuando convocan a Halloween en La Habana del siglo XXI? Los personajes elegidos para disfrazarse acentúan esta idea, pues la inmensa mayoría tiene sus fuentes elementales y precisas en la industria del audiovisual. Desde Batman y Robin, Drácula, Spiderman o hasta el mismísimo Eduardo Manostijeras, son figurillas de cera de la industria del Holliwood.

Tampoco es barato el alquiler del disfraz, por lo que es de suponer que no son de escaso poder adquisitivo quienes se han embullado con la idea. Deslavado acaso de las incidencias concretas de la Guerra Fría, latente en los 70, cuando surge el boom, este intento de trasplantar Halloween a Cuba remeda esa intención de imitadores incultos que no sabían qué hacer con la información que recibían. Plagian, sencillamente, la costumbre anglosajona que la industria cultural ha conseguido descafeinar.

De momento, parecen estos los elementos visibles de la trama. Corresponde a la antropología cultural, si es que tenemos de verdad, estudiar el fenómeno, documentar sus prácticas, para que otras Ciencias Sociales decidan acercarse y emitir conclusiones. Cabe, seamos justos, la posibilidad de que algo insulso y efímero, tan desasido de las motivaciones populares cubanas de cristalización de tradiciones, desaparezca en tanto los estudios científicos intentan despegar. Valdría la pena, a fin de cuentas, que ocurriera. Le habríamos ganado una batalla concreta al ejército de la estupidez y la banalidad con que la industria cultural invade nuestras vidas. Y no hay científico serio que no se alegre de estar alcanzando esta victoria.

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De la opinión que me gasto

Botero: Rapto de Europa, 1991, Bronce. Plaza Botero, Medellín

Jorge Ángel Hernández

Luego de una semana en Medellín, Colombia, entre personas que guardan profundas esperanzas de mejoramiento social con la presidencia de Gustavo Petro, me he visto en la reiterada circunstancia de ofrecer improvisadas charlas sociopolíticas acerca de Cuba. No en escenarios públicos, ya que fui invitado al VI encuentro convocado por la Corporación cultural Poetas al viento, sino en conversaciones de recién conocidos, la mayoría con cervezas para ellos y bebidas no alcohólicas de mi parte. Muchos, simpatizantes del proceso revolucionario, han sido bombardeados con una propaganda negra despiadada, capaz de combinar el falso testimonio con el oportunismo burdo, casi siempre al uso de elementos marcados con la lupa exclusiva de la desacreditación. Tanto personas en su madurez, que han admirado la historia de la Revolución cubana, como jóvenes que apenas pasan de los veinte y ya siente dolor por su país, querían saber, y me lo preguntaban.

Uno de esos jóvenes poetas contaba, casualmente, con referencias directas de uno de los músicos que fueron financiados por la NED, en un proyecto fabricado desde su misma base para la guerra cultural en Cuba. Así las fuentes, es difícil alcanzar criterios objetivos y hacer honor a la verdad. El joven, sin embargo, sentía –es la palabra– que no se conjugaban bien los datos con las conclusiones. De ahí que indagara por asuntos concretos, como el de la deserción de los médicos que van a las misiones, o la censura que supuestamente padecemos.

Otros contaban además con testimonios de artistas o escritores emigrados cuyos discursos se han expandido en el espacio público con la banal retórica anticomunista, del mismo modo en que algunos funcionarios-artistas, o escritores, asumían la banal retórica estalinista para tildar de contrarrevolucionario a quien hiciera sombra profesional y se atreviera a críticas incómodas, de lo que yo mismo fuera víctima en algún periodo pasado. Algunos de esos especímenes de entonces hoy “limpian” su expediente desde fuera de Cuba en tanto otros alcanzaron la muerte en ese tipo de esfuerzo. Primero escribieron sus cantos al Ejército Rebelde, luego emplazaron sus denuncias contra los jóvenes que surgíamos con modos diferentes, y críticos, de escribir o crear, como incondicionales aliados del burócrata inculto, hasta que pusieron pies en polvorosa pregonando libertad y democracia, valores que poco o nada practicaron en su oportunista ascenso. Ninguno, sin embargo, tuvo valor para reconocer públicamente que el bloqueo –no solo es la palabra justa sino también el hecho criminal e hipócrita, de falaz humor negro– es la primera de las causas de todas las carencias que sufrimos, incluidas las ineficiencias del funcionariado. En contextos de esa índole, la retórica burda del anticomunismo se camufla como un modo posible de pensar y va ganando terreno en el propósito de guerra: contaminar la opinión pública con la idea de que es imposible luchar por un sistema social que se proponga abolir las diferencias de clase que son esencia imprescindible para el capitalismo.

Ese es el objetivo del bloqueo del que todos los cubanos, sin distinción alguna, somos víctimas. Unos lo asumen como fuente de ingresos, ya que las millonarias partidas presupuestarias del Departamento del Tesoro estadounidense no prometen cesar sino, por el contrario, incrementarse, otros como indignación ante el injerencismo y llamado a seguir en dignidad soberana, e incluso otros, cómo no, se valen del pretexto para cubrir sus incapacidades, o desgarbado oportunismo, que todo nos deja la viña del Señor. Por decadente que pueda presentarse, hay un imperio que sojuzga al mundo, y azuza guerras allí donde puede agenciarse beneficios.

La propaganda negra de guerra cultural toma nota de todo y restructura sus tácticas, ya que no es solo Cuba, Venezuela o Nicaragua el objetivo, sino la permanencia en el dominio global de las conciencias ciudadanas. ¿Qué derecho le asiste a Estados Unidos –el monstruo de Martí, el imperio de Fidel– para intervenir en el destino de los pueblos del mundo, desde naciones a las que domina totalmente por su economía, hasta países desarrollados cuyo dominio se muestra menos evidente? ¿No debía partir todo de ese punto? Cuando hacía esta pregunta, mire usted, el consenso era unánime. De ahí que no le crea al mercenarismo que jura que solo es portador de una opinión política distinta. Sus hechos dejan que desear a borbotones, cada día más plegados a la norma global de injerencismo, dispuestos a vender toda la patria por tal de que mejoren, o se alivien, sus cotos personales, por tal de asirse a las promesas de fama y lentejuelas que son la esencia última de sus aspiraciones.

 Y en ese mar de conversar trago tras trago, por ejemplo, surgía la alusión al personal médico cubano que abandona su misión y emigra como un fenómeno masivo. Mi llamado a entender fue siempre el mismo: cuando esto ocurre con uno, dos o, pongamos por caso exagerado, diez colaboradores que deserten, la noticia aparece en medios como El País, de España, y las cadenas monopólicas de América Latina a la que este Diario pertenece, o en CNN, América TV, etc. Los reportajes obvian, con denodada intención, que al mismo tiempo regresan los aviones repletos de colaboradores satisfechos de haber cumplido su misión, aun cuando alguno se duela de desavenencias internas, que nada va perfecto en este mundo. Tampoco esos medios, de tan estricta disciplina ideológica, se hacen eco informativo de los masivos regresos de colaboradores a la Isla, hecho que nuestra propia prensa suele ofrecer en monótonos y poco sentidos reportajes, como si fuesen noticias de valor escaso.

Lo cierto es que la propaganda es hoy un campo de batalla atroz, sin reglas éticas ni humanas consideraciones. La retórica anticomunista, con su paquete completo de estrategias (supuesta represión policial ante miles de manifestantes, cárceles hacinadas con niños, censura cultural y otros tópicos indemostrables) se ofrece como cardo de cultivo para quienes necesitan aderezar su anhelada popularidad. Las plataformas mediáticas de guerra dejan claras las normas a seguir, con la palabra “dictadura” como santo y seña. Sin ella, será imposible siquiera mirar por la ventana del reino de los saltimbanquis del odio y la revancha. Con esas “glorias”, muchos olvidan sus memorias y cumplen servilmente el requisito de negar todo valor al proceso revolucionario, del cual son, rabien o no, inevitables deudores. Y hasta declaran legítimo el bloqueo, ese que en la Asamblea de Naciones Unidas ha sido condenado abrumadoramente, año tras año, mientras Estados Unidos se pasa por el forro cada votación. ¿Creerá alguno que ese sainete de falsa libertad es libertad, siquiera alguno de aquellos cuyo coeficiente intelectual muestra evidencias de marchar a la saga de una norma común?

El semillero de clientelismo subversivo se va ramificando, con periodismo parásito de las redes sociales que devuelve a esas mismas redes un producto amañado, censor por excelencia, pues vive del hedor de su propia ideología. Impunemente, violan las propias normas éticas que las plataformas públicas exigen y, lejos de ser sancionados, reciben el generoso beneficio de algoritmos de crudas labores subterráneas. Para ningún artista es posible tomarse una distancia, ni siquiera a milímetros. No pocos han intentado las conciliaciones y han recibido el hachazo de censura y pensamiento único, con el llamado inmediato al ostracismo y el boicot a contratos y presentaciones. ¿No es demasiado casual, y sospechoso, que esa prensa que a sí misma se llama alternativa, calle ante esas fratricidas campañas de descrédito a artistas de prestigio?

No vale el arte, es cierto, sino la vil incidencia en el clientelismo político de facto. Tanto, que ha sido arduo explicarlo, ejemplo tras ejemplo, razonamientos lógicos mediante –sin excluir las bebidas solidarias que incentivan las charlas–, demostrando hasta qué punto este mundo es un anómico rehén de la mentira. Y en la opinión que me gasto, de consumidor natural a crítico de oficio, y a todo riesgo, lo sé, esos que llaman presos de conciencia están lejos, lejísimo, del arte y sus esencias. Y los artistas que lo son, y avalan esas mañas de traperos que prefieren el yugo del imperio a la estrella sangrada de la patria, solo mercan a expensas de la fama al uso, efímera y servil.

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Cuba en estadísticas de la CEPAL

Jorge Ángel Hernández

Fotografía: Sonia Almaguer

Del Anuario estadístico de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), en su última edición, he entresacado este breve ramillete de estadísticas, como lo hiciera hace más de diez años para un post de Ogún guerrero. Repito el gesto porque me preocupa que se invisibilicen cada vez más estas verdades, y las suplanten por síntomas que han sido propiciados, fabricados y manipulados malintencionadamente. Por el momento me abstengo de un emitir análisis y solo a modo de un libro blanco (peculiar) las dejo aquí anotadas.

– El más bajo promedio de alumnos por maestro lo posee Cuba con un 9.3 en la enseñanza primaria y 9.3 en secundaria. El país que le sigue en esta cifra es Uruguay con 11.7. El promedio total de AL es de 25.1 en primaria y 20.7 en secundaria.

– Cuba ocupa el tercer lugar de América Latina en los índices de tasa bruta de matrícula en educación primaria, con 99.8, junto con Belice, y detrás de Martinica (100.00) y Costa Rica (99.9).

– Mientras la tasa de mortalidad de menores de 5 años del Caribe es de 38.1, y la del resto de América Latina es de 17.0, la de Cuba es de 5.1, ocupando el segundo lugar, junto con Puerto Rico, ambos detrás de Guadalupe (4.4)

– La más baja tasa de mortalidad infantil de la última década la comparten Cuba y Guadalupe (4.1), seguidos de Antigua y Barbuda (4.6), Puerto Rico (4.7) y Martinica (4.8). La tasa del Caribe es de 27.6 en tanto la del resto de AL es de 13.7.

– El ciento por ciento de los partos en Cuba son atendidos por personal calificado.

– Cuba es el país de América Latina que ocupa el primer escaño en cuanto a mujeres en el Parlamento, con el 53.4 %, seguido de Nicaragua (50.5%) y México (50.0%)

– En cuanto a la esperanza de vida al nacer entre 2020-2025, calculada por promedio de años, Cuba se encuentra en el noveno lugar (79.2), por encima del total de América Latina y el Caribe (73.4) y detrás de Martinica (83.1), Guadalupe (82.7), Islas Vírgenes EEUU (81.2), Costa Rica (80.9), Chile (80.7), Puerto Rico (80.7), Barbados (79.6) y Curaçao (79.4).

– Con 65.4, Cuba se haya en el tercer lugar respecto a la tasa de ocupación en América Latina y el Caribe (51.8), ubicada detrás de Bahamas (72.2) y Nicaragua (65.6).

– La más baja tasa de desocupación abierta pertenece a Cuba y es de 1.4. La de toda Al y el Caribe asciende a 10.5.

– Cuba ocupa el tercer lugar en América Latina y el Caribe en cuanto a la tasa de participación en la actividad económica (66.4), detrás de Bahamas (72.2) y Nicaragua (65.6). La tasa general del continente es de 51.8.

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CONSULTANDO A CASANDRA

Jorge Ángel Hernández

Jorge Ángel Hernández, 2022

No encontrarás la paz, dijo Casandra, sin mirarme a los ojos, pero firme. Esa fila pendiente de mujeres abiertas sobre ti, alimentadas con verso en el sabor del miedo, te hará vagar el camino hasta no verte.

Vagaré entonces, murmuré. Ciego siquiera a la próxima sustancia.

Vagarás, advirtió. Cuando seccionen el pan de las comidas, entre las noches tibias, te dolerá el cansancio y la rutina. Y el silencio en fragor desde su nada.

Pediré a cada una que sostenga en sus manos el dolor, siquiera hasta arribar al sueño.

Lo pedirás, e intentarán consolarte a toda costa; pero la paz no asistirá y la soberbia hará mella en tus éxitos de hombre.

Lo dejaré en otros rumbos, para abono, sabedor de que nadie me hará altares.

Lo dejarás, hasta ser el abono y no encontrarte. Hasta no verte si no sobre la ruta, con tu fardo de espuma solitaria.

Conversaré con sus pompas, a deshora, como el loco invisible del sombrero.

Seguirás invisible, bajo el sombrero del sabio que no escuchan. Sin que la paz se acumule, insistió, mirándome a los ojos, temblorosa; porque mi sino en ti se guarda, aunque la paz tampoco me acompañe.

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