De la opinión que me gasto

Botero: Rapto de Europa, 1991, Bronce. Plaza Botero, Medellín

Jorge Ángel Hernández

Luego de una semana en Medellín, Colombia, entre personas que guardan profundas esperanzas de mejoramiento social con la presidencia de Gustavo Petro, me he visto en la reiterada circunstancia de ofrecer improvisadas charlas sociopolíticas acerca de Cuba. No en escenarios públicos, ya que fui invitado al VI encuentro convocado por la Corporación cultural Poetas al viento, sino en conversaciones de recién conocidos, la mayoría con cervezas para ellos y bebidas no alcohólicas de mi parte. Muchos, simpatizantes del proceso revolucionario, han sido bombardeados con una propaganda negra despiadada, capaz de combinar el falso testimonio con el oportunismo burdo, casi siempre al uso de elementos marcados con la lupa exclusiva de la desacreditación. Tanto personas en su madurez, que han admirado la historia de la Revolución cubana, como jóvenes que apenas pasan de los veinte y ya siente dolor por su país, querían saber, y me lo preguntaban.

Uno de esos jóvenes poetas contaba, casualmente, con referencias directas de uno de los músicos que fueron financiados por la NED, en un proyecto fabricado desde su misma base para la guerra cultural en Cuba. Así las fuentes, es difícil alcanzar criterios objetivos y hacer honor a la verdad. El joven, sin embargo, sentía –es la palabra– que no se conjugaban bien los datos con las conclusiones. De ahí que indagara por asuntos concretos, como el de la deserción de los médicos que van a las misiones, o la censura que supuestamente padecemos.

Otros contaban además con testimonios de artistas o escritores emigrados cuyos discursos se han expandido en el espacio público con la banal retórica anticomunista, del mismo modo en que algunos funcionarios-artistas, o escritores, asumían la banal retórica estalinista para tildar de contrarrevolucionario a quien hiciera sombra profesional y se atreviera a críticas incómodas, de lo que yo mismo fuera víctima en algún periodo pasado. Algunos de esos especímenes de entonces hoy “limpian” su expediente desde fuera de Cuba en tanto otros alcanzaron la muerte en ese tipo de esfuerzo. Primero escribieron sus cantos al Ejército Rebelde, luego emplazaron sus denuncias contra los jóvenes que surgíamos con modos diferentes, y críticos, de escribir o crear, como incondicionales aliados del burócrata inculto, hasta que pusieron pies en polvorosa pregonando libertad y democracia, valores que poco o nada practicaron en su oportunista ascenso. Ninguno, sin embargo, tuvo valor para reconocer públicamente que el bloqueo –no solo es la palabra justa sino también el hecho criminal e hipócrita, de falaz humor negro– es la primera de las causas de todas las carencias que sufrimos, incluidas las ineficiencias del funcionariado. En contextos de esa índole, la retórica burda del anticomunismo se camufla como un modo posible de pensar y va ganando terreno en el propósito de guerra: contaminar la opinión pública con la idea de que es imposible luchar por un sistema social que se proponga abolir las diferencias de clase que son esencia imprescindible para el capitalismo.

Ese es el objetivo del bloqueo del que todos los cubanos, sin distinción alguna, somos víctimas. Unos lo asumen como fuente de ingresos, ya que las millonarias partidas presupuestarias del Departamento del Tesoro estadounidense no prometen cesar sino, por el contrario, incrementarse, otros como indignación ante el injerencismo y llamado a seguir en dignidad soberana, e incluso otros, cómo no, se valen del pretexto para cubrir sus incapacidades, o desgarbado oportunismo, que todo nos deja la viña del Señor. Por decadente que pueda presentarse, hay un imperio que sojuzga al mundo, y azuza guerras allí donde puede agenciarse beneficios.

La propaganda negra de guerra cultural toma nota de todo y restructura sus tácticas, ya que no es solo Cuba, Venezuela o Nicaragua el objetivo, sino la permanencia en el dominio global de las conciencias ciudadanas. ¿Qué derecho le asiste a Estados Unidos –el monstruo de Martí, el imperio de Fidel– para intervenir en el destino de los pueblos del mundo, desde naciones a las que domina totalmente por su economía, hasta países desarrollados cuyo dominio se muestra menos evidente? ¿No debía partir todo de ese punto? Cuando hacía esta pregunta, mire usted, el consenso era unánime. De ahí que no le crea al mercenarismo que jura que solo es portador de una opinión política distinta. Sus hechos dejan que desear a borbotones, cada día más plegados a la norma global de injerencismo, dispuestos a vender toda la patria por tal de que mejoren, o se alivien, sus cotos personales, por tal de asirse a las promesas de fama y lentejuelas que son la esencia última de sus aspiraciones.

 Y en ese mar de conversar trago tras trago, por ejemplo, surgía la alusión al personal médico cubano que abandona su misión y emigra como un fenómeno masivo. Mi llamado a entender fue siempre el mismo: cuando esto ocurre con uno, dos o, pongamos por caso exagerado, diez colaboradores que deserten, la noticia aparece en medios como El País, de España, y las cadenas monopólicas de América Latina a la que este Diario pertenece, o en CNN, América TV, etc. Los reportajes obvian, con denodada intención, que al mismo tiempo regresan los aviones repletos de colaboradores satisfechos de haber cumplido su misión, aun cuando alguno se duela de desavenencias internas, que nada va perfecto en este mundo. Tampoco esos medios, de tan estricta disciplina ideológica, se hacen eco informativo de los masivos regresos de colaboradores a la Isla, hecho que nuestra propia prensa suele ofrecer en monótonos y poco sentidos reportajes, como si fuesen noticias de valor escaso.

Lo cierto es que la propaganda es hoy un campo de batalla atroz, sin reglas éticas ni humanas consideraciones. La retórica anticomunista, con su paquete completo de estrategias (supuesta represión policial ante miles de manifestantes, cárceles hacinadas con niños, censura cultural y otros tópicos indemostrables) se ofrece como cardo de cultivo para quienes necesitan aderezar su anhelada popularidad. Las plataformas mediáticas de guerra dejan claras las normas a seguir, con la palabra “dictadura” como santo y seña. Sin ella, será imposible siquiera mirar por la ventana del reino de los saltimbanquis del odio y la revancha. Con esas “glorias”, muchos olvidan sus memorias y cumplen servilmente el requisito de negar todo valor al proceso revolucionario, del cual son, rabien o no, inevitables deudores. Y hasta declaran legítimo el bloqueo, ese que en la Asamblea de Naciones Unidas ha sido condenado abrumadoramente, año tras año, mientras Estados Unidos se pasa por el forro cada votación. ¿Creerá alguno que ese sainete de falsa libertad es libertad, siquiera alguno de aquellos cuyo coeficiente intelectual muestra evidencias de marchar a la saga de una norma común?

El semillero de clientelismo subversivo se va ramificando, con periodismo parásito de las redes sociales que devuelve a esas mismas redes un producto amañado, censor por excelencia, pues vive del hedor de su propia ideología. Impunemente, violan las propias normas éticas que las plataformas públicas exigen y, lejos de ser sancionados, reciben el generoso beneficio de algoritmos de crudas labores subterráneas. Para ningún artista es posible tomarse una distancia, ni siquiera a milímetros. No pocos han intentado las conciliaciones y han recibido el hachazo de censura y pensamiento único, con el llamado inmediato al ostracismo y el boicot a contratos y presentaciones. ¿No es demasiado casual, y sospechoso, que esa prensa que a sí misma se llama alternativa, calle ante esas fratricidas campañas de descrédito a artistas de prestigio?

No vale el arte, es cierto, sino la vil incidencia en el clientelismo político de facto. Tanto, que ha sido arduo explicarlo, ejemplo tras ejemplo, razonamientos lógicos mediante –sin excluir las bebidas solidarias que incentivan las charlas–, demostrando hasta qué punto este mundo es un anómico rehén de la mentira. Y en la opinión que me gasto, de consumidor natural a crítico de oficio, y a todo riesgo, lo sé, esos que llaman presos de conciencia están lejos, lejísimo, del arte y sus esencias. Y los artistas que lo son, y avalan esas mañas de traperos que prefieren el yugo del imperio a la estrella sangrada de la patria, solo mercan a expensas de la fama al uso, efímera y servil.

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Cuba en estadísticas de la CEPAL

Jorge Ángel Hernández

Fotografía: Sonia Almaguer

Del Anuario estadístico de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), en su última edición, he entresacado este breve ramillete de estadísticas, como lo hiciera hace más de diez años para un post de Ogún guerrero. Repito el gesto porque me preocupa que se invisibilicen cada vez más estas verdades, y las suplanten por síntomas que han sido propiciados, fabricados y manipulados malintencionadamente. Por el momento me abstengo de un emitir análisis y solo a modo de un libro blanco (peculiar) las dejo aquí anotadas.

– El más bajo promedio de alumnos por maestro lo posee Cuba con un 9.3 en la enseñanza primaria y 9.3 en secundaria. El país que le sigue en esta cifra es Uruguay con 11.7. El promedio total de AL es de 25.1 en primaria y 20.7 en secundaria.

– Cuba ocupa el tercer lugar de América Latina en los índices de tasa bruta de matrícula en educación primaria, con 99.8, junto con Belice, y detrás de Martinica (100.00) y Costa Rica (99.9).

– Mientras la tasa de mortalidad de menores de 5 años del Caribe es de 38.1, y la del resto de América Latina es de 17.0, la de Cuba es de 5.1, ocupando el segundo lugar, junto con Puerto Rico, ambos detrás de Guadalupe (4.4)

– La más baja tasa de mortalidad infantil de la última década la comparten Cuba y Guadalupe (4.1), seguidos de Antigua y Barbuda (4.6), Puerto Rico (4.7) y Martinica (4.8). La tasa del Caribe es de 27.6 en tanto la del resto de AL es de 13.7.

– El ciento por ciento de los partos en Cuba son atendidos por personal calificado.

– Cuba es el país de América Latina que ocupa el primer escaño en cuanto a mujeres en el Parlamento, con el 53.4 %, seguido de Nicaragua (50.5%) y México (50.0%)

– En cuanto a la esperanza de vida al nacer entre 2020-2025, calculada por promedio de años, Cuba se encuentra en el noveno lugar (79.2), por encima del total de América Latina y el Caribe (73.4) y detrás de Martinica (83.1), Guadalupe (82.7), Islas Vírgenes EEUU (81.2), Costa Rica (80.9), Chile (80.7), Puerto Rico (80.7), Barbados (79.6) y Curaçao (79.4).

– Con 65.4, Cuba se haya en el tercer lugar respecto a la tasa de ocupación en América Latina y el Caribe (51.8), ubicada detrás de Bahamas (72.2) y Nicaragua (65.6).

– La más baja tasa de desocupación abierta pertenece a Cuba y es de 1.4. La de toda Al y el Caribe asciende a 10.5.

– Cuba ocupa el tercer lugar en América Latina y el Caribe en cuanto a la tasa de participación en la actividad económica (66.4), detrás de Bahamas (72.2) y Nicaragua (65.6). La tasa general del continente es de 51.8.

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CONSULTANDO A CASANDRA

Jorge Ángel Hernández

Jorge Ángel Hernández, 2022

No encontrarás la paz, dijo Casandra, sin mirarme a los ojos, pero firme. Esa fila pendiente de mujeres abiertas sobre ti, alimentadas con verso en el sabor del miedo, te hará vagar el camino hasta no verte.

Vagaré entonces, murmuré. Ciego siquiera a la próxima sustancia.

Vagarás, advirtió. Cuando seccionen el pan de las comidas, entre las noches tibias, te dolerá el cansancio y la rutina. Y el silencio en fragor desde su nada.

Pediré a cada una que sostenga en sus manos el dolor, siquiera hasta arribar al sueño.

Lo pedirás, e intentarán consolarte a toda costa; pero la paz no asistirá y la soberbia hará mella en tus éxitos de hombre.

Lo dejaré en otros rumbos, para abono, sabedor de que nadie me hará altares.

Lo dejarás, hasta ser el abono y no encontrarte. Hasta no verte si no sobre la ruta, con tu fardo de espuma solitaria.

Conversaré con sus pompas, a deshora, como el loco invisible del sombrero.

Seguirás invisible, bajo el sombrero del sabio que no escuchan. Sin que la paz se acumule, insistió, mirándome a los ojos, temblorosa; porque mi sino en ti se guarda, aunque la paz tampoco me acompañe.

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Según dicen los partes

Según dicen los partes, de Jorge Ángel Hernández, McPherson 2020
poesía llena de revelaciones, libro que cuestiona, alivia o angustia

Tendremos lluvia según dicen los partes

Y vendrán las goteras a cebarse

a hacerte trabajar

a obligarte a acarrear cubos y cubos.

La hermosa lluvia tendrá rostro de malo

y maldición de pobres y malos

muy malos pensamientos.

Acarrearé cubos y cubos junto a ti.

Empujaré las aguas junto a ti.

Devolveré, siempre junto a ti, la humedad al tragante.

Después, cuando renazca del cansancio,

me sentaré a dibujar en la pantalla,

a soñar con un viaje de ignotas capitales.

Poemas húmedos que inventan el bregar de mis manos

y a sí mismos se inventan

como dibujos que la pantalla compone y descompone.

Me sentaré a pensar en musarañas que retengan

las presentidas capitales, mejores profecías y las doradas manzanas de un nuevo Paraíso.

Disponible en http://dmcphersoneditorial.com/según-dicen-los-partes

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Inocentes que escriben su diálogo en la arena

El peligro del viaje, Ediciones Luminarias, 2001

Obra completa en este link El peligro del viaje

I

Vamos a ver la muerte de los peces en la orilla,

los residuales del siglo,

las ballenas que van a suicidarse en el peñón.

Somos dos niños que juegan a escribir.

No podemos obrar una protesta. No podemos

alentar remolinos de sed ecologista.

Hechizados por el susto infantil

llevaremos a casa la sombra de un carey,

el anillo de un pulpo, la viscosa humedad

de una medusa, los senderos del cobo.

Y veremos a un hombre salir de una ballena,

tuberculoso y cansado,

sin memoria.

Un hombre que prefiere olvidar su propio encierro.

No podemos saber que está ya ciego,

de tanto desperdicio,

de tanta huella sorda del remoto esplendor.

Llevaremos a casa su cuerpo desmayado

y de allí lo alzarán a un hospital.

Vamos a ver el litoral lleno de especies.

Cuántos delfines para hacer un bosque.

Cuántos árboles nuevos para asir la nostalgia del camino.

Cuánta morena ya sin su veneno.

Cuánto erizo de mar en las repisas.

Vamos a ver la muerte de los peces.

Ojalá que tocarlos no fulmine,

que podamos llevarlo contra el pecho

sin que la piel se haga tiras de sangre desgajada.

Si fuera así.

 Mejor no adivinarlo.

Somos sólo dos niños que no pueden luchar.

Vamos a ver, tan solo.

Vamos a ver cómo los peces han muerto en el rompiente.

II

Mañana sabrás todo. Mañana aprenderás

cómo la vida es un fantasma que gira en los salones de lujo,

cómo el silencio es la brillante epopeya de un idiota

que ha ignorado la sombra de la muerte;

o el discurso de un niño que escribe en su reloj de arena.

En las playas hinchadas por la turba

hemos trazado jirones de baladas, estériles canciones,

momentos estelares de los juegos de béisbol,

filmogramas,

novelas de TV que nada significan.

Mañana lo sabrás. No aprenderás, es cierto,

por qué escribimos historias de perros y poetas en las costas

ni por qué, sobre los riscos de furia y de sonido,

cincelamos corazones de amantes trasnochados

como si fueran tarros de vinos legendarios.

Pero sabrás

que el disco de una trova lejana

es a un tiempo agonía de la memoria y esplendor

de esa hora que el juglar dilapida.

Sabrás que el aire de la noche extranjera

no es el viento en que arde la humedad del país.

Una escena. Un acto irrepetible. Una industria

con obras saturadas de versos y sentencias,

de pasiones humildes que tramaron los griegos.

La vida es una historia inconclusa.

Si el poeta lo supo,

¿por qué nos levantamos a aprenderlo?

¿por qué nos empeñamos en negarlo,

en decirle que erró en su desmemoria

mientras la nada divide su edificio

para hacernos morir casi en secreto

en jornadas de tórridas colmenas?

Mañana sabrás sabrás todo. Que es apenas

saber lo que otro supo.

Aunque no entenderán por qué en tuteo.

Un niño no distancia de usted a otro inocente.

Volverás,

al silencio del mapa estremecido por la línea del índice,

a la sombra del peligro que sueña y reconcilia.

Sobre la playa desierta del invierno,

fugaz pero imborrable.

aparece el cortejo de palabras que fuiste modelando

mientras la gente convertía esos vocablos en bienes materiales,

en objetos vulgares y rompibles,

en cordones letales,

en peñas de cristal que podían errar sobre el rompiente.

Leyenda. Historia contada por el sueño de un loco.

Cada mañana esperamos descubrir que no es cierto.

Cada noche inventamos la verdad.

Componemos con ardua redacción, como el herrero

que alimenta en sudor el sueño arrasador del fuelle

antes de ver a su hija en el coro de la aldea,

las aristas de un nuevo melodrama

seguros de que el tiempo ha claudicado

ante el verso que intenta abrasar sus dimensiones.

Y esa primera persona del plural, perdónala también.

Apréndela. Antes de ir hacia el sueño.

Un niño no demora en hacerse compañero entrañable

de aquel otro encontrado en la fe del mismo juego.

Volverás a dormirte. Life is but an empty dream.

Volverás al remedio del sueño que recorre

los sucios corredores de la historia del mundo.

Life is real! Life is earnest! Quién sabe.

 Nature deals with us, and takes away

Our playthings one by one, and by the hand

Leads us to rest so gently, that we go

Scarce knowing if we wish to go or stay.

Volverás. A dormirte. O a saber que en el sueño

concurren los humos del pasado

con los hombres que van a denostar el futuro.

Bajo el odio del padre que abandona.

De la mano de la madre que llora en la mitad del cuarto

sin saber por qué nadie rescata sus lentos sacrificios;

 too full of sleep to understand

How far the unknown trascends the what we know.

Perdónala, en nombre del profeta. Apréndela.

Saber es matar lo que antes fuera marcado por la letra.

Aprender es saber lo que otro supo.

La vida es un fantasma que gira en la soberbia.

Ningún dios la protege. Ningún omnipotente

atesora las rampas que veremos romperse a nuestro paso.

Dormidos en la playa,

en la arena terrible del silencio,

marcaremos a hierro

la sutil miniatura de una página transida,

de una nostalgia de vernos que no existe

si no en la tímida acepción

de esta manera de arriarme con su ayuda.


III

La mirada que en mí se desvanece

no reconcilia el horror de tanto nervio.

Occidente. Qué noción, qué gusto morir de geografías.

Si no en la arena,

¿dónde voy a escribir otras fronteras?

¿dónde a anotar las reacciones de una sombra que mata,

de un ángel que embellece el temblor de su pasado,

de un niño que envenena el alcohol donde su padre muge?

En la arena del pérfido Occidente.

Treinta años después. Un siglo acaso.

Un niño que juega en la ardiente memoria de otro niño.

El tiempo es infinito. Concurrente. Plural.

Reconoce potentes dimensiones contiguas.

Humilde es el espacio. Reducido.

Conquistado en la norma legal de los terrenos.

-Vendo un milenio de playas arañadas por la letra,

una franja de mar que ha visto en un segundo

agresores en precarias canoas,

carabelas maltrechas y tostadas,

yates lustrosos y barcos de sustento

y familias que huyen en botes de serrín.

Es el humo del tiempo. Identidad de esos niños

que llevan a sus playas manuales, biografías, relaciones, tratados.

Todo cuanto suponen alimenta la distancia que mide el universo.

-Compro el espacio vital para dos cuerpos,

un lugar donde quepan dos personas tendidas y abrazadas

sin que medie el rencor del propietario,

sin que las turbas de bañistas

aprieten con sus huellas mi costado.

Si no en la arena,

¿dónde voy a escribir con la inocencia del miedo?

IV

Muere de ti, me aconsejó el salmista.

Muere del curso de tu propia ternura.

Muero de mí, fue mi respuesta.

Muero del curso secular que aprisiona y desguaza

la sed de mi ternura.

V

Acompaño el asombro de mis hijas

ante el fluir de la arena en el reloj.

Miran la noche sumergida en el mar.

Las líneas de los faros que brotan y se hunden

casi como lo hicieron las ágiles toninas en la tarde.

Gráciles bestias que juegan en el agua

son las preguntas de mis hijas.

Un padre solo. Un padre solo en la casa de verano

con dos hijas que juegan en la playa.

Es el loco. Sus lecturas al borde. Su escritura

en el margen de una lucha intangible. Pobre.

Velando el verano de sus hijas. Es el loco.

Es el idiota que narra la curva de la vida.

Rumor de las olas en el muro, furia y sonido,

alimentan las dudas de mis hijas.

Acompaño su sed sobre la noche,

su virtual horizonte,

su rauda intensidad hacia el espacio que yo no reconozco.

Es una brecha en el cuerpo del reloj.

Fui niño en el pasado, una página antes,

abandonado en el susto de su madre.

En un instante apenas, soy el padre

que abdica de su firme derecho a abandonar. Pobre.

Idiota que acecha en los furiosos sonidos de la vida.

Acompaño mi asombro, también, sobre la arena.

Ellas explican mi juicio de torpe realidad,

allí, donde era un hombre,

donde era un padre que muere en la espiral del sacrificio.

Mis hijas no saben

que son bestias que escriben en la arena,

criaturas de esa misma palabra

que trazo una vez más sobre la orilla.

No saben que el recuerdo vencido de sus madres

es la frase que el idiota dejó de pronunciar.

Pobre loco; tan humano en el fondo.

Acompaño el silencio de la lástima.

Imposible escupir sobre los rostros que van a consolarme.

Imposible abrazar a ese niño que juega con mi hija menor

mientras la otra la ampara en sus pupilas miopes.

¿Quién me ha soñado así, a medias familiar,

saturado en mi pobre intimidad,

bajo un índice cruel y resentido?

La arena sucia de esta playa sin nombre

pasa también contra el desfiladero del reloj.

Soy el idiota. Gracias. Muchas gracias y a vernos. Avernos.

El idiota que narra, demorado y hostil,

un recodo impreciso en el teatro del mundo.

VI

La barca de humo. La barca de oro.

La barca de plumones de cisnes y perfiles del héroe. Soledad,

antecesora del momento en que la ola destruye los países.

Lo vimos levantarse con su traje de serpiente emplumada.

Un náufrago. Qué horror no conocer ese concepto.

Qué triste no poder con los imanes del signo.

La potencia del sol desenroscó su cuerpo.

Como un dios se levantó en la arena.

Una honda caverna en la memoria, de pronto, al despertar.

Vasto, infinito el recuerdo. La memoria de un dios.

Lo vimos alejarse del mar, hacia nosotros,

mientras las olas tiraban al peñón los restos de su barca.

La arena reseca brillaba en su traje de serpiente emplumada.

Alzó los brazos, sutil crujió su cuerpo. Visión efímera,

se alargaron sus manos hasta hacer con la imagen una cruz.

En su traje, de serpiente emplumada,

relumbraron las gotas del naufragio.

Qué horror no saber de travesías. Qué indefensos

ante el misterio innombrado de la palabra náufrago.

Lo escuchamos hablar sólo en sonidos;

vibraciones que hicieron concurrir las profecías.

Sonidos de remota furia. La palabra de un dios.

Lo vimos apuntar al horizonte, y tocarse en el pecho.

Yo soy el dios, diría, el dios, el dios que soy,

mientras las olas borraban los países que trazara en la arena,

mientras lanzaban a los riscos jirones de su barca,

soportando los perfiles del héroe, casi un dios

sobre la playa que nunca le otorgamos.


VII

Un niño no atina a escribir sobre la arena

cuando descubre a una mujer

caminando desnuda en el pretil.

Cuando más, ese niño que tiembla en mitad de la visión,

se hunde en la sustancia del mar

para dejar que ella se adueñe de la orilla desierta.

De arena soy. Mar y salitre. Arena que baja hasta el silencio.

Como en el reloj de esos dibujos, en mí se adentra.

presentida en la sombra que va hacia los vacíos,

desnuda acaso.

Arrastro sobre el mapa, cada vez,

el susto de esa playa habitada por mis ojos de lámpara y silencio.

Un niño no atina a desprenderse del sueño

cuando ve a una mujer que desparrama su cuerpo en los celajes.

Tengo miedo. Me estremece el horror

de sentirla pasar entre mi cuerpo más ágil que su sangre.

Me asusto cuando miro en sus ojos

el polvo de las horas que nunca serán mías.

Un niño que mira a una mujer desnuda, imaginada en la playa,

no despierta jamás de su mutismo.

Si al menos fuera, en este instante, el sueño del cristal

o la madera preciosa que detiene el impulso de la arena.

Si la luz no cegara. Si me hallara de pronto

a una muchacha desnuda por la orilla desierta.

Si al menos encontrara alguna playa vacía.

Desde mi línea de arena emplazo el avatar de las palabras.

Disparo. Como en una maniobra.

Como en el simulacro feroz de las contiendas.

Nadie puede desprenderse del hombre que bulle alrededor.

Nadie construye una torre de marfil intocado.

Si disparo al tumulto, si mis ráfagas urgen el arraso.

o mejor,

la conversión inmediata en estatuas de marfil o de sal,

es sólo porque añoro una muchacha desnuda,

no importa si de arena

de mar o de reloj.

Una muchacha desnuda en el pretil de la playa.

Un cuerpo escurridizo en las márgenes del sol.

Una imagen soñada por un niño que juega a no morir.

VIII

¿Por qué nos levantamos a aprender que la vida

es un fantasma que gira en los salones de lujo?

Si no lo supe ayer

no lo sabré mañana. Una mentira

inventada por un bardo que amó sólo su voz estridente.

Renuncia. En la soberbia que vuelve. Renuncia.

Nos levantamos así cada mañana.

En París o Estocolmo. En Bruselas o Egipto. En Marte

o el Olimpo. En Vueltas o Calcuta.

Miserables poetas de ritmos matutinos.

Profesores adustos o elogiosos.

Redactores de prensa brillantes y apacibles.

Mañana. Cuando el sueño descubra nuestros juegos de roles.

Cuando la pobre sentencia de un padre que rige sin amar,

que abandona sin que sea una ventaja retenerlo.

Cuando una mano descorra ese telón contra la sombra

esplendente de fantasmas que medran con su imagen.

Volveremos a añorar la línea horizontal desde la playa.

Trazaremos historias en la arena

como si fueran tarros de vinos legendarios.

Si un tercero. Si otro niño se acercara a la orilla;

a escribir como yo en esas blancas pizarras inconstantes;

a saber que ha imitado en el reloj la caída goteante de su arena.

Y perdone el usted.

Dispénseme la rabia que muerde su distancia.

Jamás un niño aligera en el trato al capitán de su pandilla.

El mundo, todo, es una escena.

Qué no decir entonces de una playa.

Escapaba de mí para buscarme en otros.

Niño infeliz, carente de virtudes. Miembro de fila.

Escapaba de mí. Búsqueda y llanto. Renuncia.

Y ahora vuelvo, en la escena del mundo,

como si hubiera inventado una región infinita y sin países,

como si el mundo no fuera un mal fantasma,

una conquista de fronteras y exordios.

Dos niños no conversan de guerras ni poderes. Sólo juegan.

Sólo empuñan la rama. Sólo advierten.

Mañana lo han sabido. Y no lo supe ayer. Si un tercero

quisiera amanecer sobre la arena que fluye en el reloj.

Si un tercero alentara palabras como objetos.

Encontraría en el sueño el recuerdo lejano de este diálogo.

Si un tercero, no importa si absoluto y distinto,

soportara la improbable sospecha del fantasma que he sido.

Ah, el fantasma de un bardo imperdonable

en el teatro del mundo.

Mi regreso es apenas hasta mí. Me escapaba.

Soy el punto final en el lindero.

Sin la barca. Sin cisne. Un guerrero

cuyos vocablos no se transforman en bienes materiales,

cuyas armas no soportan la sed de las palabras.

¿Por qué arrendamos los sueños al futuro?

¿Por qué nos levantamos a aprender,

si es un verbo que odia y que destruye?

Cada noche nos lanzamos al sueño sin saber quién nos lleva.

Sin comprender.

Cuál la mano tan dulce que nos deja desnudos y apacibles;

cuál el rostro que no recordaremos.

¿Por qué emprendemos el viaje en la mañana?

¿Por qué seguir escribiendo en la pared de la arena?

IX

Si contemplamos también la muerte de los héroes,

su declinar abrasante en la sustancia del mito,

perderemos el derecho a escribir sobre la arena.

Una playa en Ceilán; otra en Las Villas.

Una playa brillante como el hilo fugaz de una postal

y otra sucia, abandonada

en la abulia de un futuro sin tiempo ni heredad,

rota en el clamor de la miseria

que los héroes no logran atajar.

Una playa apacible en el silencio de Europa

y otra,

hacinada y plural,

a la deriva del bullicio tenaz de alguna aldea.

Somos dos niños de exilios diferentes.

Uno sin ver ya para siempre el ansia del regreso;

otro sin ser nunca un boleto de partida.

Uno en un tiempo que ya no va a alejarse,

otro en la fe de un minuto en que estar cerca.

Dos niños cuya fuerza en el usted se reconoce

a pesar del tuteo irreverente, del juego imperativo.

Contemplamos también la densidad de los héroes,

su oscura transparencia,

su soledad en los gritos del tumulto.

Es cierto: el derecho a ser héroe se conquista.

Puede ganarse en las batallas,

en los ómnibus llenos de sudor y miradas,

en las playas sitiadas por la ira,

en la salud del performance.

Ser un niño que escribe en el pretil de una playa

es sólo un mal castigo,

una temeridad que nadie condiciona.

Quiero decir: No se conquista,

no se obtiene pagando buenas cifras.

Los nombres que he dejado en la arena me han costado

la expulsión del camino de los héroes.

Miro al azul. El arte es el azul. Azul es color para mi encuesta.

Pero hay dos cosas en que el rojo se extiende y regocija:

 la rosa

 y la sangre.

Si contemplamos el color de la sangre de los héroes

o el clamor de sus botas

que alguna vez se han posado sobre el rojo de la rosa caída,

perderemos el derecho a sembrar sobre la arena,

el derecho a escribir sobre la sangre quebrada en el cantil.

Somos dos rosas de exilios diferentes

alguna vez aplastadas frente al horror del azul.

Dos torrentes de sangre.

Uno en Ceilán; otro en los mapas.

Uno en un puerto de España;

otro en la costa labrada por el diente de perro.

Somos dos niños que no se han conocido.

Nuestros padres vigilan. Una en su amor habitual,

otro en su puente de pérfido abandono.

Vigilan. Y prohiben.

Así nos hemos visto en el secreto.

Así soy yo quien ase el hambre del diálogo.

Oh, sueño de los héroes que no reconocimos,

sabe que así como conquistas

pudieras ser mañana conquistado

y que el mundo

-el mundo de planetas y espacio insufribles-

se sostiene tan solo en el sonido y la furia.

Vamos a ver la dimensión de los héroes

como quien viaja de pronto al estadio de béisbol.

Vamos a verlos solamente,

a aplaudir el momento del jonrón.

Una franja de arena

y un palillo

no pueden conquistarse.

Es cierto: son caros hasta el odio.

Pero aquel que ha intentado conquistarlos se corrompe,

se pudre en el camino de la sangre a la rosa,

del azul al clamor

o amanece tan lejos en su ascenso

que nadie logrará reconocerlo. Es cierto; o al menos debe ser.

Contemplaremos la muerte de los héroes.

No habrá placer. No habrá nostalgia.

Sólo un susto recóndito. Una emoción

desesperada ante la arena renuente en que morimos de vigilia.

Apenas un temor no descubierto

de que en un solo instante resuciten.

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¿Guerra y circo?

Jorge Ángel Hernández

La verdadera noticia es que Carlos Varela cerró el festival Havana World Music con el repertorio que eligió libremente, incluido en él la última pieza en la que considera roto el sueño por el que hemos resistido y luchado –él mismo incluido– en largos años. He insistido en que basta revisar la producción cultural cubana para comprobar el alto grado de libertad de expresión con el que nos manifestamos los creadores todos, incluso aquellos que buscan sacrificar el resultado de su arte a la provocación politizada. Reconocerlo, llevaría a dejar sin efecto un patrón de guerra cultural –que el artista cubano carece de libertad de expresión–, al que el propio cantautor parece aferrarse en ese su último “hit”. Más que su derecho, es su capacidad de percibir el fenómeno la que lo lleva a descolgarse del camino brechtiano de los imprescindibles que deciden luchar toda la vida.

No estuve en el concierto (limitaciones de salud me obligaron a renunciar ya al de los Rolling Stones, a pesar de que estaba solo a cuadras de donde vivía entonces) y percibo apenas lo que puedo captar por internet, redes sociales y publicaciones mediante.

Y el verdadero desconcierto corresponde al hecho de que no hubiera indicios de represión y de que los pocos que gritaron “libertad” ni siquiera terminaron en coro de reclamación, sino en espontáneo clamor de ebrios sin mucho objetivo sentido en qué enfocarse. Es decir, a que en la asistida materia de patrones de guerra cultural mediática se ponchen otra vez con el tercer strike cantado. De ahí que los reseñadores acudan (¡de nuevo!) a la fabricación del escenario represivo –esta vez “vigilante” y no palpable– y a la exageración deliberada, o, lo que es lo mismo, a la carpa montada en escenarios de manual mediático. Un simple recorrido muestra hasta qué punto se cumple con el canon. Y aunque el mundo virtual da pie a la construcción de escenarios y patrones de juicio, tampoco es de coser y cantar sacarse de la manga un circo de este tipo.

Por más que lo enarbolen con hipócritas campañas, no es libertad de expresión lo que exigen los manipuladores mediáticos, sino un llamado a disturbios de desestabilización. De ahí que el tono de lamentación gane la partida a la reseña, o que alguno cargue la mano en la presión con que vela amenazas de juicio posterior para el propio cantautor. Querían un nuevo show de amotinados que nunca sucedió pues ni siquiera a hippies llegaron los gritones, quienes apenas alcanzaron el ámbito del propio micrófono del teléfono celular con que grababan. Nada ocurrió, ni siquiera en la posible resonancia que tendría el “hit”, prevaricado expresamente y por lo tanto con un giro forzoso en las fórmulas de composición que a toda costa busca conjugar las glorias de franca rebeldía con los nuevos/viejos canales de guerra cultural. Capacidad y derecho se conjugan, simplemente.

Cada uno conoce hasta dónde sus fuerzas lo secundan, cada uno se rinde cuando por sí rompe su lucha. Hay restricciones, bloqueo recrudecido, con medidas que merecían más enérgicas reacciones, comentarios sinceros y sentidos y no la callada por respuesta. Y hay además, y cómo no, decisiones internas que no me satisfacen, ni a mí ni a muchos otros colegas creadores, o ciudadanos de a pie, y que, por eso, mismo, me llevan a no cambiar el color de la bandera ni, mucho menos, la senda del sueño que en muchos continúa sin romperse. Es también mi camino, y mi sueño, que sigue sin quebrarse.

Del sicoanálisis de la guerra y el circo vendrán otros análisis, otras cadenas de símbolos marcados por los arquetipos de las hegemonías globales. Nos enseñaba Martí que la difícil circunstancia define a la persona en su carácter, en su nobleza más íntima y en su capacidad de luchar. Y así quisiera verme, en efecto, a pesar de todo en lucha, y fuera, siempre fuera, del cuarto de espejos que la guerra mediática impone a su manera más vil de propaganda negra.

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El porqué de la muerte de Vicente Feliú

Jorge Ángel Hernández

Iba a cantar La Bayamesa cuando

se le acercó la muerte, en un disfraz de humilde mensajera.

Hay unos vándalos sucios más allá, le dijo,

mercando al por menor la Patria.

De los que vamos eres, susurró, ¡Vamos!

Y él se lanzó a galope, como siempre

sin escuchar el grito que la muerte ungía

ya en su disfraz de excelsa dama.

Moneda en mano, escapaban los vándalos

en su disfraz de humildes renegados,

retemblando en su huida

con los tibios compases de La Bayamesa

que Vicente esgrimía, guitarra en ristre.

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A tiro de Zardoyas

Jorge Ángel Hernández

1st Edition - International Salt & Pepper Satirical Art Salon
Obra de Zardoyas (Ramiro Zardoya Sánchez)

La metáfora es una especie de madre contenedora del ejercicio de la figuración retórica. De ahí que la mayoría de las definiciones que la abordan parezcan incompletas y tiemblen al ser interrogadas en relación con los tropos y figuras que en su composición se asocian. La acompañan y les sirven tanto las preceptivas clásicas como las de la semiología contemporánea. Luego de años de estudiar el papel de la figuración en los distintos sistemas de expresión cultural, desde la creación individual profesional hasta las manifestaciones populares, me inclino a ceder ante la posibilidad de definirla. Apunto solo que el común del abultado conjunto de las definiciones estriba en el carácter sintético del sentido que adquieren los términos que la metáfora coloca en relación, para su propio acto de significación. Su capacidad de significar es tan potente, y abierta al juego de la polisemia, que con frecuencia podemos prescindir de la preocupación por las inexactitudes en el terreno árido de las conceptualizaciones.

Es lo que ocurre con el arte gráfico con que Zardoyas se expresa: las tradicionales definiciones de humor o dibujo reclaman constantes subversiones ante su capacidad para metaforizar. La síntesis que entre significación y dibujo se produce integra los modos de figuración en un ejercicio metafórico inquietante, llamativo, capaz de sonsacar diversas reflexiones. En la mayoría de sus piezas no hay un estamento preciso de interpretación, sino un reclamo a indagar en la metáfora, a reordenar el campo de lo significado, y a metaforizar de nuevo si es preciso. Virtud primaria del arte que en la obra de Zardoyas se expande con naturalidad.[1]

Su línea es en principio clara, definida, ajena a los detalles de identificación del ser humano en que, paradójicamente, se concentra. Esta dicotomía entrampa las anfibologías a que conduce el sentido posterior de cada estampa y anuncia que el camino de su creación transita a través de la interpretación de dos elementos básicos para la creación humorística: el uso de la paradoja informacional y la revelación de conductas sociales disyuntivas.

¿Están desnudos o vestidos los desnudos personajes de Zardoyas? ¿Tienen o no rostro esos seres sin rostro? ¿Denuncian o subvierten el entramado social de las humanas actitudes que en sus viñetas se revelan? ¿Pretenden solo diversión ingenua a tiro de línea y desde los propios contornos de sus cuerpos?

Por ejemplo, ¿qué conclusiones sacaríamos al ver a un hombre cabalgar una PC, fusta y bridas en mano? Una interpretación inmediata y conformista satirizaría a un usuario torpe y despiadado de la tecnología. Con ello el objetivo de la pieza pudiera quedar feliz y resarcido. Sería válido y justo: mientras conmuta una risa inteligente y cómplice nos regala un dibujo de elegante síntesis. No obstante, y como ocurre en la mayoría de la obra de los humoristas gráficos, en la de Zardoyas afloran constantes sinécdoques y metonimias cuya significación depende de las relaciones de contigüidad significante que a partir de la propia norma del dibujo se establecen. La sugerencia ilimitada del trazo sobre la superficie expande la propuesta semiósica y codifica a la vez un universo vario de significaciones. Su trabajo preciso a partir de la línea, valga la precisión, se desmarca de la anfibología pura del trazo para alcanzar un resultado de enigmático valor significante.

Como bridas, este jinete de PC esgrime los cables conectores del monitor, cuya pantalla apunta hacia adelante, como una proa de barco o, justo, como una cabeza de caballo, en tanto el mouse figura una cola que termina por convertir al instrumento en una bestia. La lógica de representación del hecho presentado se quiebra a favor de la figuración; risa y sentido se asocian sin posibilidad de separarlos. La manipulación del absurdo metonímico mediante el arte del dibujo –que relaciona arbitrariamente a una computadora con un caballo y a su usuario con un jinete, con espuela y todo en el tobillo– adquiere una lógica comunicacional que subvierte las normas de ese mismo absurdo con los elementos gráficos. Al renunciar al detalle, consigue recomponer el acto de semiosis justo a través del detalle, que adquiere un valor más intenso en el sintético conjunto. Como es posible demostrar en otros ejemplos relativamente análogos, la ruptura común que el arte del absurdo impone por definición de uso, se reconstituye a través de elementos asociados y detalles. Se trata, sin dudas, de un artista que buen partido saca al uso de las paradojas informacionales.

En otra estampa, un hombre asciende por la escalera que él mismo ha ido dibujando. Es en principio un resultado del ingenio que el propio oficio brinda, un acto de denotación estrictamente gráfica que en hilaridad confluye, aunque, una vez que ascendemos al ámbito del sentido y postergamos la risa de la que ya hemos disfrutado, esa escalera connota disímiles significados y conduce a un nuevo ámbito de análisis. Hay, pues, semiosis a partir del dibujo en apariencia elemental. La paradoja informacional de la escalera imposible que estamos presenciando completa su sentido con la escalera real que el artista se ha permitido revelar. No hay por qué describirla, aunque la descripción primaria es su punto de partida para dejar en el interior de la risa del receptor los posteriores caminos del ejercicio semiósico. El recurso que desdobla la línea se reitera en otras escaleras, edificios, objetos utilitarios y personas, lo que demuestra hasta qué punto la punta del lápiz y la superficie (de pantalla digital, por cierto) se imbrican con las bases de significados pertinentes.

En otro cuadro de los varios que figuran conflictos en las relaciones de parejas, el hombre se inclina para abrir la gran gaveta que representa a los genitales de la mujer en tanto ella tira de una pequeña gaveta que de su cerebro surge. De la doble sinécdoque humorística gaveta/genitales pasamos a la metaforización del intercambio de valores en la relación. La gran gaveta femenina no es solo, aunque en principio lo figure, un espacio de erotismo vasto, sino también un interior que supera al masculino. Surge un conflicto de género que ha de llevarnos más allá de la dicotomía primaria de los sexos que la risa propone. Y ese conflicto genérico no solo arrastra la diferenciación sexual, o erótica, sino también la esencia entre individuo y colectividad. Todo sin más detalles que un elemento funcional cotidiano puesto en la inesperada relación que el ejercicio del humor reclama. Por ello la risa es menos exterior y mucho más duradera en la conciencia. Por ello es, parafraseando a Guillén, salud, coraza de virtud.

El empleo de la línea definida que representa a indefinidos personajes contiene la esencia dicotómica en la obra de este autor, cuyo trabajo merece acercamientos valorativos que hagan justicia a la profundidad polisémica de sus mensajes. El recorrido por su página web es además recomendable para disfrutar, sencillamente, de un humor perturbador, inteligente y grato. Verlo a tiro de línea nos deja la placentera sensación de que necesitamos indagar en lo que muestra, apoyándonos, qué bien, en el resorte de la risa, siempre discriminada por elitistas huestes que al arte reverencian.

Un tópico importante en esa obra de Zardoyas se establece en la dicotomía de los diálogos que sus viñetas sugieren, ya sea en el ámbito de las relaciones de pareja, con las cuales puede asociarse cierta asunción del erotismo, de vez en vez presente, como en las perspectivas diversas de opinión, donde pudiera incluirse la aparición de los dilemas. Diálogos que no remiten a palabras o frases específicas, es obvio por las características de su estilo, sino a conductas y actitudes esencialmente sociales. Entre ellas persisten patrones más o menos estables y surgen diferencias, casi siempre sutiles, actanciales, que singularizan la estampa. Prima, no obstante, la focalización en la dicotomía que los personajes en conflicto representan.

Ejemplo modal son las dos versiones de una viñeta que confronta el diálogo de una pareja, una a pura línea y la otra en sombras de claroscuros. En ambas los globos de diálogo parten de los genitales y son pastiches de publicaciones periódicas, lo que es posible advertir por su disposición en columnas. Los globos se distinguen apenas por el fondo: blanco el argumento femenino, oscuro el masculino en cada caso. Un detalle en apariencia nimio se añade al plan de distinción entre una y otra: el gesto que las manos amplifican. En la versión a líneas la mano del hombre figura la pequeña cabeza de un ave, acaso un pollo, en tanto la de la mujer sugiere, aunque tímidamente, una llave mecánica. En la versión de claroscuros la mano masculina parece figurar la cabeza de un burro mientras la femenina semeja con mayor claridad la cabeza de un ave de pico alargado. En esta el valor de los dedos es más fuerte, lo que imprime un carácter inmediato al instante de conflicto. Universo de genitales parlantes y manos zoomórficas cuyas funciones no llegan a acaparar el protagonismo del sentido, aunque ayuden a inclinar la semiosis.

@190103.Zardoyas

Una importante diferencia desmarca el producto artístico de la perspectiva genérica: mientras en la versión entre líneas la mano masculina es deíctica en tanto la femenina parece defenderse de la acusación, en la versión en claroscuros el contraste se produce a la inversa. Así, el interés del artista se desentiende de tomar partido por una u otra perspectiva de género y focaliza su obra en el alcance antonomásico del conflicto mismo. De ahí que en este caso no acuda a la metáfora, sino a la antonomasia, trasladando a la atención de la sociedad lo que la propia sociedad arrastra cotidianamente. Como la estampa se focaliza en el gesto de puja, prima el valor del sentido sobre la posible aparición del erotismo aun cuando el dibujo no evade representar genitales y mantener la desnudez de cada personaje. Dos versiones que no se diferencian solo por la técnica sino también, y sobre todo, por la perspectiva que el conflicto representado adquiere en la figuración del sentido antonomásico. El don de Zardoyas para poetizar revitaliza la idea de versionar y, en casos como este, inquieta el pensamiento receptor y lo conmina a ir más allá de la contemplación y de la risa inmediata. Llama a encarar el dilema en el plano receptivo o, lo que es lo mismo, a la participación polémica del espectador.

En una viñeta en la que manipula satíricamente el erotismo, una pareja hace el amor de pie mientras brota del cerebro del hombre una tarjeta de cumplimiento de horario laboral. La significación metonímica a través del objeto instrumental, se expande a tópicos diversos de su obra. En este caso un detalle multiplica el sentido en numerosas direcciones semiósicas. ¿Se trata de una pareja vencida por la rutina en el sexo? ¿Estamos ante un caso de sexo por dinero? ¿Representa esa tarjeta, acompañada del reloj, un acto de superación de las expectativas eróticas de tiempo, tan sobrevaloradas en la mitología cotidiana del androcentrismo? ¿Revela tal vez la pesimista reificación del sexo producto de una era industrial, atada al trabajo asalariado? ¿Se infiltra en ella una denuncia de género o, por el contrario, un guiño satírico al discurso activista que lo encarna? ¿No habrá más actos de semiosis en ese mismo gesto?

No hay que eludir que la mecanización del acto sexual, representada por la contigüidad de la tarjeta de cumplimiento de horario laboral, brota justo del cerebro masculino, portador por excelencia tanto del mito de la potencia sexual de requisito como del carácter de usuario convencional de la prostitución. La polisemia de la estampa, que bien se vale de la representación erótica, traslada el conflicto al ámbito del receptor y da fe de las posibilidades artísticas de lo humorístico y, más no faltaba, de sus virtuales implicaciones axiológicas. Difícil es que alguno de los varios sentidos pertinentes se genere ajeno a la presencia de la risa sutil, inteligente, del humor que se arriesga a resolver el dilema y, para ello, lo cuestiona.

Otra estampa emblemática de la dicotomía en la obra de Zardoyas muestra a dos hombres, brochas en mano, que pintan sus cuerpos al unísono, uno de blanco que imprime su color al de negro en tanto ese otro va transformando al negro en blanco. Curiosamente, estos parecen llevar ropa. El dibujo es simétrico, con lo que simboliza, a viva síntesis, un conflicto sin fin. Los elementos de significación se presentan estrictamente concentrados, despojados de detalles que no conlleven a metaforizar ese infinito polémico –dialéctico tal vez– cuyo sarcasmo regenera más allá de la estampa. Sin embargo, no es un problema de raza lo que representa, a pesar de la confrontación de colores, sino una lucha de humana perspectiva, una revelación de la enconada inconformidad del ser humano que somos.

Enigmáticas resultan dos parejas de individuos que amplían la dimensión del tópico de la dicotomía: una que se auto mutila y otra que ofrece variantes del lugar donde se imprime la tarjeta de cumplimiento laboral (una vez más la metonimia expresada a partir de una línea de dibujo que busca metaforizar a través del conjunto resultante). En esta última viñeta la dicotomía es más elemental, pues se bifurca entre el cerebro y el bíceps como relojes de marca para cada uno. Los auto mutilados son más recónditos en sus perspectivas de significación, por lo que la viñeta apunta a un resultado satírico que manipula con sabiduría el humor negro. Como constante, la sociedad es la depositaria del sentido que de sí misma extrae.

No todo es conflictivo en la poética de Zardoyas, sin embargo. Una estampa enmarcada en uno de sus tópicos recurrentes (el universo estrellado) muestra a una pareja que hace el amor en medio de un cielo de estrellas y de luna menguante. La posición es de cúbito supino en tanto manos y pies de cada uno rozan, o sostienen, una estrella específica. Hay elementos de erotismo en la representación. El esplendor del acto sexual se simboliza no solo en la figuración icónica de ese universo estrellado, sino también en la variable de la posición elegida para el acto mismo. La sensualidad del dibujo aporta mucho más a lo poético de la circunstancia y hace de la viñeta un pasaje casi lírico, aunque determinados trazos no dejen de advertirnos que una ironía de fondo, agazapada, acompaña al idilio receptor.

La metaforización a través de la dicotomía se constituye en uno de los más llamativos tópicos de relación significante en su obra. Ella se expande, tanto hacia la multiplicación de sentidos en el ámbito de la recepción como en determinados temas que parecen ser eternamente conflictivos en el contexto de las relaciones sociales. No hay moralismo, sin embargo, ni mucho menos patrones sugeridos, sino dilemas que debemos mirar con ojo crítico, satírico, y con mirada autocrítica, de intimidad poiésica. El modo de Zardoyas de llamar a cuestionar la sociedad y sus conductas goza de una perspectiva felizmente plural, recomendable. No habría por qué dejarlo allá, a la vera del juicio de valor, en los estancos marginales que las geografías elitistas de la Historia del Arte han generado.


[1] Véanse varias colecciones de la obra del autor en http://www.zardoyas.com. Todas las obras a las que se harán referencia aparecen en ese sitio web.

El ensayo en revista Artecubano, 1/2019, pp. 92-96

Artecubano Ediciones presentará mañana el número 1/2019 de la revista  Artecubano
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Maylén Domínguez y su narrativa infanto juvenil

Jorge Ángel Hernández

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Maylén Domínguez Mondeja reunió sus primeros cuentos infantojuveniles en el cuaderno Evangelista y los recuerdos, Casa Editora Abril, 2001, galardonado con el Premio Calendario en el año 2000 y, posteriormente, con el prestigioso premio La Rosa Blanca. Se compone de siete fábulas de simpáticas anécdotas y de un lirismo que imbrica el giro poético con el tono coloquial de descripción de acciones. Hay sucesos insólitos que transforman la melancolía del sentido en pasajes humorísticos, y una fabulación que es parte del propio recurso descriptivo, un tanto al modo del relato que la modernidad heredaría como fantástico, y que, genéricamente, se transformaría en leyenda en el ámbito de la retransmisión oral una vez que el proceso civilizatorio fuera discriminando el acervo fabular. En sus historias, lo poético irrumpe como figuración del futuro posible, de la supeditación de aquello que la realidad impone a modo de inconsecuencia, limitación o, sin prejuicios a la hora de asumir el universo del destinatario, frustración y absurdo. Sus personajes parecen inconstantes porque la realidad choca con sus sueños y no porque se preocupen demasiado por establecer preceptos de cambio o de cuestionamiento. Pero al actuar fuera de las más lógicas normas del comportamiento, esas personas irradian simpatía.

 Cuando la hipérbole —recurso antonomásico en la norma estilística del realismo mágico— atraviesa la poética de Domínguez Mondeja, se transforma en una especie de mundo al que arribar, en un sueño hacia el cual necesariamente se transita. Y aquí radica uno de los elementos distintivos de sus normas de estilo respecto a las cualidades poiésicas del realismo mágico: el modo de asumir la contaminación utópica.

La utopía es en esencia un no-lugar, o un lugar camuflado por los pliegues de la geografía cuya armonía de relaciones sociales produce una realidad distinta: por antonomasia mejor, casi perfecta. Como ese sitio se encuentra en una alteridad geográfica aún por descubrir, sus representaciones se nutren de proyecciones ideales entresacadas de aquello a lo que el ser humano aspira. O sea, lo utópico remite a la conducta humana antes que a cualquier otro factor natural de riqueza y bonanza, del mismo modo en que lo ético afinca sus argumentos legitimadores en el sentido inmaterial antes que en el objeto de pura utilidad inmediata. En la dedicatoria de su libro A San Francisco no llegan los aviones, 2006, se confirma este precepto: “A los que en medio de la tempestad buscaron un lugar para seguir soñando”. Ese lugar en el que el sueño continúa, se ubica en una geografía poética, en ese territorio que la imaginación reconstituye a imagen y semejanza de la necesidad individual, existente, pero impreciso en el ámbito de lo geográfico.

Sin embargo, y al arrastrar tales elementos —convencionales en la tradición del relato—, la autora subvierte los códigos de idealidad, pues interroga, sobre todo a través de la ironía, a aquellos tópicos que la moralidad y la conducta mantienen en el ámbito de sus modelos ponderables. Resuelve así la deuda con el relato fantástico convencional, que viaja de una maravilla a otra gracias al obstáculo de un nudo anecdótico, y subvierte la más evidente deuda contraída con el realismo mágico, al contaminar con la ironía la aventura descrita.

Un párrafo de “Ondina”, la primera construcción fabular de A San Francisco no llegan los aviones, ilustra su procedimiento:

[Ondina] “Es una muchacha simple, pero tan simple, que cuando duerme se pierde dentro de ella, y entonces sale a buscarse por toda la casa, terriblemente enferma de sonambulismo.”

Lo que a primera vista el humor presenta como burla, se transforma en ironía poética, apenas con una oración que resume años de comportamiento. Así, la autora lanza un llamado a reinterpretar aquello que el juicio común se empecina en distanciar, por disyuntivo. A punto y seguido, la semblanza del personaje se protege del distanciamiento con un antecedente familiar: “Problema este que heredó de un tío abuelo”. Y es una trampa, desde luego, pues se informa además, y de inmediato en la oración, que ese tío abuelo, antecesor de su sonambulismo y responsable por tanto de su herencia natural, tal vez genética, “salió dormido, y después mandaba cartas desde una ruina de Pompeya, rogando que alguien fuera a despertarlo.”

Resulta más absurdo, pues, deconstruir el absurdo presentado, que dejarse llevar por esa insólita acumulación de acciones, de tan poética gracia. El referente común de la cultura, que remite a Pompeya abrasada por lava de volcán, se subvierte en sueño, en suceder salvado justamente bajo un precepto utópico. El suceso histórico, transfigurado en cultura, subsume cualquier intento de limitación imaginativa bajo el pretexto de la lógica existencia.

A San Francisco no llegan los aviones y Evangelista y los recuerdos van a conformar una mitología, al modo del realismo mágico. Los personajes se entrecruzan y, sobre todo, comparten la estrechez y el aislamiento civilizatorio del sitio en que transcurre su existencia. Pero el segundo cuaderno de relatos se adentra mucho más en formas de ruptura estructural propias del posmodernismo: la historia se compone de fragmentos, antes que de sucesos que avanzan de una situación a otra gracias a un nudo de conflicto; hay pastiches literarios e intertextos asumidos como de propia elaboración (en general atribuidos a los personajes) y el peso principal de lo narrado no descansa en un cierre conclusivo de la anécdota, sino en lo insólito de peripecias que se yuxtaponen y se difuminan. Si tenemos en cuenta que el referente cultural, y de conocimiento, del destinatario de la obra se halla aun en desarrollo y, forzosamente, no le es posible captar esa acumulación de guiños, vemos hasta qué punto Maylén Domínguez se apropia de esos recursos explícitos de la posmodernidad y, acaso, se burla un tanto solapadamente de ciertos cánones que han esquematizado la percepción de la literatura infantojuvenil.

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En Los poderes de Antonina, su tercer cuaderno de relatos, se reconstituye el uso combinatorio de recursos posmodernos con las herencias del realismo mágico. Los referentes culturales son menos recónditos y, sobre todo, adquieren más importancia en el desplazamiento narrativo. El anterior sitio real, un tanto absurdo y míticamente macondiano, reaparece como el consultorio de adivinación de Antonina, secundada, y a la vez obstruida, por los elementos de la Nuevas Tecnologías de la Informática. El propio testimonio de la protagonista, por excelencia mitómano, sirve de apoyo al salto perspectivo. Del posmoderno que dominaba al cuaderno anterior, van quedando recursos estilísticos, o subterfugios narratológicos, y no precisamente preceptos de fragmentación existencial, o de ese camuflado agnosticismo con que el posmodernismo se oculta de su indefinición congénita. Del realismo mágico de Evangelista y los recuerdos quedan el absurdo lírico y la ironía utópica. Es, eso sí, igualmente simpático e intrínsecamente poético, algo que la mayoría de la inmensa comunidad de los lectores agradece y que no deja de ser un desafío a ciertos patrones de juicio receptivo que, en el ámbito de la industria cultural, han ido supeditando la poesía por la narrativa.

La subversión de códigos, tanto narrativos como de conducta humana, partiendo siempre de los propios estamentos que los codifican, es, pues, una constante a resaltar en los cuentos que Maylén Domínguez ha publicado hasta el momento. Quién sabe si ya prepara otras mitologías, u otras anécdotas inquietas y graciosas que vuelvan a dar un giro a su poética. Le preguntamos a Antonina, y se quedó mirando las cartas en silencio, aunque en sus pícaros ojos había guiños que parecían aventuras increíbles.

* Publiqué este artículo crítico en 2013, en mi columna Semiosis (en plural), de Cubaliteraria, cuyo hipervíncula ha desaparecido, de ahí que lo traiga a Ogún guerrero a propósito de un nuevo libro de la autora.

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El cumpleaños de Cosme

Jorge Ángel Hernández

Obra: Entre manos, del artista cubano Rubén Rodríguez

Mis dos amantes me saludan temprano en la mañana, por teléfono. Es día de cumpleaños para mí y sus voces intentan transmitir un fondo de sincera alegría. Ana Yipsi es pícara, erótica hasta el mismísimo delirio. Me despierta qué ansías, qué maromas, qué jugadas y cruces y arrebatos. Oliana es parca y sensual apenas brota su esfuerzo por hacer que mi erotismo vibre y se preanuncie intenso. Escucho sus voces y propongo. Hablan el tiempo necesario, el justo que pueden tomarse antes de salir a sus faenas respectivas.

También me ha llamado mi esposa, quien anda en un viaje de trabajo en provincias, en compañía de su amante. Su voz es afable, risueña, cariñosa; nada se trasluce de sus lances. Sí aclara, como si el lamento brotara de los más hondos anaqueles de su ser, que le ha sido imposible adelantar su regreso. Tiempo atrás no se hubiera permitido ausentarse este día, pero las cosas han cambiado tanto que prefiere alejarse y evitar cualquier roce, cualquier evento que desbarate la efímera alegría del cumpleaños y lance el día a la ruina. Es noble, a fin de cuentas, su decisión de pasar con su amante mi día de cumpleaños y permitir que fluya sin obstáculos mi comunión con esas dos amantes que se le han adelantado en sus llamadas, para felicitarme temprano en la mañana.

Por el tono de su voz sé que mi esposa se ha dormido tarde y ha aprovechado hasta el último minuto el calor de otro cuerpo debajo de la manta. Además de su jefe él es, a su vez, su amante, pues también tiene esposa y mantiene en perfecta dignidad su matrimonio. Soy, por mi parte, amante de mis dos amantes: ambas tienen esposos y llevan eso que mal se califica como doble vida. La doble vida debía ser, después de todo, la vida natural del ser humano; así quitábamos la carga moral que obliga a declarar la monogamia como buena, aunque es sabido que jamás lograremos sostenerla. No obstante, hay un vacío de Por qué en nuestras vidas, aun cuando no existe el más mínimo arrepentimiento ni, para nada, la idea de suspender la práctica.

El esposo de Oliana es un militar retirado que alega intermitentes disfunciones eréctiles. Con amantes más jóvenes no suele ocurrirle nada de eso, sin embargo. A veces, cuando hablamos por teléfono si ella está sola en su oficina, me cuenta eventos cotidianos en los que él es una parte difícil de sustituir. Llevan una vida de tedio y colaboración que parece perfecta, modelo de felicidad para revistas de consejos didácticos y asuntos de familia. Los años compartidos le otorgan un aval difícil de romper. Cuando está sola y consigue descolgarse un poco del trabajo, habla largo y pregunta. Le cuento, desde luego, segmentos de mi vida destinados a ella en los que tampoco faltan cotidianos eventos con mi esposa.

Ana Yipsi vive con su suegra en tanto su esposo se ha radicado en Costa Rica, donde parece haber hallado una pareja estable. Como la mayoría de las mujeres, no soporta a su suegra, pero su esposo ha designado a su fidelísima madre las funciones de amanuense –y puesto de mando informativo– de las remesas y envíos que les permiten una vida más o menos holgada. Ella además lo ama y lo desea, no es que siga con él solo por dádivas y enseres. Pero no puede atenerse a celibatos o abstinencias. De ahí que perciba cuánto goza cuando logra escaparse y nos damos a un sexo desmedido y pleno.

Le he dicho a Oliana que mi esposa va a regresar en la tarde de su viaje en tanto Ana Yipsi supone que tendré un día ocupado de labor, con varias reuniones que le he enumerado con detalles. Estaré, ciertamente, ocupado, aunque la ocupación consistirá en una aventura que jamás llegaré a confesarle. Escaparé con Oliana a una reservación que ha conseguido para celebrar después de tantos días sin poder encontrarnos. Me tomó por sorpresa, y me agradó sobremanera cuando lo anunció, en un intento por mostrarse pícara.

No soy una máquina sexual, pero basta con que te concentres para que todo fluya con soltura. Basta con que tus manos y tu piel se enfoquen en los puntos exactos y vayan desplegándose, para que el acto se nutra de sí mismo y regenere. Mi energía crece si crece su energía. Cuando estoy con Oliana aparto todas las cargas y siento que a ella sola me debo. Es tan devota, esforzada y llana, que inspira solo deseos de alimentarla en espíritu. Nada como el sexo continuo para que crezca el espíritu, es obvio.

Nuestro mediodía es magnífico, no solo porque ella se esmera especialmente y yo le correspondo a cada paso, sino además por cuánto pesa esa estela de días sin poder escaparnos ni acoplar nuestros escaños de liberación. ¿Se esmera además, en un secreto morbo, para que no me queden fuerzas al momento en que mi esposa regrese de provincias, o para que sea su cuerpo el que venga a interponerse cuando, según supone, con esos mismos bríos hacemos el amor? Ignora, desde luego, no solo que ella no vendrá, sino que volverá un día después, cansada, quejándose de su migraña, poco dispuesta a dedicarme siquiera un sucedáneo de sexo que siga destruyendo la memoria de los buenos tiempos. Ni por asomo, Oliana imagina la existencia y el rol de Ana Yipsi, mi desborde erótico perfecto.

Al despedirse, Oliana me colma con su abrazo; enumera por enésima vez las precauciones con que debo cumplir y me deja feliz, lleno de vida. ¿Sería igual si viviésemos juntos? Me he hecho la pregunta alguna que otra vez, pero no quiero responderla, no quiero arriesgar lo que llevamos por esa posibilidad de cualquier modo imposible. Sé que es esposa ideal y que es arduo cargarla con reproches, que su entrega la asiste a cada paso y es difícil llevarla hasta el cansancio, ni en el empleo, en lo doméstico o el sexo. Pero me aterra la idea de pensar que en un futuro podamos vivir juntos, convertidos por fin en aburrido matrimonio que acaso se sostenga a partir de lo que lleve oculto.

No puedo hablar de Oliana, ni siquiera cuando el impulso de hacerlo me lacera; es un secreto que guardamos con estricto rigor. Somos los únicos que hablamos de nosotros. Por el momento nos bastamos, acumulamos las ganas y nunca nos alcanza el tiempo del que disponemos. A saber si es lo mismo cuando por fin hallemos confidentes y entren opiniones diversas en el ruedo. Mientras se aleja, mi mente la retiene húmeda y flexible, al borde de las lágrimas, dúctil al giro de mis manos y explosiva a los usos de mi lengua. Lanza, como todas, alguna que otra frase gorda en los momentos cumbre y apenas recuerda haberlas dicho al terminar. Así queda en mi mente y en mi vida, ocupando una casilla justa.

Me marcho al fin del sitio, enfundado en mi gorra, mis gafas de sol y mi camisa oscura, como si nada extraordinario me pasara, como si a nadie le fuera permitido detectar mi auto. Oliana se ha alejado y debo reponerme para el próximo evento de festejo.

Ana Yipsi, hábil y socarrona como la mejor, se las ha arreglado para buscar un pretexto plausible que le permita escaparse de casa y pasar toda la noche conmigo. La noche de Ana Yipsi es de recuerdo, de no dejarla pasar, aun si crecen los riesgos y se asoma el peligro. Las perspectivas se ensanchan si hacemos el amor y hacer el amor se repite hasta enviciar. No sé qué tiene en sí, pero lo cierto es que en ella se conjugan las sombras del deseo con los relámpagos que tensan el placer. Sería mi amante ideal si los encuentros se hicieran más frecuentes, si demorara menos tiempo entre una y otra de esas noches espléndidas.

Sin embargo, yo no sería su amante ideal si no mediara ese lapso hasta el encuentro, si no dolieran sus huesos de falta de realización, si no la abrumaran las sombras del deseo y no temiera de golpe estar dejando escapar los relámpagos que tensan el placer. Si no estuviera segura de que no soy la persona a la que acudirá para templar su vida en matrimonio, en el caso impensable de que dejara a su pareja o, en el más latente, de que su pareja decidiera desprenderse de ella. Buscaría a otro, cómo no, y seguiría conmigo como amante, como el amigo que soy a fin de cuentas.

Llego al trabajo y me reciben con un cake de vainilla, algunos dulces finos y refrescos. Los cumpleaños, he dicho, no son celebraciones de borrachos, sino sorpresas de niños. Mi secretaria, Secretaria a la vez de la Sección Sindical, saca una caja forrada con papel de regalo. Se desarrolla enseguida el rito insulso de pedir que la abra y de augurar sorpresas de rampante morbo. Aparecen por fin una gorra y un pulóver, fruto de la colecta en que todos mis subordinados se enfrascaron. La vela que colocan en el cake ha sido toscamente tallada para semejar un falo. A su vera las bromas gruesas se suceden y pasamos el rato como en el Carnaval, donde a nadie le preocupa el rango del de al lado ni, muchos menos, el rango de sí mismo. Por último, saco de mi despacho una botella de ron Havana Club Reserva y sirvo a cada uno un trago. Obvio, en consonancia, las palabras formales y de reconocimiento laboral, debidamente escritas, que me han dedicado en calidad del compañero Cosme en la primera parte de la actividad.

–Espero que te dediquen una buena noche –me dice por lo bajo y al final mi secretaria, quien fuera mi esposa por un corto tiempo hasta que decidió dejarme por su amante.

Conozco su tono de complicidad y sé que lo ha sacado de nuestros viejos tiempos. Sería incapaz de sostenerlo unos segundos más allá de este instante. Lo ha revivido solo para el justo destello. Pretende darme algo valioso en el día de cumpleaños, trascender con un detalle a su alcance los regalos formales y la actividad que le exige su cargo sindical.

Cuando consulto el móvil, que he dejado en vibración en mi gaveta, hay dos llamadas perdidas de Ana Yipsi. Son señales que cruzamos a diario, de apenas un timbrazo. Hay códigos si la necesidad va más allá de marcar nuestra presencia en la viscosa distancia. La insistencia inmediata en la llamada es uno de ellos, segundos solo entre una y otra. Hoy nos veremos, y debo responder con una nueva señal. Marco dos veces seguidas a su móvil y espero por el timbre del directo. Lo tomo y respondo con formalidad. Sé que es ella quien está al otro lado de la línea, pero el instinto de conservación mantiene el insulso protocolo. Tantea con una y otra frase, protocolares también, hasta que le digo que no hay nadie más en mi oficina. De inmediato, se deshace en detalles de a qué hora saldrá para esperar que la recoja y en qué sitio exacto. Ha cambiado de idea respecto al lugar que me anunciara en la mañana. El carácter de amantes nos obliga a reordenar los planes con frecuencia, nos empuja a sentirnos espías de nuestros propios actos. Ella suelta una larga explicación de los motivos del cambio que no escucho. Confío en su decisión y solo necesito retener la hora y el lugar de recogida, para que no permanezca ni un minuto en espera ni yo detenga el auto demasiado tiempo. La precisión en los pases es clave en el trabajo de espías.

La noche de Ana Yipsi resulta especialmente espléndida, digna de una celebración de cumpleaños. No sé cómo lo logra, pero las ganas se van multiplicando, la capacidad y las fuerzas se renuevan, hasta que venga el cansancio y le reclame un alto para beber algo. Abro una Red Bull, que bebo lento, mientras ella finge acusarme de hacer trampas. No toma cervezas ni bebidas alcohólicas, así que le he guardado un pote de Kermato, del que le sirvo una copa casi helada. Lo paladea y se me acerca, para besarme con el sabor de la almeja entre los labios. Se encaja sobre mí, esperando que en breve la levante, la suba a la meseta, con sus piernas abiertas como templos de gloria, y me beba sus jugos transidos por los líquidos. Si tardo un poco más lo insinuará, lo hará ella misma tirando de mis manos. Esta vez prescindo de ese juego; complazco su deseo, correspondo a su gesto de hacer capaz y feliz mi cumpleaños. Ana Yipsi es un géiser en su orgasmo; mi garganta reconoce el sabor y lo retiene, más agudo que la almeja escondida en el Kermato. Y así desciende y se encaja sobre mí, una vez más.

En la mañana, cuando la más adelantada alarma denuncia que es ya tarde, la falta de sueño se revela y las ojeras se muestran sin pudor. Hay algo de robótico en el modo de marchar a la ducha y esperar porque el agua nos reviva. Sabemos, sin decirlo, que esta, como todas, puede ser la última vez que nos permita compartir la noche y dormir juntos. Nada asegura que pueda repetirse, nada, tampoco, lo corta de una vez.

Salimos del baño, aun sin nada de ropa en nuestros cuerpos, para tomar un café doble, fuerte y casi huérfano de azúcar. Ella se bebe un jugo en menos de un minuto y yo me sirvo leche tibia, que despacho enseguida. No mordisqueamos siquiera una galleta de las tantas que esperan en la cesta de mimbre. Nos vestimos aprisa, pues el tiempo ha pasado y apenas le quedan rendijas de respiro. Hábil y precisa, se maquilla y se alista. Al salir del garaje se inclina en el asiento, para que no haya curiosos que la vean. Cuando sale del auto, apenas a una cuadra de su empresa, mi cumpleaños termina. No sé, en ese instante, mientras espero que la luz verde del semáforo me deje continuar el día, si algo se ha perdido en mi vida o si he ganado brazadas de energía para seguir, como supongo. Hay un vacío que confunde las definiciones y tengo que centrar mi pensamiento en la tensa reunión de trabajo que me espera.

La señal de que Ana Yipsi ha llegado sin ningún contratiempo se dibuja en la furtiva pantalla de mi móvil. Tiene pinta de cierre, aunque no pueda adjudicarlo a nada, ni a motivos o señales difusas. La intuición no precisa de razonamientos, más bien se basa en destellos inconexos. Se ilumina de nuevo la pequeña pantalla de mi móvil y es de Oliana la señal que reclama. Devuelvo la llamada y la saludo. En muy breves palabras le explico que he dormido solo porque mi esposa se ha visto en la fatal necesidad de posponer su regreso. Si se deshacen sus ideas de que trasunte su cuerpo en el cuerpo de mi esposa mientras viene a celebrar mi cumpleaños no lo sé, solo un breve silencio propone la sospecha. Le digo además que tendré un día cargado, lo que es cierto, y abrimos el adiós con muchos besos de envío certificado.

Del día cargado regreso sin ánimos de nada, añorando bañarme y dormir hasta que suene la alarma, en la mañana. Mi esposa me recibe con un rostro hosco, de amenaza. Ha hallado pertenencias de Ana Yipsi en el cuarto. Es un error difícil de explicar, que nunca antes había sucedido y que aún me parece una invención. Nada menos que el vibrador de tres velocidades se halla entre las pertenencias olvidadas. No encuentro qué decir y le parezco indefenso, sorprendido en falta, culpable de no sé cuáles cargos. Me gustaría responderle que sé bien de su amante, que reconozco el vacío donde se ubica mientras ella describe detalles de sus viajes, o de sus días supuestamente entregados al trabajo, pero prefiero callar, dejarla hablar y rezongar hasta el odio.

–Yo que venía a celebrar tu cumpleaños –me increpa.

No menciona migrañas ni cansancio; no se queja de nada que la obligue a acostarse sin que siquiera sus senos se electricen, luego de haber pegado a mi cuerpo sus caderas desnudas. Solo reprocha e insiste en sus presuntos planes de celebración. Jura, de paso, que no quiere saber quién ha estado en su cama y en su casa (pierdo todas y cada una de las propiedades desde su repentina perspectiva) y de inmediato pregunta quién ha sido. La dejo hablar y gritar y desbarrar. Me concentro en contener los impulsos de gritarle que sé de sus deslices, que tengo cada elemento para revelarlo. Me contengo a la fuerza, dispuesto a sostener a toda costa que la monogamia es un mito de dominación y que la fidelidad prometida en matrimonio es una hipocresía involuntaria y forzosa.

Sé que una ducha ha de ayudarme a no ceder mi puesto en la contienda. Entro al baño, me desnudo y me quedo bajo el chorro mientras ella va y viene, en vueltas y argumentos. Por fin se desnuda y entra en la bañera, a compartir el chorro, a pegarse a mi cuerpo. No es la primera vez que ocurre y sé adónde me lleva: haremos el amor como en los viejos tiempos. Añadiré detalles, narraciones, fantasías, de cómo hice el amor en su cama y en su casa con esa otra que no quiere saber cómo se llama, aunque pregunta quién es cuando se calma. Los detalles, que invento sin misericordia, la excitan, la inflaman, la sacuden, sin que por ello alcancemos el nivel de los primeros tiempos de placer compartido. Hay una rajadura que no puedo soldar.

¿Por qué ese que viene a tu nivel tiene más carga que los otros que han pasado en su vida, con todas las prebendas? Es una construcción de la moral que impone el matrimonio, ese derecho malsano de convertir a la pareja en propiedad, en instrumento personal de uso. Lo sé, pero apenas consigo rebasarlo. Lo olvido solo mientras la intensidad sexual se tensa y combustiona.

Al terminar, no hay dudas de que nada es salvable en nuestras vidas. Debo decírselo así, sin subterfugios. Pero callo. Salgo y la dejo terminar de ducharse. ¿Limpia tal vez la contaminación que mi cuerpo le transmite? ¿Es más fuerte su farsa cotidiana que la triste comedia de vernos despertar cada mañana? Su egoísmo me enerva y me corroe, y me angustia más tarde, sin que jamás lo confiese en sus oídos.

Viene desnuda y dispuesta a continuar, como si de verdad pudiera superar el desborde de sexo que sabe he disfrutado. El sucedáneo que tuvimos no resarce del peso acumulado, no nos devuelve al punto en que quisiéramos estar. No habrá otro modo de lograrlo: el pasado se marcha con todas sus prebendas y solo deja la costra acumulada. Más odio que ambición se muestra en lo que hacemos. Es hora de lanzarse a pelear las pertenencias, de enfrentar el divorcio y su violencia, simbólica y legal.

Me despierta el teléfono y es mi exesposa, feliz de ser la primera en poder felicitarme. Es afable su voz, risueña, cariñosa. Me pregunta qué haré y le respondo que nada, sin conciencia de qué le estoy diciendo. Se despide cordial y sentenciosa mientras Oliana, que ha dormido a mi lado, comienza a despertarse. Se estira, perezosa, y pregunta quién llama tan temprano, si es domingo. Le informo que mi ex, para felicitarme, y se estira de nuevo y me rodea con sus brazos, besándome a saltitos, repitiendo “Feliz día, mi querer, feliz día”. No se detiene en eso y con su mano derecha hurga en mi entrepierna, dejando claro qué busca en la mañana. No soy una máquina sexual; basta con concentrarse en la energía que despliega para poder devolverle su energía. Que las manos se expandan a través de su cuerpo y lo calibren. Hacemos el amor como si fuera la última vez en que tendremos la oportunidad, con entrega y desborde, pasión y experimentos.

Al terminar de bañarnos, Oliana mira el reloj involuntariamente. Me recuerda que hoy concluye su evento y que debe regresar a su casa al medio día. Allí la espera su vida cotidiana, de la que no podrá desprenderse, por más que jure estarlo deseando. Asiento en un perfecto silencio, concediéndole todo, y algo baja a mis venas y hace surco en mi estómago.

–Es el hambre –digo en voz alta.

Nos dedicamos a preparar el desayuno, sin ropas ancladas en el cuerpo. Cuando se trata de cumplir encomiendas, Oliana es un reloj. No se desvía en nuevos arrumacos y se concentra en terminar el desayuno, ordenar la cocina y dejarme algunas cosas listas. Al concluir, se alistará ella también para emprender su marcha.

A las diez, mi secretaria llama. Su voz consigue el tono zalamero que podrá sostener por poco tiempo. De algún modo, reconoce la breve temporada en que tan bien transcurrió el matrimonio. Su homenaje es completo y no acude a estropicios de vida permanente, indeseables y falsos. Las relaciones de los seres humanos no pueden sostenerse demasiado tiempo, me digo. Acaso no llamara jamás en cumpleaños si no fuese en verdad mi secretaria, si no tuviéramos vínculos de estricto carácter laboral.

Cuando Oliana desciende de mi auto, para abordar uno de alquiler que la lleve a su hogar, la pantalla del móvil se ilumina. Pulsa mi línea personal, no la corporativa. No reconozco el número, de procedencia extranjera. Lo tomo, si a fin de cuentas no pago al recibirla. Es Ana Yipsi que llama desde Costa Rica, deseándome suerte y total felicidad en este día singular de mi cumple. No parece apurada, a pesar de que la larga distancia ha de costarle. Tiempo hace que no hablamos, ciertamente, solo mensajes, correos electrónicos y cruces de saludos por el chat. Esta vía le permite decirme que es feliz con su vida, con el hombre que quiere y que desea, y que aun así, en ocasiones me extraña y quisiera colocarse a mi alcance. Algo queda, es verdad, de lo vivido, aunque fuera portándonos de espías, de clandestinos o prófugos.

Vuelvo a casa, porque mi exesposa me ha dicho que va a pasar a verme, que me ha hecho una torta con el horno que por fin se llevó cuando por él forcejeamos. Es especial, ha añadido, mejor que aquellas. Trae intenciones de acostarse conmigo, de que le haga el amor como en el tiempo en que las tortas “aquellas” nos unían. Desde hace meses vive con quien fuera su amante y sigue siendo su jefe, luego de que su esposa se enterara de todo y lo dejara en la calle. Llevan un matrimonio tedioso y solidario, que cada vez distancia más los días de sexo. Lo sé porque lo cuenta y descubro en su tono que no es falso, que no usa la anécdota en pos de manipulación de mi conciencia. Es día de cumpleaños para mí y podría permitirme esa licencia, me digo y de inmediato le pregunto si se mantiene igual de firme en su cuerpo desnudo. No pierde tiempo y queda en ropa interior, para que vea cómo sigue. Modela y se da vuelta, esperando que diga siquiera un disparate.

Gana así su batalla, porque un golpe desgaja mi interior y un temblor me sacude hasta el estómago. Años atrás, cuando estuvo desnuda ante mis ojos por primera vez, ese temblor y ese golpe me asistieron. Mi brazo izquierdo le rodea la cintura y el derecho la atrae hacia mi cuerpo. Busco sus labios con los míos y responde a los gestos de inmediato, solícita y activa. No soy una máquina sexual, pero basta que logre concentrarme para que todo fluya con soltura. Basta con que mis manos y mi piel se enfoquen en los puntos exactos y vayan desplegándose, para que el acto se nutra de sí mismo y regenere. Mi energía crece si crece su energía. Cuando estoy con mi exesposa me es imposible apartar todas las cargas, sentir que a ella me debo. Pero es devota, esforzada y llana, y puede inspirar deseos de alimentar su espíritu. Nada como el sexo continuo para que crezca el espíritu, es obvio.

Hacemos el amor como si fuésemos amantes, afanosos, entregándonos a la idea de buscar lo más alto del momento vivido. Al terminar no hablamos de ello; nos aseamos con calma, compartimos un trozo de la torta, y ella cuenta algo nimio acerca de su vida en pareja. Su examante, actual jefe y marido, tiene celos de mí y de otro amigo suyo, confiesa.

–Debes darle confianza –le digo–, debe entender que es normal que sigamos de amigos, sin otros intereses.

–No es fácil –se lamenta–, pero lo voy consiguiendo poco a poco.

Al ponerse de pie, presta a marcharse, insiste en desearme un feliz cumpleaños.

Es tarde y me espera una noche en solitario. Me digo que la vida es presente y que el futuro es presente que se patentiza. Vivo a la par de los días, sin esperar que esa persona que habrá de acompañarme hasta el final, día por día en la existencia, se aparezca a la vuelta de la esquina. La monogamia es como Dios: se sabe que existe, pero nadie la ha visto. En el registro del móvil, a través de mi línea personal, hay una nueva señal del teléfono costarricense de Ana Yipsi y dos señales continuas del de Oliana. No soy una máquina sexual, me digo, pero basta con que te concentres en sacar su energía, en absorberla sin pausa y sin cesar, para que todo fluya con soltura. A veces, no puedo negarlo, duermo en solitario, por noches, semanas y hasta meses, esperando que el tiempo me depare un momento de aliviar el espíritu.

Publicado en El Caimán Barbudo

Abre además el libro Sospechas y argumentos, de McPherson Editorial

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Del miedo y el boicot, según Tania Bruguera

Jorge Ángel Hernández

Puede ser una imagen en blanco y negro de al aire libre y monumento
Ilustración: Absolut Revolution, Liudmila y Nelson

Cuando en 2015 la artista cubana Tania Bruguera convocara a un boicot internacional contra la Bienal de La Habana, luego de haber participado en espacios privilegiados del programa oficial de ediciones anteriores, intentó dar un giro a su discurso público-propagandístico y centrar la atención en un tópico exacto: “el pueblo cubano tiene miedo”. Declaraciones y entrevistas de entonces, que no fueron pocas, se centrarían en ese tópico. Televisoras, Diarios y Revistas le cedieron su espacio para la insistencia. Algo en común compartían todas: la perspectiva ideológica de que hay censura y represión policial sobre ella y su trabajo artístico.

En estos cinco años, la cobertura de prensa se ha mantenido intacta en su estrategia. Para ninguno de los entrevistadores es significativo, paradójico, contradictorio, que esas performances que muestra por el mundo como ejemplo de su activismo político, han formado parte del programa central de la Bienal de La Habana, en sucesivas ediciones, y, elemental, se ejecutan en instituciones de primer orden en un panorama cultural que el proceso revolucionario auspicia. A caja destemplada, se remacha en la censura en tanto pasan por alto el hecho de la representación de una obra con mensaje muy claro y evidente. Nada más emblemático de eso que sus incursiones en el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. Como no parecían suficientes para ella, y no lo eran, obviamente, intentó apropiarse de la Plaza de la Revolución, un sitio cuyo universo simbólico es justo lo contrario de lo que se propone en su accionar, más interesado en el resorte propagandístico que desarrolla que en cualquier otra de las conceptualizaciones que entraña, a esas alturas ya epigonales y reiterativas. Así, y ante las cámaras dóciles, pasa de aludir a la primaria ambigüedad oral que generan las negociaciones para exponer obras tan abiertamente contrarias al sistema constitucional, siempre asumidas desde su testimonio único y en su propia óptica, a confirmar el estatus represivo y dictatorial de la revolución cubana. De ahí que la mayoría de los diálogos televisivos parezcan más una obra teatral –u otro performance suyo– que una entrevista.

En un Dossier de la Colección Cisneros que se publicara a propósito de su boicot a la Bienal de La Habana en 2015, con una balanza claramente inclinada a favor de quienes accedieron a su petición, su amigo, el artista Luis Camnitzer, le sugiere buscar soluciones alternativas a ese “marasmo de egos que estuvo generando”. En breves oraciones, el artista enumera los altos valores del evento, aun cuando puedan hallarse altas y bajas en su historia, y aconseja a Tania centrarse en su taller de artista. Como suele ocurrir en su habitual conducta, Bruguera invertiría el consejo y llevaría su taller personal de estudio de la Constitución a un llamado al comportamiento anticonstitucional, forzando las provocaciones públicas y condicionando, autoritariamente, el sentido ideológico a la conceptualización artística. No sé si a causa de la estrechez de miras de sus lecciones, y su alumnado, o si por su desconexión con la inmensa mayoría del pueblo soberano de Cuba, en cualquiera de sus estratos, pero la Constitución socialista terminaría refrendada en abrumadora mayoría en tanto los activos de guerra mediática continuaban sus bombos y platillos a las minorías frustradas.

En noviembre de 2020, Tania Bruguera se apresuraría a liderar la conducta de los manifestantes que fueron a sentarse ante el Ministerio de Cultura y terminaron en un largo diálogo con algunos de sus dirigentes. A la salida, declaraba salir viva, dando a entender que su vida peligraba por esa actitud y apropiándose, de paso, y para no ser menos con su propio método de creación artística, del dramático final de la película Clandestinos, de Fernando Pérez, quien por allí también andaba.

Del mismo modo en que la ambigüedad significante inherente a la expresión artística sufre una manipulación ideológica forzosa en la obra de Tania Bruguera, su conducta pública vive, y se alimenta, del espectro ideológico forzado por la propaganda hegemónica anticomunista. Cuando declara, ante las cámaras de TV, que el asombro, el desconcierto y la curiosidad de los ciudadanos que la ven avanzar por la calle en uno de sus performances es una “manifestación”, para tomar del vocablo su sentido semántico relativo a la protesta social, o política, revela la esencia de su publicitado “artivismo”: disfrazar la provocación política de arte y disfrazar de éxito el fracaso absoluto de su gesto. Si tanto la elección política como la expresión artística merecen libertad, ninguna de ambas ha de supeditar la libertad y derechos de la alteridad. Los rostros de la mayoría de las personas en las fotos que ella misma muestra como manifestación contra el gobierno, revelan ese estupor que se produce cuando un perturbado de sus facultades mentales sale a la calle a gritar incoherencias. No hay ni siquiera extrañamiento, porque el extrañamiento supone comunicación y entendimiento de sentidos, aunque sea en grados muy bajos. Y aun así, esto le sirve para la exhibición global que martilla el descrédito de oficio a la revolución cubana. Las evidencias de las fotos parecen invisibles, como las telas del Rey que desfiló desnudo. Son axiomas que se cumplen con estricto rigor cuando se alude al caso Cuba con intenciones concretas de desestabilización social.

Puede ser una imagen en blanco y negro de masa de agua

Esta es la clave esencial de la nueva conducta en que se esmera hoy la “artivista” cubana. Aquel miedo que, según sus insistentes declaraciones, sentía la población en 2015, se ha convertido en miedo del gobierno cubano. Le ha dado un giro de inversión al tópico para ajustarlo al constructo que desde julio se viene divulgando. Y ha llevado el performance personal al extremo de presentarse al mundo como la sacrificada negociadora de la libertad de determinados disidentes, con una pizca de drama en esas lágrimas que suelta al disfrazar su fracaso de victoria parcial pues, según su propio testimonio, “uno sabe que pide más de lo que van a dar”. Como nada está claro en sus declaraciones, en una trama de thriller clase B que va con todos sus parámetros de manipulación masiva, la propaganda se da banquete con la interpretación, sin cuestionar, eso sí, nada de lo que la artista ha asegurado.

Ni la más mínima insinuación de duda, siquiera en esos giros periodísticos en los que la opinión se descarga en el declarante, sucede a la andanada de reproducciones en los medios de prensa. Les basta conceder que el gobierno cubano ha faltado a su palabra de trato, lo que explicaría por qué no han liberado a los de San Isidro, sin que se le pregunte a la entusiasta mediadora, dada la capacidad de presionar que la asiste, cómo es que no tuvo la paciencia de esperar hasta que se cumpliera el trato. Un paquete de embustes que no deja rescoldos. Y ante superchería de tal índole, tampoco brotan los cuestionamientos de aquellos de conciencia crítica que tanto se apresuran a impugnar públicamente a otros artistas, creadores, intelectuales e instituciones por su expresión honesta, apegada a la verdad. Ninguno de ellos parece detectar la más mínima contradicción en las declaraciones de Bruguera. Como si santa palabra la envolviera en aura. Solo la escena de la sandalia de Brian, en la película La vida de Brian, del genial grupo Monty Python, pudiera comparársele. Y en tanto el filme es sátira especulativa, esto se da como suceso cierto y pretexto para convocar a disturbios y confrontaciones.

Tan dócil es la respuesta al consenso contrarrevolucionario, de redivivo macartismo, que ni siquiera recibe una pregunta incómoda, o de duda velada. Tal parece que todo se ha establecido previamente, en un guion que no se puede violar ni por aquello de guardar en algo la apariencia. ¿Por qué un periodismo ducho en ese tipo de rejuego pone en riesgo su ética profesional cuando se abordan problemas relativos a Cuba, Venezuela, o cualquier otro proceso social de verdadera diferencia anti hegemónica? ¿Sigue valiendo oro ese patrón de juicio? Huelgue o no la respuesta, es evidente que la conducta insiste en su reiteración. Vuelve a lo mismo la canción, en ese punto al menos.

Al colmo ha llegado la “artivista” al declararse, en el Foro de Oslo, parte de una mayoría dentro de Cuba. Y aunque esto parece una boutade más, de las tantas e infinitas que usa, su sentido se acopla a plenitud con los nuevos métodos injerencistas que estamos resistiendo quienes formamos parte de la verdadera mayoría cubana, la que ha refrendado la Constitución que ella no quiere, y aun así enarbola numerosos criterios críticos acerca de ciertos métodos de liberalización comercial, y manipulación de la moneda, para citar solo un par de ejemplos que hoy se desbordan del tintero. O, para aterrizar los ejemplos en el ámbito del arte y la literatura, de los injustos desniveles de retribución y reconocimiento, según las manifestaciones, la popularidad, el economicismo burocrático, y otros lastres de industria cultural.

Tania Bruguera no representa a ninguno de esa mayoría de ciudadanos soberanos, sociedad civil todos, aunque la ideología de contrarrevolución se niegue a reconocerle esa condición, según sus intereses, y que hoy vivimos en Cuba, llenos de insatisfacciones y necesidades, seamos artistas, escritores, profesionales de cualquier otro ramo o empleados de servicios públicos. No representa, siquiera, a la mayoría de los artistas que escudan su plattismo en intereses mercantiles, o aceptan, por dinero, un plattismo que de ser posible hubieran esquivado. Sí representa, en cambio, y sin dejar atrás lo que Luis Camnitzer llamara “marasmo de egos” –y que cualquier sicólogo reconocería como megalomanía–, los intereses de quienes no toleran que nadie sea políticamente diverso, diferente, menos si esa diversidad es comunista, o comparte, sin serlo, sus resultados concretos y palpables de transformación social. Y representa, cómo no, a los inescrupulosos mercaderes de la guerra mediática que ignoran la viga en el ojo de quienes la financian, y exageran la paja del ojo de quienes resistimos del lado de la revolución.

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La luz y el universo I. Una pistola (primeras páginas)

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Jorge Ángel Hernández La luz y el universo, Ediciones Matanzas 2018 ISBN: 978-959-268-468-3; 125 pp.

I. UNA PISTOLA

Jorge Ángel Hernández

El cañón de la pistola temblaba ante los ojos de mi madre. Era una mujer humilde, capaz de soportar insultos por no faltar el respeto a los demás. Mi padre agitaba su mano, crispado el puño sobre el arma. Ella apenas susurraba; le pedía que bajase la voz; que los muchachos; y atisbaba también hacia nosotros.

Una y otra vez mi padre amenazaba:

—¡Tú no me conoces bien!

El hermano menor dormía, intranquilo en su cuna. Tenía apenas un año. A veces, entre sueños, lloraba. El hermano intermedio respondía con gritos. Era imposible no envidiarlo, no sentirme inferior, aterrado en el borde de la sala.

Mi padre no escuchaba. Ignoraba de plano los reclamos. Sólo agitaba el metal de la pistola; a veces apuntaba, otras, dibujaba el peligro de un golpe de culata.

—Esta es mi casa —repetía. —¡Mi casa!

Era un actor; toda la escena de la casa de Lawton para él, hundido en su monólogo. Empuñaba en el aire su pistola, tropezaba con objetos y adornos que podían estrellarse ante su ira. Profería insultos. Convocaba a la muerte.

—Me cago en Satanás cabrón —y los venados de yeso rodaban en astillas sobre el piso.

Con el rabillo del ojo nos miraba. No era un buen actor: tenía temor del público. Pero el terror dominaba mis instintos y, ni siquiera, me permitía llorar o cambiar de posición. Sólo miraba las idas de mi padre y descubría su furtiva mirada. Acaso ponía en duda la seguridad que sus ojos querían transmitir, y allí, desde mi puesto, espiaba también los ojos de mi madre.

—Son mis hijos también, si no lo sabes —continuó, grande el pecho en el último empuje de la frase.

Todavía con odio de sainete, detuvo ante mis ojos su mirada. Fue apenas un segundo. Pero ese tiempo bastó para infundirme fuerzas. Mirar. Tener ojos que lleguen más adentro. Él no sabía por cuánto tiempo lo había estado observando, qué escenas de su obra había captado. Era un momento de temor involuntario ante su hijo, indefenso, seguro de que en sus ojos debía llevarlo todo, con gestos e improperios.

No lo esquivé. Más bien lo enfrenté siquiera un breve instante. Así diluía mi inquietud por haber empapado —una vez más— el colchón. Me torturó un poco menos la orina entre los muslos. Era el testigo, fatal e irrevocable. Había visto cómo aquellas manos zarandeaban la cabeza de mi madre, vapuleaban sus hombros, tiraban con crueldad de sus cabellos. La empujaba después contra el mueble de cocina, provocando el temblor de sus puertas de cristal y aquel sonido de copas que rodaban.

—¡Te voy a matar como a una perra!

Su garganta era ronca y poderosa. De pronto, en un giro tan brusco, había llegado al lugar donde escondía la pistola.

—¡Carajo!

Tembló toda la casa. Mi piel se estremecía ante la fuerza del líquido quemante.

—Como a una perra te mato si no te vas de aquí.

El arma vibraba entre sus manos. Como un coloso, regresaba hasta donde mi madre esperaba, reteniendo sus lágrimas. Lo había visto, detalle por detalle.

Cuando su vista, por fin, cedió ante mí, busqué los ojos ahogados de mi madre. No se atrevió a secar su rostro. Luchaba por seguir con naturalidad, pero no era una actriz, sino una mujer desarmada ante su hijo. ¿Cómo podía soportar las andanadas, las órdenes sin tino, los regaños? ¿Por qué se gastaba en esa casa de Lawton adonde apenas llegaban los ecos de la Avenida Porvenir? ¿Podía seguir para siempre allí encerrada, dormida en el susurro de las novelas radiales?

—Por favor,… los muchachos… —imploraba.

Mi padre manoteó, sin decir nada.

Ella lo miraba sin odio. Su humilde origen, sus labores de infancia, su condición de mujer, le habían enseñado la obediencia. Vino hasta mí, aunque el hermano menor despertaba en su cuna, y el otro no cesaba de llamar queriendo protegerla. Me riñó suavemente al descubrir el estado del colchón. Parecía que la vida regresaba a sus ámbitos normales.

—Ya vas a la escuela, —me advirtió— no debes estar orinándote en la cama.

Con el reproche, me desnudaba en medio de la sala. Dos años antes, cuando naciera el último de mis hermanos, allí había ido a parar mi box-spring. Desde entonces mis sueños fueron siempre agitados y muy húmedos.

Mi padre, junto a la puerta de salida, advirtió:

—Esta semana de plazo. Ni un día más.

Se había colocado la pistola a la cintura. Su máximo botín; prueba de que había ido a la lucha clandestina, de que también sus esfuerzos ayudaron al triunfo. La engrasaba. La cuidaba del polvo y la humedad. Su firme constancia de revolucionario, de tenaz militante.

—Esta semana —reiteró.

Alguna que otra vez nos había permitido jugar con su trofeo. Apuntar, retirado el cargador y aligerado el peso, y disparar con la infalible ayuda de las onomatopeyas. Privilegio también para nosotros que añorábamos tenerla entre las manos, que reñíamos por llevarla más tiempo. Una vez, regalo para mi cumpleaños, me había instado a tomarla después de colocado el cargador. Una pistola que debíamos manejar con ambas manos. Para sus hijos, también, jugar con ella era una concesión.

—Esta semana nada más —dijo, sin fuerza apenas. —Estoy harto.

Colocó el arma de nuevo en su cintura; creía, de verdad, que era un guerrero y que la lucha seguía sobre el futuro.

Pudo ser nuestro padre hasta ese día. Hasta ese día lo esperamos jugando en los pasillos estrechos de la casa y armamos en su cama retozos divertidos. A partir de esa noche su memoria cayó para nosotros. Con el tiempo, apenas rememoro el dolor de los puntos de sutura de aquel día en que pude jugar con su pistola cargada, cuando, poco después, un empujón quebró en el gavetero mi barbilla. Y algún que otro regaño, es de esperarlo después de estos días violentos e insufribles.

Con paso raudo regresó hasta el lugar donde guardaba la pistola. Retiró el cinturón y, antes de devolverla a su sitio, cambió de idea. Mi papel era verlo gesto a gesto. Miró unos segundos a mi madre y hundió la cartuchera en su carpeta de mano.

—Esta casa… —y dejó en el ambiente ese intento de mutis remarcada— es mía. Me la dieron. Me la gané jugándome el pellejo.

Miré a sus ojos por fin directamente; sin desafiarlo; sin la arrogancia que aún no conocía, como si yo fuese mi madre en ese instante. En aquella mirada, desde luego, iba el recuerdo de todas sus diatribas.

—Los muchachos pueden estar aquí lo que les dé la gana.

Había evitado mis ojos y, al hablar, miró a los puntos más vagos de la sala. Sólo al final su dedo indicó el rostro de mi madre.

—Eres tú quien tiene que ir tumbando para Las Villas.

Apretó la carpeta bajo el brazo. Abrió la puerta. Y se marchó, con un portazo sonoro y teatral.

—Yo te defiendo, mamita. El hermano intermedio se acercó para abrazarla. Una y otra vez prometió protegerla. Ni una palabra, mientras, salió de mi garganta. Solamente miraba. Sólo guardaba en mis ojos el rostro de mi madre. Ella sabía retener las lágrimas, ahogarlas de pronto en sus caminos. Sabía cómo tratarnos para que todo volviese a la normalidad. Y comenzó mi llanto. La abracé. Tal vez suponía que mi desprotección lograba protegerla. Nos colocó a horcajadas sobre sus caderas y acudió a auxiliar al hermano menor, que la llamaba.

La luz y el universo, Editorial Oriente 2002 (Primera edición); Ediciones Matanzas 2018 (Segunda edición) ISBN: 978-959-268-468-3; 125 pp.

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Álvarez y lo uno, lo otro y también lo contrario

Jorge Ángel Hernández

Obra: El pensador, de Kcho, en Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana, Cuba. Foto: Leonor Menes

Como el epigonal deudor de las sentencias tremendistas que es, Carlos Manuel Álvarez acude a una refriega de ellas buscando desacreditar tanto al magazín OnCuba –al que le debe el primer llamado de atención que recibió sobre sus siempre tremendistas alharacas, y del que reniega como si hubiera nacido clásico infalible– como al entrevistado cuyos criterios de pronto le incomodan. Se trata del poeta, ensayista, traductor y editor cubano Rolando Prats, alguien que no solo le va lejos generacionalmente, sino, sobre todo, en el uso fluido de la epistemología política. La primera sentencia que Álvarez se gasta acusa y condena de asesinato de la lengua a la entrevista. Al leerla, sin embargo, compruebo que el lenguaje es diáfano y las ideas están expresadas con una claridad científica rara en esos ámbitos de pensamiento. Apenas unos pocos términos pudieran ser ajenos a quienes ignoren por completo las ciencias sociales afines a la sociología política y no es difícil colegir el sentido a partir de sus propios planteamientos. Es un texto de pensamiento complejo que no está, sin embargo, complejamente presentado. No es que, por mi parte, suscriba el espectro teórico que Prats sostiene en la entrevista, sino que lo comprendo a la primera lectura y puedo debatir y dialogar con él. Los ojos para ver son necesarios, aun así.

El escozor imprudente que apresura a Álvarez no viene, por supuesto, de sentirse indignado por un crimen lingüístico, aunque camufle en ello su reacción, sino, como lo deja claro en su descarga, de que los autoproclamados “movimientos” 27-N y San Isidro son puestos en su sitio. Concretamente, las oraciones donde Prats aclara: “Allí donde el 27N llegó a ser síntoma, el Movimiento San Isidro (MSI) ya se había convertido en enfermedad. Si el 27N pudiera ser el límite de lo negociable, los agentes, la agenda y el discurso del MSI son el principio de lo que no se deja absorber. Una cosa es disentir, parcial o totalmente, de las prácticas, el discurso, los presupuestos ideológicos del Estado, y otra convertirse en agente pagado de la agenda contrarrevolucionaria del eje Washington-Miami”. Por su cuenta y riesgo Álvarez, se vale de la compactación reductora que marca al discurso del debate, para citarlo de este modo: “allí donde el 27N es síntoma, el MSI es enfermedad, porque son «agente(s) pagado(s) de la agenda contrarrevolucionaria del eje Washington-Miami»”.

De golpe y porrazo descubrimos que el primer acto criminal lo ha cometido el promovido autor a costa de la exposición de las ideas del entrevistado. Y espero que no sea necesaria una comparación deconstructiva de estos dos fragmentos. Apenas llamo la atención sobre la poda de elementos que ha practicado para convocar la cita, todos, por coincidencia empática, sostén de los patrones comunes de agendas financiadas, según los propios informes públicos que pueden encontrarse en el sitio de la USAID. ¿Casualidad que Álvarez sepulte en omisión lo que el propio Departamento del Tesoro estadounidense ha revelado oficialmente? Como en cualquier historia de aventuras, la equis marca el punto, es decir, el motivo que lleva al sospechoso al crimen.

Por un lado, este tipo de reflexiones que parten de conocimientos profundos de las ciencias sociales, y por elemental razonamiento desbanca las bases de la propaganda negra que se impone alrededor de la revolución cubana, resulta tan molesto que entra en el desfile de insultos tremendistas, tales como acusar de reaccionario el discurso de Prats y premiarlo con una joya lingüística de quien predica moral en calzoncillos: “divagación de intelectual ágrafo, fajado con su generación muerta, practicando el excentricismo como posición ética”. Vamos, como que no hay mucho de ejemplo en el ejemplo.

Y en punto y seguido Álvarez va acudir a lo que Gurvitch llamara “predicción del pasado”, dándole un giro a cuenta propia, pues parece ignorar la teoría de referencia. De acuerdo con su nota, el proceso de “puntacanización de La Habana” va a convertir a Cuba en “patio trasero de Carnival, Norwegian” y, acorde con una plataforma que apuesta a deslizarse en los seguros patrones de juicio de la propaganda global, coincidentes con las normas del no tan viejo manual de guerra fría, a denunciar la “coordenada económica neoliberal” “lavada y blanqueada por la izquierda obediente que se llena la boca hablando de Gramsci, Benjamin, Mariátegui, Mella, pero que nunca se les ha visto pensar ni el presente ni el recuerdo en su instante de peligro; una izquierda que sin empachos acusa a cualquiera de agente de Washington, cuestiona cualquier subvención o método de financiamiento ajeno con los argumentos del poder político totalitario y cobra con atraso de meses las migajas de los empresarios cubanoamericanos cuyo fin político no es otro que vender en Cuba”. ¿Se refiere a la izquierda que piensa en relación directa con el poder revolucionario, de la loa a la crítica, pues no es monolítica aunque así los agendados la presenten, o a la “izquierda” que se ha separado de la revolución para asumir una senda de democracia partidista, o de derecho, a la que siguen llamando absurdamente socialista? ¿O son una las dos, o las diez, al menos para él?

Si dejamos de lado los lugares comunes de encendido panfleto, dignos de un tribuno cualquiera en campaña de alcaldía, y focalizamos la esencia que busca transmitir, descubriremos que Álvarez pretende mostrarse como el iluminado defensor del sistema social justo, como si este fuera posible en una democracia liberal subordinada al capital global y sus centros de poder y, ¿paradójicamente?, sin rozar con un pétalo a los neoliberales hegemónicos e injerencistas mientras tilda de neoliberal al Estado cubano y sus transformaciones económicas, que, por supuesto, necesitan un permanente debate desde sus procesos internos de democracia socialista. Y se basa en que él sí se lanza a riesgos y, para más virtudes a la orden, carece de toda hipocresía política. Así, se siente en el derecho de usurpar los valores del proyecto y, a la vez, defenestrarlos si han ido de la mano de otros, incluso si esos otros se han separado ya definitivamente del socialismo en el poder y, por tanto, de las contradicciones necesarias de la transición socialista. La alusión a Lichtenberg con la que cierra su nota, nos revela otra equis: es requisito que pensemos de él lo que él mismo piensa de él, cualquier otra opinión sería totalitaria.

¿Y por qué tan airadas diatribas contra la publicación que, en confesión de parte, lo lanzó a la palestra aun siendo estudiante? Él mismo va a dejarlo claro: acoge algún que otro discurso como este, si bien pocos, en disidencia con la brutal campaña de difamación que lleva a la confrontación como divisa, algo que Prats ha definido con detalle en sus intervenciones. Me abstengo de citar la andanada de diatribas, en su común y tremendista desfile, y llamo solo la atención sobre un motivo que el joven periodista no se atreve a hacer explícito: la agenda de confrontación de la que él mismo forma coro, se desvanece por su propio peso cuando el debate entra en pensamiento profundo. Esa agenda, desde los oficialmente financiados, hasta los espontáneos que saltan como verdaderos fanáticos de celebridades no pocas veces carentes de verdaderos resultados profesionales, depende de que el escenario de debate público no se desplace de la suplantación superficial de conceptos y continúe simplificando la línea causa-efecto. Y esto es válido incluso para los sectores más sedentarios de la burocracia institucional cubana, a quienes tan cómodo resulta descargar en el bloqueo las culpas de su inmovilidad, y sacudirse las críticas pegándose a la justa acusación de injerencia financiada, simbólicamente manejada desde los manuales de desestabilización gubernamental. Inconfesados cómplices resultan a la postre. Las ideas de Prats merecen un acápite aparte, desprejuiciado y acorde con la sinceridad con que se expresan en tanto las del periodista no son más que descarga de rutina, pólipos de guerra continuada. Como Álvarez enuncia para un público cautivo de esa misma propaganda que disuelve en los síntomas la esencia, va de manual con su andanada tremendista, más ignorante que consciente de su propia norma. De paso, y no sin convicción, en lo más alto podemos ver a Dios, su butacón mullido junto al elegido de su diestra, y arriba, es decir, mucho, mucho más arriba, en superior ironía, al camarada Álvarez, totalitario demiurgo de lo uno, lo otro y lo contrario.

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SOCIOLOGÍA DEL FUTURO

Jorge Ángel Hernández

Puede ser una imagen de 3 personas, incluido Ricardo Riveron Rojas y Jorge Angel Hdez
Jorge Ángel Hernández tras la ceremonia de entrega del Premio Ser Fiel junto a los intelectuales Ricardo Riverón Rojas (izquierda) y Gevannys Manso (derecha)

Hablo de pan y de mercado negro

y de cultura y soberbias y amnistías;

deshago el sueño que ayer abandoné

para que vuelva a adivinarse

entre la mar de nuevas represalias.

Escribo al paso de los malos vientos

sin la gran esperanza de otros días.

Si renuncio, me digo,

un mago oscuro borrará mi nombre,

mi bregar,

mi camino de ciego que avizora.

Y hablo de techos y casas y familias

y de derechos, socialismos, estados e igualdades.

Escribo el mínimo sol de lo que pienso

sin la angustia de antaño, ignorante y feliz,

porque sé que el futuro es una hoja

de papel arrugado

que un cajón nos devuelve una mañana

de vuelta del suicidio.

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UN DÍA DE OPTIMISMO

Jorge Ángel Hernández

@190103.Zardoyas
Imagen: Ramiro Zardoyas, Sin titulo, de la serie Lost in translation, 2019

Hay días en que despierto inspirado, optimista, resarcido en la firme convicción de que ningún obstáculo podrá frustrar mis esperanzas. Así me levanté esta mañana y decidí irme de compras, pues tenía pocas o ninguna reserva de alimentos, especias, café, aceite y otros varios etcéteras. Sabía que en el mercado encontraría escasos productos, casi todos de mala calidad y a precios altos, luego de haber sufrido las colas infernales. Este saber es fundamental para que el optimismo del amanecer no se dilate y la inspiración dé resultados ante los numerosos y absurdos imprevistos. Tantos ocurren, que parecen más regla que rareza. Si sabes esto, tienes ganada una batalla esencial para seguir en la lucha por el optimismo.

Temprano, bastante antes de la hora de apertura, salí a toda marcha y marqué mi turno en la cola detrás de una señora canosa que iba detrás de un mulato en bermudas astrosas y su pareja, ceñida a un short de apenas media cuarta de largo, quienes marcaron detrás de un señor de la tercera edad con una pulcra gorra de Industriales, cuyo turno se ubicaba detrás de dos jóvenes rubias que no paraban de charlar, ni siquiera al informarle al señor, y a quien quisiera escucharlas, que no venía solas sino con otras tres personas (de momento invisibles). Estas rubias locuaces habían marcado después de un silencioso señor dispuesto a no despegar su vista del teléfono móvil, de ahí que me indicara con su labio inferior a modo de trompa de elefante que su turno seguía al de una mujer algo voluminosa que se había sentado en el contén de la acera, varios metros más allá de donde nos aglomerábamos.

Creí prudente no continuar (por el momento) indagando acerca del hilo de la cola, ya que otros clientes clamaban por saber quién era el último (yo justamente) y comenzaban a incomodarse al no recibir una respuesta de mi parte (la señora canosa les había informado de mi condición momentánea de último). Quince minutos después de ver cómo la fila se expandía, tanto detrás como delante de mi puesto, alguien llegó con la noticia de que se retrasaría el horario de apertura porque necesitaban hacer un conteo de productos y un arqueo de caja. Nada justificaba que precisamente a la hora de atender al cliente, la administración del mercado tomara tan indolentes decisiones. Pero yo estaba optimista, inspirado, resuelto a no permitir que un obstáculo cualquiera frustrara el buen humor que me asistía. Mis ilusiones pintaban a infinito, a plenitud inextinguible. Esperaría con paciencia, sin dejarme llevar por la provocación constante de las opiniones airadas que brotaban a ráfagas de todas partes. Mi inobjetable fe ayudaría a pasar el tiempo, a esquivar cada estorbo y, más importante aún, resarciría el vacío de mis vituallas en casa. No había elección, después de todo, y era mejor asumirlo con mente positiva y ese ánimo íntegro que me inunda los días en que despierto con grandes esperanzas, más ambiciosas tal vez que las de Dickens.

No cometí el error de frustrar mis joviales intenciones del día al comprobar con mis ojos, tras escuchar profusos comentarios indignados, que un par de camionetas cerradas, timbradas con el logo de las propias cadenas de distribución, cargaban cajas de productos, imagino que rectificadas del repentino conteo que había demorado la apertura. El optimismo no te permite dudar amargamente, y te insta a confiar en que todo volverá a solución de un modo u otro. Si lo miraba con lógica de fe, la impunidad con que lo hacían llevaba a pensar más en una operación de rutina comercial, sin nada que ocultar, que en un desvío insolente de productos. Me sentí superior al comprenderlo así, pues todos a mi alrededor rezumaban su rabia y ponían fuego a su tranquilidad personal y a su salud.

De la noticia que anunció la demora en la apertura, al momento real en que el mercado abrió sus puertas, la geografía de la cola había extendido su mapa en dimensiones impensables, no solo desde mí hacia el fondo, y desde mí hacia el inicio, sino además en sus extremos, de elasticidad generosa, ilimitada. Más que una fila para entrar al mercado, parecía un desfile del primero de mayo, en el que las personas brotaban sin cesar de un oleoducto insaciable, escandaloso, preñado de recónditos olores. Yo mantenía mi inspiración y mi optimismo, así que decidí que mi rol era sumarme al tumulto de desfile, codo con codo con el resto de los esperanzados clientes. Bajo tal actitud, el avance sería menos pesado y angustioso y menos turbulencia ocurriría en cada imprevisto. Todo de perlas para saltar cualquier obstáculo.

Tan joviales y amistosas se mostraron las rubias parlanchinas que habían informado venir acompañadas de otras tres personas (en principio invisibles), que completaron su turno con unas diez o doce, todas, según declararon en desafiante tono las locuaces rubias, de muy cercanos vínculos de familia, aunque cualquier antropólogo podía arriesgarse a enloquecer si intentaba vincular sus rasgos. También el mulato en bermudas y su esposa mostraron ser de familia numerosa pues se asociaron a ocho o diez parientes, incluidos dos niños que, acaso protegidos por la Declaración Universal de derechos de la Infancia, entre sí se disparaban con armas de juguete, la más mortal una pistola de agua, ideal para empaparnos a todos.

Me enfundé en mis audífonos, dispuesto a no romper con mi optimismo natural del día. Con la tranquilidad de la música, quedé enfocado en mi meta de mantenerme ajeno al discurrir anodino de la cola, cada vez más gigante, cada vez más henchida de empujones y tufos, cada vez más insólita. Nada de eso podría derrotarme, lo sabía; me sentía esperanzado por un día de optimismo insobornable.

Cuando por fin entré al mercado, vislumbré un mar de colas por departamentos, todas nutridas y compactas, todas flexibles y prestas a expandirse a un lado y otro. Fui marcando mi turno en cada fila, tomando el tiempo justo a cada uno, sin dejarme arrastrar por el tropel de personas que en la misma función se entretenían. Forzaba, eso sí, mi memoria en retener las personas que marchaban delante en cada una de ellas, evitando sufrir si por casualidad dos de mis turnos coincidían. Sin renunciar a mi paciencia heroica, llevé a mi cesta los escasos productos, todos de mala calidad y a precios altos, y me sentí un triunfador, a fin de cuentas.

Era una historia difícil de creer, tal vez imposible de contar. La olvidaría al acostarme, para evitar algo que había comenzado a preocuparme: cada vez eran menos frecuentes esos días de despertar inspirado, optimista, resarcido en la firme convicción de que ningún obstáculo podrá frustrar mis esperanzas.

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